Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La lección que le dieron en la trastienda del bar

La camarera del pelo trenzado abrazó a Nerea, y después a Marta, que no podía disimular la sonrisa. Mientras tanto, la otra camarera, la de mechón rapado en la sien, sacó unos vasos de chupito y los fue llenando de tequila, diciendo que aquello merecía celebrarse y que invitaba la casa. En medio de la euforia, el amigo del tipo que acababan de echar a patadas intentó escabullirse sin hacer ruido.

El problema era que, para llegar a la puerta, tenía que pasar justo por delante de todas ellas.

Lo intentó. Dio tres pasos con la cabeza gacha, pegado a la pared, como si pudiera volverse invisible. Pero Nerea lo vio de reojo y el resto siguió su mirada.

—¡Yo no he hecho nada! —exclamó al sentirse observado, levantando las palmas como si le apuntaran con un arma.

Nerea ladeó la cabeza y esbozó una media sonrisa. Una de esas sonrisas que no transmiten simpatía.

—¿Que no has hecho nada? Si me has llamado zorra delante de todo el bar.

—No, no, yo no he dicho eso. Te juro que no he abierto la boca.

Nerea estaba jugando. Lo sabía ella, lo sabían las demás, y probablemente él también lo sabía. Pero eso no lo hacía menos peligroso para él.

—¿Ah, no? —Se giró hacia el grupo con expresión de falsa ofensa—. Chicas, ¿alguna le ha oído llamarme zorra?

—Clarísimo —dijo la camarera del mechón rapado sin dudarlo un segundo.

—O sea, que me llamas zorra y además me estás llamando mentirosa. —Los ojos oscuros de Nerea tenían un brillo que oscilaba entre la diversión y algo más afilado.

El tipo buscaba una respuesta que no encontraba. Su mirada saltaba de una cara a otra, recalculando opciones. Vio que Marta, la chica bajita de gafas redondas, se había colocado entre él y la puerta con los brazos cruzados, bloqueándole la salida.

Pensó rápido. Él era bastante más grande que cualquiera de ellas. Podría empujar a Marta, apartarla y correr hacia la calle. Pero si el intento fallaba, lo que vendría después sería salvaje. Había visto lo que le habían hecho a su colega, al que siempre había considerado un tío enorme y duro, y al que hacía solo unos minutos había visto lloriquear, pedir perdón con la voz rota y ser golpeado y ridiculizado por aquellas mujeres. Y ahora él estaba solo frente a todas ellas.

El pánico le trepó por el estómago como un animal vivo. Marta ya le había propinado dos patadas antes, y qué patadas. Pegaba con una precisión quirúrgica que le había dejado los testículos ardiendo durante un buen rato. Y ahora estaban todas juntas, mirándolo, esperando.

Contrólate. Contrólate. No dejes que pase.

Pero el cuerpo no obedece cuando el miedo se convierte en algo más grande que la voluntad. Sintió la presión caliente en la ingle, la humedad extendiéndose por la tela del pantalón, y supo que ya era tarde.

—Pero si se está meando... —dijo Marta con los ojos muy abiertos, señalando la mancha oscura que crecía en los vaqueros del tipo—. Se está meando del miedo.

Las risas estallaron en cadena. La camarera del mechón se doblaba sobre la barra. Nerea se tapaba la boca con la mano, aunque sus hombros la delataban. Incluso Marta, que normalmente era la más contenida del grupo, no podía evitar una carcajada.

—Qué tierno —comentó la camarera del mechón mientras se secaba una lágrima—. Mira que he visto cosas en este bar, pero esto es nuevo.

Nerea avanzó un paso hacia él. Cuando habló, su voz sonó calmada, casi maternal, lo cual lo hizo aún más intimidante.

—Tranquilo. No vamos a hacerte nada. Pero así no puedes irte a la calle. Tienes que quitarte esa ropa mojada.

No era una sugerencia.

—Pasa al cuarto de atrás y te cambias —añadió la camarera del pelo trenzado, la misma a la que el colega del tipo le había manoseado el culo un rato antes. Lo dijo con un tono amable que no engañaba a nadie.

***

Le hicieron entrar en la trastienda, un cuarto estrecho con estanterías metálicas llenas de cajas de refrescos y garrafas de aceite. Le dieron una bata larga de algodón, de las que usaban para limpiar, y le dijeron que se cambiara. Él obedeció. A esas alturas, su única esperanza era colaborar, hacer lo que le pidieran y salir de allí sin más daño.

Esperó a que salieran para cambiarse, pero ninguna se movió. Y no solo eso. Dos mujeres que estaban sentadas en la cafetería, ambas rondando los cincuenta, algo anchas de caderas y con el aplomo de quien lleva décadas sin pedir permiso para nada, se habían unido al grupo después de acercarse a felicitar a Nerea.

—No podemos dejarte solo aquí, no eres de fiar —dijo Nerea cruzando los brazos—. Te cambias delante de nosotras. Y menos pudor, que para manosear culos ajenos no teníais tanto reparo.

El tipo tragó saliva. Delante de Nerea, Marta, las dos mujeres mayores y la camarera del mechón, se quitó las zapatillas deportivas, después la camiseta ajustada que marcaba unos pectorales que ahora no le servían de nada, y se bajó los vaqueros mojados. Se quedó inmóvil en calzoncillos, con la tela empapada pegada a la piel.

—Venga, guapo, que no tenemos toda la tarde —dijo la mayor de las dos mujeres, una rubia de tinte evidente y nariz prominente que parecía haber encontrado en aquella situación su elemento natural—. Has mojado la ropa interior y, francamente, mereces unos azotes por ello.

El tipo bajó la cabeza y se quitó los calzoncillos.

—Vaya, pues viene bien equipado —comentó la otra mujer, morena de pelo cardado y labios pintados de un rojo escandaloso, abriendo mucho los ojos con una mezcla de burla y curiosidad genuina.

—Ese aparato está muy triste, ¿no os parece? Habría que animarlo un poco —añadió la camarera del mechón, provocando otra ronda de risas.

La rubia de tinte se desató un pañuelo naranja que llevaba al cuello y caminó hacia el tipo con la calma de quien se pasea por su propia casa. Lo escrutó de arriba abajo sin prisa. Él la miró sin saber qué esperar. Ella le pasó dos dedos por el pecho desnudo, bajó el índice lentamente hasta rozarle el miembro, y luego se colocó detrás de él. Le ató el pañuelo alrededor de la cabeza, tapándole los ojos.

Después caminó hacia un rincón donde había un cubo con unas varillas de madera flexibles, de las que se usaban para sujetar las plantas de la terraza.

—Las reglas son fáciles —anunció—. Con la venda puesta, tienes que atraparnos a una de nosotras. Si lo consigues, te vas. El juego empieza cuando yo dé la señal.

—¿Qué... qué señal? —balbució él.

—¡Esta!

Levantó el brazo muy por encima de la cabeza y descargó un varillazo seco y brutal directo en el miembro del tipo.

—¡Aaaaagghh! —El alarido retumbó en las paredes de la trastienda.

A ciegas, con los brazos extendidos hacia delante, el tipo empezó a moverse torpemente intentando atrapar a alguna de las mujeres. Pero la morena de labios rojos y la camarera del mechón ya habían cogido una varilla cada una y se sumaron al juego con entusiasmo. Se acercaban, descargaban un golpe certero en los testículos, en el miembro o en las nalgas, y se apartaban riendo mientras él giraba sobre sí mismo como un animal herido.

Nerea observaba con los brazos cruzados y una sonrisa perezosa. Marta, boquiabierta, no podía creer que una tarde tranquila de gimnasio hubiera terminado así.

Los varillazos se sucedían. Cada impacto arrancaba un gemido más agudo que el anterior. El tipo giró, tropezó con sus propios pies, extendió los brazos hacia el vacío. Una varilla le cruzó los testículos con un chasquido seco y sus piernas cedieron. Cayó de rodillas al suelo, agarrándose la entrepierna con ambas manos, emitiendo un sonido continuo, gutural, que ya no intentaba ser digno.

Las risas fueron apagándose. Parecía que el juego había terminado. Pero entonces Nerea se separó de la estantería donde estaba apoyada y caminó hacia él.

—Chicas, creo que deberíamos darle una oportunidad más justa. —Se agachó hasta quedar a su altura—. Escúchame bien: si haces veinticinco flexiones, te podrás ir. Y sabes que yo no miento. Porque yo no miento, ¿verdad?

El tipo la miró desde abajo, con la cara contraída de dolor, y asintió con la desesperación de un náufrago al que le lanzan una cuerda.

—No... no, por supuesto que no.

En sus ojos ya no había orgullo, ni cálculo, ni resistencia. Solo sumisión. La sumisión absoluta de alguien que ha comprendido que su único camino es obedecer.

Se tumbó boca abajo lentamente y apoyó las palmas en el suelo. Empezó a subir y bajar con los músculos temblando.

Nerea contó en voz alta, clara, como una instructora.

—Una... dos... cinco... seis...

De pronto levantó una varilla y le cruzó las nalgas con un golpe brutal.

—¡Esa no vale! ¿O las haces bien o te dejo el culo marcado para un mes! —Su voz era firme, divertida y completamente despiadada—. Doce... trece... diecinueve... veinte...

El tipo tenía un físico potente y estaba claro que llegaría.

—Se nos va a acabar la diversión —comentó la morena de labios rojos con gesto decepcionado.

—Veintitrés... —cantó Nerea.

Y en ese instante levantó su pierna derecha y apoyó el pie firmemente sobre el omóplato del tipo. Él intentó subir, resoplando, empujando contra el suelo con todo lo que le quedaba, pero el peso de Nerea lo mantenía abajo. Bufó, gruñó, apretó los dientes. Nerea aumentó ligeramente la presión y él se desplomó contra el suelo de golpe.

—Qué lástima, chicas. Ha estado tan cerca... —dijo Nerea con una sonrisa que no contenía ni una pizca de lástima real.

—¡Una oportunidad más, una oportunidad más! —exclamó la rubia de tinte, que claramente no quería que aquello terminara—. Porque igual su fuerte no es lo físico, sino la intuición.

Nerea mantuvo el pie sobre la espalda del tipo mientras la rubia se colocaba detrás de él. Lo agarró por los testículos y el miembro sin ninguna delicadeza, los manoseó un instante como quien sopesa fruta en el mercado, y luego tiró de ellos hacia arriba con fuerza. El tipo protestó con un quejido agudo, pero la rubia no le hizo el menor caso. Cogió el pañuelo naranja y lo anudó alrededor de los testículos y el miembro formando una especie de correa improvisada.

Se acercó a su oído y le explicó con voz suave, casi íntima, lo sencillo que sería todo. Alguien tiraría del pañuelo. Si adivinaba quién había sido, podría irse.

Se fueron turnando. Cogían el pañuelo y daban un tirón seco hacia arriba. Cada tirón venía seguido de un alarido inmediato, un grito animal que rebotaba contra las cajas de refrescos y las garrafas. Al principio el tipo balbuceaba nombres, intentaba adivinar, pero nunca acertaba. O eso decían ellas. La morena de labios rojos, especialmente, tiraba con una brutalidad gozosa y pedía repetir una y otra vez, mordiéndose el labio inferior con cada alarido que arrancaba.

Desesperado, boca abajo en el suelo, desnudo, siendo usado como un juguete por aquellas cinco mujeres, el tipo dejó de intentar adivinar. Su voz se redujo a un hilo tembloroso entre las carcajadas que lo rodeaban.

—Por favor... por favor... basta ya... piedad...

Su llanto se volvió compulsivo. Temblaba de cuerpo entero.

Nerea miró al grupo y levantó una mano.

—Chicas, a este ritmo se va a volver a mear y nos va a poner todo perdido.

Las risas se apagaron. Nerea apretó un poco más el pie contra la espalda del tipo. Y cuando habló, su voz ya no tenía rastro de juego. Era fría, baja y completamente seria.

—Vuelve a molestar a una chica. Vuelve a reírte de una gracia como esa. Y yo personalmente te arrancaré las pelotas y te colgaré del miembro. ¿Te queda claro?

El tipo apenas podía articular entre los sollozos.

—Haré todo lo que me mandes... lo juro... lo juro... por favor...

Nerea levantó el pie. Y él, ansioso por demostrar que no quedaba en su cuerpo un solo gramo de rebeldía, arrastró el torso por el suelo frío hasta los pies de Nerea y empezó a besarlos. Uno por uno. Con la devoción desesperada de alguien que ha entendido su lugar.

***

Más tarde, al salir del bar con la entrepierna ardiendo, caminando con las piernas arqueadas y envuelto en aquella bata que le llegaba por las rodillas, el tipo repasaría en su mente desbordada cada segundo de lo que acababa de vivir. El aire fresco de la calle le golpeó la cara como una bofetada de realidad. Pero la realidad ya había cambiado para él.

***

Pasaron diez días. Nerea estaba en el gimnasio, sudorosa y concentrada en la máquina de remo, cuando uno de los monitores se acercó y le tocó el hombro.

—Hay alguien en la entrada que pregunta por ti.

Nerea lo miró sorprendida. Soltó las empuñaduras, cogió su toalla y se la echó al cuello. Mientras caminaba hacia la entrada, sintió algo que no sabía definir. No era miedo. Era curiosidad. Y debajo de la curiosidad, algo más oscuro y cálido que prefirió no nombrar.

Empujó la puerta de cristal y miró hacia el vestíbulo.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario