La rubia que me convirtió en mascota de la Reina
La luz fría del amanecer se colaba por los ventanales emplomados del Gran Salón. No traía calor, sino la claridad cruda de un interrogatorio. El aire olía a humo viejo, a sangre seca y al regusto químico del yodo que aún quemaba en la garganta del prisionero.
Adrián colgaba inerte en el arnés de cuero anclado al Pilar de los perros. Su piel, antes morena, era ahora cetrina, casi traslúcida. La respiración salía rota, un silbido áspero. Entre sus muslos, la jaula de acero de la castidad brillaba con la luz pálida del alba. Un catéter estriado seguía hundido en su uretra lacerada, recordándole a quién pertenecía. Su polla, aprisionada dentro del metal, llevaba semanas sin poder empalmarse del todo. Cada intento de erección se estrellaba contra los barrotes, cada gota de semen retenido se pudría dentro de sus testículos hinchados y morados, colgando como higos maduros bajo la jaula.
A unos metros, en un sofá de terciopelo verde oscuro, la guardia Lía dormitaba. La cabeza le caía hacia un lado, la boca entreabierta. Aun en el sueño, su mano derecha seguía aferrada al pomo de la daga de reglamento.
El silencio se quebró con el chasquido metálico de los cerrojos.
La Reina Aldonza entró, y la atmósfera del salón pareció inclinarse hacia ella. Vestía un traje de terciopelo carmesí bordado con hilo de oro y perlas blancas cosidas a mano. El escote cuadrado realzaba su figura sin restarle un solo grado de autoridad. Pero el detalle que la definía estaba abajo, en sus pies. No calzaba zapatos de corte ni plataformas pesadas. Llevaba unas sandalias casi planas, de cuero ocre y mostaza, gastadas, con los pliegues marcados por el uso. Las uñas, pintadas de rojo agresivo, asomaban entre las tiras. A Aldonza le gustaba domar el cuero hasta que se rendía a su pie. Igual que doblegaba al reino. Igual que doblegaba a los hombres.
Un paso por detrás venía Selene, la nueva lugarteniente. Una visión que contrastaba con la oscuridad gótica de su Reina. Rubia hasta lo divino, con la melena recogida en una coleta alta que se balanceaba con precisión militar. Llevaba una armadura ligera de cuero endurecido y remaches de plata, ceñida como un corsé táctico, con un escote profundo que dejaba entrever el vientre fibrado y la curva firme de dos tetas altas que empujaban contra el cuero como si quisieran escapar. Sus sandalias de gladiador trenzaban las pantorrillas hasta la mitad del muslo. Tacón sólido, cinco centímetros, suficiente para resonar contra la piedra sin perder agilidad. Los pies, expuestos por las correas, tenían arcos perfectos y una pedicura impecable. En la mano izquierda llevaba enrollado un látigo largo de cuero negro.
El sonido de los tacones de Selene despertó a Lía. La guardia parpadeó contra la luz, vio a su soberana frente a ella y palideció. Se levantó de un salto, alisándose el uniforme arrugado, e hizo una reverencia apresurada.
Aldonza se detuvo a unos metros del sofá. No gritó. La decepción fría siempre era más aterradora que la furia.
—La negligencia, Lía, es el primer paso hacia la traición —murmuró la Reina, con voz de seda sobre cuchillos—. Mientras tú duermes, el castillo se pudre. ¿Crees que mis muros se vigilan cerrando los ojos?
Lía tragó saliva, incapaz de levantar la vista de las sandalias gastadas de su monarca.
—Perdonadme, mi Reina. La fatiga de la purga…
—Silencio —la cortó Aldonza con un gesto mínimo de la mano de uñas rojas—. Quiero desayunar aquí, en mi salón, contemplando lo que poseo. Ve a las cocinas. Bandejas de plata. Uvas escarchadas, higos, queso fresco, pan caliente, el mejor vino. Y si tardas más de la cuenta, dormirás colgada del arnés junto a la mascota, con una verga de madera clavada en el culo hasta que aprendas a mantener los ojos abiertos.
Lía hizo otra reverencia profunda y salió casi corriendo, las botas resonando con urgencia.
Aldonza giró lentamente hacia el fondo del salón, donde Adrián seguía colgado. Una sonrisa torcida, desprovista de calor, se dibujó en sus labios pintados.
—Selene, querida —ronroneó—. Parece que nuestra bestia de carga se ha quedado dormida en su cuna. Despiértala. Bájala de ahí.
—Como ordene, mi Reina.
La rubia caminó hacia el pilar. El contraste era sobrecogedor: la perfección de Selene frente a la carne sucia y azulada de Adrián. Con movimientos precisos retiró el lastre que colgaba de los testículos del prisionero, aflojó el collar y deshizo los nudos del arnés. Sin el soporte, el peso muerto del esclavo cayó a plomo. Las rodillas chocaron contra la piedra, los hombros crujieron, y la base de la jaula golpeó la pelvis. El catéter se desplazó una fracción de milímetro y un relámpago de fuego le atravesó las entrañas, subiendo desde la polla enjaulada hasta la boca del estómago. Un grito sordo, animal, se le escapó.
Quedó ovillado en el suelo, temblando. La lengua, seca como una lija pegada al paladar. La deshidratación lo consumía desde dentro.
—Está sediento —constató la Reina, con frialdad clínica—. La fiebre necesita líquidos o sus riñones fallarán y la diversión se acabará pronto. Hidrátalo, Selene. Pero hazlo según nuestras costumbres.
Selene esbozó una sonrisa deslumbrante. Caminó hasta una pequeña fuente labrada en un lateral del salón, tomó un cáliz de plata incrustado con rubíes y lo llenó hasta el borde. Volvió y se detuvo justo frente al rostro de Adrián, que yacía pegado al suelo. Sus sandalias de gladiador quedaron a centímetros de la boca del prisionero.
—Agua, bestia —dijo, con voz melódica resonando en la inmensidad del salón—. Bébela.
Adrián, empujado por el instinto, intentó alzar la cabeza hacia la copa. Pero Selene, con un movimiento fluido, inclinó el cáliz no hacia su boca, sino sobre su propio pie derecho.
El agua cayó en cascada sobre el empeine desnudo de la lugarteniente, resbaló por las tiras de cuero y goteó hasta la piedra. Adrián entendió al instante. La humillación era absoluta, calculada al milímetro. Pero la sed era un tirano más fuerte que la dignidad. Con un quejido, lanzó la boca agrietada hacia adelante y empezó a chupar y lamer el empeine de Selene. Atrapó las gotas heladas que resbalaban por la piel inmaculada, lamió las tiras cruzadas, succionó el líquido atrapado entre el cuero y la carne. Para él, esa escasa cantidad de agua era maná. El alivio le arrancó lágrimas. Se volvió un perro sediento, sorbiendo cada gota entre los dedos perfectos de la rubia, ignorando el dolor punzante en su uretra con tal de conseguir un poco más.
—Eso es, cerdo —siseó Selene desde arriba—. Mama mis dedos como si fueran la última polla que vas a chupar. Métete el pulgar entero en la boca. Más adentro. Chúpalo bien, como una puta hambrienta.
Adrián obedeció. Abrió los labios cuarteados y se metió el dedo gordo del pie de Selene hasta la garganta. Lo succionó con avidez, la lengua rasposa envolviendo la falange, buscando cada resto de humedad entre los dedos. Selene apretó el pulgar contra el paladar del esclavo, jugando con él, sintiendo cómo la lengua se retorcía debajo. Luego lo sacó despacio y lo apoyó en los labios magullados de Adrián, embadurnados de saliva.
—Ahora los otros —ordenó, y le ofreció la planta entera.
El prisionero pasó la lengua por toda la suela del pie de la lugarteniente, chupando entre dedo y dedo con la desesperación de un moribundo. Selene fue vertiendo más agua, muy poca cada vez, obligándolo a lamer más y más superficie. El cuero ocre de las tiras se empapaba de saliva y agua mezcladas, y Adrián lamía todo, la piel, el cuero, la piedra fría donde caían las gotas que se escapaban. Su polla, aunque atrapada en el acero, dio una sacudida obscena dentro de la jaula. El catéter le castigó con una punzada eléctrica por semejante insolencia. Aun así, la humillación misma lo excitaba, y la excitación, aprisionada, se convertía en tortura nueva.
—Mírala, mi Reina —rio Selene, viendo cómo el esclavo agitaba las caderas por instinto—. La bestia se pone cachonda mientras me chupa los pies. La jaula le está exprimiendo la polla y aún así el muy puto quiere correrse.
—Es lo que son los hombres, querida —contestó Aldonza desde su trono, cruzando las piernas con lentitud calculada—. Perros. Se corren con lo que les eches encima.
Selene lo observaba desde arriba, inmóvil, dejando que la lengua áspera del esclavo limpiara su calzado hasta que no quedó una sola gota.
***
Cuando el cáliz quedó vacío, las puertas se abrieron de nuevo. Lía empujaba un carrito cargado con bandejas de plata. El aroma a pan recién horneado, higos dulces y vino especiado llenó el aire. El estómago vacío de Adrián gruñó.
—Excelente —murmuró Aldonza—. Quítale las esposas, Selene. No quiero que el metal raye el mobiliario. Y ponlo en posición. Mi trono es cómodo, pero un desayuno informal pide un soporte adecuado para mi invitada.
Selene sacó una llave del cinturón y abrió las esposas que mantenían atadas las muñecas del esclavo a la espalda. Al liberarse, los hombros de Adrián crujieron con un dolor paralizante y la sangre volvió a fluir por sus dedos entumecidos en un hormigueo agónico.
—A cuatro patas. Junto a la mesa baja —ordenó Selene, haciendo chasquear ligeramente el cuero del látigo. No hizo falta más.
Adrián, gimiendo, se arrastró hasta la mesa de roble donde Lía disponía el desayuno. Apoyó las palmas y las rodillas despellejadas sobre las baldosas frías, paralelo al mueble. Mantuvo la cabeza agachada. El collar pesaba sobre el cuello y la jaula colgaba peligrosamente cerca del suelo entre sus muslos.
Aldonza se acomodó en su trono y cruzó las piernas, dejando una sandalia ocre suspendida en el aire con arrogancia. Selene, con gracia felina, se acercó al esclavo, se giró de espaldas y se sentó sobre él.
El primer impacto del peso le arrancó un jadeo ahogado. La columna cedió ligeramente. Selene no era pesada, pero el cuero endurecido de su armadura, los remaches de plata, las armas y, sobre todo, la concentración del peso sobre las vértebras lumbares, suponían una opresión asfixiante. Acomodó las piernas, posó las suelas en la piedra y distribuyó el peso. Adrián se convirtió en un taburete humano perfectamente estable.
No era un dolor que desgarrara la carne, no era el fuego del hierro candente. Era una tortura sostenida. La humillación física de ser convertido, literal y figuradamente, en una pieza de mobiliario.
Aldonza y Selene charlaban con voces cristalinas que resonaban en las bóvedas. Hablaban de la temperatura del vino, de la textura de los higos, de los impuestos de las provincias del sur, de la estética de las nuevas armaduras. Cortaban quesos, pelaban frutas, brindaban con copas de plata. Las risas claras flotaban como campanillas.
Y debajo, sosteniendo a la lugarteniente, Adrián debía permanecer absolutamente inmóvil. El estómago le rugía. El sudor frío le perlaba la frente. Los brazos y los muslos le temblaban por la tensión isométrica. Si los codos cedían un milímetro, si la espalda se arqueaba para aliviar la presión, el cuerpo de Selene se desestabilizaba.
Cuando eso ocurría, ella no le golpeaba. Simplemente ajustaba la postura. Cruzaba las piernas, cambiaba el peso de una nalga a la otra para recuperar la comodidad. Y ese era el verdadero infierno.
Cada vez que Selene se movía sobre su espalda, la piel y los músculos de Adrián se estiraban y contraían. Ese movimiento microscópico se transmitía a la pelvis. La gravedad hacía que el candado y la base de la jaula oscilaran milimétricamente. Ese balanceo bastaba para que el catéter estriado, hundido en la uretra, se deslizara una fracción. Las estrías de acero frío frotaban contra el tejido inflamado, en carne viva, bañado en ácido. Una punzada eléctrica le atravesaba desde la base del vientre hasta la garganta.
Se mordía los labios hasta casi sangrar para no gritar. Un gemido, una queja, arruinaría el desayuno apacible de su monarca, y sabía que el castigo sería volver al pilar o, peor, ordenar a Lía que le pusiera la pesa de plomo.
A la media hora, Aldonza soltó el racimo de uvas sobre el plato de plata y clavó los ojos oscuros en su lugarteniente. Se pasó la punta de la lengua por el labio superior, apenas un roce, y bebió un sorbo largo de vino.
—Selene, tengo el coño húmedo desde que la vi lamerte los pies —dijo con la misma naturalidad con que habría pedido más pan—. Y no pienso esperar hasta la noche. Ven aquí.
Selene se levantó de la espalda de Adrián con un movimiento fluido. La ausencia repentina del peso fue casi tan dolorosa como su presencia; los músculos temblaron descontrolados. Pero antes de que pudiera desplomarse, la voz cortante de Selene lo clavó al suelo.
—Tú no te muevas, bestia. Sigues siendo mobiliario.
La rubia se acercó al trono. Aldonza se subió la falda de terciopelo carmesí sobre las caderas, dejando al descubierto los muslos pálidos, redondos, sin ropa interior. El coño de la Reina, depilado y brillante, se abría rosado entre los pliegues, ya reluciente de excitación. Se recostó en el trono, abrió las piernas de par en par y dejó una sandalia colgando sobre el reposabrazos.
—Cómemelo —ordenó a Selene—. Y hazlo bien despacio. Que la mascota escuche cómo sueno cuando me corro.
Selene se arrodilló entre los muslos de su Reina con la elegancia de un ritual ensayado mil veces. Se soltó la coleta y la melena rubia cayó como una cortina de oro sobre las caderas de Aldonza. Hundió la boca en el coño de la monarca sin más preámbulos y empezó a lamer con lengua ancha, larga, plana, de abajo hacia arriba, desde el perineo hasta el clítoris. Aldonza soltó un suspiro grave, un gemido de placer contenido, y le cogió a Selene la coleta deshecha, enredando los dedos en el pelo dorado.
—Así, puta rubia. Mámame el clítoris. Chúpalo como te enseñé.
Selene cerró los labios en torno al clítoris hinchado de la Reina y lo succionó, moviendo la punta de la lengua en círculos rápidos. Uno de sus dedos, con la uña impecable, se hundió dentro del coño de Aldonza. Después dos. Tres. Los sacaba brillantes de flujo, los volvía a meter con un chasquido húmedo que resonaba entre las bóvedas del salón. La Reina se retorcía en el trono, apretándole la cara contra su sexo, cabalgándole la boca sin ningún pudor.
Adrián, temblando bajo la mesa, no podía cerrar los ojos. La escena estaba justo a un metro de él. Veía cómo la coleta rubia se agitaba entre los muslos de la Reina, oía los lametones húmedos, los jadeos roncos de Aldonza, el chapoteo obsceno de los dedos de Selene entrando y saliendo de aquel coño empapado. Su propia polla, muerta de dolor dentro de la jaula, intentó otra vez henchirse. Los barrotes se le clavaron en el prepucio y las bolas se le hincharon aún más, moradas y a punto de estallar. El catéter le arañó la uretra desde dentro. Un hilo delgado de líquido preseminal, mezclado con sangre, resbaló por el acero y cayó al suelo entre sus rodillas.
Aldonza vio la humillación del esclavo y soltó una carcajada gutural mientras la lengua de Selene seguía trabajando.
—Mira, mira cómo babea la bestia —jadeó la Reina—. Se le está cayendo la leche por la jaula sin poder tocarse. Sigue, Selene, más rápido, cómeme el coño más rápido, quiero correrme delante de él, quiero que vea lo que nunca va a volver a tener.
Selene aceleró. Los tres dedos entraban y salían del coño de la Reina a un ritmo brutal, curvándose hacia dentro, golpeando el punto justo. La lengua no se despegaba del clítoris, latigándolo, aplastándolo, chupándolo. Aldonza arqueó la espalda, cerró los muslos alrededor de la cabeza rubia de su lugarteniente, y estalló en un orgasmo largo, ronco, animal. Le mojó la cara a Selene, le empapó el mentón, la barbilla y el cuello. La rubia siguió lamiendo, tragándose los espasmos, hasta que la última contracción de Aldonza cesó.
La Reina se incorporó, jadeante, con las mejillas encendidas. Miró hacia abajo, a la criatura babeante bajo la mesa. Le hizo una seña seca a Selene.
—Dale de comer, querida. Que se relama lo que sobra. Yo no desperdicio.
Selene se levantó con la cara brillante, embadurnada de flujos de la Reina. Caminó hasta Adrián, se agachó delante de él y le agarró el mentón. Le acercó la boca a menos de un dedo de la suya. El esclavo olió el sexo de Aldonza, dulce, denso, íntimo, mezclado con el aliento cálido de Selene.
—Abre la boca, cerdo —susurró—. Limpia lo que le he sacado a tu Reina.
Adrián abrió los labios agrietados. Selene le escupió dentro de la boca todo el flujo que había guardado. Después le pasó la lengua por la cara al esclavo, obligándolo a lamerle a ella el mentón, la barbilla, la mandíbula, todo lo que le había caído del orgasmo de Aldonza. Adrián lamió con desesperación, con el hambre del castigo eterno, tragándose cada gota, sintiendo cómo el sabor le bajaba por la garganta seca. Su polla enjaulada dio otra sacudida imposible y las bolas se le encogieron de puro suplicio. Habría dado un brazo por correrse. No podía. Nunca podía.
—Buen perro —dijo Selene, y le dio una palmada en la mejilla como se le da a un animal bien adiestrado.
Se levantó, se volvió a hacer la coleta y regresó a sentarse en la espalda del esclavo como si nada hubiera pasado, para terminar la copa de vino que le esperaba en la mesa.
Aldonza masticaba lentamente un grano de uva escarchada y bebía pequeños sorbos de vino oscuro. Sus ojos se posaron en la composición que tenía frente a ella. Como monarca obsesionada con la estética del poder, la escena la fascinaba. La perfección rubia de Selene, su cabello atrapando la luz, la postura erguida en la armadura, la belleza intocable. Y debajo, sirviendo de asiento, la anatomía destrozada de Adrián: un hombre reducido a piel sucia, cuello apresado por el hierro, genitales encerrados, humillado, silencioso, roto. La divinidad descansando sobre la miseria. Para Aldonza, esa era la verdadera imagen del poder de su Corona.
***
El desayuno se prolongó una hora agónica más. Cuando por fin Aldonza se limpió los labios manchados de carmesí con una servilleta de lino y asintió, Lía se apresuró a retirar las bandejas.
Selene se levantó con gracia. Al desaparecer el peso, la columna del esclavo crujió y un alivio doloroso lo invadió, seguido de un quejido sordo cuando la jaula se asentó por la gravedad. Adrián se dejó caer de medio lado, exhausto, los brazos extendidos sobre la piedra.
Aldonza se incorporó. El terciopelo arrastró un susurro opulento. Miró al prisionero con una mezcla de aburrimiento y cálculo.
—Saca a pasear a la mascota por los pasillos interiores —decretó—. Que se mueva. Los músculos atrofiados no me sirven para los juegos de esta noche. Ejercicio, pero recuérdale cuál es su lugar. Y si se cruza con alguna sirvienta, que le lama el coño a la que tú elijas. Que las criadas se acostumbren a que la bestia sirva a todas mis mujeres, no solo a las de sangre azul.
Selene se giró. Una sonrisa radiante y fría como el hielo se le dibujó en el rostro de ángel. Miró a Adrián como se mira a un perro de presa que necesita salir. Recogió la cadena de acero del collar, enroscó dos eslabones en la mano enguantada y tiró hacia arriba con autoridad seca.
Los dientes del collar mordieron el cuello del esclavo, que se vio obligado a levantarse rápido. Antes de que pudiera ponerse de pie, un tirón descendente le dejó claro su papel.
—A cuatro patas, bestia —ordenó la rubia con voz de cristal—. Los perros de la Reina no caminan sobre dos piernas.
Y así comenzó el paseo.
Selene avanzó hacia las puertas de doble hoja que conectaban el salón con los pasillos interiores. Su paso era elegante, rítmico, seguro. El clac, clac, clac de las sandalias resonando contra la piedra se convirtió en el metrónomo del sufrimiento de Adrián. El esclavo gateaba detrás, arrastrando las rodillas y las palmas que empezaban a desollarse contra los mosaicos.
La biomecánica del gateo era una tortura diseñada a medida. Cada vez que avanzaba una rodilla, las caderas basculaban. El movimiento agitaba la jaula entre sus piernas, el catéter rozaba contra el tejido en carne viva. El fuego, que se había adormecido un poco con la inmovilidad, se reavivó con la fricción. Una quemadura sorda, un escozor agudo y punzante que le acompañaba en cada metro. Los testículos hinchados le colgaban entre los muslos, golpeando contra la cara interna de los mismos con cada movimiento, y cada golpecito lo hacía apretar los dientes.
Pero la espada tenía dos filos. La Reina había acertado: los músculos, atiborrados de ácido láctico tras la noche en el arnés, necesitaban movimiento. El gateo continuo, aunque doloroso, estiraba los isquiotibiales y bombeaba sangre a las pantorrillas entumecidas. Era una clemencia profundamente condicionada. Sobrevivir al precio de la fricción uretral.
Si se retrasaba un solo segundo, si el dolor le hacía dudar, la cadena se tensaba al instante. La inercia del cuerpo de Selene tiraba del collar, los dientes de metal se clavaban en la tráquea, le cortaban el aire y amenazaban con aplastar la laringe. Adrián se veía forzado a acelerar, a ignorar el dolor, jadeando para mantener la holgura de la cadena y poder respirar.
Y luego estaba la destrucción psicológica.
Los pasillos no estaban vacíos. A medida que Selene paseaba a su mascota, se cruzaron con el personal de servicio. Sirvientas con cestos de ropa, guardias en armadura, coperos y esclavos de menor rango se detenían y se apartaban contra las paredes para dejar paso a la lugarteniente. Todos bajaban la mirada ante ella en señal de respeto, pero los ojos se desviaban inevitablemente hacia la criatura que gateaba detrás. Veían a Adrián, completamente desnudo, cubierto de moratones, con las rodillas ensangrentadas, un collar de pinchos en el cuello y los genitales exhibidos en el acero brillante de la jaula. Veían la baba colgándole de la boca por el esfuerzo de respirar, la sumisión absoluta en los ojos derrotados.
En el tercer pasillo, Selene se detuvo delante de una moza de cocina, una muchacha morena de caderas anchas y pechos generosos bajo el vestido de lino basto. La chica tembló y bajó la cabeza.
—Tú —dijo la lugarteniente—. Levántate las faldas y siéntate contra la pared. Mi Reina ha ordenado que la bestia sirva a las mujeres del castillo. Elijo a ésta.
La moza abrió los ojos, incrédula, pero obedeció al instante. Se apoyó en la pared, se recogió el vestido hasta la cintura y separó las piernas. Debajo no llevaba nada. Su coño, moreno y velludo, quedó a la altura de la cara de Adrián. Selene le dio un tirón brutal de la cadena y le empujó la nuca contra la entrepierna de la sirvienta.
—Cómele el coño, cerdo. Y hazlo bien, que se corra encima de tu cara. Si en cinco minutos no oigo gemir a esta chica, te arranco los dientes con el pomo del látigo.
Adrián no dudó. Sacó la lengua reseca y la hundió entre los muslos de la moza. Lamió los labios exteriores, subió al clítoris, chupó, mordisqueó suave, volvió a bajar, metió la lengua entera dentro del coño y la retorció. La chica soltó un gemido tímido, apretó las palmas contra la pared y comenzó a jadear. Selene, sujetando la cadena, sonreía. La moza sabía a sudor y a especias de cocina. El olor era denso, animal. Adrián lamía con la desesperación de un condenado, chupando el clítoris de la sirvienta con la misma boca que minutos antes había limpiado el flujo de la Reina. La polla enjaulada le palpitaba, sangraba por el catéter, y cada palpitación era una descarga de fuego. Los pasillos se llenaron de los jadeos de la moza, cada vez más altos, más urgentes, hasta que la chica dio un espasmo, se agarró al pelo del esclavo y se corrió sobre su cara, mojándole la barbilla, la boca y la nariz.
—Buena bestia —dijo Selene, satisfecha, y tiró de la cadena—. Ya está. La moza puede volver a fregar.
La sirvienta se dejó caer contra la pared, temblorosa, la cara roja, incapaz de mirar a nadie. Los otros criados que habían visto la escena se apretaban contra las columnas, algunos excitados, otros pálidos, todos aprendiendo la lección del día: nadie estaba a salvo del capricho de la Corona.
Selene reanudó el paseo. Adrián gateó detrás con la cara empapada, mezclando el flujo de la moza con las lágrimas propias, con la baba, con el sudor. La cadena seguía marcando el ritmo. Los tacones seguían sonando contra la piedra. Clac, clac, clac.
Era paseado no como un prisionero, no como un hombre castigado, sino como una mascota exótica y rota, arrastrándose detrás de una diosa rubia e inalcanzable cuyos tacones marcaban implacablemente el ritmo de su condena bajo la sombra eterna de la Corona.
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