Todavía extraño el collar que mi amo me puso
Esta mañana, mientras la cafetera goteaba sobre la jarra, volví a pensar en la suela de sus zapatos. No en él exactamente, sino en la suela: el cuero gastado por dentro, el olor a pavimento y a cuero viejo, la forma en que la lengua se me acostumbraba a recorrerla, milímetro a milímetro, saboreando la mugre de la calle mezclada con el betún. Me vi otra vez de rodillas frente a Damián, sobre el piso que yo misma había dejado impecable tras horas de trabajo doméstico, con las piernas dormidas después de que él me inspeccionara como quien revisa una mercancía, abriéndome el coño con dos dedos secos, metiéndomelos hasta el fondo sin lubricar, sacándolos brillantes y oliéndolos frente a mi cara antes de limpiárselos en mi mejilla.
En ese entonces todavía era suya. Suya como el auto, como los envoltorios que tiraba al cesto cada noche sin mirar. Era una de sus pertenencias y él decidía cuándo y cómo usarme, en qué agujero, con qué violencia, cuánto tiempo debía tener la boca abierta esperando su corrida.
Ya pasó un año desde que aquello terminó, y aún siento el eco en las rodillas, y también más adentro, entre las piernas, donde su verga dejó una forma que ningún otro hombre supo volver a llenar. Nadie me ha llevado tan lejos como él. Nadie me ha sometido de la misma manera, con esa frialdad metódica que no buscaba mi placer sino mi obediencia, cogiéndome del pelo mientras me follaba la garganta hasta que las lágrimas y la saliva me chorreaban al pecho.
***
De cierta forma he vuelto a ser una mujer común. Ya no me arrodillo tan seguido. El trabajo ocupó el lugar que antes tenía la disciplina, y mis días empiezan con el mismo café y terminan en el mismo sofá, frente a la misma pantalla apagada. Una vida ordenada, sin sobresaltos, la clase de vida que cualquiera envidiaría.
Y sin embargo, aunque me lo niegue y probablemente me arrepienta de escribirlo, cada día deseo más volver a la rutina que él me había impuesto. Quisiera despertar con su verga latiendo contra mi paladar, ya dura desde el sueño, empujándome hacia el fondo de la garganta antes de que abriera los ojos. Chuparlo despacio, con la lengua plana bajo el glande, apretando los labios en el tronco, tragando la saliva que se me acumulaba mientras él ni siquiera me miraba, dándole placer mientras revisa el teléfono, abre una aplicación, lee mensajes de otras y me sostiene la cabeza con una sola mano floja sobre el cráneo, marcando el ritmo con la muñeca como quien mueve un vaso. Echo de menos esa indiferencia. La forma en que mi boca trabajaba para alguien que apenas registraba mi existencia, y sin embargo terminaba corriéndose caliente y espeso contra mi paladar, obligándome a tragar cada gota antes de decir «gracias» con la voz áspera.
Añoro, aunque sea una sola vez más, llevarle el desayuno desnuda a la cama y recibir en el mismo gesto sus caricias y sus desprecios. Su mano podía acariciarme la nuca con una ternura que me hacía cerrar los ojos, y un segundo después escupirme en la cara sin cambiar de expresión, un gargajo tibio que me resbalaba del pómulo al labio, y su orden seca: «no te lo limpies». Las dos cosas eran él. Las dos cosas las quería.
Pienso en sus dedos abriéndome, separándome con una precisión casi clínica, sin compasión, como si estudiara una pieza antes de decidir si servía. Pienso en cómo me tumbaba boca abajo en la alfombra, me subía las caderas con una palmada seca en el culo y me hundía dos dedos en el coño hasta los nudillos, moviéndolos rápido, obscenos, hasta que los muslos me temblaban y la mancha mojada crecía bajo mi vientre. Después sacaba los dedos brillantes y los usaba para lubricarme el culo, un dedo primero, luego dos, abriéndome despacio con esa paciencia de cirujano que tenía para todo, mientras yo mordía la alfombra para no gemir demasiado alto. Y me estremezco. Es el mismo cuerpo, todavía funciona, todavía suda y tiembla cuando lo recuerdo. Pero ya no tiembla por ti.
Había un ritual, y los rituales son lo que más extraño. Cada mañana me arrodillaba junto a la puerta antes de que él se vistiera y esperaba con la cabeza gacha hasta que decidía mirarme, con el culo apoyado en los talones y las rodillas abiertas al ancho de los hombros, tal como él me había enseñado, con el coño abierto y visible para cuando pasara. A veces tardaba un minuto. A veces me dejaba ahí media hora, sintiendo cómo el frío del piso me subía por las espinillas y cómo mi propia humedad me goteaba por dentro del muslo, mientras él tomaba su café leyendo el periódico en voz baja, sin dirigirme una palabra. Aprendí a amar esa espera. El silencio era una forma de su mano sobre mi nuca.
Cuando por fin decía mi nombre, o el nombre que él me había puesto —«perra», casi siempre, dicho con la calma con que otros dicen «cariño»—, todo el cuerpo se me soltaba de golpe, como si recién entonces se me permitiera existir. Me hacía gatear hasta él, sacarle la verga del pantalón con los dientes, y chupársela lento, sin usar las manos, mientras él seguía leyendo. Esa es la sensación que persigo y no encuentro. La de aparecer en el mundo solo porque otro lo ordena, la de tener la boca llena de una polla ajena mientras el mundo sigue girando indiferente a mi lado.
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Nunca te conté de estas historias. Lo que escribo es solo mío, aunque lo lean cientos de desconocidos en la pantalla. Hay algo en exponerme ante extraños que me devuelve, de lejos, la sensación de no pertenecerme.
Me pregunto si algún día encontrarás este relato y entenderás que hablo de ti. Quizás mires tus zapatos y notes que ya no relucen como cuando mi lengua los lustraba cada mañana, antes de que me permitieras hablar. Quizás te toques leyéndome, te bajes el pantalón y te agarres la polla en el sillón donde tantas veces me hiciste arrodillar. Por favor, hazlo. Corréte pensando en mi cara, apúntame mentalmente, dispárame la leche caliente en los párpados como me la disparabas antes. Y si te sientes generoso, escríbeme una línea. No sabes cuánto quiero volver a leerte.
Bastaría con un «al suelo» tuyo para que tomara mis cosas y cruzara la ciudad hasta tu departamento. Sin ropa interior, con el collar de cuero otra vez ceñido al cuello, ese que dejaba una marca rosada que tardaba horas en borrarse, con los pezones ya duros contra la blusa antes de tocar el timbre. Iría orgullosa de volver a pertenecerte, de quedar de nuevo a tu merced, de abrirme de piernas en el recibidor y dejar que me metieras dos dedos ahí mismo, contra la pared, para comprobar que seguía mojada por ti después de un año. Quiero que vuelvas a jugar conmigo. Quiero volver a sentirme tan ínfima como me sentía bajo tu sombra, ese encogimiento en el pecho que confundía con miedo y que en realidad era alivio. Quiero volver a sentir tu verga forzándome el culo en seco, con una mano en mi nuca contra el colchón, y agradecerte cada embestida en voz alta como me obligabas.
Era más fácil cuando alguien decidía por mí.
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Me imagino que te preguntarías por la infidelidad, si llegaras a leer esto. Está bien. Diría que te perdono, pero no tiene sentido que una sumisa perdone a su amo. Ahora lo entiendo de otro modo: nunca debí negarme a que tuvieras otras mujeres. Esa noche en que te lo reproché, en que alcé la voz como si tuviera derecho, fue el principio del final.
Espero que sepas perdonarme tú a mí por haber sido una celosa, una acaparadora de la única riqueza que importaba, que era tu control. Mereces más que una sola. Mereces filas de mujeres arrodilladas rogando por chupártela por turnos, mereces cinco bocas peleándose por tu corrida, mereces coños abiertos esperando en cola tu verga. Yo me contentaría con lamerles la leche a las otras cuando terminaras con ellas, con limpiarte la polla con la lengua después de habértelas cogido, con dormir a los pies de tu cama mientras coges con otra encima. Mereces la cima entera de la pirámide. Yo me contentaría con una mirada. Con dos, si tuvieras un buen día.
Sé cómo suena. Lo escribo y me oigo patética, y aun así no borro ni una palabra. Hay una verdad en la humillación que no encuentro en ningún otro lugar de mi vida, y prefiero esa verdad a la dignidad cómoda de mis tardes.
***
Esta tarde vuelvo a sesionar con un antiguo cliente. Es lo que hago ahora: domino. Me pagan por hacerle a otros lo que yo daría cualquier cosa por recibir. Es un hombre mayor, casado, que llega con el traje impecable y se arrodilla en cuanto cierro la puerta, temblando antes de que lo toque, con la polla ya dura marcándole el pantalón.
Daré lo mejor de mí, como siempre. Destrozaré su ego con la voz, le aplastaré la masculinidad bajo el tacón como me lo pide entre súplicas, le pisaré los huevos hasta que gima y me pida perdón por existir, lo dejaré llorando y agradecido, con la punta de mi tacón hundida en su lengua y la baba corriéndole por el mentón. Le meteré el pulgar en la boca para que me lo chupe como si fuera una polla, y después se lo empujaré en el culo mientras se masturba mirándome los pies. Sabré exactamente dónde apretar, cuánto humillar, cuándo retirar el desprecio para que lo extrañe. Soy buena en esto. Demasiado buena, quizás, porque conozco el hambre desde el otro lado.
Veré en sus ojos la misma devoción ciega que yo sentía por ti mientras se corre solo, sin permiso de tocarme, disparando su semen sobre sus propios muslos, y por un instante voy a envidiarlo. Él tiene lo que yo perdí: alguien firme de pie frente a él, alguien que decide. Lo veré besar el suelo, lamer sus propias gotas del piso porque yo se lo ordené, y pensaré que ese suelo soy yo, hace un año, en otra ciudad, frente a otro hombre, tragando lo que Damián me obligara a tragar sin rechistar.
Le ordenaré que cuente en voz alta cada golpe, que agradezca cada uno, que me pida permiso hasta para respirar fuerte. Y mientras lo hago, mi voz saldrá firme, sin un temblor, esa voz de mando que aprendí imitándote a ti. Nadie sospecharía que la mujer que sostiene la fusta pasa las noches deseando estar exactamente donde está él ahora: en el piso, sin nombre, sin voluntad, con la boca abierta y la lengua afuera, esperando que alguien decida si merece levantarse o si le toca tragarse otra corrida ajena.
Y por la noche, cuando él se haya ido y yo cuelgue el látigo y guarde las correas, me meteré en la cama desnuda y me tocaré pensando en ser el insecto bajo unos pies. Pensaré en tus pies. Me lameré dos dedos, me los meteré en el coño mojado y me los sacaré para chupármelos limpios, como me obligabas a hacerte a ti. Después me follaré con tres dedos, fuerte, sin cuidado, mientras con la otra mano me apretaré el cuello imaginando que es tu mano, y me pellizcaré los pezones hasta que me arda. Me meteré el pulgar en el culo justo antes de acabar, porque sé que así me corría más fuerte contigo. Cuando llegue al orgasmo gritaré tu nombre contra la almohada, con el coño palpitándome contra la palma y el semen imaginario tuyo goteándome por dentro, como una idiota, como una perra que no aprende, y me dormiré con los dedos todavía dentro, oliendo a mí, oliendo a nadie.
***
¿Estaré avergonzada? Un poco. No escribo todo esto con poca vergüenza; al contrario, la siento subir por el cuello mientras tecleo. Pero mi sexo habla más fuerte que mi cabeza y me obliga, cada cierto tiempo, a humillarme en público. Para placer de algunos lectores, supongo. Y para el mío, eso es seguro, ahora mismo, con una mano en el teclado y la otra metida en el pantalón del pijama, dos dedos frotándome el clítoris despacio mientras escribo esto, con el coño ya empapado de tanto recordar.
Termino el café, que ya se enfrió, y vuelvo al trabajo. A la vida común de una mujer adulta promedio en la capital. Reuniones, correos, una factura que pagar. Hay tan poca magia en todo esto. Tan poco peso, tan poca consecuencia.
La sumisión es lo único que de verdad me hace feliz, y se siente tan lejana de la vida que llevo ahora que a veces dudo de haberla vivido. La gente que veo en el transporte, en la oficina, en las noticias, jamás entendería el placer de ser un objeto, de tener tres agujeros usables y ninguna palabra propia. La paz exacta de no tener que decidir nada, ni cuándo tragar, ni cuándo abrir las piernas, ni cuándo cerrar la boca.
Nunca podré contarles a mis compañeras lo radiante que me sentía cuando me despojaban de la voluntad y del juicio. Cuando bebía de la mano de un hombre lo que él decidiera darme —agua, semen, saliva—, cuando la cara se me llenaba de corrida y me veía reflejada, diminuta, en los objetos más sucios de la habitación, con hilos blancos colgándome de las pestañas y de la barbilla. Esas mujeres hablan de ascensos y de vacaciones, y yo asiento, y sonrío, y guardo mi verdad bajo la blusa planchada, con las bragas todavía húmedas de haberme tocado antes de salir.
Pero avanzo. Continúo. Sirvo el segundo café, abro el portátil, respondo el primer correo del día. Otro día normal, me digo. Y mientras lo escribo, ya estoy contando las horas que faltan para la noche, para volver a meterme la mano entre las piernas y gritar tu nombre a una almohada que no responde.





