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Relatos Ardientes

Mi ama fijó las reglas y yo las obedecí

La fama funciona como el agua: siempre encuentra su camino hacia el punto más bajo. En la facultad, ese punto era el rincón de árboles al fondo del campus, entre la cancha abandonada y el depósito de materiales que nadie usaba. Lo que había comenzado como un arreglo susurrado entre pasillos y mensajes de voz se había vuelto, con el tiempo, algo con forma propia. Ya no era un secreto que se pasaba de mano en mano. Era casi una institución.

Mi Ama, Rebeca, tenía esa capacidad que tienen algunas personas para convertir el caos en sistema. Las dos horas libres de la tarde —entre la última clase obligatoria y el cierre de la biblioteca— se habían transformado en mi jornada. Sus amigas más cercanas, Luciana y Marcos, actuaban como filtro: recibían a los interesados, aclaraban las condiciones, mantenían el orden. La tarifa era simbólica, el equivalente a un café y una medialunas en el bar de la esquina. No se trataba del dinero. Se trataba de otra cosa: de hasta dónde llegaba mi obediencia, y de cuánta gente estaba dispuesta a pagar para comprobarlo.

Ese martes el sol caía oblicuo y frío, sin fuerza para calentar nada. Llevaba la falda corta, sin ropa interior, tal como Rebeca había indicado la noche anterior por mensaje. El vibrador no estaba; me había dicho que era una distracción innecesaria para el trabajo. Caminé hacia el fondo del campus con el corazón latiendo con una calma que me habría asustado meses atrás. Ya no era el pánico de las primeras veces. Era algo más parecido a la expectación de un intérprete antes de salir al escenario.

Mis dos primeros clientes esa tarde eran chicos de cursos superiores, caras conocidas. La rutina era simple y directa: yo me arrodillaba en el suelo entre las hojas húmedas, ellos se paraban frente a mí, se abrían el cierre y se tocaban hasta terminar donde quisieran. Yo mantenía las manos sobre mis muslos y la mirada baja. No hablábamos. Era una transacción sin adornos, eficiente como un trámite.

Cuando se fueron, Marcos se acercó con esa expresión suya de quien está a punto de complicar las cosas.

—Hay una nueva —dijo—. Chica. Quiere lo mismo que los otros, pero dice que quiere participar. Dice que es amiga de Daniela, la de la fiesta del mes pasado. Valentina dice que está bien. Cobra el doble.

Asentí. Algo se movió en mi pecho, una mezcla de nervios y curiosidad. Una clienta. Y una que quería participar de verdad.

Esperé unos minutos. Oí sus pasos antes de verla.

Era bajita, de pelo teñido de un negro azulado que le llegaba hasta los hombros, con un piercing en la nariz y otro en el labio inferior. Llevaba el buzo de la facultad desabrochado sobre una camiseta interior, las manos en los bolsillos. Me miró de arriba abajo con una expresión que no era lujuria todavía, sino algo anterior a eso: evaluación.

—Así que eres tú —dijo. Tenía la voz suave, más de lo que esperaba—. La que obedece.

Me quedé parada, sin saber dónde poner las manos. Con los chicos había un protocolo claro. Con ella estaba en terreno sin mapa.

—Arrodíllate —me dijo, y su tono no dejaba margen para la duda.

Obedecí de inmediato.

Se acercó despacio, se agachó frente a mí y levantó mi barbilla con los dedos. Sus uñas eran cortas, pintadas de negro.

—Me dijeron que eres obediente de verdad —susurró. Su aliento olía a menta—. No a medias. Vamos a verlo. Quiero que me lamas los pies. Si lo haces bien, hay propina.

No era una pregunta ni una sugerencia. Era una prueba con formato de orden.

Se sentó en el tronco caído que hacía las veces de banco en ese rincón, se desató los cordones de sus zapatillas de lona con movimientos lentos y deliberados, y se las quitó. Los pies eran pequeños, las uñas pintadas también de negro. Me los extendió sin decir nada más.

Miré hacia Marcos, que asintió brevemente. Volví mis ojos hacia ella. Me sostuvo la mirada sin parpadear.

Me incliné y comencé a lamerle el empeine.

Su piel estaba fría, sabía a tela y a aire libre. Pasé la lengua por el arco del pie, despacio, sin apuro. Luego por los dedos, uno por uno, sintiendo el metal pequeño del anillo en el meñique. Ella no hizo ningún sonido. Solo observaba, con los codos apoyados en las rodillas y una expresión de concentración casi científica.

—Bien —dijo al cabo de un momento—. Ahora las zapatillas.

Me las extendió. Eran de lona, gastadas, con el interior oscurecido por el uso de meses. El olor llegó antes de que las acercara: fuerte, denso, una mezcla de sudor y de ella y de días de caminata.

Dudé. Una fracción de segundo, no más.

—¿Hay algún problema? —preguntó. Su voz había adquirido un filo nuevo, sin elevar el volumen.

—No, señora —respondí. La palabra salió sola, sin que yo la decidiera.

Acerqué la zapatilla a mi boca. La tela áspera raspó mi lengua. El sabor era intenso, abrumador, imposible de ignorar. Sentí el calor subiéndome a las mejillas. La humillación era física, tenía peso y textura. Y al mismo tiempo, sin que lo buscara, sentí la humedad creciendo entre mis piernas. La vergüenza se estaba convirtiendo en otra cosa.

—La otra —dijo.

Repetí el acto con la segunda zapatilla. Cuando terminé, ella guardó silencio un momento largo. Solo me miraba. A mí, arrodillada en el suelo con sus zapatillas en las manos.

—De pie —dijo al fin.

Me levanté. Las piernas me temblaban apenas, lo justo para que ella pudiera notarlo.

Se acercó, metió la mano bajo mi falda sin aviso y sus dedos encontraron la humedad de inmediato. Sonrió. Era una sonrisa genuina, sin malicia calculada, casi satisfecha de haber tenido razón.

—Interesante —murmuró, retirando la mano—. No mientes.

Se volvió hacia Valentina, que había aparecido en silencio a un costado del árbol más grande.

—Es buena —dijo, y le entregó el billete—. Vale lo que cobra.

—Ya lo sé —respondió Valentina, guardándolo en el bolsillo del saco sin mirarlo.

La chica se puso las zapatillas, se ató los cordones con calma y se fue por el camino de tierra entre los árboles sin volver la cabeza.

***

Valentina se quedó. Esperó a que los pasos de la chica se perdieran entre el ruido del campus antes de hablar.

—¿Cómo estás? —preguntó, y cuando lo preguntaba así, en voz baja, sin el tono de mando, era una pregunta real.

—Bien —dije. Y era verdad, aunque no sabría explicar por qué.

Ella asintió, me pasó el pulgar por la mejilla una vez, rápido, como un gesto de confirmación, y se alejó hacia la facultad.

Me quedé sola entre los árboles con el sabor de ella todavía en la boca y la humillación todavía ardiendo, pero convertida ya en otra cosa. En algo que no tenía nombre exacto pero que reconocía desde hacía meses.

Había empezado a entender algo sobre mí misma en ese rincón. No era solo que obedecía. Era que la obediencia me daba algo. Una claridad extraña, una sensación de encajar en un lugar preciso, como una pieza que encuentra su hueco después de mucho tiempo dando vueltas suelta en la caja.

No era pasividad. Era elección. Cada vez más, era elección.

***

Esa noche Valentina me escribió tarde, pasada la medianoche.

La chica quiere volver el jueves. Dije que sí. ¿Estás de acuerdo?

Miré el mensaje un momento. Pensé en los pies fríos, en la tela áspera, en su mirada que no preguntaba sino que afirmaba.

Escribí: Sí.

Valentina respondió con un solo emoji: una estrella. Era su forma de decir que había hecho bien.

Apagué la pantalla y me quedé mirando el techo. Afuera, el campus estaba en silencio. Dentro de mí también había un silencio distinto al de la angustia: era el silencio de alguien que ha tomado una decisión y la ha reconocido como suya.

El jueves llegó puntual, como llegan las cosas que uno espera sin admitirlo. El rincón de los árboles estaba igual: las hojas húmedas, la luz oblicua, el tronco caído. Pero yo llegué distinta. Sin el temblor de las primeras veces, sin la urgencia de demostrar nada. Solo con la certeza tranquila de quien ya sabe dónde está parado.

La chica llegó con tres minutos de retraso. Traía el mismo buzo, pero el piercing del labio había cambiado: ahora era un aro más pequeño, casi discreto. Me miró igual que la otra vez, con esa evaluación seria que empezaba a resultarme familiar.

—Me alegra que hayas vuelto —dije, y me sorprendió mi propio tono: sereno, sin ansiedad.

Ella levantó una ceja.

—Yo soy la que evalúa aquí —respondió, pero había algo en la comisura de su boca que no era del todo desaprobación.

—Lo sé —dije—. Por eso lo dije.

Un silencio breve. Luego ella señaló el suelo frente al tronco.

Me arrodillé sin que me lo repitiera.

Y mientras me arrodillaba, pensé que eso era exactamente lo que quería hacer. No porque me lo ordenaran. Sino porque había aprendido, en esas semanas entre los árboles del campus, que algunas formas de libertad tienen la forma exacta de una rodilla tocando el suelo.

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Comentarios (7)

NocturnoLector

tremendo!!! me enganche desde la primera linea

Enrique77

Hay segunda parte? No me puedo quedar con las ganas jajaja, necesito saber como sigue

Claudia_Mdz

Esos ojos que hablan sin decir nada... lo dicen todo. Me recordo a algo que vivi hace tiempo y se me puso la piel de gallina leyendo esto.

cardonpab

Muy bien escrito, se nota que conoces el tema a fondo. Sin palabras de mas, solo la atmosfera y la tension justa. Bravo!

Meli95

jajaja esos ojos que no te dejan opcion... ay que miedo y que ganas al mismo tiempo

LectorzuelaMdp

La tension del inicio es increible, muy bien logrado el ambiente. Espero el proximo relato!

XavierDk

Felicitaciones, de verdad. Este tipo de relatos son los que uno busca y pocas veces encuentra por aca.

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