El tratamiento que supliqué en aquella clínica
La clínica Valverde quedaba en las afueras, lejos de cualquier cosa que se pareciera a una ciudad. Era un edificio bajo de hormigón gris, con pasillos largos y fluorescentes que zumbaban toda la noche, como si el lugar entero respirara a través de ellos. A Mariana la habían internado allí hacía tres semanas, y desde la primera noche supo que no iba a curarse de nada.
Tenía veintidós años y un diagnóstico que sonaba grave en los informes: «compulsión sexual, riesgo para sí misma». A ella le parecía una manera elegante de decir que deseaba demasiado y sin pedir permiso. La habían encerrado después de un par de episodios en la facultad —un profesor en un aula vacía, un desconocido en el aparcamiento la misma tarde—, y el resto de su familia había firmado los papeles con alivio.
Lo que nadie escribió en ningún expediente era la verdad más simple: para Mariana aquello nunca había sido una enfermedad. Era lo único que la hacía sentir despierta.
Esa noche se había rendido otra vez. A oscuras, sobre el colchón duro de su habitación, había dejado que sus dedos bajaran lentos por el vientre hasta el calor entre sus piernas. Con la otra mano se apretaba el cuello, buscando ese instante en que el aire se vuelve escaso y todo lo demás se borra. Respiraba bajito para que no la oyeran.
No sirvió de nada. Siempre la oían.
La puerta se abrió de golpe y la linterna del celador cortó la oscuridad. Tobías, el más grande de todos, el que olía a tabaco y a cloro.
—Otra vez —dijo, sin sorpresa, casi con fastidio—. Levántate.
La sujetó por el brazo y la arrastró fuera. Mariana fingió resistirse, dejó que sus talones golpearan el suelo frío, que su cuerpo a medio vestir se retorciera contra la mano enorme que la sostenía. Pero el forcejeo era una mentira y los dos lo sabían. Cada tirón le erizaba la piel.
El pasillo parecía no terminar nunca. Cuando por fin se abrió la puerta de la sala de examen, la luz blanca le hizo cerrar los ojos.
***
Era una habitación estéril, con una camilla metálica en el centro y un olor a desinfectante que se le metía en la garganta. Sentado en una silla, con la bata impecable y un expediente en las rodillas, estaba el doctor Solana. Cuarenta y tantos años, mandíbula dura, unas manos que no parecían de médico sino de alguien acostumbrado a que le obedezcan.
Levantó la vista despacio, como si ella lo hubiera interrumpido.
—Mariana —dijo, alargando las sílabas—. ¿Cuántas veces vamos a tener esta conversación?
Ella se quedó de rodillas en el suelo, jadeando, el pecho subiendo y bajando. La ropa interior se le pegaba a la piel, empapada, delineando todo lo que intentaba esconder.
—No es algo que yo decida, doctor —respondió, y la voz le salió más ronca de lo que pretendía—. Es como un fuego. Si no lo apago, me quema por dentro.
El doctor dejó el expediente sobre la camilla. Se levantó sin prisa y caminó hacia ella, y el sonido de sus zapatos contra el suelo fue lo único que se escuchó durante varios segundos. Se agachó a su altura y le tomó la barbilla entre los dedos, obligándola a sostenerle la mirada.
—Claro que lo decides —dijo en voz baja—. Eliges rendirte cada vez. La semana pasada fue un paciente en el comedor. Antes, un enfermero. Y ahora me miras a mí de esa manera. ¿Cuántos necesitas para quedarte tranquila?
Mariana tembló bajo su mano. No de miedo.
—No lo sé —admitió—. Por eso estoy aquí, ¿no?
Detrás de ella, Tobías soltó una risa grave.
—La abstinencia no le hace nada, doc. Ni finge arrepentirse.
El doctor se enderezó. Algo cambió en sus ojos, un brillo oscuro que Mariana reconoció enseguida, porque era el mismo que la habitaba a ella.
—Tienes razón —dijo él—. Prohibirle el placer es como prohibirle respirar. Lo que necesita es lo contrario. Necesita que se lo demos hasta que no pueda pedir más.
Se volvió hacia ella.
—Voy a proponerte un trato, Mariana. A partir de ahora, no decides tú. Decidimos nosotros. Cuándo, cómo y cuánto. Y si en algún momento quieres que pare, dices «Valverde» y se acaba todo. ¿Lo entiendes?
El nombre de la clínica como freno de emergencia. Mariana lo entendió perfectamente. Y entendió, sobre todo, que no pensaba usarlo.
—Lo entiendo —susurró.
—Entonces empecemos. De rodillas estás bien. Pídelo.
Ella tragó saliva. El fuego entre las piernas era insoportable.
—Por favor —dijo, mirándolo desde abajo—. Déjeme. Lo necesito.
—Más claro.
—Por favor, doctor. Déjeme tenerlo en la boca. Necesito algo que llene este vacío.
***
Tobías se colocó detrás de ella y le apartó el pelo de la nuca con una delicadeza que no encajaba con sus manos.
—Buena chica —murmuró—. Pero no te olvides de mí. Yo soy el que te arrastra por los pasillos cada noche.
El doctor se desabrochó el cinturón con una lentitud calculada, como si cada movimiento fuera parte del tratamiento. Cuando se liberó, Mariana abrió la boca sin que se lo pidieran. Lo tomó hondo, despacio al principio y después con un hambre que la sorprendió a ella misma, la lengua trabajando, la garganta cediendo. El doctor le hundió los dedos en el pelo y marcó el ritmo.
—Así —dijo, con la voz tensa—. Como si dependiera de esto. Porque ahora mismo, depende.
Tobías no quiso esperar su turno. Se desabrochó el pantalón y le presionó el sexo contra la mejilla.
—Ahora yo. Alterna. Demuéstrame que puedes con los dos.
Mariana obedeció, pasando de uno al otro, las manos subiendo para acariciarlos mientras tanto. El sabor, el calor, el peso de cada uno contra su lengua: todo la empujaba más lejos de sí misma. Hacía semanas que no se sentía tan dueña de algo, justo en el momento en que dejaba de mandar.
—Suficiente —cortó el doctor de pronto—. Levántala. A la camilla.
Tobías la alzó como si no pesara nada y la dejó sobre la superficie metálica. El frío del acero contra la espalda le arrancó un jadeo. Antes de que pudiera acomodarse, el celador le quitó la última prenda de un tirón y la dejó completamente expuesta bajo la luz blanca.
—Mírala —dijo, separándole las rodillas con las dos manos—. Lista desde que entró por la puerta.
El doctor se acercó y la observó como a un caso clínico, la cabeza ladeada.
—Primero el castigo —dijo—. No hay placer sin algo que lo equilibre. Y eso también lo sabes, ¿verdad?
La mano de Tobías cayó sobre su trasero con un golpe seco. Mariana gritó, pero el ardor se transformó casi al instante en una ola de calor que le subió por la espalda.
—Cuenta —ordenó él—. Y da las gracias.
—Uno —jadeó—. Gracias.
Otro golpe.
—Dos. Gracias.
Siguieron hasta que perdió la cuenta, hasta que la piel le ardió y cada impacto le llegó directo al centro, donde el deseo se había vuelto un dolor distinto. Se retorcía sobre la camilla, arqueándose para recibir el siguiente, pidiendo más con una voz que ya no reconocía como suya.
—Por favor —repetía—. Duele bien. No paren.
El doctor le pasó una mano por la espalda enrojecida, casi con ternura.
—Ahora el tratamiento de verdad. Vamos a llenarte hasta que se te olvide tu propio nombre.
***
Tobías se colocó detrás. Mariana sintió la presión contra una entrada más cerrada, más difícil, y se tensó por instinto.
—Relájate —dijo él, sin moverse todavía—. O no. Me gusta cuando peleas.
Empujó despacio, dándole tiempo, y el ardor agudo se fundió con algo más profundo a medida que cedía. Mariana cerró los ojos y respiró por la boca, dejando que su cuerpo se abriera milímetro a milímetro hasta acogerlo entero.
—Es demasiado —gimió, pero no dijo la palabra. Ni se acercó a decirla.
—Lo sé —respondió Tobías, y empezó a moverse con un ritmo lento y firme.
El doctor se subió a la camilla por delante. Le levantó las caderas, encontró su entrada empapada y entró de una sola vez. Mariana echó la cabeza hacia atrás y un sonido largo se le escapó de la garganta.
Entonces los dos encontraron el compás. Uno salía mientras el otro entraba, y ella quedó atrapada entre ambos, llena de un lado y del otro, sin un solo hueco para pensar.
—¿Esto es lo que querías? —le preguntó el doctor al oído, cerrando apenas la mano sobre su garganta, lo justo para que el mundo se estrechara—. ¿Que alguien decidiera por ti?
—Sí —suplicó ella, moviendo las caderas para salir a su encuentro—. Más fuerte. Úsenme.
El primer orgasmo le llegó como una ola que no vio venir y la hizo contraerse alrededor de los dos a la vez. El segundo, casi encima, fue más hondo y la dejó temblando. Cuando empezó a sentir el tercero subir, ya no distinguía dónde terminaba uno y empezaba el otro, ni si los gemidos que llenaban la sala eran suyos o de ellos.
Tobías aceleró, su respiración volviéndose entrecortada contra la nuca de ella.
—Me voy a correr —gruñó—. Tómalo todo.
—Yo también —dijo el doctor, embistiendo más profundo, la voz por fin perdiendo el control que había sostenido toda la noche.
Terminaron casi al mismo tiempo, y Mariana sintió el calor inundarla por dentro mientras un último temblor la recorría de pies a cabeza. Se quedó tendida sobre el metal frío, exhausta, con una sonrisa que no podía borrar.
—Más —murmuró, casi sin voz—. No paren.
El doctor se apartó y empezó a recomponerse la bata, otra vez sereno, otra vez el hombre del expediente.
—Esto es solo el principio —dijo—. Mañana volverás a romper las reglas. Y nosotros volveremos a corregirte.
Ella cerró los ojos, el cuerpo todavía latiendo con réplicas. En la penumbra de la clínica Valverde, con la piel marcada y la garganta seca, Mariana supo una cosa con absoluta certeza: por nada del mundo pensaba curarse.