Mi nuevo apartamento tenía una vista prohibida
Llegué a la capital un martes con dos maletas, un contrato de trabajo firmado y la convicción optimista de que encontrar apartamento sería más fácil de lo que resultó. El hostal donde dormí la primera noche me cobró ochenta euros, que para alguien recién contratado con el primer sueldo todavía pendiente era casi una declaración de guerra.
La mañana siguiente la pasé caminando por los alrededores de las oficinas, fotografiando carteles de «Se alquila» y llamando a números que me citaban precios imposibles. Novecientos euros, mil cien, ochocientos cincuenta más gastos. La ciudad tenía ese modo suyo de hacerte saber que llegabas de fuera.
A media tarde, cuando ya pensaba en rendirme por ese día, vi un papel plastificado pegado en el cristal de un portal en una calle lateral. «SE ALQUILA APARTAMENTO. INTERESADOS LLAMAR AL...». Debajo, un número de teléfono escrito con bolígrafo azul. Llamé sin muchas esperanzas.
Me dijeron que podían enseñármelo en media hora. Precio: trescientos euros al mes, con luz y agua incluidas.
—Tiene que haber alguna trampa —me dije.
Pero esperé en la acera, mirando el barrio. Supermercado, farmacia, una cafetería con terraza y un quiosco con toldo a rayas. Un barrio funcional, de esos que todavía existen. A los veinticinco minutos llegó un hombre de unos cincuenta años con cara de haber visto demasiado y un llavero que podría abrir media ciudad. Se presentó como don Tomás. Administraba los edificios del bloque desde hacía más de veinte años.
—El apartamento era del portero —explicó mientras subíamos en el ascensor—. Se jubiló hace dos años y la comunidad decidió alquilarlo para cubrir parte de los gastos.
Pulsó el seis. Luego me dijo que había que subir una planta más a pie, por una escalera estrecha que bordeaba el hueco de la maquinaria.
El apartamento era pequeño pero completo: salón con ventana abuhardillada, dormitorio, cocina empotrada en un armario doble y un baño justo para lo necesario. Las ventanas daban al exterior, y desde allí arriba —el edificio era de los más altos del bloque— la vista abarcaba tejados, campanarios lejanos y el contorno de los rascacielos del centro.
—¿Qué le parece? —preguntó don Tomás.
—Tiene algún defecto que no me ha contado —dije.
—El ruido del ascensor —admitió, sin inmutarse—. De día se nota un poco. De noche, nada.
En ese momento empezó el ascensor. El sonido era molesto pero soportable. Para alguien que pasaría el día fuera, no era un problema real.
—Me lo quedo —dije.
***
Aquella misma tarde firmé el contrato, pagué los tres primeros meses y recogí las llaves. Volví al hostal, saldé la factura y cargué con mis maletas los tres bloques que separaban los dos edificios. Cerré la puerta del apartamento por primera vez y solté un largo suspiro. Tenía veintitrés años y la sensación de que algo, por fin, empezaba a encajar.
Acomodé la ropa en el armario. Conecté el router. Me acerqué a la ventana del salón para ver qué veía.
Tejados principalmente. Antenas. Las copas de unos árboles en la calle de abajo. Mi edificio era el más alto del entorno inmediato, lo que le daba a la vista algo de atalaya.
Y luego, a unos diez metros al otro lado del espacio entre edificios, la terraza.
Amplia, rectangular, cubierta de césped artificial verde. Dos tumbonas de madera, una sombrilla plegada contra la pared. En la esquina derecha, una habitación acristalada con lo que parecía un jacuzzi de agua limpia y transparente. El tipo de terraza que uno ve en suplementos de decoración y que nunca espera encontrar de verdad, mucho menos justo frente a su ventana.
En una de las tumbonas, tendida bajo el sol de última hora, había una mujer joven completamente desnuda.
Boca arriba, los brazos abiertos, la piel morena y uniforme como de quien lleva el verano entero al sol. Lo único que llevaba era un collar de cuero negro con una argolla metálica centrada en la garganta.
Me quedé paralizado varios segundos. Me aparté de la ventana. Volví.
***
Tenía veintitrés años y había visto pornografía, como cualquiera. Pero esto era diferente en algo que tardé en identificar: nadie había decidido que yo tenía que verlo. No había cámara, no había producción. Había una mujer real en una terraza real a diez metros de mi ventana, y yo era el único testigo accidental de algo que claramente estaba pensado para no tener testigos.
La joven se giró boca abajo. Lo hizo con la misma calma con que alguien cambia de postura mientras lee. Se apoyó en los codos, estiró los brazos, cruzó los tobillos. El culo redondo y firme quedó expuesto al sol sin que ella pareciera importarle nada del mundo. Luego se sobó la espalda baja con una mano, despacio, y el movimiento tenía algo de deliberado.
Bajé los pantalones casi sin pensar. Me masturbé de pie frente a la ventana, despacio, dejando que el ojo hiciera el trabajo. La mano recorría el pene de la base al glande mientras miraba la espalda de ella, la curva de las caderas, el collar negro que asomaba entre el pelo.
Cuando la joven se levantó y entró en la vivienda, tardé un momento en reaccionar. Me di una ducha larga de agua caliente. Me tumbé en la cama desnudo y me quedé dormido antes de que oscureciera del todo.
***
El ruido del ascensor me despertó cerca de las seis de la tarde.
Fui a la ventana como si hubiera otro lugar adonde ir.
La terraza estaba vacía. Las tumbonas, desocupadas. El agua del jacuzzi captaba los últimos rayos de sol.
Luego se abrió la puerta que comunicaba la terraza con el interior.
Salió primero una mujer de unos cincuenta años con una bata de satén de color crema que se movía con ella. Alta, de movimientos lentos y seguros, con el pelo oscuro recogido sin demasiado esfuerzo. En la mano derecha llevaba una correa de cuero. Al otro extremo de la correa, avanzando a cuatro patas por el césped artificial, estaba la joven del collar de la tarde anterior.
La mujer mayor se tendió en la tumbona con la naturalidad de quien repite algo rutinario. La bata se abrió a los lados sin que ella se molestara en ajustarla. Tiró de la correa con suavidad, solo marcando dirección, guiando a la joven hasta colocarle la cabeza entre sus piernas abiertas.
No hubo palabras que yo pudiera escuchar. Solo el gesto preciso de quien no necesita explicar nada.
***
Me retiré de la ventana el tiempo suficiente para bajar la persiana hasta dejar una rendija estrecha. Luego volví.
La joven tenía la boca entre las piernas de la mujer mayor y trabajaba despacio, con la concentración de alguien que conoce bien lo que está haciendo. La mujer tenía los pechos grandes, grandes y caídos hacia los lados cuando se recostaba del todo, y una mano sobre ellos mientras la otra reposaba en el pelo de la joven, sin presionar, simplemente apoyada como marcando presencia.
Yo me había bajado los pantalones al primer minuto. Me masturbaba de pie frente a la rendija, la mano moviéndose despacio sobre el pene erecto, resistiendo el impulso de acelerar. El corazón me latía con una intensidad que no era solo excitación física: era también la conciencia nítida de que estaba presenciando algo privado, algo ajeno, algo que pertenecía a un orden del que yo no formaba parte y en el que había entrado sin ser invitado.
Eso añadía una capa que el porno nunca me había dado.
Me alejé de la ventana antes de llegar al límite. Doblé la almohada sobre el borde de la cama, me tumbé y me froté contra ella con los ojos cerrados, repasando mentalmente lo que acababa de ver: el collar, la correa, la mano de la mujer mayor en el pelo de la joven, la entrega sin reservas de esa chica que obedecía sin que nadie tuviera que pedírselo. Cuando terminé, volví a la ventana con el cuerpo todavía agitado.
***
El hombre apareció unos veinte minutos después.
Salió por la misma puerta con una bata de baño oscura que se quitó nada más pisar la terraza y dejó doblada sobre el respaldo de la tumbona vacía. Tenía unos cincuenta años y la complexión de alguien que en otro tiempo había sido atlético y que ahora cargaba los años con cierta solidez sin disculparse por ello. Se acercó a donde estaban las dos mujeres.
Le dio un azote seco en el trasero a la joven.
Ella se apartó de inmediato y se colocó de rodillas a un lado, con la espalda recta y la vista al frente. No protestó, no vaciló. Era la postura de alguien que sabe exactamente qué se espera en cada momento.
El hombre besó a la mujer mayor en la boca. Largo, sin prisa, con las palmas a los lados de su cara. Ella le respondió con una mano en la nuca. La joven esperaba de rodillas a un metro de distancia, quieta, mirando al frente, como si esa espera fuera parte del ritual y no una interrupción.
Después de un momento, el hombre se giró hacia ella y se colocó de pie frente a su cara.
***
La joven tomó el pene del hombre en la boca sin que nadie tuviera que decirle cómo. Lo hacía con calma, con un ritmo sostenido que construía algo gradualmente, y el hombre dejaba que ocurriera con las manos sobre sus hombros, sin guiarla, solo sujetándola levemente. La mujer mayor se había incorporado en la tumbona y observaba. No como espectadora pasiva. Como alguien que dirige desde la distancia y decide cuándo cambiar la escena.
Yo llevaba un rato masturbándome apoyado en el marco de la ventana. Me había prometido aguantar más tiempo que ellos, o al menos hasta que la escena cambiara de forma. Me acariciaba despacio, deteniéndome cuando el cuerpo pedía más, recorriendo los testículos con la otra mano para distribuir la tensión.
La mujer hizo un gesto con la mano. La joven soltó al hombre y se colocó a cuatro patas sobre el césped.
***
El hombre se posicionó detrás de la joven y la penetró. La mujer mayor se aproximó por el otro lado. Sin palabras, sin instrucciones visibles. La joven quedó entre los dos: él moviéndose dentro de ella por detrás, ella con la boca en el sexo de la mujer mayor.
Era un trío construido sobre una jerarquía que los tres conocían de memoria. No había ambigüedad en ningún gesto. Cada posición, cada movimiento respondía a un acuerdo previo, a reglas que existían antes de que yo llegara al apartamento y que seguirían existiendo cuando me fuera. La joven no parecía víctima de nada. Parecía exactamente donde había elegido estar.
Eso me perturbaba de una manera que tardé en aceptar. No la explicitez de lo que veía, sino la claridad de los roles. El collar. La correa. La postura de rodillas mientras esperaba. Y sin embargo ningún gesto de resistencia, ninguna señal de que aquello no fuera completamente elegido por los tres.
Me vacié por tercera vez en la tarde cuando el hombre se retiró de la joven y se acercó a la cara de la mujer mayor. Ella lo recibió con los ojos abiertos. Luego tiró de la correa. La joven se aproximó y terminó lo que quedaba con la misma calma metódica con que había hecho todo lo demás.
***
Los tres entraron en la habitación acristalada.
Me quedé en la rendija de la persiana mirando cómo se acomodaban en el jacuzzi: la pareja sentada uno junto al otro, el agua burbujeando en torno a sus cuerpos. La joven frente a ellos, con el collar todavía puesto. Se besaban entre ellos, se acariciaban, la incluían cuando lo decidían. Era una escena extrañamente doméstica. Como una familia terminando el día con el ritual que tenían.
Me alejé de la ventana.
Me senté en el borde de la cama. Estaba agotado de una manera que no era física. Era el agotamiento de haber procesado demasiado en pocas horas, de haber visto algo que el cerebro todavía intentaba catalogar y que el cuerpo ya había decidido que le gustaba sin pedirle permiso a nadie.
***
El lunes empecé a trabajar. Llegué puntual, saludé a los compañeros, aprendí los sistemas, respondí las preguntas de rigor sobre de dónde venía y qué me había traído a la capital. Sonreí cuando correspondía. Fui productivo.
Pero parte de mí seguía en la ventana.
La terraza de enfrente se convirtió en parte de mi rutina sin que lo hubiera planeado. Algunos días estaban. Otros no. Cuando estaban, variaban: distintos roles dentro de la misma jerarquía invisible, distintas posiciones, distinta distribución de lo que cada uno daba y de lo que cada uno recibía. La joven del collar nunca miraba hacia los edificios de alrededor. La mujer mayor sí, a veces, pero siempre en otra dirección. O al menos eso me decía yo.
Con el tiempo empecé a dejar la persiana entreabierta antes de llegar a casa, como si el cuerpo se preparara antes que la cabeza. Cenaba poco. Me duchaba. Y si había movimiento en la terraza de enfrente, me quedaba de pie frente a la rendija el tiempo que hiciera falta.
No era lo que había imaginado al mudarme a la capital buscando una vida nueva.
Pero tampoco era lo que habría rechazado.
Don Tomás tenía razón en algo: no iba a encontrar nada igual.