Saltar al contenido
Relatos Ardientes

En el garaje le enseñé a obedecerme

Después del tiempo que nos habíamos dado, llegó su mensaje. No puedo explicar la ilusión que me hizo ver su nombre en la pantalla. Había pensado mucho en ella, incluso en escribirle primero, pero nunca supe cómo iba a reaccionar.

Fue una conversación normal, de vecinos que se cruzan en el ascensor y se caen bien. Nada de aquellos mensajes cargados de deseo que nos habíamos mandado meses atrás. Sin embargo, mientras le respondía con frases tibias y educadas, a mí no dejaban de venirme imágenes de todo lo que podríamos llegar a hacer.

A la mañana siguiente volvió a meterse en mi cabeza. No podía dejar de pensar en aquellas fotos que me había enviado una madrugada, en lo que habíamos hablado, en las cosas que ella misma me confesó que le gustaba que le hicieran.

Esta vez no voy a contenerme, pensé mientras me afeitaba.

El día siguió su curso, con su cuerpo apareciendo de vez en cuando entre una reunión y otra. Llegó la tarde y, con ella, las ganas de coincidir en el garaje del edificio. No sabía cómo iba a reaccionar al verla. Me ponía duro solo de imaginarlo, y a la vez me temblaban un poco las manos.

Me disponía a entrar cuando vi que la puerta automática ya estaba subida. Su coche estaba en la plaza de siempre, con las luces encendidas. Al maniobrar para meter el mío, vi cómo se apagaban: acababa de llegar. Aparqué a dos plazas de la suya y, cuando bajé, ella ya estaba de pie junto a su puerta, esperándome.

—¡Buenas! ¿Qué tal? —dijo, colgándose el bolso al hombro.

—Hola, Carla. Qué alegría verte. Yo bien, ¿y tú?

—Bien. Ya subía para casa.

—Me lo imaginaba. Yo también, je.

No podía parar de mirarla de arriba abajo. Iba de oscuro, como acostumbraba. Un vaquero ajustado y una chaqueta de cuero a medio abrochar, con los dos primeros botones de la camisa sueltos. Por el hueco asomaba un top de puntilla negra. Un pañuelo largo y sedoso le envolvía el cuello. Daba igual la ropa: yo solo veía su cuerpo desnudo.

—Oye… ¿me dejas que te dé dos besos y un abrazo?

—Claro, Adrián, ¡cómo no!

Apoyé la mano izquierda en su cintura y pasé la derecha por detrás de su nuca para acercarla. Le di dos besos lentos, uno en cada mejilla, y dejé que terminaran en un abrazo más largo de lo que correspondía. Olía a vainilla tibia, ese perfume que me volvía loco. Bajé un poco el pañuelo y le besé el cuello.

Se apartó de golpe y me empujó con las dos manos.

—¿Qué haces? —susurró, mirando hacia las cámaras—. Habíamos quedado en no caer en esto. ¡Estás casado!

—Te diría que lo siento, pero estaría mintiendo. Me pones demasiado.

—Tú también me gustas, y te follaría sin pensarlo. Pero sabes que no podemos. O mejor dicho, no debemos.

Volví a agarrarla de la cintura, esta vez con fuerza, y la atraje hacia mí para besarla en la boca mientras ella se resistía. Con una mano le sujeté la nuca; con la otra le quité el pañuelo. Al notar lo largo que era, me llegó para algo más que para callarla.

La giré contra la carrocería de su coche y le crucé las muñecas a la espalda. Enrollé la seda y se las até con un nudo firme. Ella tiró una vez, comprobando, y entendió que no iba a soltarse sola.

—Suéltame ahora mismo —dijo, pero su voz ya no sonaba igual.

—Vas a estarte quieta y a escuchar.

Le abrí la chaqueta y la deslicé hacia atrás hasta que le quedó atrapada sobre los hombros, sumándose a las ataduras. Desabroché la camisa de un tirón, haciendo saltar un par de botones que rebotaron en el suelo de cemento. Le subí el top y me encontré con la sorpresa de que no llevaba sujetador. Aquellos pechos que tantas noches había imaginado estaban por fin frente a mí.

No lo dudé. Me incliné y los recorrí con la lengua, mordí despacio, jugué con cada pezón hasta sentirlo endurecerse. Ella intentaba zafarse, arqueando la espalda, pero poco a poco su cuerpo dejó de luchar y empezó a buscarme.

—Esta vez no voy a reprimirme —le dije al oído—. Sé que tú también lo deseas.

No podía hablar, pero sus ojos clavados en los míos lo decían todo.

—Voy a quitarte el pañuelo de las manos solo si prometes portarte bien. ¿Lo prometes?

Asintió con la cabeza.

—Vas a hacer todo lo que yo te diga. No lo que tú quieras. Lo que yo diga.

—Me voy a dejar… —murmuró.

—No es que te dejes. Es que yo te obligo a darme lo que quiero.

Me abrí la bragueta y solté el botón del pantalón. Mi polla salió dura, pidiendo guerra. La empujé suavemente de los hombros para que se arrodillara sobre el cemento y se la metí en la boca sin darle tiempo a pensar.

—Si me la chupas bien, como yo quiero, te suelto las manos.

Su cabeza empezó a moverse adelante y atrás. Se detenía en la punta, daba vueltas con la lengua, volvía a tragarla entera. Cada caricia me hacía temblar las piernas. La miré desde arriba, despeinada y obediente, y supe que ya era mía.

—Buena chica. Voy a soltarte para que también puedas usar las manos.

Deshice el nudo del pañuelo. Ella, sin dejar de chupar, agarró mi polla con la derecha y empezó a masturbarme al ritmo de su boca. Con la izquierda se desabrochó el vaquero y metió la mano dentro para tocarse.

—Veo que tienes hambre, ¿eh?

—Tengo sed de ti —dijo, casi sin soltarme.

—Me gusta. Así me gusta. Pero saca la mano de ahí. Eso es mío, no tuyo.

Obedeció. Me aparté un momento, la levanté del suelo y la senté sobre el capó de su coche, que no era demasiado alto. Le quité las botas una a una, le bajé el vaquero y, de paso, tiré del tanga hacia abajo. Ella separó las piernas, dejándome todo el espacio. Su sexo brillaba, empapado.

—Voy a hacerte disfrutar un poco. Pero solo porque yo quiero.

—Sí, por favor… soy toda tuya.

Empecé a lamerla despacio, saboreando su calor. Con una mano la abría para llegar mejor; con la otra le apretaba un pecho y le pellizcaba el pezón. De vez en cuando se le escapaba un gemido que rebotaba en las paredes del garaje vacío.

—Cómo me gusta, cabrón… —jadeó.

Introduje la punta de dos dedos mientras mi lengua trazaba círculos sobre su clítoris. Cada vez estaba más mojada, más tensa, más cerca.

—Sigue así… joder, que me corro —suplicó.

Subió y subió hasta que, entre un grito ahogado y un temblor que le recorrió todo el cuerpo, se vino contra mi boca. La sujeté de la nuca y la acerqué a mí para devolverle en un beso su propio sabor.

—¿Te gusta esto? —le pregunté contra sus labios.

—Me encanta ser tan sucia como tú —respondió, tragando.

***

La agarré de la cintura y la bajé del capó hasta dejarla a la altura justa. La tenía durísima. Se la clavé de golpe y ella enredó las piernas alrededor de mi cadera. La sostuve por las nalgas y empecé a follármela de pie, dando pequeños impulsos que me dejaban entrar hasta el fondo.

—Dios, qué embestidas… —gimió.

—Ya tenías ganas de que te la metiera, ¿eh?

—Sí, sí, dame fuerte.

Le comía la boca mientras, sin que se diera cuenta del todo, dejaba un dedo jugando en la entrada de su culo, presionando un poco más con cada arremetida.

—Joder, vas a hacer que me corra otra vez.

—Todavía no. Vas a aguantar un poco más.

Cuando noté que aquel rincón estaba lo bastante dispuesto, la bajé, la giré y le doblé la espalda con una mano apoyada entre los omóplatos.

—Te voy a reventar el culo.

—Ve con cuidado…

—Calla.

Volví a amordazarla con el pañuelo que había quedado en el suelo, anudándolo flojo sobre su boca.

—Pórtate bien. Ya conoces el juego.

Le separé las nalgas y escupí para facilitar la entrada. Encaré la punta y empecé a empujar muy despacio, adelante y atrás, hasta que el músculo cedió lo suficiente. Ella se quejaba, ahogando el sonido contra la seda, pero cuando por fin entré entero, el quejido se transformó en un gemido largo de placer. Mientras la penetraba, ella llevó una mano hasta su sexo y empezó a frotarse rápido.

—No toques sin permiso lo que es mío.

Le crucé otra vez las muñecas a la espalda y se la metí de nuevo. Empecé a embestir con fuerza, agarrándola del pelo y dándole algún azote en las nalgas, como si aquello fuera un castigo merecido. Subía la intensidad al ritmo de sus gemidos, cada vez más altos, hasta que noté que se corría por segunda vez y que yo no aguantaría mucho más.

La saqué, la giré y le solté las manos.

—Ahora vas a tragarte todo lo que me has sacado.

Se arrodilló otra vez y, sin dejar de menearla, exploté en su boca, que ya esperaba ansiosa. Tragó hasta la última gota y se relamió, mirándome desde abajo con los ojos brillantes.

—Límpiate y vístete. Ya sabes lo que te espera si te portas mal —le dije, abrochándome el pantalón.

Mientras ella obedecía, recogiendo el top y los botones que pudo encontrar, me coloqué bien la ropa. Le levanté la barbilla con dos dedos, le di un último beso fuerte, la giré y le marqué la nalga con un buen azote.

—Ya me has complacido por hoy. Vete a casa.

Ella obedeció. Antes de cruzar la puerta del garaje volvió un poco la cabeza, me miró por encima del hombro y me dedicó una sonrisa que no tenía nada de inocente. Los dos sabíamos que aquello no había sido la última vez.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

LectoFan22

buenisimo!!! uno de los mejores de la categoria

PlayeroNocturno

Quede con ganas de mas, necesito una segunda parte urgente jajaja

DiegoAvent

Lo que mas me gustó es cómo transmitís la tensión desde el primer parrafo, antes de que pase nada ya se te hace un nudo. Muy bien escrito, en serio.

xavi_noche

tremendo, increible como lo contás

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.