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Relatos Ardientes

La deuda que pagué con mi cuerpo y mi orgullo

No soy el tipo de persona que toma malas decisiones. O eso me decía yo. Veintiséis años, trabajo estable, un estudio pequeño pero mío en el barrio de Salamanca, y la costumbre de salir los jueves porque los viernes ya no me atraen tanto. Soy de esos que tienen el cuerpo en orden por inercia, por aquellos años de natación en el instituto y las dominadas que hago cada mañana delante de la ventana antes del café. No espectacular, pero suficiente.

Esa noche había cenado con amigos del trabajo. Dos botellas de Ribera, tres copas de gin al final, y un chupito de mezcal que nadie pidió pero todos bebimos. Cuando salí a la calle, el fresco de marzo me golpeó la cara y supe que no debería coger el coche. Lo supe y lo ignoré. Es lo que hacemos con las cosas que sabemos.

Circulaba por una calle residencial de casas con jardín, música baja, ventanilla entreabierta. No iba rápido. Eso lo juro. Pero el golpe llegó igual: seco, blando, inconfundible. Frené en seco. El corazón se me subió a la garganta.

Bajé del coche. Ya sabía lo que había pasado antes de ver nada. Una voz llegó desde la acera, grave y rota:

—¡Cleo! ¡No, por favor! ¡Cleo!

Era una perra pequeña, de pelo claro y orejas largas. Tumbada en el asfalto, inmóvil. El hombre que corría hacia ella se arrodilló a su lado, le acarició el cuello con manos que temblaban, y cuando levantó la vista hacia mí, vi que le conocía de vista. Era Rodrigo, el que vivía en el segundo del edificio de la esquina de mi calle. Lo había visto salir cada mañana con la perra durante dos años. Nunca habíamos cruzado más de un saludo.

—Lo siento —dije—. Lo siento muchísimo. Salió de repente, yo no pude…

—Cleo llevaba doce años conmigo —dijo, sin mirarme. La voz era plana. Eso fue lo que más me asustó: que no gritara.

Le ofrecí mi chaqueta, mi teléfono, mi carnet de conducir. Me lo fotografió todo. También fotografió a Cleo, al frenazo en el asfalto, a mi matrícula. Lo hacía con calma de cirujano, sin una sola lágrima. Antes de marcharse hacia su portal, envuelto en mi chaqueta con la perra entre los brazos, se giró una última vez.

—Dijiste «lo que sea». Ten cuidado con ofrecerlo. Porque voy a tomarte la palabra.

***

Dos semanas después llegó la notificación judicial. Rodrigo me había demandado: daño moral, estrés postraumático, pérdida de un miembro de la familia con doce años de convivencia acreditados por facturas veterinarias. Las cifras eran altas. Demasiado para lo que tenía ahorrado. Pero lo que me dejó sin aire fue una cláusula al final del documento, casi enterrada entre los tecnicismos: «Acuerdo extrajudicial opcional. El demandado podrá liquidar la deuda mediante prestación personal de servicios domésticos supervisados por el demandante, en horario nocturno y en el domicilio de este último».

Le llamé esa misma tarde.

—¿Servicios domésticos? ¿A qué hora de la noche?

Su voz sonó tranquila, pausada, como si llevara días esperando exactamente esa llamada.

—A que dijiste «lo que sea». Y a que vi cómo me mirabas aquella noche. No era solo lástima. Era otra cosa que los dos reconocemos.

Se me heló la sangre. Y también, en algún lugar más abajo, algo se encendió.

—¿Qué quieres, Rodrigo?

—Que esta noche, a las doce, estés en mi puerta. Con ropa interior oscura, unas esposas de juguete —no de verdad, dijo, «de momento»— y un sobre con mil quinientos euros en efectivo. El dinero es para que entiendas que esto no va de dinero. Va de deuda real. Esta noche, desde que cruces mi puerta, me perteneces. Y vas a pagar lo de Cleo con algo que vale más que el dinero: con tu orgullo.

Colgó. Y yo me quedé mirando el teléfono hasta que la pantalla se apagó.

***

Llegué a su portal con diez minutos de adelanto. Las esposas —forradas de terciopelo negro, ridículas, con una cadenita que tintineaba— iban en el bolsillo interior de la chaqueta. La ropa interior oscura me ceñía la piel como una segunda membrana. Había pasado por la tienda de la calle Mayor con la capucha bajada, pagando en efectivo como si comprara veneno. La dependienta no dijo nada.

Subí por las escaleras. Cuatro pisos. Cada rellano me apretaba más el sobre contra el pecho.

Llamé al timbre. Los segundos se alargaron. Pensé en marcharme. Pensé en muchas cosas. Pero la puerta se abrió.

Rodrigo estaba apoyado en el marco, en mangas de camisa, los antebrazos marcados por años de trabajo físico que no había esperado en un hombre así. Su cara era una máscara perfecta: sin rabia, sin desprecio, sin nada. Solo esos ojos oscuros que me recorrieron de arriba abajo sin una sola concesión.

—Pasa —dijo. Y su voz no temblaba.

Cerró la puerta. El piso olía a madera y a café. Ordenado, adulto, sin aspavientos. Me indicó la mesa baja con un gesto.

—El sobre.

Lo dejé. Mis dedos temblaban.

—La ropa interior. Enséñamela.

Me subí la camiseta lo justo. Asintió una vez, como quien revisa un pedido.

—Escúchame. Solo lo digo una vez. Tú mataste a mi perra. Bebiste, condujiste, y Cleo está muerta. No voy a gritarte. No voy a pegarte. No te voy a pedir que pidas perdón, porque las palabras no valen nada.

Se acercó un paso. Yo retrocedí medio. Mi espalda encontró la pared.

—Lo que quiero es que entiendas lo que es estar a merced de otro. Que tu cuerpo sepa lo que sintió ella en ese segundo: miedo, impotencia, una mano ajena decidiendo. Pero a ti no te voy a hacer daño. Solo voy a poseerte.

Su mano derecha se alzó despacio y me giró la cara por la barbilla, como si examinara un objeto.

—Desnúdate. Del todo.

Me quité la sudadera, la camiseta, los zapatos, el pantalón. Al quedarme en bóxers dudé un momento. Rodrigo no dijo nada. Solo me miró. Y esa nada fue peor que cualquier orden.

Me los bajé. Me quedé desnudo, con la piel erizada y el cuerpo empezando a reaccionar por puro nervio.

—Las esposas son para después —dijo—. Primero quiero verte como eres. Sin poses.

Se quitó la camisa con calma. Su torso era ancho, moreno de trabajo, con esa solidez que no viene del gimnasio sino de años de movimiento real. No era perfecto. Era poderoso, que es distinto.

—A cuatro patas —ordenó, y su voz tuvo por primera vez un filo que me recorrió la columna entera—. Como un perro. Como el que atropellaste.

Habría preferido que estuviese furioso. Habría sabido cómo reaccionar a los gritos. Pero esa frialdad me desarmaba por dentro. Me hacía pequeño. Me hacía suyo.

Doblé las rodillas. Apoyé las palmas en el suelo de parquet. El frío de la madera me mordió la piel. Mi culo quedó en alto, expuesto, y sentí cómo la sangre me calentaba las mejillas y también otra parte que ya no podía ocultar.

Rodrigo caminó despacio a mi alrededor. Sus pies descalzos aparecían y desaparecían en el borde de mi visión periférica.

—Bien —dijo por fin. Y aquella palabra, con aquel hielo, me hizo estremecer—. Ahora vamos a hablar de lo que significa pagar de verdad. Pero no con la boca. Con el cuerpo.

Se arrodilló detrás de mí. Oí el clic de un cinturón al desabrocharse. Y antes de cualquier contacto, apoyó dos dedos en mi nuca y empujó la cabeza hacia el suelo, suavemente pero sin margen, hasta que mi frente tocó el parquet.

—Así. Quieto. Esta noche no eres nadie. No tienes nombre, no tienes derechos, no tienes orgullo. Eres el cuerpo que va a pagar. Y voy a cobrarme cada noche que Cleo no va a volver.

Cerré los ojos. El miedo y el deseo se confundían en un nudo caliente en el vientre. Y supe que no iba a huir. Que no quería huir.

***

El plug entró despacio. Rodrigo aplicó gel con una paciencia que era en sí misma una forma de humillación: no tenía prisa porque el tiempo también era suyo. La silicona estaba templada al contacto, y cada milímetro que avanzaba me obligaba a abrir un poco más las rodillas, a bajar un poco más el pecho hacia el suelo.

Cuando la base encajó contra mi carne, la cola de pelo sintético me cayó sobre las nalgas. Larga, oscura, ridícula.

—Así —murmuró Rodrigo—. Ahora eres completo.

El placer llegó como un ladrón. Sin permiso. Una cosquilla cálida que nació en el interior y trepó por el perineo hasta la base de la columna. Mi polla se hinchó sin que yo pudiera hacer nada. La odiaba. La odiaba porque me delataba.

—Ya te está gustando —dijo, y no era una pregunta.

No contesté. Pero mi cadera se movió sola, un leve bamboleo hacia atrás buscando más presión, y me odié por ese gesto. Rodrigo lo vio. Rodrigo lo anotó.

A continuación sacó la correa.

Una tira de cuero negro, dos centímetros de ancho, con una argolla metálica. Me la colocó al cuello con movimientos precisos, dejando el espacio justo para respirar. El metal me golpeó la clavícula. Dio un tirón suave hacia arriba y mi barbilla se levantó por fuerza.

—Me vas a seguir —dijo—. A cuatro patas. Y la correa no se va a tensar. Si se tensa, es que has fallado. Y si fallas, castigo.

Avancé detrás de él. Comedor, pasillo, salón. Mis rodillas aprendieron el ritmo solas: brazo derecho con rodilla izquierda, brazo izquierdo con rodilla derecha. Y el plug se movía con esa cadencia, adentro, afuera, rozando el punto que yo me negaba a nombrar.

Cuando completaba una vuelta entera sin detenerme, Rodrigo se paraba y me azotaba una nalga. Seco, calculado. El impacto me recorría entero: la piel ardía, algo en mi interior se contraía alrededor del plug, y un espasmo de placer me golpeaba directo en la próstata.

La primera vez fue un shock. La segunda, una sorpresa. La tercera, una espera. La cuarta, una necesidad.

—Mejor —dijo en un momento dado, y ese «mejor» me recorrió la espalda como una caricia. Quería odiarlo. Pero una parte de mí se enorgullecía. Era un buen perro.

Casi escuché el pensamiento y me dio asco. Casi.

***

La cocina olía a fruta. Rodrigo abrió un armario y sacó un tarro de cristal. Mermelada de frambuesa, sin azúcar, de esas que se compran en mercados de barrio. Lo abrió con calma, metió el índice, lo probó. Luego me miró desde arriba, yo todavía a cuatro patas en el suelo de baldosas frías.

—A Cleo le encantaba. Se sentaba, movía la cola, y yo le untaba un poco en el hocico. Lamía hasta que no quedaba nada. Era su momento favorito.

Se agachó a mi altura y acercó el dedo untado a mis labios.

—Abre.

Los abrí. El dedo entró despacio, rozando primero el labio inferior, luego el superior, ungiéndolos con la sustancia espesa y dulce. La fruta en la lengua, el calor de su piel debajo. Retiró el dedo, volvió a untarlo, y esta vez empujó un poco más adentro. Por instinto, lamí.

—¿Te gusta? —preguntó.

Asentí. Porque sí, me gustaba. Y porque había algo en la forma en que me miraba que no era solo dominio. Era también cuidado. Un cuidado torcido, enfermo, pero cuidado al fin.

Rodrigo sacó más mermelada, una cantidad generosa, y empezó a extenderla sobre su polla, que ya llevaba un rato fuera. Desde la base hasta el glande. La sustancia rojiza resbaló por los surcos, se acumuló en el borde de la cabeza, goteó sobre sus muslos. El olor dulce se mezcló con algo más primitivo: el de su piel, el de la excitación que ya no disimulaba.

Se sentó en el borde de una silla de madera, las piernas abiertas.

—Ahora, perrito. Lame.

El tirón de la correa fue suave, casi una caricia. Pero yo no necesité que tiraran. Mis brazos se movieron solos. En dos zancadas torpes estaba entre sus piernas.

Mi lengua salió tímida. Tocó la base, donde el vello se vuelve piel. La mermelada era dulce y ácida, pero debajo estaba él: su sabor, su calor, la polla que dio un salto bajo mi lengua cuando la recorrí de abajo arriba. Rodrigo gruñó. Un sonido bajo, gutural, que me recorrió la espalda como una descarga.

—Más —ordenó.

Abrí la boca. Lamí el costado derecho, luego el izquierdo, luego rodeé el glande con la punta de la lengua. La mermelada se derritió, se mezcló con la saliva, con el preseminal que asomaba en la punta. Salado y dulce a la vez. Mi propia polla, abajo, goteaba también. El plug giraba dentro de mí y ya no sabía si era yo quien se movía o era solo el temblor.

La mano de Rodrigo apareció en mi nuca. No empujó, solo apoyó los dedos, como quien guía a un animal joven.

—Así lamía ella. Con ganas. Con devoción.

Cerré los ojos. Y lamí. Toda la extensión, de los testículos a la punta, una y otra vez. La mermelada desapareció bajo mi lengua, pero yo seguí lamiendo, chupando, absorbiendo su olor, su sabor. Mi boca se llenó de él. Ya no había mermelada, solo su polla dura y caliente, y yo, a cuatro patas, entre sus piernas, lamiendo como si fuera lo único que sabía hacer.

—Buen perro —murmuró Rodrigo, y su voz tembló un poco, solo un poco—. Muy buen perro.

Abrí más la boca y tomé el glande entero. Era grande, demasiado para mi boca, pero no me importó. Presioné los labios alrededor del borde y succioné suavemente. Rodrigo gimió. Un sonido bajo, apenas un suspiro, que se oyó en el silencio absoluto de la cocina. Me guió hacia arriba y hacia abajo con la mano en mi nuca, marcando un ritmo lento que seguí sin resistencia.

Su polla entró y salió de mi boca, cada vez un poco más hondo. Relajé la garganta para recibirla.

—Así —dijo, y su voz era apenas un hilo—. Así quería que me lamieras. Como si fuera lo único que supieras hacer.

Me gustaba. Me gustaba la sumisión elegida, íntima, en la que mi único objetivo era darle placer. Me gustaba sentir cómo su polla se endurecía aún más en mi boca, cómo los músculos de sus muslos se tensaban bajo mis manos, cómo su respiración se aceleraba cada vez que succionaba un poco más fuerte.

Me gustaba estar a cuatro patas, con el plug dentro de mí, con la correa colgando de mi cuello, sabiendo que era suyo.

—Buen perro —susurró otra vez, y esas dos palabras me recorrieron como un latigazo caliente. Mi propia polla, olvidada hasta entonces, dio un salto y goteó sobre el suelo de baldosas.

***

Rodrigo se puso de pie. El plug salió despacio, con una sensación de vacío y plenitud al mismo tiempo que me hizo cerrar los ojos. Cuando abrí la boca para gemir, su mano me tapó los labios un instante.

—Los perros no hablan —dijo—. Los perros gimen. Los perros lamen. Pero no articulan palabras.

Me quedé quieto, de rodillas, con la polla todavía tiesa y el esfínter palpitando en el aire.

Oí un clic metálico. Luego otro. Sus manos aparecieron en mis caderas, luego en mis genitales, y sentí algo frío, duro, preciso. Un aro que rodeó la base de mi polla y mis testículos. Una presión que los comprimía suavemente, que los apresaba. Otro clic, y la presión se volvió constante, uniforme.

Bajé la mirada.

Una jaula de castidad. Acero plateado, brillante. Los aros rodeaban la base de mi polla y mis testículos, aprisionándolos contra el pubis. Una estructura de barrotes se extendía hacia adelante, exactamente del tamaño de mi sexo erecto, que ya presionaba contra el extremo sin poder crecer más. Un candado pequeño, plateado, definitivo.

—A partir de ahora —dijo Rodrigo, inclinándose hacia mi oreja, su aliento cálido contra mi piel—, tus orgasmos me pertenecen. No te corres sin mi permiso. No te tocas sin mi permiso. No sientes placer sin mi permiso.

Temblé. La jaula era fría contra mi polla erecta, pero el calor de su cuerpo a mi espalda quemaba. El contraste era casi insoportable.

—¿Lo entiendes?

Gemí. Un sonido alto, claro, que significaba sí.

—Bien —dijo, y se apartó.

Se puso en pie. Me dejó a cuatro patas en el suelo del salón, con la jaula apretando mis genitales, con el esfínter aún palpitando por la ausencia del plug.

—Levántate.

Me puse en pie con dificultad. La jaula tiraba hacia abajo, y cada paso que daba hacía que los barrotes rozaran mi polla. Una tortura dulce. Una promesa de placer diferido.

Rodrigo me miró de arriba abajo. Asintió, satisfecho.

—Ahora sí. Ahora eres mío del todo. Vístete. Y el próximo miércoles, con las esposas. Y con esto puesto.

Señaló la jaula. No hizo falta que dijera nada más.

Busqué mi ropa a tientas. Cada movimiento era un recordatorio metálico de lo que llevaba entre las piernas. Cuando terminé de vestirme, la jaula se notaba bajo el pantalón. No dolía. Pero estaba ahí. Constante. Como su mirada.

—Vete —dijo Rodrigo desde el sofá, el whisky otra vez en la mano—. Y piensa en mí cada vez que sientas el peso del acero.

Salí sin mirar atrás. En el ascensor, solo, me bajé la cremallera un momento. Pasé un dedo por los barrotes fríos. Mi polla seguía dura, atrapada, inútil.

Cerré los ojos.

El miércoles.

Ojalá llegara ya.

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Comentarios (12)

Tomas_88

tremendo relato!!! me tuvo enganchado de principio a fin, no pude parar de leer

cordobes_lector

la introduccion lo dice todo, se nota que sabe como escribir. muy bueno

NachoPampa

Por favor seguila, no puede quedar asi. Quiero saber que paso despues!!

SolDelVerano

me recordo a algo que me paso hace tiempo y que nunca conté jajaja. Escalofrios de los buenos

Rober_74

De los mejores que lei en esta categoria. El ritmo esta muy bien logrado, sin apuro pero sin pausas innecesarias. Esperando el proximo

DiegoNqn

el giro al principio es lo mejor, justo cuando creia que sabia como iba a terminar todo

MarceloSur

Buenisimo!!! seguí así

LauraVR_22

se hizo cortisimo, quede con ganas de mas. por favor una segunda parte :)

CarlitosR

hay continuacion? necesito saber como sigue esto

Mirtha_leo

Que bueno encontrar relatos bien escritos en este estilo, no es facil. Saludos desde mendoza

PabloMFX

jajaja el final me mato, no me lo esperaba para nada. Muy bueno

Raiver

increible como describe esa sensacion con tan pocas palabras. excelente

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