La cuenta atrás que mi ama me impuso esa noche
Si me corría en el segundo exacto, ella me dejaría hacerlo. Si fallaba, me prometía un castigo que yo llevaba semanas temiendo y deseando a partes iguales.
Si me corría en el segundo exacto, ella me dejaría hacerlo. Si fallaba, me prometía un castigo que yo llevaba semanas temiendo y deseando a partes iguales.
Pasó a buscarme, señaló su mejilla para que la besara y entendí que esta vez las órdenes no se quedarían en la habitación: empezaban al subir a su auto.
Llevaba semanas admirando sus pies desde la última fila. El día que se quitó las sandalias y me clavó la mirada, supe que ya no había vuelta atrás.
La tienda quedó vacía de golpe, y al asomarse a los probadores Diego no imaginó que esa tarde alguien lo observaría a él mientras él miraba sin permiso.
Nunca me atrajo, pero cada mensaje suyo me dejaba más caliente que el anterior. Y esa noche, con mi marido a unos metros, dejé de resistirme.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Me corrí tres veces sobre el banco del vestuario antes de entender que mi ascenso ya no dependía de mis goles, sino de cuánto aguantara de rodillas.
Podían haber pedido un taxi y volver a casa. En lugar de eso, Raquel se ajustó la camiseta del taller y esperó, descalza, a que el dueño volviera a reclamarlas.
Llegó trece minutos antes de la hora, sin sujetador y con esa sonrisa que no era inocente. Y yo había dejado una cuerda preparada en la entrada.
Renata llevaba semanas soportando las miradas del vecino del segundo. Esa tarde decidió que él y su mujer aprenderían, de una vez, quién mandaba en el edificio.
Me bajó los pantalones en mitad del sendero, sin una palabra, y entendí que aquella tarde mi cuerpo no me pertenecía a mí, sino a ella.
Llegaba puntual, con un bolso color sangre y los labios pintados de carmesí. Antes de mirarte siquiera, ya había decidido cuánto ibas a sufrir.
Faltaban dos horas para la videollamada y mi cuerpo ya temblaba. No iba a tocarme ni una vez; bastaba con que escribiera lo que tenía que hacerme a mí misma.
Le ofrecí masajearle los pies sin saber que ella iba a poner el suyo justo donde yo no me atrevía a pedirlo, y que ninguno diría una palabra.
Me pidió que me desnudara bajo esa luz cruda y obedecí sin preguntar; algo en su voz me decía que esa tarde dejaría de pertenecerme a mí misma.
Lo que vio por aquel agujero en la pared lo cambió todo. Días después, era él quien estaba desnudo sobre la camilla, suplicando que ella no se riera.
Cuando cayeron las murallas y desenvainaron las espadas sobre sus caballeros, solo le quedaba una moneda de cambio: arrodillarse desnuda ante el hombre que lo había destruido todo.
Mientras mi marido mamaba de mis pechos frente al espejo, yo pensaba en ella y en el cuerpo del hombre con el que cenaríamos esa noche.
Le exigí su tanga antes de embarcar y le metí dos juguetes con control remoto. Doce horas de vuelo, mi móvil en el bolsillo y una desconocida en el asiento contiguo.
Crucé esa puerta sabiendo que iba a perder el control. Lo que no sabía era cuánto me gustaría suplicar por más.