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Relatos Ardientes

El día que firmé un año de encierro por adelgazar

Me llamo Mariela, tengo treinta y siete años y durante toda mi vida la gente me ha mirado dos veces. La primera con curiosidad, la segunda con lástima. Mido un metro sesenta y dos, peso ciento dieciocho kilos y desde que tengo memoria, mi cuerpo ha sido un país hostil que aprendí a habitar a fuerza de costumbre. Tengo el pelo negro hasta la cintura y los ojos de un castaño tan oscuro que parecen no tener fondo. De eso me acuerdo cuando me miro al espejo: de mis ojos. Del resto trato de no acordarme.

Sebastián, mi marido, me quiere de un modo que todavía no consigo entender. Llevamos doce años juntos y nunca, ni una sola vez, lo escuché quejarse de cómo me veo. Tobías, nuestro hijo de ocho, me abraza la panza como si fuera una almohada y me dice que huelo a casa. Ellos son lo único que sostiene la cuerda floja sobre la que camino todos los días. Sin embargo, ningún amor ajeno alcanza para tapar el espejo propio.

Esa mañana de marzo dejé a Tobías en la escuela y volví caminando por una calle que conocía de memoria. Sebastián estaba en la oficina, la casa me esperaba vacía y yo cargaba la rutina como una mochila de piedras. Doblé en la esquina del kiosco y lo vi: un cartel nuevo, pegado en un poste, con letras rojas sobre fondo negro. Centro Vértice de Reconstrucción Corporal. Si todo lo demás falló, nosotros no. Abajo, un número de teléfono y una promesa simple: «Resultados garantizados en doce meses.»

Saqué el celular y marqué antes de pensarlo. Una voz de mujer respondió al segundo tono.

—Centro Vértice, habla Carolina. ¿En qué puedo ayudarla?

—Hola —dije, y la garganta se me cerró. Tragué saliva—. Vi su cartel. Yo… he probado todo. Dietas, pastillas, cirujanos. Nada me funciona y ya no sé qué…

—Respire, Mariela —me cortó con suavidad.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Identificador de llamadas —respondió, sin alterarse—. Y no se asuste por lo que voy a decirle. En Vértice no usamos métodos convencionales. Trabajamos con disciplina extrema. Tomamos prácticas inspiradas en dinámicas de dominación y sumisión, las adaptamos a un programa físico, y las aplicamos en un entorno controlado.

BDSM, pensé. Pero no dije nada. Carolina siguió.

—Es un programa de doce meses en una propiedad rural cerrada. Una vez que firma el ingreso, no hay salida hasta completar el ciclo. Sin visitas. Solo videollamadas semanales con su familia. ¿Quiere que le envíe el material para que evalúe?

Asentí, aunque no me veía. Dije que sí en voz baja y colgué con las manos temblando. Diez minutos después, un mensaje de un número desconocido me trajo un enlace a una carpeta compartida. Me senté en la mesa de la cocina, todavía con el abrigo puesto, y abrí el primer video.

Una mujer, no más de treinta años, corría sobre una cinta inclinada. De su cuerpo colgaban cuerdas con pesas, sujetas en lugares que no quise mirar dos veces. Tenía la espalda surcada de marcas rojas, todavía frescas. Mientras corría, alguien fuera de cuadro le daba instrucciones en un tono firme, sin levantarle la voz. Ella no lloraba. Apretaba los dientes y seguía. El video duraba siete minutos. No paró ni una vez.

Abrí el segundo. Una mujer atada de pie a una estructura metálica, con los brazos en cruz. Una entrenadora le aplicaba electrodos a los muslos y al abdomen y le pedía que contara hasta cien sin equivocarse. Cada vez que la voz le fallaba, una descarga le cruzaba el cuerpo y ella retomaba desde el último número correcto. Conté con ella. Llegó hasta sesenta y tres.

El tercer video era distinto. La misma mujer del primero, ahora frente a un espejo de cuerpo entero, vestida con ropa deportiva ajustada. Estaba irreconocible. Sonreía. Levantaba el mentón. Detrás de ella, una cámara giraba lentamente y mostraba un cuerpo que parecía esculpido por la furia y la paciencia juntas. La fecha en la esquina del video decía once meses y dos semanas después del primero.

Cerré la laptop. Me quedé mirando la madera de la mesa, esa madera que conocía desde que nos mudamos a esta casa. Tenía el estómago revuelto y, al mismo tiempo, las manos me hormigueaban. Lo quiero, pensé. Quiero ser ella. Quiero ser la mujer del último video. Y enseguida: ¿qué clase de persona soy si quiero esto?

Esa noche, mientras Tobías dormía abrazado a un peluche que olía a champú de manzana, levanté el plato sin terminar y miré a Sebastián desde el otro lado de la mesa.

—Encontré una clínica.

Él levantó la vista. Esperó.

—Es… diferente. Muy intensa. Prometen resultados, pero hay condiciones.

—Te escucho.

—Un año entero internada. Sin visitas. Una videollamada por semana. Y una vez que entro, no puedo salir hasta terminar.

Sebastián dejó el tenedor sobre la mesa. No dijo nada por un rato largo. Después se pasó las dos manos por la cara y dejó los ojos cerrados unos segundos.

—¿Un año? ¿Sin vernos?

—Videollamadas, Fede.

—Eso no es vernos —dijo, y su voz sonó cansada, no enojada—. ¿Y Tobías? Tiene ocho años. Te necesita.

—Lo sé. Lo sé y me parte el alma. Pero también necesito poder mirarme al espejo sin querer romperlo.

Le mostré los videos. No los tres. Solo el último, el del «después». No me animé al primero ni al segundo. Sebastián miró la pantalla, después me miró a mí. Después volvió a mirar la pantalla.

—¿Qué hacen ahí, Mariela? ¿Cómo logran eso?

—Métodos extremos —dije—. No te voy a mentir. Es duro. Es físico, es disciplina, es… —no encontré la palabra correcta y me callé.

Sebastián se levantó y se fue a la ventana. Se quedó ahí, de espaldas a mí, durante mucho tiempo. La calle estaba vacía. Solo se oía el zumbido del refrigerador y, muy lejos, el ladrido intermitente de un perro. Cuando se dio vuelta, tenía los ojos rojos pero secos.

—No me gusta —dijo—. No me gusta nada. Pero te conozco hace doce años y nunca te vi mirar algo así. Si esto te va a devolver lo que perdiste de chica, voy a aguantar. Tobías y yo te vamos a esperar. Pero prométeme una cosa.

—Lo que quieras.

—Que vas a volver. Que no te van a romper en pedazos. Que vas a volver entera.

—Voy a volver —dije, y en ese momento creí que era cierto.

***

La semana siguiente fue una mentira amable detrás de otra. A Tobías le dije que iba a un campamento para mamás cansadas. Le dije que aprendería a cocinar mejor, a dormir mejor, a estar contenta cuando llovía. Él me preguntó si podía ir a visitarme y le mentí otra vez. Le dije que era un lugar lejos, en el campo, y que cuando volviera íbamos a viajar los tres juntos a donde él eligiera. Eligió la playa. Una playa donde hubiera caracoles grandes.

El día de la partida, Tobías me abrazó la panza como siempre, pero esta vez tardó más en soltarme. Sebastián me besó en la frente y me dijo al oído algo que no voy a repetir, porque es mío. Subí al auto de la clínica, una camioneta negra con vidrios polarizados, y vi por la ventanilla cómo se hacían chiquitos en la vereda. Tobías levantó la mano. Se la quedó levantada hasta que la camioneta dobló la esquina.

El viaje duró cuatro horas. Atravesamos rutas que no conocía, pueblos cada vez más pequeños, después campo abierto. Cuando llegamos a Vértice, el sol se estaba poniendo. La propiedad estaba rodeada de un alambrado alto, de los de campo, pero con un detalle que no era de campo: cámaras en cada poste, una luz roja parpadeando en cada una. Un portón eléctrico se abrió sin que nadie tocara nada. Adentro, un camino de grava llevaba a un edificio largo, bajo, encalado, con ventanas pequeñas y una puerta de hierro.

Carolina me esperaba en la puerta. Era más alta de lo que su voz sugería, delgada como un alambre, vestida de negro de los pies a la cabeza. Sonrió, pero la sonrisa terminaba antes de los ojos.

—Bienvenida, Mariela. Empieza tu transformación.

Me hizo recorrer el lugar antes de mostrarme dónde iba a dormir. Empezamos por el gimnasio. Era enorme. Cintas de correr con ganchos a la altura de la cintura, estructuras metálicas con poleas y cuerdas, una pared entera cubierta de instrumentos que no quise nombrar en mi cabeza: varillas, fustas, lo que parecían cinturones con hebillas pesadas, cables enrollados en ganchos. Todo limpio, todo en su sitio, ordenado con la prolijidad de un quirófano.

—Aquí pasarás muchas horas —dijo Carolina, sin mirarme—. Aprenderás a respetar el ritmo.

Después vino la sala de espejos. Tres paredes cubiertas de espejos del piso al techo, iluminación blanca, fría, sin sombras. En el centro, un círculo pintado en el suelo. Pregunté qué se hacía ahí. Carolina dijo:

—Te miras. Hasta que dejas de mentirte.

El comedor parecía un laboratorio. Mesas de acero inoxidable, bandejas divididas en compartimentos del tamaño exacto de una porción. No había olores. No había ruido. Una mujer con uniforme blanco fregaba algo en la cocina con la cabeza baja. No me miró cuando pasamos.

Pasamos por un corredor con puertas cerradas. Cada puerta tenía un teclado numérico. Carolina señaló una y dijo, con el mismo tono que se usa para nombrar el comedor:

—Sala de corrección.

—¿Qué se hace ahí? —pregunté.

—Lo que haga falta.

No insistí. Algo en su forma de no mirarme me decía que las preguntas no eran bienvenidas todavía.

Mi habitación era una celda. No quiero usar otra palabra porque sería falsa. Cuatro paredes blancas, una cama de metal con una sábana tirante, un escritorio vacío, un armario con un candado magnético, una ventana del tamaño de un cuaderno con rejas gruesas. Sin reloj. Sin espejo. Sin libros. Sin teléfono.

—Descansa —dijo Carolina desde el umbral—. Mañana a las cinco empezamos. Te despertará un timbre. No lo apagues. No se apaga.

Cerró la puerta. El cerrojo electrónico hizo un chasquido seco y, después, otro más profundo, como si una segunda traba se hubiera bajado por dentro. Me senté en el borde de la cama. La sábana era blanca y olía a desinfectante. No me animé a tocarla con las manos.

Las imágenes de los videos volvieron de golpe. Los electrodos, las cuerdas, las pesas colgando. Y entre ellas, en el medio, la frase que Carolina había repetido al teléfono: una vez que firma el ingreso, no hay salida. Yo había firmado dos horas antes, en una mesa larga, con un bolígrafo negro que no temblaba. Cuatro páginas. La última con una huella digital, mi pulgar derecho apretado contra una almohadilla de tinta azul que después no se borró del todo con el agua.

Me toqué el pulgar manchado. Pensé en Tobías. Pensé en Sebastián. Pensé en la mujer del tercer video, en su mentón levantado, en su sonrisa de final. Pensé en mí, en esta cama, dentro de seis meses. Dentro de doce. Pensé en si la mujer que iba a salir por esa puerta el año que viene iba a ser yo.

Me acosté con la ropa puesta, los zapatos en el suelo. Apagué la luz desde un interruptor que estaba al lado de la cama. La oscuridad era completa, sin un solo punto luminoso. Cerré los ojos y traté de respirar despacio, como me había enseñado un kinesiólogo hace años, cuando todavía creía que el cuerpo se arreglaba con paciencia.

El timbre iba a sonar a las cinco. Faltaban seis horas. Doce meses por delante. Trescientos sesenta y cinco amaneceres como este. Me dormí pensando en la huella azul de mi pulgar y en si, cuando todo terminara, todavía iba a poder llamar mío a este cuerpo.

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Comentarios (7)

Paty_87

madre mia... que relato tan fuerte. me dejo pensando un buen rato despues de leerlo.

MarceloR

Impresionante como lo contás. Hay algo en esa decisión de firmar que te atrapa desde el principio y ya no podés soltar. Esperando la continuación!!!

Silvia_BA

Nunca pensé que algo así me iba a parecer tan perturbador y fascinante al mismo tiempo. Se me hizo cortísimo, quiero más.

JuanCruz88

buenisimo!!! sigue asi

curiosa88

Y al final lo firmaste? Me quedé con la intriga jaja. Muy buen inicio, de verdad.

Nico_pampa

Que arranque tan tremendo. La desesperación del personaje se siente real, no exagerada. Buen trabajo!

tomis_rdz

Me encanta como planteas la situacion, hay una tensión que no te suelta en ningun momento. Seguí escribiendo por favor!!

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