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Relatos Ardientes

La noche que aprendió quién era su amo

Me llamo Damián, tengo treinta y siete años y siempre he sido el tipo de hombre al que le gusta tener el control. No solo en el trabajo, donde dirijo un pequeño taller mecánico en las afueras de la ciudad, sino también en la cama. Mido un metro ochenta y tres, contextura sólida, y en la mochila negra que guardo en el armario cargo cosas que la mayoría de las parejas ni siquiera se atreve a nombrar.

Lucía apareció en mi vida hace ocho meses, en un café de la esquina al que solía ir después de cerrar el taller. Pequeña, un metro sesenta y uno, con curvas que detenían el tráfico cada vez que cruzaba la calle. Pechos generosos, caderas anchas y un trasero redondo que parecía esculpido. Pero lo que más me atrajo no fueron las formas. Fue su mirada: curiosa, inquieta, de esas que nunca se conforman con lo evidente.

Al principio solo eran charlas largas frente a dos cafés que se enfriaban. Hablábamos de viajes, de música, de los libros que ella leía a escondidas. Los días pasaron, los cafés se transformaron en cervezas, y las cervezas en mensajes que ya no podían leerse en público.

—¿Alguna vez probaste algo… distinto? —escribió una noche, pasada la una.

—Define distinto.

—No sé. Algo que no sea lo de siempre. Algo que asuste un poco.

Ahí supe que tarde o temprano iba a tenerla.

Empezamos a hablar todos los días. Yo le contaba, sin entrar en detalles, qué cosas me gustaban. Ella respondía con preguntas cada vez más específicas. Quería saber si le tiraría del pelo. Si le diría cosas. Si la haría callar. Una madrugada, después de tres semanas de tensión acumulada, me mandó un audio temblando. «Quiero que me lleves a un motel y me hagas todo lo que me dijiste».

Esa tarde dejé el taller temprano. Pasé por casa, abrí el cajón inferior del armario y revisé el contenido de la mochila que tenía guardada hacía meses. Cuerda de algodón, dos vendas de seda, una mordaza, una fusta corta, un plug metálico, otro de silicona más grande, lubricante, un consolador y un separador de tobillos. Cerré la mochila. Cerré la puerta. La pasé a buscar a las nueve.

—¿Estás segura? —pregunté en el coche, deteniéndome en un semáforo.

—Sí.

—Si en cualquier momento querés parar, decís «rojo» y se acaba todo. ¿Entendido?

—Entendido.

El resto del trayecto fue silencio. Ella miraba por la ventana y se mordía la uña del pulgar. Yo conducía con una mano y la otra apoyada en su muslo, sin moverla, dejándola ahí para que sintiera que ya no había vuelta atrás.

***

El motel estaba en una zona alejada, una de esas construcciones bajas con luces violetas en la fachada. Pedí la habitación más grande, pagué en efectivo y subimos sin cruzar palabra con el recepcionista. Cuando entramos, dejé la mochila sobre la silla del rincón y cerré la puerta con doble vuelta.

—Quitate los zapatos —dije.

Lucía obedeció. Los dedos le temblaban un poco. Me acerqué por detrás, le aparté el pelo del cuello y empecé a desabrocharle el vestido botón por botón, sin prisa. Quería contemplar cada pliegue de su piel a medida que aparecía. La tela cayó al suelo y ella quedó solo en ropa interior. Le solté el broche del sostén con una mano. Las tetas le saltaron al aire, pesadas, con los pezones ya endurecidos.

—Termina de desnudarte. Y ponete en cuatro sobre la cama. Cabeza abajo, culo arriba. No me esperes mirando.

—¿Adónde vas?

—A ducharme. Cuando salga, no quiero verte en otra posición.

Entré al baño, abrí el agua caliente y me lavé en cinco minutos. Quería estar limpio, pero también quería que ella tuviera tiempo de pensar. Que sintiera el frío del aire acondicionado en la espalda, el peso de la habitación vacía, la idea de lo que estaba a punto de ocurrir.

Cuando salí con la toalla en la cintura, la encontré exactamente como había pedido. Las rodillas separadas, el rostro hundido en la sábana, los brazos estirados hacia adelante. El trasero en pompa, ofrecido. La luz amarilla de la lámpara le marcaba la línea de la espalda.

Tranquilo. La noche es larga.

Dejé caer la toalla y me arrodillé al borde de la cama. Empecé por los pies, besando los tobillos, subiendo despacio por las pantorrillas. Mordí la parte trasera de las rodillas. Lamí el muslo derecho, después el izquierdo. Cuando llegué al sexo, ya estaba húmedo. Me acomodé debajo de ella, boca arriba, y pasé la lengua de abajo hacia arriba con toda la calma del mundo.

—Damián…

—Callada.

Su sexo era una pequeña maravilla. Depilado, los labios pequeños y tensos, la entrada ya brillante. Lamí cada parte, con la lengua plana, después con la punta, después con los dientes apenas rozándola. Sentí cómo le temblaban los muslos.

—Por favor… métemela.

Sonreí. No era esa la noche.

La sujeté del pelo y tiré hacia atrás con firmeza, lo justo para hacer que se incorporara. La obligué a bajar de la cama y a arrodillarse frente a mí en el suelo, sobre la alfombra áspera. Le sostuve el mentón con dos dedos.

—Mírame.

Levantó los ojos. Tenía la pupila dilatada, la boca entreabierta.

—Esta noche no sos mi novia. Esta noche sos mi puta. Y vas a complacerme como yo te diga, cuando yo te diga, y de la manera que yo te diga. Si no, vas a ver lo que pasa. ¿Está claro?

Asintió en silencio. Le di una bofetada en la mejilla, no demasiado fuerte, pero lo suficiente para que entendiera el tono.

—Las putas contestan. ¿Está claro?

—Sí.

Otra bofetada, en la otra mejilla.

—Cada vez que te pegue, vas a decir «gracias, señor». ¿Entendido?

Una tercera, más sonora que las anteriores. La marca apareció enseguida sobre la piel.

—Gracias, señor —murmuró con la voz quebrada, y vi en sus ojos algo que no había visto antes: ese pequeño brillo de quien acaba de cruzar una puerta.

***

Le agarré el pelo con la mano izquierda y con la derecha me sujeté yo. Le pasé la punta por los labios, despacio, hasta que ella entreabrió la boca.

—Más grande. Toda la boca. Como si fueras a comerme entero.

Empujé hasta el fondo de un solo movimiento. Sentí el reflejo de la garganta cerrándose, la oí ahogarse, las lágrimas le brotaron de inmediato. Me retiré apenas dos centímetros y volví a empujar. Otro arcadeo. Otro empuje. La mantuve así un rato largo, a un ritmo lento, profundo, sin permitir que se quejara. Cada vez que intentaba apartarse, le sujetaba la cabeza con más fuerza.

Cuando vi que tenía los ojos vidriosos y un hilo de saliva colgando del mentón, aflojé la mano.

—Ahora a tu manera. Demostrame por qué decías que la chupabas tan bien.

Y, por Dios, era verdad. Cerró los labios alrededor de mí con una técnica que no me esperaba: lengua, succión, manos, una respiración medida que la hacía durar. Me tuvo al borde dos veces, y dos veces tuve que apartarla. No quería terminar todavía. Faltaba mucho.

La ayudé a ponerse de pie. Le pasé el dorso de la mano por la mejilla, casi con ternura, antes de buscar la mochila.

—Ahora vamos a empezar de verdad.

Saqué la primera venda de seda y se la pasé sobre los ojos, anudándola por detrás. La respiración se le aceleró al instante. Después tomé la cuerda, le crucé las muñecas a la espalda y empecé a tejer. Pasé el cordel hacia el frente, lo enredé alrededor del torso, lo apreté entre los pechos y por debajo, hasta que esas dos tetas enormes quedaron ofrecidas, presionadas, casi violetas en la punta.

—Quieta.

Le metí dos dedos en el sexo sin avisar. Estaba empapada. Me reí bajito mientras los movía adentro.

—Mirá cómo estás. Y todavía no empezamos.

Le mordí un pezón. Le tiré del otro hasta que abrió la boca para protestar y, antes de que dijera nada, le di otra cachetada.

—Gracias, señor —se apresuró a decir.

—Bien. Aprendés rápido.

Saqué el consolador de silicona, mediano, lo lubriqué con saliva propia y se lo introduje hasta el fondo. Se le escapó un gemido que enseguida tragó. Después busqué el plug metálico, el pequeño, lo calenté un instante bajo el agua caliente del lavabo y le pasé una capa generosa de lubricante. Le abrí las nalgas con una mano.

—Esto te va a doler un poco. Aguantá.

Empujé sin pausa. El metal entró con una resistencia mínima y ella se mordió el labio para no gritar. Una lágrima se le escapó por debajo de la venda y le bajó por la mejilla. La dejé bajar. Después pasé la cuerda entre sus piernas, atándola desde el pecho hasta la espalda, asegurando que ni el consolador ni el plug se movieran de su lugar.

—Mirá lo bien que te queda todo dentro.

***

La caminé contra la pared del cuarto, donde había un espejo de cuerpo entero. Las tetas atadas chocaron contra la superficie fría y se le erizó la piel. Le coloqué un separador entre los tobillos para que no pudiera juntar las piernas. Quedó abierta, sostenida solo por las cuerdas y el equilibrio.

—¿Qué vas a hacerme? —susurró.

—Voy a enseñarte cómo se adiestra a una sumisa. Y vos vas a aprender.

Empecé suave. Una palmada en la nalga derecha, una en la izquierda. Le di unos cuantos chirlos para que se fuera acostumbrando al estímulo. Después busqué la fusta. Le pasé el extremo de cuero por la espalda, por la cintura, por el interior de los muslos. Cada lugar que rozaba se erizaba.

—Cuento hasta diez. Si te quejás, recomenzamos.

El primer azote fue casi un saludo. El segundo, en el mismo punto. El tercero, un poco más arriba. Variaba el ritmo, la fuerza, el lugar. Le marqué la espalda baja, las nalgas, la parte trasera de los muslos. Cuando me detuve, su piel tenía esa tonalidad rojiza profunda que me vuelve loco.

Pasé la mano entre sus piernas. El consolador chorreaba. Estaba empapada hasta las rodillas.

—Te gusta —no era una pregunta.

—Sí, señor.

Saqué la mordaza y se la coloqué. No para callarla, sino para que no pudiera pedir lo que quería. Esa parte siempre la disfruto.

Solté la cuerda del separador y le retiré las ataduras del torso una a una. La respiración se le normalizó por unos segundos. Le saqué la venda. Pestañeó varias veces, ajustándose a la luz. La empujé despacio hasta la cama y la coloqué boca abajo, con las caderas en el borde y los pies todavía en el suelo.

Le retiré yo mismo el plug. Después pasé la punta de mi miembro por la entrada que ya había quedado abierta. La tengo ancha, gruesa, no demasiado larga pero sí gorda, y aunque ella estaba preparada, se la iba a sentir.

—Respirá.

Empujé. Entró toda de una. La sentí tensarse, los nudillos blancos sobre la sábana. Me quedé adentro sin moverme, esperando que su cuerpo se acostumbrara. Luego empecé: lento, profundo, lento, profundo. Aceleré gradualmente. La oí gemir contra la mordaza, una mezcla de dolor y placer que se fue volviendo solo placer.

—¿Te gustaría tener la otra entrada también ocupada? —pregunté, inclinándome sobre ella.

Asintió con la cabeza, gimiendo.

—Lo pensaré.

La cogí más rápido, sintiendo cómo se acercaba. Cuando su cuerpo empezó a temblar de esa forma inconfundible, salí de golpe. Ella soltó un quejido frustrado.

—Las putas no se vienen cuando quieren. Se vienen cuando yo digo.

Saqué el plug grande, el de silicona. Lo lubriqué bien y se lo introduje sin contemplaciones. Quedó abierta de par en par.

—De ahora en más vas a llevarlo así. Para que recuerdes quién manda.

Se sentó en la cama. Vi en su rostro algo entre el deseo y la rabia. Le sostuve la mandíbula con dos dedos.

—Soy yo el que decide cuándo terminás. ¿Está claro?

Asintió.

***

Me tendí boca arriba en la cama y le hice una seña para que se subiera encima. Lo hizo despacio, con las piernas todavía temblando. Se acomodó sobre mí y empezó a moverse. Yo dejé que lo hiciera a su ritmo durante un par de minutos. Cuando sentí que estaba a punto otra vez, le agarré las caderas y la levanté en el aire, dejándola suspendida.

—No.

Le pellizqué los pezones hasta que arqueó la espalda. Detrás de la mordaza se le escapó un sonido que era más súplica que protesta. Sus ojos buscaron los míos: pedían, rogaban, suplicaban sin palabras.

Le quité la mordaza.

—Pedilo bien.

—Por favor, señor… déjeme correrme. Por favor.

La giré, la tumbé de espaldas, le abrí las piernas y me hundí en ella con toda la fuerza que había estado guardando. La cogí como ella sabía que me gustaba: rápido, profundo, sin pausa. Le sostuve las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano mientras con la otra la sujetaba de la cadera.

—Ahora.

Y se vino. Pero de verdad. Sentí cómo todo su cuerpo se sacudió, cómo me apretó adentro hasta dejarme sin aliento, cómo soltó un grito largo y mojó las sábanas debajo de nosotros. La dejé respirar tres segundos. Luego salí, le sujeté la cara, le acerqué la boca a la punta y empujé hasta el fondo.

—Tragátela toda. Hasta la última gota.

Le tapé la nariz con dos dedos. Me descargué en su garganta sintiendo cómo cada espasmo recorría toda mi columna. Tenía mucha. Tragó tres veces hasta que no quedó nada. Cuando la dejé respirar, los ojos se le llenaron de lágrimas y una sonrisa rara apareció en sus labios manchados.

***

Nos derrumbamos sobre las sábanas. Le retiré con cuidado el plug. Le pasé un dedo por las marcas rojas de la espalda y otro por las muñecas. Le besé los párpados, todavía húmedos. La acerqué a mi pecho y la abracé largo rato, sin decir nada, mientras la respiración se le iba calmando.

—¿Cómo estás? —pregunté al fin.

—Nunca había sentido nada así. Nadie me había tratado así.

—¿Te gustó?

Tardó un par de segundos.

—Sí. Mucho. Quiero más.

Sonreí, sin que ella lo viera. Antes de dormirnos, saqué el teléfono y le tomé tres fotografías: una de las nalgas marcadas, otra del trasero todavía abierto por el plug, una tercera de los pechos con la huella de la cuerda. Las guardé en una carpeta cerrada con clave.

—¿Para qué son? —preguntó con los ojos cerrados.

—Para acordarme. Y para inspirarme.

—¿Inspirarte?

La acerqué a mí, le di un beso en la frente y le susurré contra el pelo:

—Esto, mi amor, fue solo el comienzo.

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Comentarios (8)

NachoPe

tremendo!!! me dejo sin palabras, de lo mejor que lei esta semana

Memo1987

necesito la segunda parte urgente, no me puedo quedar con esta intriga jaja

Carla_BsAs

que forma de construir la tension desde el primer parrafo. Se nota que sabes escribir, enhorabuena

Marcos21

ufff, que comienzo!!! me atrapo de entrada y no pude parar

DiegoNqn

hay continuacion?? pregunto por un amigo jaja

SombraRoja

el detalle de la cuerda asomando me mato, esas cosas chiquitas hacen todo mas creible y emocionante

lectora_pampa

lei de un tiron y al terminar quede queriendo mas. La tension que lograste con tan poco es increible, de lo mejor que lei en esta categoria. Sigue publicando!

Fede1985

excelente ritmo, no te aburris ni un momento. muy bueno

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