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Relatos Ardientes

La doctora Reinoso tenía un secreto bajo la bata

Llevaba tres días sin poder ir al baño y la barriga me apretaba como un puño. Era esa hinchazón sorda que te obliga a caminar de puntillas, a sentarte de medio lado, a rechazar la cena sin dar explicaciones porque ya no cabe nada más dentro. Marcos, mi novio, me veía retorcerme en el sofá y se ponía cada vez más nervioso.

—Vamos al médico, Camila —me dijo con esa cara de perro fiel que ponía siempre—. Te acompaño.

—Ni de coña vienes —le contesté—. ¿Tú vas a esperar fuera mientras a mí me revisan el culo? Esto lo soluciono yo sola.

Busqué por internet hasta encontrar una clínica privada en el barrio bueno de la ciudad. La doctora Reinoso me llamó la atención por la foto del perfil. Era una mujer alta, con un pecho que parecía esculpido a propósito, una sonrisa profesional y algo en los hombros que no terminaba de cuadrar. Anchos. Demasiado anchos para esa cintura. Pasé el dedo por la pantalla un par de veces, sintiendo una curiosidad que no era del todo médica. Pedí cita para esa misma tarde.

La consulta era lo que se esperaba: mármol blanco, recepcionista de uniforme y un sillón de cuero al que casi le pides perdón antes de sentarte. Cuando me dijeron el precio, se me cayó el alma a los pies. Había olvidado mirarlo en la web. Pero ya estaba allí, con la tripa hinchada y la urgencia haciéndome sudar bajo el flequillo, así que firmé el papel y respiré hondo.

—Pase, señorita Aguilar —dijo la enfermera.

La doctora Reinoso me esperaba de pie junto a la camilla. En persona era todavía más imponente que en la foto. Casi un metro ochenta, una blusa de seda color hueso que se le pegaba al pecho y dejaba adivinar dos pezones marcados que no se molestaban en disimular. Llevaba el pelo recogido en una coleta tirante y unos pendientes pequeños de oro. Pero lo que de verdad me hizo levantar la vista fue la mandíbula. Cuadrada, fuerte, con un toque de sombra que ningún maquillaje conseguía esconder del todo.

Aquí hay algo. Aquí hay algo que no me han contado.

—Cuénteme —dijo, mientras se ponía unos guantes con la calma de quien hace esto cien veces al día.

—Tres días sin ir al baño. Hinchada. Dolor. Y un cabreo que no se calma con nada.

Esbozó una sonrisa profesional, esa que no significa nada pero tranquiliza igual. Me dijo que me quitara la falda y la ropa interior y que me pusiera la bata azul que estaba sobre la silla. Cuando volvió, yo estaba de costado en la camilla, con las rodillas pegadas al pecho y la espalda fría.

—Voy a explorar. Si duele mucho, me avisa.

Tenía las manos enormes. Eso lo noté en cuanto me las apoyó en la cadera para girarme. Manos grandes, dedos largos, uñas cortas y muy limpias. Me palpó el abdomen con esa firmeza que se aprende solo con mucha gente desnuda delante. Yo, mientras tanto, miraba al techo y pensaba en cualquier cosa menos en lo que ella me iba a hacer en el siguiente minuto.

—Mire, doctora —le dije de repente, antes de que llegara más abajo—. La verdad es que no puedo pagar esto. Soy idiota y no miré el precio en la web. Pero ya he firmado.

Levantó la cabeza. Sus ojos eran de un castaño muy oscuro y, durante un segundo, fueron los ojos de alguien que está harto de gente como yo.

—Esto no es un mercado, señorita. Pague o márchese.

Hablaba con voz grave. No grave de mujer; grave de otra cosa. Me incorporé un poco en la camilla y le rocé el antebrazo con los dedos.

—Es que… —le dije bajito, mirándola desde abajo—. Es que usted me parece una mujer muy potente. Muy segura. Pensaba que a lo mejor podíamos llegar a otro tipo de acuerdo.

Se quedó muy quieta. La sonrisa profesional se le quebró durante una décima de segundo.

—¿Disculpe?

—Yo nunca he estado con alguien como usted —seguí, acercándome un poco más—. Alguien que entienda los dos lados. ¿Sabe a qué me refiero?

***

Y lo supo. Lo supe yo en cuanto vi cómo le subía y bajaba el cuello al tragar saliva. Lo supo ella en cuanto entendió que yo había leído la carta sin que nadie me la enseñara. La doctora Reinoso me miraba como si calculara cuánto tenía que perder. Estábamos las dos solas, la puerta cerrada, la enfermera hacía dos horas que se había ido a buscar café.

—Túmbese boca abajo —me dijo, sin contestar a lo otro—. Necesito hacer un tacto rectal.

Obedecí. Me apoyé en la camilla con las palmas y las rodillas, levanté el culo y dejé caer la cabeza entre los brazos. Sentí cómo se ponía detrás de mí. Sentí el chasquido del bote de lubricante. Y sentí, sobre todo, cómo se le marcaba algo en la entrepierna del pantalón cuando apoyó la cadera contra el borde de la camilla, justo entre mis muslos abiertos.

—Relájese —dijo, con la voz ronca.

Su dedo entró sin avisar. Solo uno, despacio. Estaba tan hinchada que cualquier cosa me pareció una invasión, pero también un alivio. Cerré los ojos. Empecé a empujar contra ella.

—Eso es —murmuró, casi para sí misma—. Empuje. Ayúdeme.

Mi mano libre se deslizó por debajo de la camilla y le rozó el pantalón. Estaba durísima. No era una imaginación mía, no era un pliegue del tejido. Era una verga, larga y caliente, marcada bajo la tela como si pidiera permiso para salir. Cerré la mano alrededor sin decir nada y la apreté.

—No debería hacer esto —susurró.

—Yo tampoco —contesté.

Me di la vuelta lo justo para verle la cara. Tenía las mejillas encendidas, la respiración entrecortada y los ojos de alguien que llevaba demasiado tiempo sin dejarse llevar. Le bajé el pantalón con una sola mano. La verga le saltó como un resorte, gruesa, pesada, con una vena marcada por debajo. La tomé y la guié hacia mi boca antes de que ninguna de las dos pudiera arrepentirse.

Tenía el sabor limpio de quien se ducha tres veces al día. Le pasé la lengua por toda la longitud, despacio, mirándola desde abajo. Ella me agarró del pelo con una mano que ya no temblaba. Apretó. Me hizo entrar más. Yo me dejé. Quería que se rompiera. Quería ver a la doctora Reinoso fuera de su consulta de mármol, sin guantes, con la blusa abierta y la cara de quien acaba de tirar diez años de control por la ventana.

Lo conseguí. La sentí temblar contra mi paladar. La saqué a tiempo, me limpié la barbilla con el dorso de la mano y me volví a poner a cuatro patas en la camilla.

—Ahora cúreme —le pedí.

Lo hizo. Se puso detrás, apartó la bata y, sin pedir más permiso, me la metió por el culo de un solo empujón. Grité. Le clavé las uñas en el papel de la camilla. Dolió, y bajo el dolor empezó a abrirse otra cosa, un calor que llevaba tres días pidiendo salida y por fin encontraba un camino.

—Empuja —me ordenó, con la voz que no era de doctora—. Empuja, perra. Sácalo todo.

Y empujé. Empujé como si me jugara la vida. La sentía abriéndome con cada embestida, llenándome hasta donde no pensaba que se podía llegar. La hinchazón empezó a ceder. Sentí algo soltarse dentro de mí, un peso, una presión, un calor que me subía por la espalda. Y entonces, con su verga clavándome contra la camilla y sus dedos hundidos en mis caderas, mi cuerpo cedió por completo. Me solté allí mismo, encima de mí, encima de ella, encima de toda la consulta de mármol blanco. Me solté con la boca abierta y los ojos cerrados, sin vergüenza, sin freno.

Pensé que pararía. Pensé que se apartaría con cara de asco y me echaría de la clínica con una bata sucia y una factura el doble de cara.

No paró.

—Así, zorra —murmuró contra mi oreja—. Suelta. Suéltalo todo.

Me empujó más fuerte. Más rápido. Como si el desastre, lejos de darle asco, le diera permiso para terminar de soltarse ella también. La doctora Reinoso, con su blusa de seda y sus pendientes de oro, me follaba en el peor momento de mi cuerpo y se reía bajito en mi nuca. Me corrí dos veces antes de que ella se viniera dentro de mí, con un gemido grave que no tenía nada de profesional.

***

Se retiró despacio. Se quitó la blusa para no mancharla y limpió la camilla con esa misma calma con la que media hora antes me había puesto los guantes. Yo me limpié como pude, me vestí, me eché agua en la cara delante del espejo del baño. La que me devolvía la mirada no era exactamente la misma que había entrado.

—La próxima consulta corre por mi cuenta —me dijo en la puerta, con una sonrisa que ya no era la profesional.

—Volveré —le contesté.

***

Marcos estaba en el sofá cuando llegué a casa, con el portátil sobre las rodillas y cara de cachorro. En cuanto me oyó cerrar la puerta, lo cerró de golpe.

—¿Estás bien? ¿Qué te dijeron?

Me senté encima de él, despacio, con cuidado por el culo dolorido. La concha me latía como si todavía estuviera allí, en la camilla, con esa verga dentro. Apoyé la frente contra la suya y le hablé al oído.

—Me dijo que me tengo que relajar más.

—¿Solo eso?

—No —cerré los ojos, fingiendo que me esforzaba en recordar—. Me hizo una terapia muy especial. Me tumbó en la camilla, me abrió bien la bata y me dijo que tenía que desbloquearme.

—¿Y?

—Me metió los dedos. Por el culo. Y mientras me los metía, me decía cosas sucias al oído. Que era una zorra, que cómo me gustaba, que apretara su mano con el culo.

Marcos se había quedado petrificado. Yo le notaba la verga ponerse dura debajo de mí. Me apretaba contra él sin querer, o queriendo del todo.

—¿Y tú qué hacías? —preguntó, con la voz tomada.

—Yo me corrí, Marcos. Me corrí con sus dedos dentro del culo. Como una perra.

Cerró los ojos. Se mordió el labio inferior. Le bajé la mano hasta el bulto y se la apreté.

—Era una fantasía, ¿no? —dijo, con la voz a punto de romperse—. Te lo estás inventando para ponerme cachondo.

Sonreí. La sonrisa más limpia que tenía en el repertorio.

—Claro que sí, mi amor. Una fantasía.

Me levanté del sofá, le besé la frente y me fui al cuarto de baño a ducharme. Cuando cerré la puerta, lo oí soltar un suspiro largo, de esos que sueltan los hombres cuando no saben si están aliviados o devastados.

Que se quede con la duda. Que se quede con el regalo de creer lo que él quiera creer. Mi mejor venganza no era contarle la verdad. Mi mejor venganza era contársela toda y dejar que él, el muy tonto, decidiera llamarlo fantasía.

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Comentarios (7)

Tomas_99

Que relato!!! me dejo con ganas de leer mas

DocFan22

La tension desde el principio es perfecta. Se siente la incomodidad del personaje de una forma muy real. Muy bien logrado

NachoBaires

jajajaja el titulo solo ya te engancha, imposible no leerlo

Valeria_88

Hay segunda parte?? please que siga, me quede con ganas de mas

LectorMDQ

me recordo a algo que me paso una vez en una consulta... nada, larga historia jaja. Muy bueno el relato

GabrielMDQ

excelente!!!

MarisolR

Me gusto mucho como fue construyendo la tension poco a poco. El giro no me lo esperaba para nada. Seguí así!

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