El ruso que nos sometió a los dos
Aquella sesión fue la última que vi completa. Después ya no había distinción entre observar y participar, y esa frontera, una vez cruzada, no existe forma de reconstruirla.
Dimitri llevaba tres años en el barrio cuando mi madre lo conoció. Tenía una tienda de ropa de cuero en la planta baja de nuestro bloque, hablaba español con un acento que nadie sabía exactamente de dónde venía, y tenía esa clase de presencia que ocupa el espacio antes de que el cuerpo llegue a ocuparlo. Mi madre se llamaba Sara. Cuarenta y tres años, pelo castaño oscuro, ojos color avellana, y una manera de moverse por casa que siempre había transmitido autoridad. Esa autoridad desapareció el día que Dimitri entró en su vida.
No supe exactamente cuándo empezó todo. Solo noté los cambios: llegaba tarde, tenía ojeras, a veces la sorprendía mirando al vacío con una expresión que no reconocía. Hasta aquella tarde en que volví del instituto antes de lo previsto y encontré la puerta del dormitorio entreabierta.
Lo que vi al otro lado me dejó sin respiración durante un minuto entero.
Mi madre estaba de rodillas.
Aquella sesión fue la última que presencié desde fuera.
***
Dimitri me llamó por señas desde el otro lado de la habitación. Cuando mi nombre salió de su boca, mi madre tensó los hombros. No quería mirarme. Lo vi en la rigidez de su cuello, en cómo los dedos se le apretaron contra el muslo.
—Míralo —dijo Dimitri.
No fue una petición.
Ella tardó varios segundos. Pero levantó la mirada. Lentamente, sin levantar la barbilla, con los ojos cargados de algo que yo no supe nombrar en ese momento. Vergüenza, sí. Pero también algo más oscuro y más difícil de catalogar.
—Escúchame bien, Pablo —comenzó Dimitri, sin apartar los ojos de ella—. Este chico ha demostrado que ya es un hombre. Y los hombres tienen necesidades. A partir de ahora, cuando él te llame, lo atenderás. ¿Entendido?
Mi madre no respondió de inmediato.
—¿Entendido? —repitió él, con esa voz que no admitía silencios.
—Sí —murmuró ella.
—Más alto.
—Sí.
Yo estaba paralizado en el marco de la puerta. No sé lo que sentí exactamente. Era demasiado, demasiado contradictorio, demasiado cargado de capas que no podía separar en ese momento. Aquella mujer que me había criado, que guardaba mis fotos del colegio en una caja de zapatos debajo de su cama, arrodillada así, mirándome así.
—Ya lo sabes —dijo Dimitri, mirándome por fin con esa serenidad irritante que tenía—. Tienes a alguien que te sirve en casa.
***
Las semanas que siguieron fueron las más extrañas de mi vida.
Cuando volvía del instituto, la llamaba. Y ella venía. Sin protestas visibles, sin mirarme a los ojos más de lo necesario. Solo venía. Con esa sumisión que Dimitri había instalado en ella como se instala un hábito: lentamente, y después de golpe.
Hubo tardes en que me detuve antes de llamarla. Me quedaba sentado en el borde de la cama, mirando la puerta cerrada, preguntándome en qué momento me había convertido en aquello. Pero la pregunta llegaba siempre demasiado tarde, cuando el deseo ya había ganado la discusión.
Hubo otras tardes en que la llevaba al dormitorio y me pasaba largos ratos explorando su cuerpo con una minuciosidad que tenía algo de venganza y algo de desesperación. Ella se volvía loca. Y en esos momentos ya no me miraba como una madre mira a su hijo. Me miraba como una mujer que ha cruzado una línea y ya no recuerda exactamente por qué esa línea existía.
Eso me perturbaba más que todo lo demás.
Era una época turbia. Muy turbia. Y yo vivía en ella como si fuera normal, porque cuando algo ocurre todos los días deja de parecerte extraordinario.
***
Valeria existía en un mundo completamente diferente.
La había conocido meses antes en la biblioteca del barrio, donde los dos íbamos a estudiar los martes por la tarde. Ella estudiaba Derecho. Tenía el pelo largo y negro, una risa amplia y directa, y la costumbre de subrayar sus apuntes con tres colores distintos según la importancia del párrafo. Me pareció graciosa esa costumbre. Después me pareció encantadora. Después me di cuenta de que pensaba en ella cuando no estaba con ella.
Durante semanas fuimos solo dos personas que se cruzaban en la misma mesa de siempre. Después empezamos a hablar. Después quedamos para tomar algo. Los cines, algún concierto, tardes largas en los parques que la gente del barrio había dejado de frecuentar.
Era lo opuesto a todo lo que había en mi casa.
Un martes de octubre, en el parque viejo que quedaba detrás de la biblioteca, ella me tomó la mano sin previo aviso. Me miró con esa franqueza que la caracterizaba y dijo:
—Sé que te gusto. Lo noto desde hace tiempo. Y tú también me gustas a mí. Pero eres desastre tomando la iniciativa, así que voy a ser yo quien dé el paso.
—¿Tú vas a dar el paso? —pregunté, aunque ya sabía adónde iba aquello.
—Pablo, ¿quieres ser mi novio?
Me quedé en silencio durante un segundo que se hizo eterno. Sentí, simultáneamente, que era el hombre más afortunado del mundo y el más miserable.
—¿Te ha comido la lengua el gato, o es que no quieres? —preguntó ella, con una sonrisa.
—¡No! No... quiero decir que sí. Claro que sí.
—Jajajaja.
Su carcajada era amplia y limpia y me rompió el corazón de la mejor manera posible. Supe que aquella chica era lo que necesitaba. Lo que me faltaba. El impulso que podría convertirme en alguien diferente a lo que me estaba convirtiendo en casa.
***
Lo que ocurrió después no debería haberme sorprendido, aunque me sorprendió.
Con Valeria, toda mi supuesta experiencia desaparecía. Era como si el cuerpo se me olvidase de lo que sabía hacer. La primera vez que estuvimos juntos, me corrí casi antes de empezar. Me moría de vergüenza. Ella me miró con una sonrisa tranquila, como si supiera que aquello no era realmente yo, y me dijo que no me agobiara.
Hubo más veces. En todas pasó lo mismo.
Llegué a pensar que si antes de verla tenía un rato con mi madre, quizás llegaba más vacío y duraba más. Lo intenté. No funcionó de ninguna manera. Era entrar en Valeria y el cuerpo traicionarme en cuestión de segundos, como si con ella todo fuese demasiado real, demasiado importante, demasiado cargado de algo que no supe gestionar.
Notaba que Valeria empezaba a estar menos paciente. No lo decía. Pero había algo en su manera de mirarme después que antes no estaba.
Y yo, sabiendo que la decepcionaba, me ponía más nervioso. Y cuanto más nervioso, peor. Era un bucle sin salida visible.
***
Lo tenía todo compartimentado. Valeria en su mundo. Mi madre y Dimitri en otro. Los dos mundos nunca debían tocarse. Esa era la única regla que me importaba mantener.
Pero los jueves suelen ser el día en que todo se rompe.
Ese jueves me quedé estudiando en casa más tiempo del que debía. Me olvidé de mirar el móvil. Cuando lo miré, habían pasado cuarenta minutos desde que había quedado con Valeria en la esquina de la calle, donde siempre nos encontrábamos porque nunca le había dado mi dirección exacta. Esa casa era una zona prohibida. Valeria era algo que yo tenía que mantener completamente a salvo de todo lo relacionado con mi familia.
Salí disparado hacia la puerta.
Pero mi madre me ganó la mano. Llegó al recibidor antes que yo, abrió la puerta, y se encontró a Valeria al otro lado. Valeria vestía una falda corta de color verde, una camiseta de tirantes y unas botas negras hasta el tobillo. Estaba preciosa. Y en ese momento, en el peor de los momentos posibles, estaba plantada en el umbral de mi casa mirando a mi madre con curiosidad.
—Pasa —dijo mi madre.
Las dos palabras más costosas que he oído nunca.
Entré en el salón justo cuando terminaban de presentarse. Y entonces la voz de Dimitri apareció desde la cocina.
Llegó despacio al salón. Siempre despacio, como quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo porque nadie se va a mover hasta que él lo permita. Se acercó a Valeria como si la conociera de toda la vida, le dio dos besos acercando su cuerpo más de lo necesario, y le sostuvo la mirada con esa fijeza que yo ya había visto antes.
Había visto ese proceso antes. Lo había visto con mi madre.
Valeria no apartó los ojos de él.
—No sabía que nuestro Pablo tenía amistades tan interesantes —dijo Dimitri, con esa sonrisa que no era exactamente una sonrisa.
—Bueno, él es muy reservado con su vida —respondió Valeria. Y su voz sonó diferente. Más suave de lo habitual.
—Tengo una tienda justo aquí abajo. Ropa de cuero, bolsos, cosas bonitas. Pásate cuando quieras. Te guardaré algo especial.
—Claro —dijo ella—. Lo haré.
Logré sacarla de allí. Bajamos los tres pisos en el ascensor en silencio. Cuando salimos a la calle, cogí sus manos y la miré directamente a los ojos.
—Valeria. Lo que te voy a decir va a parecer raro. Pero necesito que me hagas caso sin que te explique los motivos ahora mismo.
—¿Qué pasa? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Ese hombre. El que estaba en casa. No vuelvas aquí, y no vayas a su tienda. No te acerques a él.
Ella procesó mis palabras durante un momento largo.
—¿Por qué?
—Confía en mí.
Asintió. Despacio, con esa expresión que tenía cuando algo no terminaba de encajarle pero decidía no insistir. Y yo creí que era suficiente. Necesitaba creer que era suficiente.
***
Pasaron diez días. Once. Doce. Las aguas parecían volver a su cauce. Valeria no preguntó más sobre Dimitri. Yo empecé a respirar un poco mejor.
Aquel lunes me desperté con décimas de fiebre. Avisé al instituto y me quedé en casa hasta el mediodía. Cuando mejoré lo suficiente, salí a dar un paseo corto para despejarme.
Pasé por delante de la tienda de Dimitri sin pensarlo, porque estaba en mi calle y era imposible evitarla.
La persiana estaba a medio bajar.
Y en ese momento, desde el interior oscuro de la tienda, salió Valeria.
Sonreía. Él estaba detrás de ella, en el umbral, con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien. Sus miradas se encontraron una última vez antes de que ella se girara en dirección al instituto.
Ella no me vio.
Me quedé quieto en la acera hasta que los dos desaparecieron. Sentí algo físico, no solo emocional: un peso en el centro del pecho que hacía difícil respirar, como si algo se hubiera apretado allí dentro sin intención de soltarse.
Supe en ese momento que lo había perdido todo.
A Valeria, que era lo único limpio que tenía.
A mi madre, en un sentido diferente pero igual de definitivo, porque lo que había entre nosotros no era nada que mereciese ese nombre.
Y en algún lugar entre esas dos pérdidas, también me había perdido yo.
La única cosa que todavía ardía con claridad, la única emoción que no tenía capas ni contradicciones, era el odio que sentía por ese hombre.
Dimitri tenía que desaparecer de nuestras vidas.