Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Soy la mascota de la familia y hoy me marcaron

Me llamo Lía, tengo veintidós años y vivo en el sótano de una casa de tres pisos. Llevo casi dos años aquí. Antes de eso era una estudiante normal de diseño gráfico que firmó un contrato pensando que la cosa duraría unos meses. La cosa no duró unos meses.

El sol entra tenue por la tela semitransparente que cubre mi jaula. Sé que pronto bajarán a despertarme. He dormido poco. Mi amo me dejó toda la noche con dos vibradores dentro y una mordaza en forma de pene que reemplaza la suya cuando él no está. Es su manera de marcar territorio incluso mientras duerme con su esposa en el dormitorio principal.

Escucho los pasos en la escalera y la luz se enciende de golpe. No es mi amo. Es Bruno.

—Buenos días, perrita —dice metiendo la mano por entre los barrotes y empujando los dildos un par de centímetros más adentro—. ¿Pasaste buena noche?

Bruno tiene veinticinco años. Es el hijo mayor de la familia y, oficialmente, mi novio. Le sonrío con la mordaza puesta. No puedo hacer mucho más.

—Sal, hay que desayunar —ordena, abriendo la reja.

Salgo a cuatro patas. Es la única forma en que se me permite moverme dentro de la casa. Caminar erguida es un privilegio reservado para los humanos. Yo soy la mascota.

Bruno engancha la correa a mi collar y me guía escaleras arriba. Olvidó quitarme los vibradores. A cada paso, los músculos internos se contraen y los dildos se hunden un poco más. Aprieto los dientes y mantengo el ritmo.

***

El comedor huele a café recién hecho. Mi amo lee el periódico en la cabecera. Renata, su esposa, está sirviendo. Camila, la hija, escribe algo en su teléfono.

—Buenos días, papá. Mamá. Camila —saluda Bruno—. Ya levanté a la perra.

—Bien hecho, hijo —responde mi amo—. Ven aquí, perra tetona. Necesito mi café con leche.

Me acerco a su silla. Toma la taza con la mano izquierda y, con la derecha, ordeña uno de mis pezones por encima del café. Hace ocho meses que me hormonan para producir leche. Desde entonces, en esta casa nadie compra leche en el supermercado. La de la vaca, dicen, ya no les sabe a nada.

El chorro tibio cae en la taza. Mi amo me hace una señal con la barbilla y me retiro. Quedo a su espalda, erguida sobre las rodillas, esperando.

—Perrita, a la cocina —llama Renata—. Mis hijos tienen que ir a la facultad y no se van sin desayunar.

En la cocina, Renata me ordeña sobre dos tazones de cereal. Llena uno para Bruno y otro para Camila. Cada mañana, lo mismo. Renata no toma mi leche. Dice que le da asco. Pero la sirve igual, porque mi amo lo ordenó y ella, aunque sea su esposa, también lleva collar.

—Lleva el desayuno a tus mini amos —me ordena—. Y rápido.

Sostengo los dos tazones con las manos. Camino erguida porque, si los llevara a cuatro patas, se derramarían. Es una de las pocas excepciones que se me permite. Sirvo en la mesa. Bruno me guiña un ojo cuando paso por su lado.

***

—Hazme un favor, perra sucia —dice mi amo cuando termina su café—. Desayuna. Tienes un día largo. Ven, te quito esa mordaza para que mames de tus propias ubres.

Me afloja la mordaza. Inclino la cabeza y mamo del pecho izquierdo, después del derecho. Es una rutina extraña, pero ya no me parece extraña. Saco la leche que puedo. Para el mediodía tendré hambre, pero he aprendido a aguantar.

—Suficiente —dice mi amo—. Renata, zorra, lleva a la perrita al patio. Tiene los agujeros sucios. Báñala.

—Sí, mi dueño. Termino el café y voy.

—Ahora.

Renata levanta la vista. Es una rubia de cuarenta y cinco años con un cuerpo que cualquier modelo envidiaría. Su collar de perlas y diamantes parece una joya, pero es un collar de perra. Lo lleva desde el día de la boda. Mi amo no quiso anillos.

—Sí, mi dueño —repite, esta vez levantándose.

—Eso pensé. Cuando vuelva esta noche tendremos una conversación sobre la obediencia inmediata. ¿Cuánto hace que no te corres por la vagina?

—Un mes, mi dueño.

—Pues van a ser dos. Anal nada más, hasta que aprendas. Ahora baña a la perra.

Renata baja la cabeza y me toma la correa.

***

El césped del patio está húmedo. Renata me pone a cuatro patas y abre la manguera. El agua sale fría y me hace contraer cada músculo. Me lava los hombros, la espalda, los muslos. Me apunta el chorro al ano. Es el único momento del día en el que puedo hacer mis necesidades sin pedir permiso, porque cualquier otro implica una orden directa.

Cuando termina, me extiende boca arriba sobre el pasto y se va. Mi piel es muy clara. Si me deja al sol mucho rato, me quemo. Renata lo sabe. Lo hace igual. Mi amo dice que son sus pequeñas venganzas.

Escucho la puerta del garaje. Bruno sale con la mochila al hombro. Cuando me ve tirada al sol deja la mochila en el suelo, busca el bote de protector solar y empieza a aplicarme crema con cuidado, sin descuidar los pezones ni el interior de los muslos.

—Te amo, Lía —me susurra al oído.

—Y yo a ti, Bruno.

Me da un beso en cada pecho y se va a clase. Algún día contaré cómo terminamos así.

***

—Vamos, perrita —llama mi amo desde la puerta—. Hora de vestirte y rellenarte.

Bajo al sótano detrás de él. Mi guardarropa ocupa una pared entera del cuarto. Hay disfraces de gatita, de colegiala, de animadora, de novicia, de bimbo, de niña pequeña. Hoy elige el de prostituta. Una falda rosa chicle que apenas me cubre la mitad del trasero. Un top blanco sin sostén, tan apretado que los pezones se marcan como dos botones. Tacones plateados.

—Y la ropa interior —dice—. Mi parte favorita.

Saca un plug anal con una piedra rosa en forma de corazón. Y un vibrador con control remoto.

—Abre.

Me hinca dos dedos. Juega con mi clítoris. Bordea la entrada y se aleja antes de que pueda terminar. No tengo permiso de correrme. Llevo seis días sin permiso. La cuenta la lleva él, no yo.

—Píntate como una muñeca. Cola de caballo, alta. Ya.

Me maquillo en quince minutos. Me jala de la correa hasta el garaje y me sube al asiento del copiloto.

—Piernas abiertas. Tócate. Si te vas a correr, te detienes y sacas las tetas por la ventana hasta que se te pase. ¿Está claro?

—Sí, mi dueño.

El paseo dura cuarenta minutos. Diez veces tuve que asomarme por la ventanilla. Dos camioneros tocaron la bocina. Mi amo se reía sin apartar la vista de la carretera.

***

El centro comercial está a las afueras. Estaciona en un rincón apartado.

—Suficiente con tu coñito, viciosa. Vamos a comprar juguetes nuevos. Abre las piernas. Pongo el dinero adentro.

Enrolla varios billetes y los mete dentro de un condón anudado. El condón desaparece dentro de mí, contra el vibrador.

—Cuidado con que se caiga, perrita. Si lo recoges del piso de un sex shop, no quiero ni pensar lo que se te pegaría.

Entramos. Hay dos hombres y una pareja. Sus miradas me siguen como las luces de un teatro. Recorremos los pasillos. Mi amo elige un cinturón de castidad y un disfraz de animadora.

—Anda, escoge algo para ti. Te has portado bien.

Voy a la sección de dildos sin vibración. Siempre me llamaron la atención los que parecen tentáculos, esos con ventosas y curvas imposibles. Encuentro uno rosado con purpurina, de treinta centímetros. No creo poder meterme ni la punta. Lo agarro igual.

—Excelente elección, golosa —se ríe—. Tendré que comprar lubricante en cantidad industrial.

En la caja, el cajero no debe tener más de veintitrés años. Mi amo pone la mano en el bolsillo, encuentra el control remoto y aprieta. El vibrador despierta. Aprieto los dientes.

—Saca el dinero, perrita. No hagas esperar al chico.

Meto los dedos. El cajero baja la mirada y la sube cinco veces en cinco segundos. Saco el condón con dificultad. Mi amo me da una palmada en la nalga, mete dos dedos él mismo, lo extrae de un tirón y se lo entrega al chico. El cajero, sin contar, se lo guarda en el bolsillo.

—Gracias —dice. Tiene la voz quebrada.

***

—Hambre —anuncia mi amo cuando salimos—. Aquel restaurante de hamburguesas. Vamos.

Pedimos en una mesa apartada. Yo no pido. Yo nunca pido. Él ordena por mí: una hamburguesa, papas fritas, nuggets, leche. Cuando la mesera se va, se inclina sobre la mesa.

—Necesitas el baño, ¿verdad?

—Sí, mi dueño.

—Aguanta. Cuando llegue la comida.

Llega la comida. Me lleva al baño de hombres tirando de la correa. Cierra la puerta con seguro.

—Postre primero. Chupa.

Me arrodillo. Le abro el cinturón. Llevo tanto tiempo haciéndolo que ya no se me cierra la garganta. Toma mi coleta con las dos manos y me marca el ritmo. Cuando siente que se acerca, me retira y me pone los nuggets en la palma abierta debajo de él.

—Termina con la mano. Salsa especial.

Me corro yo también, casi, casi. Me detengo a tiempo. Ni una gota suya se desperdicia. Los nuggets quedan empapados.

—Ahora orina, rápido. Ahí, en la rejilla.

Hago lo que puedo. Tengo los muslos temblando. Salimos.

***

Limpio la bandeja como una buena perra. Estoy lamiendo el fondo del envase de las papas cuando se acerca la mesera.

—Disculpen, hemos recibido quejas de otros clientes. Les pido que se retiren.

—Sin problema, ya pago —responde mi amo—. Mi perra siempre nos hace echar de todos lados. Por eso prohíben animales en estos sitios. Anda, cerda, discúlpate.

Le pido perdón a la mesera. Le ofrezco lamerle el coño, porque así nos enseña mi amo a pedir disculpas a las mujeres ofendidas.

—Justo ahora no puedo —responde con una sonrisa muy rara—. Pero le voy a dejar mi número a tu dueño. Cualquier día de estos vienes y me lo limpias bien, asquerosita exhibicionista.

Camina hacia mi amo. Hablan dos minutos. Salimos.

***

—Una parada más antes de buscar a los chicos —dice mi amo, encendiendo el motor—. Vas a quedar preciosa.

El estudio de tatuajes está en una calle estrecha de un barrio que no conozco. El tatuador es amigo de mi amo. Se llama Iván. Es un tipo musculoso y silencioso de unos cuarenta años.

—Hola, amigo. ¿Esta es la cerda?

—Esta es Lía, mi tragapollas favorita.

—Bien. ¿Qué le marcamos?

—Tres cosas. Un corazón rojo rodeando cada aureola. Sobre el monte de Venus, las palabras agujero traga semen, con una flecha que apunte al clítoris. Y en la nalga derecha, este dibujo.

Saca un papel doblado. Es un dibujo casi infantil de una mujer con pechos enormes que dan leche, sosteniendo un pene venoso. Lo dibujó Bruno cuando tenía nueve años, según mi amo. Yo nunca lo creo del todo.

—Hoy solo alcanzamos los corazones y empezamos la nalga —dice Iván—. Lo demás, en otra sesión.

—Bien. Anda, perrita, muérdelo. —Mi amo saca el dildo gigante de la bolsa y me lo encaja entre los dientes—. Para que no me llores.

Lo muerdo. Cuatro horas. Las aureolas duelen como mil avispas. La nalga es peor.

Cuando Iván termina, deja la máquina en la mesa y me mira con una sonrisa ladeada.

—Cobro mi parte, ¿no?

Mi amo asiente desde la puerta y avisa que sale a llamar a Renata. Cierra detrás de él.

Iván me come. Es rápido, brusco. Se hunde de un solo empuje y embiste como si hubiera olvidado cómo pararse. No me corro, porque no tengo permiso. Aprieto los puños hasta clavarme las uñas.

—Joder, eres estrechita. Me encantan las jovencitas.

Termina dentro. Me baja la falda con una ternura extraña y me empuja hacia la puerta tirándome del pelo.

***

Salgo al sol de la tarde. El semen me corre por los muslos. Las aureolas me arden bajo el top. La nalga me pulsa.

El auto no está.

Camino hasta la esquina. Calle desconocida. Un cartel de panadería. Un perro real ladrando en un balcón. Una señora con el carrito de la compra que me mira y aprieta el paso.

Mi amo me dejó.

O quiere que aprenda algo. O esto es parte del juego. O Renata, por fin, encontró la manera de vengarse de mí.

Toco el plug que sigue dentro de mí. La piedra rosa. El collar. La correa que cuelga de mi cuello como una cuerda inútil.

Y entonces, cuatro cuadras más allá, frenado en un semáforo, distingo el morro negro del Audi que conozco demasiado bien. La ventanilla baja apenas dos dedos. Mi amo no me hace ningún gesto. Tampoco apaga el motor.

Empiezo a caminar hacia él descalza, con los tacones en la mano. Como una buena perrita que vuelve a casa.

Valora este relato

Comentarios (7)

viciosin

Uff, que nivel!!! Me enganche desde la primera linea y no pude parar. Esperando la continuacion con ansias.

Carla_Oscura

Tremendo relato, de los mejores que lei en esta categoria. Muy bien escrito.

granluis

jajaja la escena del desayuno me mato, no me lo esperaba para nada

Lector2984

Hay segunda parte? Porque asi no se puede dejar esto jaja. Excelente.

CuriosaLect

No suelo leer este tipo de relatos pero me atrapo igual. La forma en que esta narrado es muy original.

RosendoK

La tension desde el principio es brutal. Sigue escribiendo por favor!!!

MauroK77

Que bueno!! Me gusto mucho el punto de vista del narrador, se siente muy real. Saludos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.