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Relatos Ardientes

Todavía extraño el collar que mi amo me puso

Esta mañana, mientras la cafetera goteaba sobre la jarra, volví a pensar en la suela de sus zapatos. No en él exactamente, sino en la suela: el cuero gastado por dentro, el olor a pavimento y a cuero viejo, la forma en que la lengua se me acostumbraba a recorrerla. Me vi otra vez de rodillas frente a Damián, sobre el piso que yo misma había dejado impecable tras horas de trabajo doméstico, con las piernas dormidas después de que él me inspeccionara como quien revisa una mercancía.

En ese entonces todavía era suya. Suya como el auto, como los envoltorios que tiraba al cesto cada noche sin mirar. Era una de sus pertenencias y él decidía cuándo y cómo usarme.

Ya pasó un año desde que aquello terminó, y aún siento el eco en las rodillas. Nadie me ha llevado tan lejos como él. Nadie me ha sometido de la misma manera, con esa frialdad metódica que no buscaba mi placer sino mi obediencia.

***

De cierta forma he vuelto a ser una mujer común. Ya no me arrodillo tan seguido. El trabajo ocupó el lugar que antes tenía la disciplina, y mis días empiezan con el mismo café y terminan en el mismo sofá, frente a la misma pantalla apagada. Una vida ordenada, sin sobresaltos, la clase de vida que cualquiera envidiaría.

Y sin embargo, aunque me lo niegue y probablemente me arrepienta de escribirlo, cada día deseo más volver a la rutina que él me había impuesto. Quisiera despertar con su verga latiendo contra mi paladar, dándole placer mientras él me ignora, revisa el teléfono, abre una aplicación, lee mensajes de otras. Echo de menos esa indiferencia. La forma en que mi boca trabajaba para alguien que apenas registraba mi existencia.

Añoro, aunque sea una sola vez más, llevarle el desayuno desnuda a la cama y recibir en el mismo gesto sus caricias y sus desprecios. Su mano podía acariciarme la nuca con una ternura que me hacía cerrar los ojos, y un segundo después escupirme en la cara sin cambiar de expresión. Las dos cosas eran él. Las dos cosas las quería.

Pienso en sus dedos abriéndome, separándome con una precisión casi clínica, sin compasión, como si estudiara una pieza antes de decidir si servía. Y me estremezco. Es el mismo cuerpo, todavía funciona, todavía suda y tiembla cuando lo recuerdo. Pero ya no tiembla por ti.

Había un ritual, y los rituales son lo que más extraño. Cada mañana me arrodillaba junto a la puerta antes de que él se vistiera y esperaba con la cabeza gacha hasta que decidía mirarme. A veces tardaba un minuto. A veces me dejaba ahí media hora, sintiendo cómo el frío del piso me subía por las espinillas, mientras él tomaba su café leyendo el periódico en voz baja, sin dirigirme una palabra. Aprendí a amar esa espera. El silencio era una forma de su mano sobre mi nuca.

Cuando por fin decía mi nombre, o el nombre que él me había puesto, todo el cuerpo se me soltaba de golpe, como si recién entonces se me permitiera existir. Esa es la sensación que persigo y no encuentro. La de aparecer en el mundo solo porque otro lo ordena.

***

Nunca te conté de estas historias. Lo que escribo es solo mío, aunque lo lean cientos de desconocidos en la pantalla. Hay algo en exponerme ante extraños que me devuelve, de lejos, la sensación de no pertenecerme.

Me pregunto si algún día encontrarás este relato y entenderás que hablo de ti. Quizás mires tus zapatos y notes que ya no relucen como cuando mi lengua los lustraba cada mañana, antes de que me permitieras hablar. Quizás te toques leyéndome. Por favor, hazlo. Y si te sientes generoso, escríbeme una línea. No sabes cuánto quiero volver a leerte.

Bastaría con un «al suelo» tuyo para que tomara mis cosas y cruzara la ciudad hasta tu departamento. Sin ropa interior, con el collar de cuero otra vez ceñido al cuello, ese que dejaba una marca rosada que tardaba horas en borrarse. Iría orgullosa de volver a pertenecerte, de quedar de nuevo a tu merced. Quiero que vuelvas a jugar conmigo. Quiero volver a sentirme tan ínfima como me sentía bajo tu sombra, ese encogimiento en el pecho que confundía con miedo y que en realidad era alivio.

Era más fácil cuando alguien decidía por mí.

***

Me imagino que te preguntarías por la infidelidad, si llegaras a leer esto. Está bien. Diría que te perdono, pero no tiene sentido que una sumisa perdone a su amo. Ahora lo entiendo de otro modo: nunca debí negarme a que tuvieras otras mujeres. Esa noche en que te lo reproché, en que alcé la voz como si tuviera derecho, fue el principio del final.

Espero que sepas perdonarme tú a mí por haber sido una celosa, una acaparadora de la única riqueza que importaba, que era tu control. Mereces más que una sola. Mereces filas de mujeres rogando por estar bajo tu mando, mereces la cima entera de la pirámide. Yo me contentaría con una mirada. Con dos, si tuvieras un buen día.

Sé cómo suena. Lo escribo y me oigo patética, y aun así no borro ni una palabra. Hay una verdad en la humillación que no encuentro en ningún otro lugar de mi vida, y prefiero esa verdad a la dignidad cómoda de mis tardes.

***

Esta tarde vuelvo a sesionar con un antiguo cliente. Es lo que hago ahora: domino. Me pagan por hacerle a otros lo que yo daría cualquier cosa por recibir. Es un hombre mayor, casado, que llega con el traje impecable y se arrodilla en cuanto cierro la puerta, temblando antes de que lo toque.

Daré lo mejor de mí, como siempre. Destrozaré su ego con la voz, le aplastaré la masculinidad bajo el tacón como me lo pide entre súplicas, lo dejaré llorando y agradecido. Sabré exactamente dónde apretar, cuánto humillar, cuándo retirar el desprecio para que lo extrañe. Soy buena en esto. Demasiado buena, quizás, porque conozco el hambre desde el otro lado.

Veré en sus ojos la misma devoción ciega que yo sentía por ti, y por un instante voy a envidiarlo. Él tiene lo que yo perdí: alguien firme de pie frente a él, alguien que decide. Lo veré besar el suelo y pensaré que ese suelo soy yo, hace un año, en otra ciudad, frente a otro hombre.

Le ordenaré que cuente en voz alta cada golpe, que agradezca cada uno, que me pida permiso hasta para respirar fuerte. Y mientras lo hago, mi voz saldrá firme, sin un temblor, esa voz de mando que aprendí imitándote a ti. Nadie sospecharía que la mujer que sostiene la fusta pasa las noches deseando estar exactamente donde está él ahora: en el piso, sin nombre, sin voluntad, esperando que alguien decida si merece levantarse.

Y por la noche, cuando él se haya ido y yo cuelgue el látigo y guarde las correas, me meteré en la cama y me tocaré pensando en ser el insecto bajo unos pies. Pensaré en tus pies. Cuando llegue al orgasmo gritaré tu nombre contra la almohada, como una idiota, como una perra que no aprende.

***

¿Estaré avergonzada? Un poco. No escribo todo esto con poca vergüenza; al contrario, la siento subir por el cuello mientras tecleo. Pero mi sexo habla más fuerte que mi cabeza y me obliga, cada cierto tiempo, a humillarme en público. Para placer de algunos lectores, supongo. Y para el mío, eso es seguro, ahora mismo, con una mano en el teclado y la otra donde no debería.

Termino el café, que ya se enfrió, y vuelvo al trabajo. A la vida común de una mujer adulta promedio en la capital. Reuniones, correos, una factura que pagar. Hay tan poca magia en todo esto. Tan poco peso, tan poca consecuencia.

La sumisión es lo único que de verdad me hace feliz, y se siente tan lejana de la vida que llevo ahora que a veces dudo de haberla vivido. La gente que veo en el transporte, en la oficina, en las noticias, jamás entendería el placer de ser un objeto. La paz exacta de no tener que decidir nada.

Nunca podré contarles a mis compañeras lo radiante que me sentía cuando me despojaban de la voluntad y del juicio. Cuando bebía de la mano de un hombre lo que él decidiera darme, cuando la cara se me llenaba de saliva y me veía reflejada, diminuta, en los objetos más sucios de la habitación. Esas mujeres hablan de ascensos y de vacaciones, y yo asiento, y sonrío, y guardo mi verdad bajo la blusa planchada.

Pero avanzo. Continúo. Sirvo el segundo café, abro el portátil, respondo el primer correo del día. Otro día normal, me digo. Y mientras lo escribo, ya estoy contando las horas que faltan para la noche.

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Comentarios (5)

DominioTotal

Increible. Hace tiempo no leía algo tan bien escrito en esta categoría. Me quede con ganas de mas.

CelinaRosario

Me llego al alma, en serio. Esa escena del café al principio es demasiado. Por favor continua.

MaestroCba

Que intensidad. Pocas veces un relato de bdsm logra transmitir lo emocional por encima de lo físico. Felicitaciones.

SilRosario88

No soy de este tipo de relatos pero me lo recomendaron y la verdad que vale la pena. Se hace corto :)

VivianaT

Leyo mi novio esto conmigo y ahora tenemos pendiente una conversación jajaja

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