La noche que mi marido reservó la sala del club
—Sigo queriendo hacerlo —me susurró al oído mientras, en posición de cuchara, su erección se acomodaba entre mis muslos.
Mateo se había puesto pesado con aquel asunto desde hacía meses. Ni siquiera funcionó el regalo del lubricante que imitaba al semen, ni el permiso explícito que le di para usarlo cuando y donde quisiera. Aquella concesión, lejos de aplacarlo, había encendido la mecha. Como si yo, sin querer, hubiera puesto a girar una peonza incesante en la caja fuerte de sus fantasías más oscuras.
—Ya sabes todo lo que me da reparo del tema —le contesté, pasando las manos por detrás de su cabeza para acariciarle el pelo—. Tengo más dudas que ganas.
—¿Y si fuera capaz de atar los cabos sueltos? Al menos los más importantes —preguntó en un susurro que amortiguó contra mi nuca.
—Si fueras capaz de eso… no lo sé —respondí, notando cómo su líquido preseminal empezaba a empapar mis labios menores.
—Al menos no es un no —concluyó, penetrándome despacito.
Su obstinación me provocaba ternura, y su entusiasmo, una especie de convencimiento involuntario. Lo hizo a traición, y él lo sabía muy bien. En aquel momento de excitación febril, difícilmente me hubiera negado a nada.
—Prepáralo todo y ya veremos —le concedí, justo cuando sentí que se derramaba a golpecitos en mi interior.
***
No tardó demasiado. En cuestión de tres semanas se las ingenió para que tuviéramos la conversación que tanto ansiaba. Fue un miércoles por la noche, en una de esas raras ocasiones en las que él elegía qué película veríamos antes de acostarnos. Qué casualidad que, de repente, le hubiera entrado la fiebre por Kubrick y se interesara precisamente por Eyes Wide Shut.
—Creo que he conseguido atar todos los cabos —soltó de pronto, sin apartar los ojos de la pantalla ni las manos de mis pies, a los que estaba dando un masaje.
—Qué eficiente eres para algunas cosas —contesté con mi habitual tono condescendiente.
—He hablado con el club de intercambio que vimos el verano que estuvimos en la costa. Ellos se encargan de absolutamente todo.
—Define «encargarse de absolutamente todo».
—Les he explicado cómo somos y qué queremos exactamente. Ellos buscan al resto de chicos y se aseguran de que sea seguro. Tienen un convenio con una clínica privada que les exige un examen completo doce horas antes del encuentro. Para ese día nos reservan una sala especial, solo para nosotros. Tú no pagarías nada, ni siquiera las consumiciones. Yo tendría que abonar mis copas, y los demás chicos pagan la entrada al club.
Lo expuso de carrerilla, sin permitirse dejar ningún argumento en el tintero. Me quedé en blanco. No sabía qué decir ni qué hacer. Un torrente de pensamientos contradictorios me martilleó las sienes en cuestión de segundos.
Por un lado, le había lanzado un reto y lo había superado, resolviendo de un plumazo casi todas mis preocupaciones sanitarias y logísticas. Por otro, seguía pareciéndome una fantasía obscena, sexualmente agresiva. Algo que jamás me había atraído por sí mismo, pero que confrontaba directamente con el inmenso morbo que me producía complacer a mi marido y verle perder la cabeza por mí.
—Vale —concluí, cuando comprobé que la balanza se había decantado irremediablemente a su favor.
Noté cómo su erección crecía al instante, tocando a rebato bajo la manta y levantándome los dedos de los pies, que mantenía apoyados en su regazo. Se le escapó un suspiro, no sé si de alivio o de placer, lo que despertó en mí las ganas de seguir haciéndome la dura. Lo apreté con el talón, intencionadamente. Me encantaba anticipar sus reacciones y sabía que se iba a estremecer.
—Vale —repitió él, como única respuesta, asimilando la victoria.
—¿Y sabes cuántos chicos se han apuntado? —pregunté, fingiendo curiosidad casual mientras me abría paso por debajo de la tela de sus pantalones.
—Siete. Seríamos ocho en total, contándome a mí —contestó, deshaciéndose de la ropa con mi ayuda.
Ocho.
Atrapé su erección al vuelo entre la planta y el empeine de mi pie desnudo. Pensé en cómo demonios iba a gestionar aquello. A duras penas había conseguido concentrarme en atender a Mateo la noche que me senté sobre Daniel dándole la espalda, en nuestro primer trío. Y de pronto fui consciente de la avalancha de dudas, carnales y prácticas, que me asaltaban y que, por puro orgullo, no podía poner sobre la mesa.
Empecé a masturbarlo de la mejor manera de la que soy capaz cuando lo hago con los pies. A él le bastaba con sentir mi calor y mi suavidad para volverse loco. A mí, en cambio, me encantaba sentir su dureza y sus contracciones bajo mi piel. La humedad del glande empapando los dedos. Recoger con ellos las gotas transparentes que asomaban por la punta y estirarlas hasta que se rompieran en mil filamentos pegajosos con los que lubricarlo.
Inicié con torpeza el vaivén, atrapándolo con firmeza entre las almohadillas. Dejé que me sujetara los tobillos para guiarme y marcar el ritmo, hasta hacerlo terminar allí mismo. Sentí cómo su semen caliente me manchaba el empeine y resbalaba luego por su muslo.
—¿Y cuándo sería? —pregunté en la penumbra, aguardando inmóvil a que se le normalizara la respiración.
—Este sábado —respondió, directo como una flecha.
—¡¿Este sábado?! —repetí, incapaz de creerme lo que acababa de escuchar.
—Sí. Podemos entrar al local sobre las once de la noche, y nos reservan la sala de doce a dos de la madrugada.
—Joder —acerté a decir, mientras me limpiaba el pie con un pañuelo de papel.
—Tenemos hasta el viernes por la mañana para cancelar sin compromiso, y hasta el sábado al mediodía pagando una penalización. Piénsatelo bien. Necesito que estés cien por cien segura, porque yo no lo voy a disfrutar si tú vas a estar incómoda.
—Sí. No te preocupes. Iremos, seguramente iremos. Es solo que me ha entrado vértigo por la proximidad de la fecha.
Y una mierda «nada más».
***
No estuve convencida de querer hacerlo ni siquiera a las once y veinte de la noche de aquel mismo sábado, cuando ya estábamos dentro del local. Durante todo el trayecto en coche habíamos ido en completo silencio, escuchando de fondo cualquier cosa que escupiera la radio. Y, sinceramente, creo que él iba mucho más nervioso que yo.
Llegamos con tiempo de sobra. Cenamos en un restaurante cercano, intentando aplacar los nervios con un par de copas de vino, y entramos al club con antelación para tomar algo en la barra. Allí conocimos a los siete chicos que el club había seleccionado.
Puede parecer una tontería, pero aquella charla trivial, el haber establecido cierta sintonía visual y comprobar que eran tipos normales y educados, me ayudó a relajar los hombros y a afianzar mi papel en todo aquel teatro. Ninguno me invadió el espacio, ninguno fingió una intimidad que aún no tocaba. Hablaban de fútbol, de un viaje pendiente a Portugal, de la copa de vino que pedía Mateo. Yo escuchaba más que respondía, midiendo su voz, su gesto, la manera en que sostenían el vaso.
Cuando llegó la medianoche, nos indicaron el protocolo. La sala ya estaba lista. Me pidieron que entrara yo primero, que me pusiera cómoda y que, cuando estuviera preparada, pulsara un interruptor de la pared para avisarles.
El cuarto era impecable. Aséptico, cuidado hasta el extremo. La iluminación, cálida y baja. Un par de butacas de cuero claro, una camilla amplia cubierta con sábanas impolutas, un dispensador de toallas, un pequeño bar con agua y bebidas isotónicas. Todo había sido pensado, todo estaba previsto. Hasta el ambientador, sutil, casi clínico, parecía elegido para no interferir con nada.
Respiré hondo. Me desnudé despacio, dejando sobre mi piel únicamente un tanga minúsculo, y me recogí el pelo por detrás de las orejas para despejarme la cara y el cuello. Tiré un par de cojines mullidos al suelo, junto a la camilla, para no hacerme daño cuando quisiera arrodillarme. Miré el interruptor de la pared como quien mira el borde de un trampolín altísimo.
Cerré los ojos. Pensé en Mateo, en la noche de la cuchara, en el lubricante, en el masaje de pies. Pensé en cómo, durante años, había sido yo quien le había marcado el ritmo a su deseo, y en cómo aquella noche iba a ser exactamente al revés.
Pulsé el botón.
Al otro lado de la puerta principal había una especie de vestidor con taquillas. Los oí moverse durante unos segundos: cremalleras, percheros, el roce sordo de ropa cayendo en cestos. Después, el silencio. Y después, el primer giro del pomo.
Entraron los ocho directamente desnudos, en orden, sin estridencias. Mateo, el último, cerrando la puerta tras de sí.
El espacio se contrajo de golpe. De repente, el aire de la sala se volvió denso, pesado, cargado con el olor inconfundible del almizcle masculino, ese matiz salado y cálido que solo aparece cuando se concentran varios cuerpos en celo. Ocho hombres adultos cerraron el círculo a mi alrededor, bloqueando la luz indirecta del techo, convirtiéndose en una muralla asfixiante de carne, vello y erecciones.
El calor que irradiaban era casi sofocante. Cada uno respiraba a un ritmo distinto, y el conjunto sonaba como una marea baja, lenta, contenida. Levanté la vista por instinto, buscando los ojos de Mateo, que se había colocado justo enfrente. Él no apartó la mirada. Me sostuvo, asintió apenas con la barbilla, y entendí que aquella señal valía más que todas las palabras de la última semana.
Me arrodillé sobre los cojines, despacio, controlando cada vértebra como si fuera un descenso ritual. Las rodillas tocaron la espuma. El círculo se ajustó un palmo más, ocho pares de pies clavados sobre la moqueta clara, ocho sombras alargándose sobre mi piel.
Ya no había marcha atrás.
Cerré los ojos un segundo, solo uno, lo justo para tomar aire. Cuando volví a abrirlos, lo único que existía en el mundo eran ocho hombres, una sala y un reloj que empezaba a contar dos horas exactas.