Acepté el café sin saber que él tenía cuerdas
Llevábamos tres meses intercambiando mensajes y ninguno había sido inocente.
Empezó con una recomendación de libro, una opinión cruzada en un foro literario, un comentario que se alargó más de la cuenta. Lo que me atrapó fue su forma de escribir: nunca pedía, sugería; nunca presionaba, calibraba. Cada frase suya parecía colocada con la precisión de quien sabe exactamente qué tecla pulsar para que respondas.
Yo me reía, le decía que estaba loco, le contestaba con ironía. Pero cada vez que aparecía su nombre en la pantalla, mi vientre se contraía con esa anticipación que solo conoce quien ha empezado a desear lo que sabe que no debería.
El miércoles por la noche, su mensaje fue distinto.
«Lo que te ofrezco no es una cita. Es la oportunidad de dejar de ser la narradora de tu propia vida y, por una noche, convertirte en el personaje. Deja de imaginar mi piel contra la tuya y ven a comprobar si la realidad sobrevive a tus ficciones. La curiosidad, querida, es un hambre que no se calma leyendo.»
Lo leí tres veces. La primera me dio risa. La segunda me erizó la nuca. La tercera ya tenía las manos encima del teclado, escribiendo sin pensar.
—Iré —tecleé—, pero con una condición: tu café tendrá que estar a la altura de tus metáforas. Solo nos conocemos. Nada más. No quiero que asumas que tus palabras ya ganaron la partida.
La respuesta llegó antes de un minuto.
—El café está listo. Tan oscuro y fuerte como lo que viene. No asumo nada; observo cómo te acercas al fuego mientras juras que no te vas a quemar. La dirección está abajo. Te espero.
Tardé otra hora en decidir el vestido. Negro, ajustado en la cintura, con un escote que pretendía ser discreto y no lo era. Debajo, un conjunto de encaje que había comprado hacía meses y que nunca me había atrevido a estrenar. Cuando me miré al espejo, ya sabía la verdad: no me estaba vistiendo para un café. Me estaba vistiendo para que me lo arrancaran.
***
Llamé un coche. No quise conducir porque no quería tener una excusa para irme rápido.
Frente a su puerta, me quedé un segundo larguísimo con el puño suspendido en el aire, dudando entre la cordura y el abismo.
No alcancé a tocar.
La puerta se abrió con una lentitud eléctrica, como si él hubiera estado contando mis pasos desde el otro lado, esperando el instante exacto en que mi sombra se proyectara bajo el umbral.
—Te estaba esperando —dijo.
Su voz, fuera de la pantalla, tenía un peso físico. Vibraba directamente sobre mi pecho. La presencia tampoco coincidía con lo que yo había imaginado: era más alto, más quieto, más impecable. No sonreía. Solo me miraba con esa atención lenta de quien sabe leer a alguien por encima de la ropa.
Entré. El apartamento olía a café recién molido y a una madera oscura que no supe identificar. Las luces estaban bajas, no apagadas. Un detalle calculado.
—El café está servido —dijo a mis espaldas, cerrando la puerta sin prisa—. Negro, sin azúcar, con la promesa de que no pasará nada.
Me giré para encararlo. Dejé el bolso sobre la consola de la entrada. El contraste entre sus modales y la intensidad de su mirada me cortaba el aire.
—Vine por el café —mentí.
—¿Y bien? —dio un solo paso y la distancia se acortó hasta volverse incómoda—. ¿El argumento sigue siendo irresistible ahora que tiene manos, ojos y una voz que puedes tocar?
—Todavía es pronto para decidir el final del capítulo —respondí, aunque mis ojos bajaron hacia su boca sin permiso.
***
Caminé hacia la sala consciente de cada uno de mis pasos. Me senté en el sofá y crucé las piernas con una calma que no sentía. Él no se sentó. Se quedó de pie, a unos metros, con la taza en la mano y sin probarla, dejando que el silencio se volviera una presencia entre nosotros.
Su mirada no era ávida. Era una lectura. Bajaba por mi cuello, se detenía en la curva del hombro, descendía con una calma que me hacía sentir desnuda con el vestido puesto.
—Elegiste el atuendo perfecto para una negociación —dijo, y la voz se le había vuelto un poco más áspera—. O para una rendición.
—Es solo un vestido.
—No es solo un vestido. La luz de esta lámpara tiene una manera curiosa de jugar con las transparencias. Casi puedo ver el rastro de tus pensamientos a través de la tela. Y puedo ver, también, que llevas encaje debajo. Negro, imagino. Elegido con la esperanza secreta de que alguien lo rompiera esta noche.
—Dijiste que solo sería un café —le recordé, con la voz más ronca de lo que quería.
—Y aquí está el café. Pero tus ojos dicen que es lo último que te interesa en este momento. Tus muslos, cruzados con esa disciplina fingida, dicen todavía menos. Puedo oler desde aquí lo que tu coño ya ha decidido por ti.
La palabra me golpeó el estómago. Cruda, directa, sin adorno. Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en el respaldo del sofá, rodeándome sin tocarme.
—Tienes una forma muy literaria de decirme que quieres quitarme el vestido —susurré.
—Quitarlo sería demasiado fácil. Prefiero que entiendas, antes, que en este capítulo la narradora ya no tiene el control. Yo soy un hombre que termina lo que empieza a leer. Y voy a leerte entera, página por página, hasta la última gota.
Deslizó el dedo índice por el borde de mi escote, sin presionar, apenas rozando. La piel se me erizó como si me hubiera quemado. Bajó ese mismo dedo, muy lentamente, entre mis pechos, y lo detuvo justo donde la tela empezaba a apretar.
—Entonces —su aliento ya rozaba mis labios—, ¿seguimos fingiendo que el café está bueno o admitimos que la realidad ya superó a tu ficción?
Me quedé callada. El aire se había vuelto denso. Bajo el vestido, la verdad ya se estaba derramando por mi cuenta: una humedad tibia, traicionera, que me empapaba el encaje y me recordaba que mi cuerpo había decidido antes que mi cabeza.
—Estás muy callada —murmuró—. Tu silencio es siempre el prólogo de algo intenso.
—Es solo el efecto del café.
Soltó una risa seca y se arrodilló frente a mí, sin tocarme aún, justo a la altura de mis rodillas. La cercanía de su rostro a mi regazo me tensó los muslos en un deleite agónico.
—No es el café —dijo, y los ojos se le clavaron en los míos—. Es el peso de mi mirada. Es saber que, debajo de ese vestido, tu coño está mojado por cada palabra como si fuera un dedo entrando en ti.
—Eres un arrogante.
—Soy un observador. Y observo que si ahora mismo te separo las rodillas voy a encontrar tu ropa interior empapada. ¿Me equivoco?
No contesté. Sus manos se posaron en mis muslos, por encima de la tela. Subieron despacio, dedo por dedo, arrastrando el vestido hacia arriba. Los pulgares presionaron justo donde el calor era más obvio. Cerré los ojos. Él chasqueó la lengua.
—No los cierres —ordenó—. Quiero que veas el momento exacto en que dejas de ser la autora para ser mi historia.
Volví a abrirlos. Con una lentitud calculada, apartó la tela del vestido hasta dejar mis caderas al descubierto. El encaje negro estaba, tal como él había predicho, oscurecido en el centro por una mancha húmeda que ya no dejaba espacio a las mentiras. Pasó dos dedos por encima, apenas rozando, y el algodón se pegó a mí como una segunda piel. Solté un gemido bajo, ronco, que me sorprendió a mí misma.
—Mira eso —murmuró, casi para sí—. Toda esta puesta en escena y al final tu coño habla más fuerte que tú.
Sus dedos engancharon el borde del encaje. La fue bajando centímetro a centímetro, sin prisa, hasta dejarla a la mitad de mis muslos. No la quitó del todo. Se quedó ahí, con las manos quietas sobre la calidez de mi piel, justo donde el deseo se había vuelto evidente. Con el pulgar separó los labios de mi sexo y trazó una línea desde abajo hacia arriba, recogiendo mi humedad. Luego se llevó el dedo a la boca y lo chupó sin apartar los ojos de los míos.
—Maldita sea —logré articular—. Sabías que esto pasaría desde que abriste la puerta.
—Lo sabía desde el segundo mensaje, hace tres meses. Tú también.
***
Me hizo levantarme con un tirón suave. La prenda terminó en el suelo, empujada con la punta del zapato hasta perderse debajo del sofá. Bajó la cremallera de la espalda del vestido sin apartar la mirada de la mía, y la tela resbaló por mi cuerpo y se amontonó en mis pies. El sujetador de encaje lo desabrochó con una sola mano, con una destreza que me hizo pensar cuántas veces había hecho ese gesto exacto. Quedé allí, completamente desnuda, bajo aquella luz tenue, con el aire fresco rozándome la piel encendida y los pezones erizados hasta doler.
Sus ojos recorrieron cada curva, cada poro. Dio un paso atrás, desabrochó su camisa con una calma que parecía calculada para volverme loca, y volvió a acercarse. Bajo la tela apareció un torso duro, marcado, y un rastro de vello oscuro que descendía y se perdía en el pantalón. La bragueta se le tensaba con un bulto que no dejaba lugar a dudas. Sus manos rodearon mi cintura desnuda. Pegó mi pecho al suyo y sentí, contra el vientre, la dureza que me esperaba encerrada aún. Solté un gemido contra su cuello.
—Tócamela —dijo—. Quiero que sepas lo que llevas horas provocando.
Bajé la mano. Le desabroché el cinturón con dedos torpes, y cuando por fin logré liberar la cremallera, su polla saltó contra mi palma, dura, caliente, más gruesa de lo que había imaginado. La rodeé con los dedos. Palpitaba. Una gota clara asomaba en la punta. La extendí con el pulgar y él dejó escapar un siseo entre los dientes.
—Así —murmuró—. Ahora la sientes de verdad. Ahora sabes lo que va a entrar en ti.
Su boca empezó por la clavícula. Besos húmedos, mordidas precisas, una progresión que me marcaba el cuerpo como quien firma un contrato. Bajó hasta los pechos. Me los rodeó con las palmas, los ofreció a su propia boca, y la lengua caliente contra el aire frío me hizo arquearme contra su cabeza.
Se detuvo en los pezones. Los succionó con un ritmo profundo, devoto, alternando entre uno y otro, tirando con los dientes hasta arrancarme un quejido, chupando después con una devoción húmeda que me mandaba descargas directas al vientre. Mis dedos se hundieron en su pelo para no caer. Sin dejar de trabajarme los pechos, una de sus manos bajó, se coló entre mis muslos y dos dedos me entraron de golpe. No fue una caricia. Fue una toma de posesión.
—Estás empapada —gruñó contra mi pezón—. Vas a chorrear por toda mi mano antes de que te folle.
Empezó a moverlos dentro de mí con un ritmo lento y curvo, buscando ese punto exacto que solo un dedo experto encuentra. Su pulgar giraba a la vez sobre mi clítoris, dibujando círculos precisos que me hacían apretar los muslos contra su muñeca. Cada embestida de sus dedos producía un sonido líquido, obsceno, que llenaba el silencio del salón.
—Escúchate —susurró—. Ese ruido es tu coño diciéndome que sí a todo.
—No te muevas —dijo entre dientes cuando sintió que mis rodillas empezaban a fallar, y siguió bajando.
Sus besos se volvieron más lentos en el abdomen. La punta de su lengua delineó el ombligo antes de descender. Se arrodilló otra vez, esta vez para quedarse. Me empujó las caderas hasta que quedé apoyada en el respaldo del sofá, las piernas separadas, todo yo ofrecido. Con los pulgares, abrió con cuidado los labios de mi sexo. Su primera caricia fue apenas un roce. La segunda fue todo lo demás: la lengua firme, paciente, recorriendo cada pliegue, deteniéndose donde más temblaba, dibujando círculos lentos sobre el clítoris hasta que solté un gemido que me sonó ajeno.
No se contentó con eso. Metió la lengua dentro de mí, hasta el fondo, follándome con ella con un ritmo obsceno mientras el pulgar seguía trabajándome el clítoris. Después volvió a subir y lo chupó de lleno, apretando los labios en torno a él y succionando como si quisiera arrancarme el orgasmo a mordiscos. Mis caderas se movieron solas contra su cara. Él me sujetó por las nalgas y me estrelló contra su boca, sin dejarme escapar. La barba le empezaba a brillar con mis jugos.
—Córrete en mi boca —ordenó, alzando un segundo los ojos hacia los míos—. Y no cierres los ojos.
Fue una descarga súbita. Un latigazo desde el vientre hasta los talones. Grité algo que no era una palabra mientras me deshacía contra su lengua, mientras él seguía chupándome sin piedad, prolongando cada temblor, tragándose cada gota. Cuando por fin se apartó, se pasó el dorso de la mano por la boca, sin apartar la vista.
—Uno —dijo, como si estuviera llevando la cuenta—. Vamos a llegar muy lejos esta noche.
Me hizo girar. Me dejó apoyada de espaldas a él, las manos contra el respaldo del sofá.
—Apóyate —ordenó.
El cambio de postura dejó mi trasero ofrecido y vulnerable. El silencio que siguió, roto solo por el peso de su respiración detrás de mí, fue más íntimo que cualquier palabra. Sus manos se cerraron sobre mis nalgas con una firmeza posesiva, las abrió, las separó del todo. La lengua trazó una línea larga, ascendente, desde mi coño empapado hasta el rincón más prohibido de mi cuerpo. Se detuvo ahí. Rodeó con la punta ese anillo que nadie había visitado nunca de ese modo, presionando apenas, y yo casi salté del sofá.
—Quieta —gruñó, sujetándome con más fuerza—. Aquí también voy a entrar, tarde o temprano. Pero no esta noche. Esta noche solo te lo dejo prometido.
Volvió a chuparme el coño desde atrás, con la cara metida entre mis muslos, mientras un dedo mojado en mi propia humedad se paseaba, amenazante, por ese otro agujero. Cerré los puños contra el respaldo. Cada terminación nerviosa que él tocaba me confirmaba que ya no quedaba un centímetro mío que no le perteneciera.
***
Se separó un instante. El vacío me dolió. Luego escuché el roce inconfundible de una cuerda deslizándose sobre sí misma. El sonido, en medio de aquel silencio, fue como una sentencia.
—No te muevas —susurró cerca de mi oído.
La cuerda mordió mis muñecas con un primer nudo firme. Dio varias vueltas, cruzando entre los antebrazos, fijándolos a mi espalda. Cada tirón obligaba a mis hombros a abrirse, exponiéndome más contra el sillón, forzando mis pechos hacia adelante. Cuando terminó, dio un paso atrás para mirar su trabajo.
—Ahora sí —dijo—. Ahora el control es enteramente mío.
Forcejeé un instante por puro instinto. La cuerda me lo recordó. No tenía a dónde ir. Sus manos volvieron a mis nalgas y la primera palmada resonó en la habitación, un golpe seco que me arrancó un gemido contra el tapiz. Luego el segundo. Luego un tercero. La piel me ardía con una presencia caliente, casi reconfortante. Al cuarto azote metió dos dedos de golpe en mi coño, aprovechando el respingo, y los dejó ahí, quietos, mientras la nalga izquierda me palpitaba de ardor.
—Aprieta —ordenó—. Aprieta mis dedos con ese coño avaricioso.
Obedecí. Contraje los músculos internos alrededor de sus dedos y él soltó un gruñido de aprobación.
—Esta noche vas a aprender a apretar así cuando yo te lo diga. Y a soltar cuando yo te lo diga.
Se inclinó sobre mí, pegó el pecho a mi espalda y su voz se volvió un susurro depravado en mi oreja. La punta de su polla me buscaba, resbalaba entre mis nalgas, se paseaba por mi entrada empapada sin llegar a entrar.
—Mírate —dijo—. Tan elegante en tus mensajes y ahora aquí, atada, con el culo rojo, rogando por una polla que ni siquiera se digna a metértela todavía.
—Por favor —se me escapó, y me odié a mí misma por haberlo dicho.
—¿Por favor qué? Dilo. Dilo con las palabras que tanto te cuesta escribir.
—Métemela —murmuré—. Fóllame de una vez.
—Otra vez. Más alto.
—Fóllame —dije, casi gritando contra el respaldo—. Métemela hasta el fondo.
Sentí entonces el roce firme de su miembro contra mi entrada. Era una presencia caliente, tensa, palpitando contra mi piel mojada. Me sujetó las caderas con una fuerza que me dejó clavada en el sitio.
—No te muevas —repitió.
Empujó. Una invasión lenta y deliberada que obligó a mi cuerpo a abrirse para él, centímetro a centímetro, hasta que sentí el pubis contra mis nalgas ardientes. Solté un grito sordo cuando me sentí completa, estirada hasta el borde, llena de él de un modo que me borró el sentido de todo lo demás.
—Eso es —murmuró—. Siéntelo. Siente cómo tu coño se ajusta a la forma de mi polla. Ya no hay vuelta atrás.
Empezó a moverse con un ritmo pesado y constante. Salía casi del todo y volvía a entrar de un solo golpe, cada embestida más honda que la anterior. Cada choque de sus caderas contra mis nalgas producía un sonido carnoso, un latigazo que se sumaba al ardor de las palmadas. Con las manos atadas, el cuerpo entregado, lo único que me quedaba era gemir y aceptar.
—No vas a parar hasta que yo te lo diga —dijo, y una de sus manos me agarró del pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás hasta arquearme la espalda—. Y no te vas a correr hasta que yo te dé permiso.
El primer orgasmo llegó antes del permiso. Fue un calambre que nació en el vientre y me sacudió las piernas, un estallido que me hizo contraerme entera alrededor de él. Él no se detuvo. Aceleró. Me castigó con una tanda rápida de embestidas rabiosas, sin darme tregua.
—Te has corrido sin permiso —siseó—. Muy mal.
Otra palmada seca contra la nalga derecha. Luego cambió el ángulo. Se inclinó más sobre mí, me abrió las piernas un poco más con la rodilla, y ahora cada embestida me raspaba justo por dentro donde yo no aguantaba. Antes de que el eco del primer orgasmo se disipara, ya había llegado el segundo. Mis músculos se contraían en torno a él en oleadas que parecían no tener fin. Mi cabeza cayó hacia atrás buscando un aire que no llegaba.
—Otra vez —ordenó.
Y un tercero. Y un cuarto. Una ráfaga de contracciones encadenadas, un calor que se me derramaba por los muslos mientras él seguía golpeando mi entrada con una resistencia que no parecía humana. En algún momento me sacó y sentí cómo su polla, empapada de mí, se paseaba otra vez por el rincón prohibido, presionando apenas, amenazando, antes de volver a hundirse en el coño con un gruñido de dueño. El mundo se redujo a ese vaivén, a la presión de sus dedos en mis caderas, al tirón de mi pelo, al sonido de mi propia voz repitiendo algo que no llegaba a ser una palabra.
***
El ritmo se detuvo en seco.
Me incorporó con un tirón firme, todavía con las muñecas presas a la espalda. Las piernas me temblaban. Su polla, brillante de mis jugos, seguía tiesa entre nosotros. Su mano se cerró alrededor de mi cuello con la firmeza justa para mantenerme erguida y clavarme la mirada en la suya.
—Mírate —dijo—. Tienes la boca llena de mi nombre y de ganas. Y ahora te la voy a llenar de otra cosa.
Sin soltarme, hundió dos dedos en mi boca, los mismos que un rato antes habían estado dentro de mí. Los movió con rudeza, jugando con mi lengua, dejando que probara mi propio sabor. Yo solo podía emitir sonidos ahogados.
—Chúpalos —dijo—. Chúpalos como vas a chuparme la polla en un segundo.
Lo hice. Su pulgar tiraba de mi labio inferior hacia abajo. Sus dedos me invadían con un ritmo casi obsceno, hasta que los retiró tan despacio que me dejaron una saliva brillante en la barbilla.
Con un tirón seco me hizo arrodillarme. Las rodillas dieron contra la alfombra. Mi rostro quedó frente a él, a la altura exacta. Sus dedos se enredaron en mi pelo, tiraron de mi cabeza hacia atrás, y empezó a pasar la punta de su miembro por mis labios, marcándome la mejilla, la barbilla, el rastro de su urgencia. Un hilo espeso me quedó colgando del mentón. Me abofeteó suavemente los pómulos con la polla, primero una mejilla, luego la otra, y una risa oscura le subió del pecho.
—Ábrela —ordenó.
Obedecí. Empujó con autoridad. Sentí el grosor invadirme la boca, deslizarse por la lengua, chocar contra el paladar y hundirse hasta el fondo de la garganta. Un espasmo de arcada me sacudió. No aflojó. Se quedó ahí, quieto, con el pubis contra mi nariz, dejando que aprendiera a respirar por él.
—Aguanta —murmuró—. Aguanta.
Cuando por fin se retiró un poco, tomé aire por la boca en un jadeo húmedo. La saliva me caía en hilos hasta los pechos. Antes de que pudiera recuperarme, volvió a hundírmela. Y otra vez. Y otra. Sus manos marcaban un ritmo que no admitía respuesta, follándome la boca como antes había follado el coño, con la misma autoridad, sin más consideración que la de asegurarse de que yo pudiera respirar entre acometida y acometida. Las lágrimas me cayeron solas, no de dolor sino de entrega, y se mezclaron con la saliva y con las gotas que él iba dejando en mis labios.
—Eres una zorra perfecta —susurró, y en su voz había una mezcla extraña de insulto y veneración—. Llorando por mí, con el maquillaje corrido, con mi polla hasta la garganta, aceptando cada centímetro como si fuera lo único que importara.
Y lo era. En ese momento, lo era.
Sacó la polla de mi boca y me la frotó por la cara, embadurnándome de mi propia saliva. Luego volvió a metérmela, esta vez más despacio, dejando que fuera yo, con las manos atadas y sin más apoyo que la fuerza de mi cuello, la que subiera y bajara buscando su ritmo. Chupé la punta, la rodeé con la lengua, seguí la vena gruesa que le subía por debajo hasta la raíz. Él soltaba pequeños gruñidos cada vez que yo apretaba los labios en el sitio justo.
—Así, buena chica —dijo, la mano aún en mi nuca—. Aprende. Aprende cómo me gusta.
No mucho tiempo después sentí cómo todo el cuerpo se le tensaba. Los muslos duros, el abdomen contraído, la polla palpitando entre mis labios con una urgencia inconfundible. Un gemido largo le subió desde el pecho.
—Trágate todo —ordenó, la voz quebrada por la urgencia—. No quiero ver una sola gota fuera.
Volvió a hundírmela hasta el fondo justo cuando la primera descarga me golpeó el fondo de la garganta. Caliente, espesa, abrumadora. Una segunda. Una tercera. Tragué por puro instinto mientras él seguía pulsando dentro de mi boca, sujetándome la cabeza con las dos manos, sin dejarme apartar. Sentí cómo el semen me llenaba la lengua, me resbalaba por el fondo, cómo un hilo escapaba y me caía por la comisura. Mantuvo mi cabeza pegada a su vientre hasta el último latido, hasta que mi boca selló cada gota de lo que había provocado. Cuando retiró la polla, todavía blanda de placer, un último borbotón me manchó los labios. Sin decir nada, con dos dedos, lo recogió y me lo empujó otra vez en la boca.
—No he dicho que dejaras nada fuera.
Lo tragué. Abrí la boca vacía para que él viera que estaba limpia.
—Buena chica —susurró.
Se quedó así, con los dedos enredados en mi pelo, disfrutando del silencio que solo rompía mi respiración entrecortada.
***
Cuando por fin se retiró, lo hizo con una lentitud casi ceremonial. Yo me quedé un instante con la boca entreabierta, con la mirada perdida en su vientre, sintiendo el vacío de su ausencia y el sabor todavía tibio en la lengua.
Él soltó un suspiro largo. Por primera vez en toda la noche, el fuego en sus ojos se transformó en algo más suave, casi protector. Se colocó detrás de mí. El roce de sus manos en mis muñecas ya no fue brusco. Con una paciencia infinita, empezó a deshacer los nudos.
—Ya está —dijo, y la voz volvió a tener ese tono aterciopelado de los mensajes—. Ya terminó.
La sangre regresó a mis dedos en un hormigueo eléctrico. Antes de que pudiera moverlos, él me tomó suavemente los antebrazos. Llevó mis muñecas a sus labios. Los surcos rosados que la cuerda había dejado los besó uno a uno, con una ternura que me obligó a cerrar los ojos.
—Perdóname por haber sido tan rudo —murmuró contra mi piel, aunque ambos sabíamos que era exactamente lo que yo había ido a buscar—. Pero eres tan perfecta que me hiciste perder la cabeza.
Me ayudó a ponerme en pie. No me soltó. Me mantuvo pegada a su pecho hasta que las piernas dejaron de temblarme. Sentí, entre mis muslos, el rastro caliente de todo lo que aún se me escapaba.
—Hay mujeres que pasan la vida entera temiendo su propia sombra —dijo, junto a mi sien—. Tú te has atrevido a mirar de frente al abismo y a pedirle que te devorara. Y has descubierto que tu capacidad de recibir es mucho más grande que mi capacidad de dar.
Me besó la frente. Un gesto extrañamente puro después de todo lo demás.
—Mañana, cuando el mundo te vea caminar con esa elegancia tuya, solo nosotros dos sabremos lo que late debajo. Eres la dueña de tu propio incendio. Yo solo tuve el privilegio de encender la cerilla.
Salí a la calle con las muñecas todavía tibias, el sabor de él en la boca y un temblor en las rodillas que ningún taxi iba a curar.
Esa noche, antes de dormir, bloqueé su número.
Lo desbloqueé al amanecer.
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