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Relatos Ardientes

El día que descubrí mi lado más sumiso

Pasaron varios días desde aquella tarde con Marina y yo seguía sin poder pensar en otra cosa. Los dos teníamos clases que atender, así que no había manera de dejarlo todo para revolcarnos como si el mundo se acabara. Ella estudiaba enfermería, todavía sin prácticas en el hospital, encerrada en las aulas aprendiendo lo que tocaba en el primer curso. Yo arrastraba mis propias asignaturas y el cansancio de no dormir bien.

Pero el recuerdo no me soltaba. Todavía sentía en la boca el sabor de aquella tarde, su olor mezclado con el mío, las palabras con las que me había marcado por dentro mucho más que con la mano. Cada detalle volvía a mí con una nitidez que casi dolía.

Esa mañana, bajo el agua de la ducha, la tenía dura como pocas veces. No lo pude evitar. Cerré los ojos y empecé a tocarme pensando en sus imágenes, en sus insultos, en la forma en que me había hablado como si yo no valiera nada y, sin embargo, jamás me había sentido tan vivo.

Terminé contra los azulejos, jadeando, con el semen pegado a la pared y los muslos temblando. Mi ducha es un rincón estrecho, apenas un metro por setenta centímetros, justo para girarse. Me quedé mirando aquel desastre que goteaba despacio, todavía con pequeños espasmos recorriéndome.

Fui a coger un trozo de papel para limpiarlo, pero me detuve. Algo me frenó la mano. En mi cabeza volvió su voz, clara, como si estuviera detrás de mí.

—Lámelo. Límpialo con la lengua, esclavo —decía Marina.

No lo pensé demasiado. Estaba demasiado caliente para razonar. Acerqué la lengua a la pared y, contra toda lógica, la polla se me puso dura otra vez con la sola idea. Lamí hasta dejar los azulejos limpios, saboreándolo, sintiéndome a partes iguales humillado y excitado.

No dejaba de pensar en ella, en sus desprecios, en las marcas que todavía me ardían en la espalda. Me había gustado. Me había gustado tanto que solo quería saber cuándo volvería a llamarme. Y los días pasaban sin una sola señal suya.

Me sequé, me unté una crema en las marcas que aún tenía y salí a la calle sin rumbo, intentando despejarme.

***

Fue entonces cuando pasé por delante de un local en el que nunca me había fijado. Un sex-shop discreto, con el escaparate empapelado. En el cartel se leía algo sobre cabinas y pasillos privados. Sentí una curiosidad que me empujó hacia dentro casi sin decidirlo.

Primero recorrí los estantes, fingiendo interés en los artículos. Llevaba días durmiendo mal, soñando con Marina, con ser sometido y humillado por ella, soñando incluso que me penetraba con un arnés y me obligaba a lamerlo después. Esos sueños me habían dejado con el cuerpo pidiendo algo que no sabía nombrar.

Al fondo había un pasillo de cabinas con mamparas. Un lado para los que mandaban, otro para los que servían. Entre las separaciones, unos agujeros a la altura adecuada. Vi a alguien arrodillarse, meter la mano por uno de ellos y, al momento, asomar al otro lado una polla dura.

Me quedé en mi extremo, sin saber qué hacer, mirando. Algunas chicas pasaban riéndose, otras se arrodillaban también y lamían con ganas, excitadas. Había una especie de ritual en el aire, una entrega que entendía perfectamente porque era la misma que Marina había despertado en mí.

Una polla asomó justo en mi tabique. Sentí un vuelco en el estómago. Iba a irme. Pero recordé la forma en que la chica de antes había besado el glande con algo parecido a la reverencia, y algo dentro de mí se rindió. Me arrodillé.

La besé despacio, como me había salido del cuerpo, y un segundo después la tenía en la boca. Debí de hacerlo bien, porque desde el otro lado llegaban los jadeos de aquel hombre, cada vez más entrecortados, hasta que se corrió.

—Trágatela toda. Y si quieres que te lo eche en la cara, retírate al final, esclavo —ordenó una voz grave.

No me lo esperaba, pero tragué. Él siguió moviéndose unos segundos más antes de apartar.

—Ahora retírate —dijo.

Obedecí. Saqué la lengua como me había pedido y sentí el calor en la cara, en los labios, en la barbilla. Me temblaban las piernas.

—La chupas bien y la tragas mejor —dijo la voz, divertida—. Espero que vuelvas a menudo.

—Límpiamela —añadió.

Lo hice. Pasé la lengua por toda su longitud, todavía aturdido, hasta que noté algo distinto, un calor líquido que no esperaba. Se estaba meando dentro de mi boca.

—Bebe y disfruta, esclavo —dijo.

Bebí. No sé de dónde saqué el valor, pero bebí, sintiéndome reducido a nada y, al mismo tiempo, completamente entregado. Cuando se retiró, me lo echó por la cara y por la cabeza.

—Agacha la cabeza —ordenó.

La agaché. Me empapó entero, y de mi garganta salió un gemido que no supe si era de vergüenza o de placer.

—Nos vemos otro día —dijo, y oí cómo se subía la cremallera, satisfecho.

***

Me quedé de piedra, de rodillas, con el cuerpo húmedo y la mente en blanco. Entonces una chica del compartimento de al lado me habló.

—Enhorabuena. ¿Es tu primera vez? —preguntó.

—Sí —respondí, muerto de vergüenza, con los restos pegados a la piel—. Es la primera vez.

—¿Sabes quién era ese? —preguntó.

—No —dije, colorado.

—Tranquilo. No eres el primero que viene aquí a arrodillarse —dijo ella con una sonrisa amable—. Yo vengo a menudo. Me gusta una buena polla tanto como a cualquiera. Anda, salgamos de aquí.

Salimos juntos de la zona. Justo cuando cruzábamos la cortina, el hombre del otro lado apareció buscando, supuse, ver la cara de a quién acababa de usar. Llegó tarde. La chica me empujó suavemente hacia la salida.

—Ten cuidado —me advirtió ya en la calle—. A veces los que mandan son unos imbéciles y aparecen para verte la cara. No deberían, pero pasa.

—Entiendo —dije.

—Me llamo Vanesa, por cierto. Cuéntame tu historia. Algo me dice que tienes una.

Y se la conté. Le hablé de Marina, mi vecina, de aquella tarde, de lo que había hecho después en la ducha. Vanesa escuchaba con los ojos brillantes, mordiéndose el labio.

—O sea, que tienes una ama y a la vez no la tienes —dijo al fin, mirándome con un morbo que no se molestó en disimular—. Qué cosas.

Se quedó callada un momento, evaluándome de arriba abajo.

—Mira, te voy a hacer una propuesta —dijo—. Tengo ganas, y algo me dice que tú también. Se te nota en el pantalón.

***

Acepté. La verdad es que tampoco me habría atrevido a negarme: Vanesa tenía carácter y una forma de mirar que no admitía dudas. Me llevó a su casa, a pocas calles de allí, y empezó a desnudarse mientras me ordenaba que hiciera lo mismo.

Cuando vio mi polla, abrió mucho los ojos.

—No me lo puedo creer —murmuró, acercándose—. Me ha tocado la lotería.

Se mordió el labio, rodeándome despacio.

—Quiero que me folles fuerte. Si me gusta, te dejaré lamerme los pies —dijo—. Y te dejaré hacer todas las guarradas que se te pasen por la cabeza. Creo que vas a disfrutar.

Nos besamos. Bajé por su cuello, por su pecho, mordí sus pezones duros mientras ella gemía sin contenerse. La levanté y la empotré contra la pared, y la follé con todas las ganas acumuladas de aquellos días. Vanesa no paraba, encadenó un orgasmo con otro hasta que se corrió con tanta fuerza que me empapó los muslos y se quedó temblando, agarrada a mi cuello.

—Date la vuelta —jadeó, poniéndose a cuatro patas en la cama—. Por detrás. Sin piedad.

La penetré despacio al principio, luego más fuerte, según me pedía. Ella se corría una y otra vez, gimiendo contra las sábanas, hasta que terminé dentro de ella con un gruñido largo.

—Eres la hostia —dijo, jadeando, con una sonrisa torcida—. Menudo esclavo me he encontrado.

***

Se levantó despacio, todavía recuperando el aliento, y fue hacia una mesita junto a la cama.

—Has cumplido —dijo—. Ahora me toca a mí pagarte, esclavo.

Abrió un cajón y sacó un collar con su cadena, unas pinzas, una fusta. Sentí un escalofrío que no era de miedo, o no solo de miedo.

—De rodillas —ordenó—. Voy a hacer que goces como nunca.

Me arrodillé. Me colocó las pinzas en los pezones y el dolor me arrancó un quejido que se transformó enseguida en otra cosa. Sacó un cubo con hielo y me pasó un trozo por la polla hasta dejarla encogida, y entonces me cerró un cinturón de castidad que solo dejaba a la vista lo justo.

Al momento intenté ponerme duro y no pude. La presión del dispositivo me volvía loco.

—Apoya la cabeza y los codos en el suelo y sácame el culo —ordenó.

Obedecí. Sentí cómo me llenaba con un enema, una sensación extraña, invasiva.

—Si aguantas veinte minutos, más limpio lo tendrás para lo que viene —dijo, divertida.

—Ay… cómo duele —murmuré, apretando los dientes hasta que no pude más y salí corriendo al baño.

Repetimos. La segunda vez aguanté menos, pero quedé limpio. Entonces volvió con lubricante y empezó a abrirme con un dedo, luego dos, luego tres. Al principio solo se me escapaba algún gemido de dolor. Pero poco a poco el dolor se fue volviendo otra cosa, y empecé a gemir de un placer que no había conocido nunca.

—¿Ves cómo esto te gusta? —dijo Vanesa, encantada de estar estrenándome.

No pude evitar que los gemidos salieran solos. Ella seguía, paciente, ampliándolo todo, hasta que noté que cabía mucho más de lo que jamás habría imaginado. Sus dedos entraban y salían cada vez más rápido, y de pronto tocó algo dentro de mí que me hizo correrme sin freno, entre temblores, derrumbándome sobre el suelo.

—Veo que también es tu primera vez por aquí, esclavo —dijo, riéndose, sentándose en una silla.

—Ven. Límpiame los pies —ordenó después.

Me arrastré hasta ella y lamí sus plantas con ganas, recorriendo cada dedo, el hueco entre ellos, saboreando el sudor de quien camina descalza todo el día. Vanesa cerró los ojos y disfrutó del masaje hasta que me apartó con el pie.

—Ahora el suelo —dijo.

—Sí, ama —respondí, y lo limpié todo con la lengua.

Me pasó un vaso para enjuagarme la boca y escupir en el lavabo. Luego tiró de la cadena y me hizo caminar a cuatro patas por toda la casa, como un perro, hasta el sillón. Se sentó, me agarró del pelo y me hundió la cara entre sus piernas.

—Límpiame —ordenó, dándome con la fusta en la espalda para que no me detuviera.

La lamí hasta hacerla correrse otra vez, mientras ella gemía y me marcaba la piel con cada golpe. Al final me empapó también la boca, y yo lo acepté todo, rendido por completo.

***

Estaba extasiado, más excitado y más entregado de lo que había estado nunca. Descansamos un rato, nos duchamos y, antes de irme, Vanesa me dio su número.

—Para futuros encuentros —dijo, guiñándome un ojo.

Salí a la calle caminando raro, con el cuerpo dolorido y una sonrisa que no podía borrar. Pensé en todo lo que había pasado ese día, en Marina, en el desconocido de la cabina, en Vanesa. No podía creer hasta qué punto mi vida había cambiado por completo. Y, por primera vez en mucho tiempo, no quería que volviera a ser como antes.

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Comentarios (4)

CandorN88

Que bueno!!! sigue subiendo mas relatos asi, me encanto

NenaCordoba

Me quede con ganas de saber como termino todo... por favor continua, no puede quedar asi

Darkero_92

Me recordo a algo que vivi hace un tiempo. Es una sensacion muy particular descubrir ese lado de uno mismo. Muy bien escrito, se siente autentico.

ValeSC_83

La puerta que no debias cruzar... y sin embargo la cruzaste jaja. Tremendo, me encanto

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