El probador donde mi marido me ofreció a un desconocido
Habían pasado un par de semanas desde la última vez que vi a Iván. Mi marido andaba con un humor inusualmente bueno, casi infantil, como si todavía estuviera digiriendo lo que pasó la noche en que lo dejé entrar a nuestra cama. Yo creí, ingenuamente, que esa fantasía suya ya estaba saciada. Una noche, después de la ducha y la cena, los dos bajo la sábana a punto de dormirnos, Lautaro me apoyó la mano en la cadera y rompió el silencio.
—Oye, mi amor —dijo en voz baja—. Hace dos semanas que no ves a tu amigo. ¿No tienes ganas de volver a verlo?
Me quedé quieta un momento. La pregunta no me sorprendió tanto como el cosquilleo que me bajó por el estómago al escucharla.
—¿Por qué la pregunta, amor? Pensé que con dos veces ya te había cumplido la fantasía.
—Es que sería excitante que volvieras a estar con él y después conmigo.
Lo dije con voz neutra, fingiendo que lo hacía por él, pero la verdad es que me había acordado de Iván muchas más veces de las que estaba dispuesta a admitir.
—Le puedo escribir y vemos qué dice —respondí.
Lautaro se quedó callado, pensativo, y entonces agregó algo que no me esperaba.
—Espera. Tengo una idea mejor. ¿Y si le dices que lo quiero conocer? Hacemos como que es una reunión de amigos. Le dices que puede tocarte y hacerte lo que quiera, pero solamente mientras yo no me dé cuenta. Como un secreto entre ustedes dos.
Sentí que mis pezones se endurecían contra la tela del pijama y supe, por la sonrisa que se le dibujó a mi marido en la oscuridad, que él también lo había notado.
—¿Te gustó la idea, no? —preguntó—. ¿Te calienta que otro tipo te toque mientras tu esposo no se entera?
—Cállate, solo quieres provocarme —le contesté, sin mucha convicción—. Pero está bien. Lo voy a hacer para que sigas con tus locuras.
Al día siguiente, antes de salir al trabajo, le mandé un mensaje a Iván. Como siempre, en la oficina no tuve tiempo de revisar el celular hasta la tarde. Cuando lo hice, encontré una respuesta corta y, para mí, decepcionante: este fin estoy ocupado, pero el siguiente con gusto voy a verte.
Le contesté con la propuesta completa: mi marido lo quería conocer, podía tocarme y hacerme lo que quisiera durante la reunión, con la única regla de que él no se diera cuenta. Si lo lograba, al final del día yo le inventaría una excusa a Lautaro y nos quedaríamos solos.
«¿En serio? ¿No hay más reglas? ¿Tu marido sabe que tenemos sexo?», me respondió enseguida.
«Sí, lo sabe. Y si todo sale bien, voy a ser una buena perrita para ti.»
«Aunque seas buena perrita, igual te voy a tener que castigar. Por estar tan rica.»
Sentí cómo la tela del bóxer se humedecía. No estaba sola en casa: mi suegro andaba en la cocina preparando la cena, ajeno a la conversación que su nuera tenía con un tipo que, sin que yo me hubiera dado cuenta, ya se había convertido en mi amante. Le contesté con un corazón y un emoji de diablito morado, pensando que ahí terminaba todo. Pero Iván es de los que no avisa: la siguiente notificación fue una foto de su miembro. Duro, parado, sin pudor.
Pasé la lengua por el labio sin querer. La saliva me llenó la boca. Los pezones se me marcaron en la camiseta de tirantes.
Apagué la pantalla y respiré hondo. Levanté la vista y ahí estaba mi suegro, en el pasillo de la cocina, tratando de disimular que me había mirado el escote. Me acomodé la camiseta apenas un dedo más abajo, casi al borde de las areolas, y me acerqué.
—¿Le ayudo en algo? —pregunté con una sonrisa que pretendía ser inocente.
—Puedes hacer la ensalada —contestó él, evitando los ojos—. Yo termino la carne en el horno.
—Claro. Mientras la carne se calienta ahí adentro, yo le hago la ensalada —dije, y le sostuve la mirada un segundo más de la cuenta.
—Hoy hago carne molida con ensalada y garbanzos en salsa.
—¿Y qué tal le sale la salsa? Espero que esté cremosa, llena de sabor.
Mi suegro se puso colorado. Hablaba como si las palabras se le atascaran. Cuando me acerqué a buscar el cuchillo, pasé tan cerca de él que casi le rocé el hombro con el pecho. Vi cómo apretaba la mandíbula. Era un hombre grande, mayor, de mano firme, y sin embargo se quedó paralizado como un adolescente. Me dio ternura. Decidí parar.
Volví a cortar las verduras como si nada y empezamos a hablar de cualquier cosa. Cuando llegó la noche, no le conté a Lautaro lo del suegro. Sí le conté lo de Iván.
—Amor, qué lástima —dijo, decaído—. Pensé que este fin podríamos hacerlo.
—Tranquilo. Siempre podemos inventar otros planes —le dije, y me miró extrañado, porque por primera vez en años yo proponía algo fuera de lo común.
—¿Qué sugieres?
—Acostarme con otro, no. Pero seducir a alguien… puedo.
A Lautaro se le iluminó la cara. Se le ocurrió un plan en menos de cinco segundos.
—Vamos a comprarte ropa. Algo atrevido, solo para nosotros. Te gusta que te trate como puta cuando hago el amor contigo, así que vamos a una tienda y le pedimos opinión al vendedor.
—Estás exagerando —le dije, conteniendo una sonrisa—. Pero podemos ver qué pasa.
***
La semana se fue como agua. El sábado me preparé con un look aparentemente normal: una falda de jean por encima de la rodilla, una blusa azul con un escote que llamaba la atención sin ser vulgar, maquillaje suave, las uñas pintadas a juego. Lautaro estaba más nervioso que yo. Subimos al auto y manejamos hasta un centro comercial de otra ciudad, lejos de cualquier conocido.
Adentro no encontramos nada lo bastante provocativo. Mi marido caminaba rápido, casi impaciente. Salimos al exterior y dimos una vuelta por las galerías chicas del centro, hasta que vimos un local medio escondido entre una zapatería y una óptica. Sentí el corazón en la garganta cuando entramos. El vendedor, un hombre de unos cuarenta años, prolijo, con anteojos colgados al cuello, nos saludó con la amabilidad que se finge bien después de años en el mostrador.
—Buenas, buenas. Pasen, lo que no encuentren se los conseguimos.
—Mi señora busca algo especial —dijo Lautaro sin preámbulos.
—¿Tipo qué? Tenemos deportiva, vestidos, blusas, monos…
—No. Algo atrevido. Para la intimidad.
El vendedor parpadeó dos veces. Después sonrió como si estuviera en su elemento y se fue al fondo. Lo llamaré Mauricio, porque nunca me dijo su nombre. Volvió cargado: disfraces de colegiala, de enfermera, de princesa, un par de catsuits, encajes negros.
Yo pasaba la mano por las telas, simulando indecisión, mientras él me explicaba detalles. Lautaro le seguía la conversación con una soltura que nunca le había visto.
—Me gustaría probarme estos —dije al fin, eligiendo una minifalda escocesa rosa y un top tan corto y tan fino que parecía un parche.
—Casi nunca quieren probárselos, pero pasen, ahí están los probadores.
Eran dos cubículos improvisados, separados con una cortina cualquiera. Entré. La falda me quedaba a la mitad de las nalgas. El top, con el peso de mis pechos, se volvió aún más translúcido. Me puse las medias blancas que venían en el conjunto, hasta el muslo, y respiré profundo. Del otro lado de la cortina escuché a Lautaro y a Mauricio hablando bajo, riéndose de algo. Mi marido le estaba haciendo trabajo previo.
—Amor, ¿te queda bien?
Era la señal. Salí.
A Mauricio se le abrió la boca. La cerró enseguida, pero el daño ya estaba hecho. Mis pezones se endurecieron al instante.
—Wow, mi amor, estás increíble —dijo Lautaro—. ¿Una vuelta?
Giré despacio, dejando que mis nalgas quedaran a la altura de los ojos del vendedor.
—¿Qué te parece, Mauricio? ¿Le queda bien?
—Le queda perfecto. Está hermosa.
Lautaro me agarró de la mano y me atrajo hacia él, abrazándome de manera que mi espalda quedara pegada a su pecho y mi trasero siguiera apuntando hacia Mauricio. Y entonces, sin aviso, me dio una nalgada.
—Ay, mi amor —dijo, fingiendo arrepentirse—, tenías un mosquito. Lo tuve que matar. Pero, mira, parece que se te paró otro en la otra. Mauricio, ¿lo matas tú?
El aire del local se quedó quieto. Yo no me moví. Esperé. Mauricio dudó dos segundos. Después oí el chasquido y sentí la palma abierta sobre mi piel.
—Ay —solté, siguiendo el juego—. Qué grande era ese mosquito.
—Estamos en zona de mosquitos, mi amor —dijo Lautaro, sonriente—. Mauricio, si ves otro, no dudes. Y cada vez que matemos uno, le vamos a tener que sobar la zona, así no le duele.
Empezó a acariciarme la nalga derecha con lentitud, mirando al vendedor.
—¿No vas a ser caballero, Mauricio? ¿No vas a sobar donde la lastimaste?
Mauricio se acercó. Su mano, que al principio me pareció torpe, se hizo cada vez más segura. Las dos manos, la de mi marido y la del desconocido, recorriendo mis nalgas a la vez. Las separaban, las apretaban, las volvían a juntar. Después llegó otra nalgada. Y otra. Yo gemía bajo, conteniéndome, no por vergüenza sino porque no quería que se me escapara una palabra que arruinara la coreografía.
Lautaro dio un paso atrás.
—Mauricio, ¿qué te parecen los pechos de mi mujer?
Y, antes de que el vendedor pudiera responder, me bajó el top hasta la cintura. Cayeron pesados, los pezones rojos del frío y de las ganas. Mauricio respiró largo.
—Están preciosos. Tienes una mujer hermosa.
—Y están necesitando atención.
Las dos manos otra vez, ahora arriba. Me jalaban los pezones, los pellizcaban, me los soltaban. Yo me convertí en pocos minutos en algo que apenas reconocía: una mujer parada en el medio de un local cualquiera, con dos hombres manoseándole el cuerpo, uno su esposo y el otro un desconocido cuyo nombre nunca iba a saber. La calentura me subía como una marea. Pero todavía me quedaba un hilo de cordura. Lo bastante para saber que no quería terminar acostándome con un desconocido en ese probador.
—Amor —dije, con la voz quebrada—, vámonos. Esto me está empezando a gustar demasiado.
—¿Estás segura? La estamos pasando bárbaro.
—Justo por eso. Nos vamos.
Mauricio me dio una nalgada, casi en represalia. Lautaro le sonrió a mi cara.
—Amigo, lo que pida la dama. A menos que la convenzas.
—Pero, hermosa, si lo estamos pasando lindo. Hasta tu marido quiere quedarse, los dos te queremos disfrutar.
Las palabras de Mauricio, lejos de calentarme, me devolvieron un poco la cabeza al lugar.
—No, no. Suficiente. Nos vamos.
Me alejé hacia el probador. Lautaro me agarró por la muñeca, me dio una última nalgada y dejó que Mauricio me tocara los pechos una vez más, agarrándome los pezones entre dos dedos como si quisiera dejarme una marca. Yo lo dejé. Después entré, cerré la cortina y me cambié con las manos temblando.
Cuando salí vestida de calle, Mauricio nos regaló el conjunto, como señal de agradecimiento, dijo. Lautaro le dio la mano como si hubieran cerrado un negocio. Yo crucé la puerta del local con la ropa interior empapada y la respiración todavía pesada. En el auto, antes de arrancar, mi marido me miró largo. No dijo nada. Yo tampoco.
***
La historia, claro, no termina ahí. Pero eso lo voy a contar otro día.