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Relatos Ardientes

La rubia que me convirtió en mascota de la Reina

La luz fría del amanecer se colaba por los ventanales emplomados del Gran Salón. No traía calor, sino la claridad cruda de un interrogatorio. El aire olía a humo viejo, a sangre seca y al regusto químico del yodo que aún quemaba en la garganta del prisionero.

Adrián colgaba inerte en el arnés de cuero anclado al Pilar de los perros. Su piel, antes morena, era ahora cetrina, casi traslúcida. La respiración salía rota, un silbido áspero. Entre sus muslos, la jaula de acero de la castidad brillaba con la luz pálida del alba. Un catéter estriado seguía hundido en su uretra lacerada, recordándole a quién pertenecía.

A unos metros, en un sofá de terciopelo verde oscuro, la guardia Lía dormitaba. La cabeza le caía hacia un lado, la boca entreabierta. Aun en el sueño, su mano derecha seguía aferrada al pomo de la daga de reglamento.

El silencio se quebró con el chasquido metálico de los cerrojos.

La Reina Aldonza entró, y la atmósfera del salón pareció inclinarse hacia ella. Vestía un traje de terciopelo carmesí bordado con hilo de oro y perlas blancas cosidas a mano. El escote cuadrado realzaba su figura sin restarle un solo grado de autoridad. Pero el detalle que la definía estaba abajo, en sus pies. No calzaba zapatos de corte ni plataformas pesadas. Llevaba unas sandalias casi planas, de cuero ocre y mostaza, gastadas, con los pliegues marcados por el uso. Las uñas, pintadas de rojo agresivo, asomaban entre las tiras. A Aldonza le gustaba domar el cuero hasta que se rendía a su pie. Igual que doblegaba al reino. Igual que doblegaba a los hombres.

Un paso por detrás venía Selene, la nueva lugarteniente. Una visión que contrastaba con la oscuridad gótica de su Reina. Rubia hasta lo divino, con la melena recogida en una coleta alta que se balanceaba con precisión militar. Llevaba una armadura ligera de cuero endurecido y remaches de plata, ceñida como un corsé táctico, con un escote profundo que dejaba entrever el vientre fibrado. Sus sandalias de gladiador trenzaban las pantorrillas hasta la mitad del muslo. Tacón sólido, cinco centímetros, suficiente para resonar contra la piedra sin perder agilidad. Los pies, expuestos por las correas, tenían arcos perfectos y una pedicura impecable. En la mano izquierda llevaba enrollado un látigo largo de cuero negro.

El sonido de los tacones de Selene despertó a Lía. La guardia parpadeó contra la luz, vio a su soberana frente a ella y palideció. Se levantó de un salto, alisándose el uniforme arrugado, e hizo una reverencia apresurada.

Aldonza se detuvo a unos metros del sofá. No gritó. La decepción fría siempre era más aterradora que la furia.

—La negligencia, Lía, es el primer paso hacia la traición —murmuró la Reina, con voz de seda sobre cuchillos—. Mientras tú duermes, el castillo se pudre. ¿Crees que mis muros se vigilan cerrando los ojos?

Lía tragó saliva, incapaz de levantar la vista de las sandalias gastadas de su monarca.

—Perdonadme, mi Reina. La fatiga de la purga…

—Silencio —la cortó Aldonza con un gesto mínimo de la mano de uñas rojas—. Quiero desayunar aquí, en mi salón, contemplando lo que poseo. Ve a las cocinas. Bandejas de plata. Uvas escarchadas, higos, queso fresco, pan caliente, el mejor vino. Y si tardas más de la cuenta, dormirás colgada del arnés junto a la mascota.

Lía hizo otra reverencia profunda y salió casi corriendo, las botas resonando con urgencia.

Aldonza giró lentamente hacia el fondo del salón, donde Adrián seguía colgado. Una sonrisa torcida, desprovista de calor, se dibujó en sus labios pintados.

—Selene, querida —ronroneó—. Parece que nuestra bestia de carga se ha quedado dormida en su cuna. Despiértala. Bájala de ahí.

—Como ordene, mi Reina.

La rubia caminó hacia el pilar. El contraste era sobrecogedor: la perfección de Selene frente a la carne sucia y azulada de Adrián. Con movimientos precisos retiró el lastre que colgaba de los testículos del prisionero, aflojó el collar y deshizo los nudos del arnés. Sin el soporte, el peso muerto del esclavo cayó a plomo. Las rodillas chocaron contra la piedra, los hombros crujieron, y la base de la jaula golpeó la pelvis. El catéter se desplazó una fracción de milímetro y un relámpago de fuego le atravesó las entrañas. Un grito sordo, animal, se le escapó.

Quedó ovillado en el suelo, temblando. La lengua, seca como una lija pegada al paladar. La deshidratación lo consumía desde dentro.

—Está sediento —constató la Reina, con frialdad clínica—. La fiebre necesita líquidos o sus riñones fallarán y la diversión se acabará pronto. Hidrátalo, Selene. Pero hazlo según nuestras costumbres.

Selene esbozó una sonrisa deslumbrante. Caminó hasta una pequeña fuente labrada en un lateral del salón, tomó un cáliz de plata incrustado con rubíes y lo llenó hasta el borde. Volvió y se detuvo justo frente al rostro de Adrián, que yacía pegado al suelo. Sus sandalias de gladiador quedaron a centímetros de la boca del prisionero.

—Agua, bestia —dijo, con voz melódica resonando en la inmensidad del salón—. Bébela.

Adrián, empujado por el instinto, intentó alzar la cabeza hacia la copa. Pero Selene, con un movimiento fluido, inclinó el cáliz no hacia su boca, sino sobre su propio pie derecho.

El agua cayó en cascada sobre el empeine desnudo de la lugarteniente, resbaló por las tiras de cuero y goteó hasta la piedra. Adrián entendió al instante. La humillación era absoluta, calculada al milímetro. Pero la sed era un tirano más fuerte que la dignidad. Con un quejido, lanzó la boca agrietada hacia adelante y empezó a chupar y lamer el empeine de Selene. Atrapó las gotas heladas que resbalaban por la piel inmaculada, lamió las tiras cruzadas, succionó el líquido atrapado entre el cuero y la carne. Para él, esa escasa cantidad de agua era maná. El alivio le arrancó lágrimas. Se volvió un perro sediento, sorbiendo cada gota entre los dedos perfectos de la rubia, ignorando el dolor punzante en su uretra con tal de conseguir un poco más.

Selene lo observaba desde arriba, inmóvil, dejando que la lengua áspera del esclavo limpiara su calzado.

***

Cuando el cáliz quedó vacío, las puertas se abrieron de nuevo. Lía empujaba un carrito cargado con bandejas de plata. El aroma a pan recién horneado, higos dulces y vino especiado llenó el aire. El estómago vacío de Adrián gruñó.

—Excelente —murmuró Aldonza—. Quítale las esposas, Selene. No quiero que el metal raye el mobiliario. Y ponlo en posición. Mi trono es cómodo, pero un desayuno informal pide un soporte adecuado para mi invitada.

Selene sacó una llave del cinturón y abrió las esposas que mantenían atadas las muñecas del esclavo a la espalda. Al liberarse, los hombros de Adrián crujieron con un dolor paralizante y la sangre volvió a fluir por sus dedos entumecidos en un hormigueo agónico.

—A cuatro patas. Junto a la mesa baja —ordenó Selene, haciendo chasquear ligeramente el cuero del látigo. No hizo falta más.

Adrián, gimiendo, se arrastró hasta la mesa de roble donde Lía disponía el desayuno. Apoyó las palmas y las rodillas despellejadas sobre las baldosas frías, paralelo al mueble. Mantuvo la cabeza agachada. El collar pesaba sobre el cuello y la jaula colgaba peligrosamente cerca del suelo entre sus muslos.

Aldonza se acomodó en su trono y cruzó las piernas, dejando una sandalia ocre suspendida en el aire con arrogancia. Selene, con gracia felina, se acercó al esclavo, se giró de espaldas y se sentó sobre él.

El primer impacto del peso le arrancó un jadeo ahogado. La columna cedió ligeramente. Selene no era pesada, pero el cuero endurecido de su armadura, los remaches de plata, las armas y, sobre todo, la concentración del peso sobre las vértebras lumbares, suponían una opresión asfixiante. Acomodó las piernas, posó las suelas en la piedra y distribuyó el peso. Adrián se convirtió en un taburete humano perfectamente estable.

No era un dolor que desgarrara la carne, no era el fuego del hierro candente. Era una tortura sostenida. La humillación física de ser convertido, literal y figuradamente, en una pieza de mobiliario.

Aldonza y Selene charlaban con voces cristalinas que resonaban en las bóvedas. Hablaban de la temperatura del vino, de la textura de los higos, de los impuestos de las provincias del sur, de la estética de las nuevas armaduras. Cortaban quesos, pelaban frutas, brindaban con copas de plata. Las risas claras flotaban como campanillas.

Y debajo, sosteniendo a la lugarteniente, Adrián debía permanecer absolutamente inmóvil. El estómago le rugía. El sudor frío le perlaba la frente. Los brazos y los muslos le temblaban por la tensión isométrica. Si los codos cedían un milímetro, si la espalda se arqueaba para aliviar la presión, el cuerpo de Selene se desestabilizaba.

Cuando eso ocurría, ella no le golpeaba. Simplemente ajustaba la postura. Cruzaba las piernas, cambiaba el peso de una nalga a la otra para recuperar la comodidad.

Y ese era el verdadero infierno.

Cada vez que Selene se movía sobre su espalda, la piel y los músculos de Adrián se estiraban y contraían. Ese movimiento microscópico se transmitía a la pelvis. La gravedad hacía que el candado y la base de la jaula oscilaran milimétricamente. Ese balanceo bastaba para que el catéter estriado, hundido en la uretra, se deslizara una fracción. Las estrías de acero frío frotaban contra el tejido inflamado, en carne viva, bañado en ácido. Una punzada eléctrica le atravesaba desde la base del vientre hasta la garganta.

Se mordía los labios hasta casi sangrar para no gritar. Un gemido, una queja, arruinaría el desayuno apacible de su monarca, y sabía que el castigo sería volver al pilar o, peor, ordenar a Lía que le pusiera la pesa de plomo.

Su castigo era la cosificación absoluta. Durante esa hora interminable había dejado de ser un esclavo. Ya no era ni siquiera un objetivo activo de tortura. Era un reposapiés, una banqueta. Sus dueñas ni le prestaban atención directa. Lo usaban porque resultaba más cómodo que mandar a traer una silla.

Aldonza masticaba lentamente un grano de uva escarchada y bebía pequeños sorbos de vino oscuro. Sus ojos se posaron en la composición que tenía frente a ella. Como monarca obsesionada con la estética del poder, la escena la fascinaba. La perfección rubia de Selene, su cabello atrapando la luz, la postura erguida en la armadura, la belleza intocable. Y debajo, sirviendo de asiento, la anatomía destrozada de Adrián: un hombre reducido a piel sucia, cuello apresado por el hierro, genitales encerrados, humillado, silencioso, roto. La divinidad descansando sobre la miseria. Para Aldonza, esa era la verdadera imagen del poder de su Corona.

***

El desayuno se prolongó una hora agónica. Cuando por fin Aldonza se limpió los labios manchados de carmesí con una servilleta de lino y asintió, Lía se apresuró a retirar las bandejas.

Selene se levantó con gracia. Al desaparecer el peso, la columna del esclavo crujió y un alivio doloroso lo invadió, seguido de un quejido sordo cuando la jaula se asentó por la gravedad. Adrián se dejó caer de medio lado, exhausto, los brazos extendidos sobre la piedra.

Aldonza se incorporó. El terciopelo arrastró un susurro opulento. Miró al prisionero con una mezcla de aburrimiento y cálculo.

—Saca a pasear a la mascota por los pasillos interiores —decretó—. Que se mueva. Los músculos atrofiados no me sirven para los juegos de esta noche. Ejercicio, pero recuérdale cuál es su lugar.

Selene se giró. Una sonrisa radiante y fría como el hielo se le dibujó en el rostro de ángel. Miró a Adrián como se mira a un perro de presa que necesita salir. Recogió la cadena de acero del collar, enroscó dos eslabones en la mano enguantada y tiró hacia arriba con autoridad seca.

Los dientes del collar mordieron el cuello del esclavo, que se vio obligado a levantarse rápido. Antes de que pudiera ponerse de pie, un tirón descendente le dejó claro su papel.

—A cuatro patas, bestia —ordenó la rubia con voz de cristal—. Los perros de la Reina no caminan sobre dos piernas.

Y así comenzó el paseo.

Selene avanzó hacia las puertas de doble hoja que conectaban el salón con los pasillos interiores. Su paso era elegante, rítmico, seguro. El clac, clac, clac de las sandalias resonando contra la piedra se convirtió en el metrónomo del sufrimiento de Adrián. El esclavo gateaba detrás, arrastrando las rodillas y las palmas que empezaban a desollarse contra los mosaicos.

La biomecánica del gateo era una tortura diseñada a medida. Cada vez que avanzaba una rodilla, las caderas basculaban. El movimiento agitaba la jaula entre sus piernas, el catéter rozaba contra el tejido en carne viva. El fuego, que se había adormecido un poco con la inmovilidad, se reavivó con la fricción. Una quemadura sorda, un escozor agudo y punzante que le acompañaba en cada metro.

Pero la espada tenía dos filos. La Reina había acertado: los músculos, atiborrados de ácido láctico tras la noche en el arnés, necesitaban movimiento. El gateo continuo, aunque doloroso, estiraba los isquiotibiales y bombeaba sangre a las pantorrillas entumecidas. Era una clemencia profundamente condicionada. Sobrevivir al precio de la fricción uretral.

Si se retrasaba un solo segundo, si el dolor le hacía dudar, la cadena se tensaba al instante. La inercia del cuerpo de Selene tiraba del collar, los dientes de metal se clavaban en la tráquea, le cortaban el aire y amenazaban con aplastar la laringe. Adrián se veía forzado a acelerar, a ignorar el dolor, jadeando para mantener la holgura de la cadena y poder respirar.

Y luego estaba la destrucción psicológica.

Los pasillos no estaban vacíos. A medida que Selene paseaba a su mascota, se cruzaron con el personal de servicio. Sirvientas con cestos de ropa, guardias en armadura, coperos y esclavos de menor rango se detenían y se apartaban contra las paredes para dejar paso a la lugarteniente. Todos bajaban la mirada ante ella en señal de respeto, pero los ojos se desviaban inevitablemente hacia la criatura que gateaba detrás. Veían a Adrián, completamente desnudo, cubierto de moratones, con las rodillas ensangrentadas, un collar de pinchos en el cuello y los genitales exhibidos en el acero brillante de la jaula. Veían la baba colgándole de la boca por el esfuerzo de respirar, la sumisión absoluta en los ojos derrotados.

Era paseado no como un prisionero, no como un hombre castigado, sino como una mascota exótica y rota, arrastrándose detrás de una diosa rubia e inalcanzable cuyos tacones marcaban implacablemente el ritmo de su condena bajo la sombra eterna de la Corona.

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Comentarios (7)

Mastil77

increible!!! de las mejores que lei en mucho tiempo aca

DominioFeliz

Por favor una segunda parte, el final me dejo con ganas de saber que pasa despues con Adrian. No puede quedar ahi

NochesBsAs

El principio te atrapa de inmediato, se nota que hay talento. Muy buen relato!

Tomas_Rr

me mató jajaja, que historia mas intensa. la imagen inicial es tremenda

CuriosaLectora

No es facil encontrar buena escritura de esta categoría en español, pero este está muy logrado. Me quede leyendo de corrido sin darme cuenta

PablitoCba

⭐⭐⭐⭐⭐ sin dudarlo

SoledadV

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero este esta mucho mejor narrado. Muy recomendable para los que les gusta el genero

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