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Relatos Ardientes

El marido de la mucama vino a darme una lección

El timbre sonó justo cuando revisaba unos planos sobre el escritorio. Llevaba toda la mañana encerrado en el estudio y la interrupción me molestó. Abrí la puerta esperando un repartidor y me encontré con un hombre que no conocía: cuarentón, complexión corriente, con una mirada directa que no parpadeaba y un aire de impaciencia que llenaba todo el umbral.

—Soy el marido de Lorena. La que limpia acá —dijo, sin saludar—. Vengo a preguntar si trabaja bien. Si se porta bien.

La pregunta era tan fuera de lugar que tardé en responder. Lorena entraba dos veces por semana, era puntual y discreta, y yo apenas cruzaba con ella un par de frases.

—Sí, claro —dije al fin—. Es una excelente empleada. Muy eficiente.

—Mmm. Me alegro —contestó él, y entró en la casa como si tuviera derecho a hacerlo, rozándome el hombro al pasar—. Oiga, una cosa. Quiero que le haga una prueba. La próxima vez que venga, dígale que lave los platos. Pero asegúrese de que se ponga sus guantes y su delantal de cocina.

Fruncí el ceño, confundido y ya irritado.

—¿Y por qué tendría que hacer eso? Es una prueba absurda.

El hombre se acercó un paso más, bajando la voz hasta convertirla en una confidencia.

—Porque con el delantal y los guantes Lorena se transforma. Se pone otra. Y yo siempre termino cogiéndomela acá, contra la mesada. Es nuestra cosita.

Me faltó el aire. La crudeza de la confesión me dejó mudo, parado en mi propio recibidor sin saber qué hacer con las manos.

—Venga. Muéstreme dónde guarda sus cosas —insistió.

Como hipnotizado, lo guié hasta la cocina, hasta el pequeño armario donde Lorena dejaba sus pertenencias. No entendía por qué obedecía. Solo sentía que el aire se había vuelto espeso y que aquel desconocido había tomado el mando de algo que hasta hacía cinco minutos era enteramente mío.

***

Abrió la puerta del armario y sacó un delantal de algodón azul, gastado y suave por el uso. Lo sostuvo en alto y señaló una mancha blanquecina, un poco rígida, cerca del bolsillo.

—¿Ve? —dijo, con una sonrisa de triunfo—. Está enlechado. Es la prueba de que soy su dueño.

Me lo acercó a la cara.

—Huela.

En un estado que no sabría describir, me incliné y aspiré. El olor era dulzón, inconfundible, el rastro seco del sexo de otro. Mi estómago se revolvió, pero no de asco. Fue algo peor y más desconcertante: una excitación oscura que no había pedido y que no sabía apagar.

—No solo lo huela —dijo él, en un susurro—. Pruébelo. Pase la lengua y vea a qué sabe ser de otro.

Fue una orden que rompió todas mis defensas. Con los ojos vidriosos, saqué la lengua y lamí la tela tiesa. El gusto salado y lechoso estalló en mi boca. Era el sabor de la sumisión, la confirmación de que aquella mujer que limpiaba mi casa era posesión de aquel hombre, y de que yo, ahora, estaba arrodillándome ante la misma evidencia.

Él rió, un sonido bajo y satisfecho.

—Parece que le gusta la leche, ¿eh, jefe?

Antes de que pudiera negar nada, ya estaba actuando. Me quitó el delantal de las manos y me lo pasó por el cuello.

—Póngaselo. Póngase el delantalcito de Lorena.

Mis movimientos eran torpes, automáticos. Me até la tira a la espalda sobre mi camisa cara, sintiéndome un impostor dentro de mi propia ropa. Después me tendió los guantes de goma amarillos. Me los calcé y el látex me apretó las manos, frío y ajustado, como una segunda piel que no era la mía.

—Así está bien —dijo, mientras se abría el cierre del pantalón y sacaba el miembro, ya duro—. Ahora sabe lo que siente ella. Ahora es una sirvienta más. Y las sirvientas saben cómo terminar su trabajo.

Me empujó con suavidad por los hombros hasta que me arrodillé sobre el frío suelo de la cocina. Mi cabeza quedó a la altura exacta de su sexo.

—Abra la boca, jefe —dijo, con una voz cargada de un poder absoluto—. Termine como una sirvienta.

Abrí la boca sin resistencia y lo recibí. Mientras lo chupaba, con el delantal puesto y el sabor seco todavía en la lengua, supe que nunca más volvería a mirar a mi empleada de la misma manera. Y supe, sobre todo, que aquello no me horrorizaba tanto como debería.

***

El miembro era grueso, venoso, pesado sobre mi lengua. El sabor era real, salado, y activó un interruptor en algún lugar de mi cabeza que apagó al empresario de los planos y encendió otra cosa, una versión de mí que no conocía y que llevaba años esperando que alguien la sacara.

Empecé a mamar con una torpeza que pronto se volvió hambre. Pasé la lengua enguantada por la punta, explorando cada pliegue, cada vena, como si tuviera que aprenderlo de memoria. El hombre soltó una risa gutural que vibró contra mis labios.

—¡Mirá vos! —dijo, agarrándome del pelo—. El dueño de la casa, de rodillas en su propia cocina, chupándole la pija al marido de la mucama. ¿Te imaginás lo que dirían tus socios si te vieran así?

Las palabras eran humillantes, pero para mí funcionaban como combustible. Mamaba con más ganas, con más devoción, sintiendo cómo todo lo que me definía afuera —el dinero, el apellido, el escritorio lleno de planos— se escurría y era reemplazado por una sumisión cálida que me ardía en el vientre.

—Así, sí. Qué buena boca tenés —jadeó él, empujándome despacio contra la cara—. Te gusta sentir un macho en la garganta. Te gusta que te usen.

No respondí. No hacía falta. Mi cuerpo respondía por mí, inclinándose hacia él, buscándolo cuando se retiraba un poco.

Se apartó de golpe y me dejó jadeando, con un hilo de saliva colgándome del labio. Me miró desde arriba con una sonrisa cruel.

—Levantate y agarrate de la pileta —ordenó—. Las sirvientas no solo chupan. También limpian.

***

Temblando, me incorporé y me apoyé contra el fregadero de acero, con el delantal de Lorena colgándome de la cintura. Él se acercó por detrás, me bajó el pantalón y la ropa interior de un tirón y me dejó expuesto bajo la luz fría de la cocina. Me pasó una mano por las nalgas, palpándome con calma de propietario.

—Qué culo, jefe. Tan apretado. Tan virgen —susurró, mientras introducía un dedo que se deslizó con un lubricante que había traído en el bolsillo, como si supiera desde el principio cómo terminaría todo—. Lo querés acá también, ¿no? Querés que te llene como a tu sirvienta.

—Sí... —logré decir, con la voz rota—. Por favor...

—Primero, lavá —ordenó, abriéndome con dos dedos—. Lavá los platos, sirvienta, mientras te preparo el agujero.

Con las manos enguantadas empecé a fregar los platos del desayuno. Era un acto absurdo, surrealista, mientras sentía cómo me dilataba, cómo me preparaba con una paciencia metódica. Cada movimiento de la esponja se sincronizaba con el de sus dedos dentro de mí. El agua corría, los platos chocaban, y yo gemía bajo, mordiéndome el labio, fregando la vajilla de mi propia casa convertido en otra persona.

—Ya está bien de limpieza —dijo al fin, retirando los dedos—. Ahora viene el enjuague final.

Me penetró de un solo golpe. Solté un grito de dolor puro que en segundos se transformó en un placer abrumador, espeso, que me subió por la espalda. Me aferré al borde del fregadero con los guantes amarillos chorreando agua, sintiendo cómo me llenaba, cómo me poseía, cómo me convertía en algo suyo sin pedir permiso.

—¡Así! ¡Tomala toda! —jadeaba, embistiéndome con una fuerza brutal—. Te voy a dejar goteando, igual que a Lorena cuando termino con ella.

Me follaba sin pausa, usándome como un objeto, mientras yo me derrumbaba contra el acero, gimiendo, completamente entregado a un papel que jamás había imaginado para mí y que, sin embargo, me calzaba como aquellos guantes ajustados. El ritmo era salvaje. Cada embestida me arrancaba un sonido que ya no intentaba contener.

Hasta que, con un rugido final, se vino dentro de mí. Lo sentí latir, vaciarse, marcarme por dentro con un calor que me dejó las piernas flojas. Se mantuvo quieto un momento, hundido hasta el fondo, dejando que se asentara lo que acababa de hacer. Después se retiró de golpe.

Me desplomé sobre el fregadero, con el delantal salpicado de agua y el cuerpo ardiendo, vacío y lleno a la vez.

***

El hombre se abrochó el pantalón con una tranquilidad que me resultó casi obscena, como si nada extraordinario hubiera pasado, como si entrar a una casa ajena y dar vuelta a su dueño fuera parte de su rutina.

—Ahora sí sos una sirvienta de verdad, jefe —dijo, recogiendo su saco de la silla—. Quedate el delantal. Te queda mejor que a ella.

Caminó hacia la puerta y se detuvo en el umbral, mirándome todavía de rodillas en mi propia cocina, sin fuerzas para levantarme.

—La semana que viene vuelvo a ver cómo va tu trabajo —agregó—. Portate bien hasta entonces.

La puerta se cerró. Me quedé un largo rato así, escuchando el goteo de la canilla y el latido sordo de mi propio cuerpo. Cuando por fin me incorporé, me miré las manos enguantadas, el delantal azul ceñido a la cintura, y entendí que ya no había vuelta atrás. Algo se había abierto dentro de mí y no tenía ninguna intención de volver a cerrarse.

Esa noche no toqué los planos. Me quedé sentado en la cocina, con el delantal todavía puesto, contando los días que faltaban para que volviera.

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Comentarios (4)

FanRelatos_ok

Tremendo!! De los mejores que lei en mucho tiempo, en serio.

DanteRosario_AR

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas... no puede terminar ahi!

Mariela_Gba

Me encanto el giro que le diste a la situacion. No me lo esperaba para nada jajaja. Muy bueno!

NochesBaires

Que tension desde el primer parrafo. Te atrapa y no te suelta.

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