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Relatos Ardientes

El balcón, la cámara y todo lo que vino después

4.5(26)

El calor de julio se pegaba a las paredes del apartamento como una segunda piel. Marcos y yo llevábamos dos años juntos, pero ese verano descubrimos algo que cambió las reglas de todo. Empezó sin que nos diéramos cuenta, como empiezan las cosas peligrosas: con la ropa que sobraba.

Él se quedaba en bóxer, yo dejaba de vestirme por completo. Al principio era comodidad, el bochorno de un cuarto piso sin aire acondicionado. Pero pronto la desnudez dejó de ser casual. Me gustaba sentir sus ojos mientras cruzaba el pasillo, mientras me servía agua en la cocina, mientras me estiraba en el sofá con las piernas abiertas y un libro que no leía. Y a él le gustaba mirar. Eso quedó claro rápido.

Fue Marcos quien mencionó el balcón. Teníamos uno grande, con un murete de obra y una lona vieja que daba algo de sombra. Desde dentro parecía privado. Desde fuera, no tanto.

—Sal afuera —me dijo una noche, con esa voz baja que usaba cuando quería algo y no pensaba pedir permiso—. Túmbate en la hamaca.

Obedecí. El aire caliente me envolvió y sentí el roce áspero de la tela contra mi espalda desnuda. Marcos apareció con la cámara, una de esas antiguas de cinta que había comprado en un mercadillo. El piloto rojo se encendió y yo entendí lo que quería.

Cerré los ojos. Dejé que mis manos bajaran despacio, primero por el vientre, luego más abajo. Lo hacía para él, pero también para cualquiera que pudiera estar mirando desde las ventanas oscuras de enfrente. Esa idea, la de unos ojos desconocidos observándome, me aceleró el pulso de una forma que no esperaba. Gemí sin contenerme. Marcos grababa en silencio, y el único sonido además de mi respiración era el zumbido mecánico de la cinta girando.

Algunas noches me arrodillaba frente a él en la terraza, bajo un cielo sin nubes, y lo tomaba con la boca mientras él se reclinaba en la hamaca con una mano en mi pelo y la otra sosteniendo la cámara. Nunca sabíamos si alguien nos veía. Nunca queríamos saberlo del todo.

Eso era lo que nos encendía: la duda, la posibilidad, el borde del precipicio sin caer.

Pero el balcón se nos quedó chico.

***

Un jueves por la tarde, con el centro comercial medio vacío, entramos en una tienda de ropa grande, de esas con probadores al fondo. Marcos eligió unos pantalones, yo un vestido. Nos metimos juntos en un cubículo amplio, cerramos la cortina y antes de que pudiera colgar nada en el gancho ya tenía su boca en mi cuello y sus manos subiéndome la falda.

Me apoyé contra el espejo. El cristal estaba frío contra mis omóplatos y Marcos me penetró desde atrás, rápido, urgente, con esa energía contenida de quien sabe que tiene los segundos contados. Intenté morderme el labio, intenté tragarme los sonidos, pero un gemido se me escapó, alto y claro, y rebotó en las paredes del cubículo como una alarma.

Tres golpes secos en la pared.

—¡Fuera de aquí ahora mismo! —la voz de la empleada era filosa—. Ya llamé a seguridad.

Nos vestimos en diez segundos, torpemente, con las manos temblando entre la risa nerviosa y el pánico. El guardia nos escoltó hasta la puerta sin decirnos nada, pero la empleada no se contuvo: sinvergüenzas, degenerados, murmuraba sacudiendo la cabeza.

Esa noche, en la cama, lo repasamos todo. La humillación se había transformado en otra cosa, algo caliente y oscuro que nos hacía querer más. No volvimos a esa tienda. No nos hizo falta. El mundo estaba lleno de lugares donde no debíamos estar.

***

El campo fue el siguiente escenario. Un pinar alejado de la carretera, con el suelo cubierto de agujas secas y un silencio tan denso que podíamos escuchar nuestras propias respiraciones. Extendíamos una manta entre los árboles, nos desnudábamos bajo el sol filtrado y Marcos colocaba la cámara en una piedra. Luego venía a mí, despacio, y nos entregábamos a un ritmo lento que el calor y la soledad hacían más intenso.

Una tarde, al terminar, Marcos levantó la cabeza y se quedó rígido.

—No te muevas —me susurró.

Seguí su mirada. A unos treinta metros, medio oculto detrás de un tronco grueso, había un hombre. Inmóvil. Mirándonos. No sé cuánto tiempo llevaba ahí. Un segundo después, cuando entendió que lo habíamos visto, dio media vuelta y se alejó sin prisa, como quien abandona un espectáculo que ya terminó.

Marcos me miró. Yo sentí un escalofrío que me bajó por la columna y se instaló entre mis piernas. No era miedo. Era algo mucho peor: excitación pura. Alguien nos había visto. Alguien me había visto desnuda, entregada, gimiendo con la cara hundida en una manta barata en medio de un bosque. Y la idea me encendió como nunca.

Esa noche lo hicimos dos veces, hablando del desconocido, imaginando lo que habría visto, lo que habría sentido. Marcos me agarró del pelo y me dijo que era una exhibicionista, que me gustaba que me miraran, y yo le dije que sí, que sí, que no parara.

***

Las noches de luna se convirtieron en nuestro ritual. Marcos conducía por caminos rurales, sin destino, hasta que encontraba un tramo lo bastante oscuro y lo bastante solo. Paraba el coche, apagaba las luces y me pedía que bajara.

Yo salía desnuda. Caminaba por el asfalto tibio con los pies descalzos, sintiendo la brisa en cada centímetro de piel, mientras Marcos me grababa desde el coche. Después dejaba la cámara en el salpicadero, salía y me encontraba apoyada en el capó, todavía caliente del motor. Me tomaba por detrás sin decir nada, solo con la respiración y la fuerza de sus manos en mis caderas. La oscuridad nos cubría como una manta y el silencio amplificaba cada sonido: el golpe de su cuerpo contra el mío, mis uñas raspando la pintura del coche, un gemido que se perdía entre los campos.

Pero Marcos quería más. Siempre quería más.

***

La idea del disfraz la trajo un domingo, mientras desayunábamos. Lo dijo con esa naturalidad que usaba para las cosas que llevaba semanas pensando.

—Quiero que te vistas de puta y vayamos al polígono.

Me quedé con la taza a medio camino de la boca. No dije que no. Tampoco dije que sí. Pero esa tarde fui a un bazar del barrio y compré un vestido diminuto de tela brillante, un tanga de hilo, unas medias con la entrepierna abierta y una peluca rubia que me transformaba en alguien que no conocía.

Me vestí en el dormitorio, frente al espejo. La mujer que me devolvió la mirada no era yo. Tenía los labios pintados de rojo, el pelo rubio cayéndole en ondas sobre los hombros y un vestido que apenas cubría lo esencial. Sentí un vértigo que no era desagradable. Me puse un abrigo largo por encima y salimos.

Marcos condujo en silencio por la ciudad, tomando calles laterales, hasta que llegamos a un polígono industrial a las afueras. Naves cerradas, farolas amarillentas, ni un alma. Paré el coche junto a un bordillo.

—Baja —dijo.

Bajé. Me quité el abrigo y lo dejé en el asiento. El aire frío me golpeó las piernas y los hombros descubiertos. Me quedé de pie bajo una farola, con los brazos cruzados, intentando adoptar una pose que había visto en películas pero que en la realidad se sentía torpe y vulnerable. Marcos arrancó y desapareció al final de la calle.

Esos dos minutos sola fueron los más largos de mi vida.

Cada ruido era una amenaza. Cada sombra, un desconocido. Sentí el frío en la piel y el calor en el estómago y una mezcla de pánico y excitación tan intensa que me temblaban las rodillas. Cuando vi los faros de nuestro coche girar en la esquina, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Marcos bajó la ventanilla. Me miró de arriba abajo con ojos que no eran los suyos, con una frialdad calculada que me hizo sentir exactamente lo que él quería que sintiera.

—¿Cuánto cobras?

Sonreí. Una sonrisa que no era del todo mía. —Cincuenta —dije, y abrí la puerta.

Dentro del coche, en la penumbra, la peluca me rozaba las mejillas. Le desabroché el pantalón y me incliné sobre él. Lo tomé con la boca despacio primero, luego con más urgencia, escuchándolo gemir por encima de mi cabeza mientras sus dedos se enredaban en el pelo falso. Cuando terminó, tragué todo sin dudarlo. Hacía tiempo que eso había dejado de ser un límite. Ahora era una ofrenda, un acto de sumisión que a los dos nos volvía locos.

Descansamos un momento, jadeando en la oscuridad del coche, con las ventanillas empañadas.

—Sal —dijo Marcos, cuando la respiración se le normalizó y algo en su mirada volvió a encenderse.

Salí. Me apoyé en el lateral del coche, con el metal frío contra los muslos. Él salió, me levantó el vestido hasta la cintura y sacó de la guantera una navajita pequeña. Con un corte preciso, el hilo del tanga cedió y cayó al asfalto como algo que ya no servía.

Me agarró de la nuca y me acerco a su boca. —Eres una buena puta —me susurró, y la palabra me atravesó como una descarga—. Una guarra. Mi guarra.

Me penetró con fuerza, sin transición, y yo me agarré al techo del coche con las uñas clavadas en el metal. Cada embestida me empujaba contra la carrocería y el frío y el calor se mezclaban en algo que no tenía nombre. El riesgo de que un camión apareciera en cualquier momento, la farola iluminándome como un escenario, la peluca descolocada, el vestido arrugado en la cintura, todo era parte del mismo delirio.

Grité cuando terminé. Un grito corto y agudo que rebotó en las naves vacías y se perdió en la noche.

***

Recogimos el tanga roto del suelo. Marcos lo guardó en la guantera, junto a la navaja, como un trofeo. Volvimos a casa en silencio, mirándonos de vez en cuando con esa complicidad que no necesitaba palabras. La cámara estaba en el asiento trasero, con la cinta casi llena.

Ya en la cama, antes de dormir, Marcos me pasó el brazo por la cintura y me atrajo hacia él.

—¿Hasta dónde quieres llegar? —preguntó en la oscuridad.

No contesté enseguida. Pensé en el balcón, en la tienda, en el pinar, en el polígono. En cada límite que habíamos cruzado y en cómo cada uno nos había llevado al siguiente, como escalones de una escalera que no sabíamos dónde terminaba.

—Hasta donde me lleves —dije, y lo dije en serio.

Él sonrió contra mi pelo. Sentí su mano bajar por mi espalda, lenta, posesiva, hasta descansar en la curva de mis nalgas. El zumbido fantasma de la cámara todavía me resonaba en los oídos, como una promesa de que esto no había terminado. De que apenas estaba empezando.

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4.5(26)

Comentarios(10)

martin1010

tremendo!!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

RositaMdQ

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. No puede terminar ahi!

NocheBCN

me recordo a algo que viví hace tiempo, ese mix de adrenalina y deseo... muy bien capturado en el relato

Valentina_ok

va a tener continuacion? quedaron muchos cabos sueltos y la verdad que necesito saber como sigue jaja

DarioMza

lo del balcon como punto de partida fue un detalle genial, le da un realismo que no es comun en este tipo de relatos. Felicitaciones

pepeCTBA

se me hizo cortisimo, quiero mas!!

CarlosRds

Increible como esta escrito, se siente que pasa de verdad. Sigo atento a lo que publiques

Homersolo

No es mi categoria favorita pero este relato me atrapo igual. Muy bien narrado, sin caer en lo burdo. Enhorabuena!

lectora_nocturna

la espiral que describe el titulo... uff, lo cumple al 100. Que bueno

PatriciaLectora

Muy buen ritmo, no pude soltar la lectura hasta el final. Espero el proximo!

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