El balcon, la camara y todo lo que vino despues
El calor de julio se pegaba a las paredes del apartamento como una segunda piel. Marcos y yo llevabamos dos anos juntos, pero ese verano descubrimos algo que cambio las reglas de todo. Empezo sin que nos dieramos cuenta, como empiezan las cosas peligrosas: con la ropa que sobraba.
El se quedaba en boxer, yo dejaba de vestirme por completo. Al principio era comodidad, el bochorno de un cuarto piso sin aire acondicionado. Pero pronto la desnudez dejo de ser casual. Me gustaba sentir sus ojos mientras cruzaba el pasillo, mientras me servia agua en la cocina, mientras me estiraba en el sofa con las piernas abiertas y un libro que no leia. Y a el le gustaba mirar. Eso quedo claro rapido.
Fue Marcos quien menciono el balcon. Teniamos uno grande, con un murete de obra y una lona vieja que daba algo de sombra. Desde dentro parecia privado. Desde fuera, no tanto.
—Sal afuera —me dijo una noche, con esa voz baja que usaba cuando queria algo y no pensaba pedir permiso—. Tumbate en la hamaca.
Obedeci. El aire caliente me envolvio y senti el roce aspero de la tela contra mi espalda desnuda. Marcos aparecio con la camara, una de esas antiguas de cinta que habia comprado en un mercadillo. El piloto rojo se encendio y yo entendi lo que queria.
Cerre los ojos. Deje que mis manos bajaran despacio, primero por el vientre, luego mas abajo. Lo hacia para el, pero tambien para cualquiera que pudiera estar mirando desde las ventanas oscuras de enfrente. Esa idea, la de unos ojos desconocidos observandome, me acelero el pulso de una forma que no esperaba. Gemi sin contenerme. Marcos grababa en silencio, y el unico sonido ademas de mi respiracion era el zumbido mecanico de la cinta girando.
Algunas noches me arrodillaba frente a el en la terraza, bajo un cielo sin nubes, y lo tomaba con la boca mientras el se reclinaba en la hamaca con una mano en mi pelo y la otra sosteniendo la camara. Nunca sabiamos si alguien nos veia. Nunca queriamos saberlo del todo.
Eso era lo que nos encendia: la duda, la posibilidad, el borde del precipicio sin caer.
Pero el balcon se nos quedo chico.
***
Un jueves por la tarde, con el centro comercial medio vacio, entramos en una tienda de ropa grande, de esas con probadores al fondo. Marcos eligio unos pantalones, yo un vestido. Nos metimos juntos en un cubículo amplio, cerramos la cortina y antes de que pudiera colgar nada en el gancho ya tenia su boca en mi cuello y sus manos subiendome la falda.
Me apoye contra el espejo. El cristal estaba frio contra mis omoplatos y Marcos me penetro desde atras, rapido, urgente, con esa energia contenida de quien sabe que tiene los segundos contados. Intente morderme el labio, intente tragarme los sonidos, pero un gemido se me escapo, alto y claro, y reboto en las paredes del cubículo como una alarma.
Tres golpes secos en la pared.
—¡Fuera de aqui ahora mismo! —la voz de la empleada era filosa—. Ya llame a seguridad.
Nos vestimos en diez segundos, torpemente, con las manos temblando entre la risa nerviosa y el panico. El guardia nos escolto hasta la puerta sin decirnos nada, pero la empleada no se contuvo: sinverguenzas, degenerados, murmuraba sacudiendo la cabeza.
Esa noche, en la cama, lo repasamos todo. La humillacion se habia transformado en otra cosa, algo caliente y oscuro que nos hacia querer mas. No volvimos a esa tienda. No nos hizo falta. El mundo estaba lleno de lugares donde no debiamos estar.
***
El campo fue el siguiente escenario. Un pinar alejado de la carretera, con el suelo cubierto de agujas secas y un silencio tan denso que podiamos escuchar nuestras propias respiraciones. Extendiamos una manta entre los arboles, nos desnudabamos bajo el sol filtrado y Marcos colocaba la camara en una piedra. Luego venia a mi, despacio, y nos entregabamos a un ritmo lento que el calor y la soledad hacian mas intenso.
Una tarde, al terminar, Marcos levanto la cabeza y se quedo rigido.
—No te muevas —me susurro.
Segui su mirada. A unos treinta metros, medio oculto detras de un tronco grueso, habia un hombre. Inmovil. Mirandonos. No se cuanto tiempo llevaba ahi. Un segundo despues, cuando entendio que lo habiamos visto, dio media vuelta y se alejo sin prisa, como quien abandona un espectaculo que ya termino.
Marcos me miro. Yo senti un escalofrio que me bajo por la columna y se instalo entre mis piernas. No era miedo. Era algo mucho peor: excitacion pura. Alguien nos habia visto. Alguien me habia visto desnuda, entregada, gimiendo con la cara hundida en una manta barata en medio de un bosque. Y la idea me encendio como nunca.
Esa noche lo hicimos dos veces, hablando del desconocido, imaginando lo que habria visto, lo que habria sentido. Marcos me agarro del pelo y me dijo que era una exhibicionista, que me gustaba que me miraran, y yo le dije que si, que si, que no parara.
***
Las noches de luna se convirtieron en nuestro ritual. Marcos conducia por caminos rurales, sin destino, hasta que encontraba un tramo lo bastante oscuro y lo bastante solo. Paraba el coche, apagaba las luces y me pedia que bajara.
Yo salia desnuda. Caminaba por el asfalto tibio con los pies descalzos, sintiendo la brisa en cada centimetro de piel, mientras Marcos me grababa desde el coche. Despues dejaba la camara en el salpicadero, salia y me encontraba apoyada en el capo, todavia caliente del motor. Me tomaba por detras sin decir nada, solo con la respiracion y la fuerza de sus manos en mis caderas. La oscuridad nos cubria como una manta y el silencio amplificaba cada sonido: el golpe de su cuerpo contra el mio, mis unas raspando la pintura del coche, un gemido que se perdia entre los campos.
Pero Marcos queria mas. Siempre queria mas.
***
La idea del disfraz la trajo un domingo, mientras desayunabamos. Lo dijo con esa naturalidad que usaba para las cosas que llevaba semanas pensando.
—Quiero que te vistas de puta y vayamos al poligono.
Me quede con la taza a medio camino de la boca. No dije que no. Tampoco dije que si. Pero esa tarde fui a un bazar del barrio y compre un vestido diminuto de tela brillante, un tanga de hilo, unas medias con la entrepierna abierta y una peluca rubia que me transformaba en alguien que no conocia.
Me vesti en el dormitorio, frente al espejo. La mujer que me devolvio la mirada no era yo. Tenia los labios pintados de rojo, el pelo rubio cayendole en ondas sobre los hombros y un vestido que apenas cubria lo esencial. Senti un vertigo que no era desagradable. Me puse un abrigo largo por encima y salimos.
Marcos condujo en silencio por la ciudad, tomando calles laterales, hasta que llegamos a un poligono industrial a las afueras. Naves cerradas, farolas amarillentas, ni un alma. Pare el coche junto a un bordillo.
—Baja —dijo.
Baje. Me quite el abrigo y lo deje en el asiento. El aire frio me golpeo las piernas y los hombros descubiertos. Me quede de pie bajo una farola, con los brazos cruzados, intentando adoptar una pose que habia visto en peliculas pero que en la realidad se sentia torpe y vulnerable. Marcos arranco y desaparecio al final de la calle.
Esos dos minutos sola fueron los mas largos de mi vida.
Cada ruido era una amenaza. Cada sombra, un desconocido. Senti el frio en la piel y el calor en el estomago y una mezcla de panico y excitacion tan intensa que me temblaban las rodillas. Cuando vi los faros de nuestro coche girar en la esquina, solte el aire que no sabia que estaba conteniendo.
Marcos bajo la ventanilla. Me miro de arriba abajo con ojos que no eran los suyos, con una frialdad calculada que me hizo sentir exactamente lo que el queria que sintiera.
—¿Cuanto cobras?
Sonrei. Una sonrisa que no era del todo mia. —Cincuenta —dije, y abri la puerta.
Dentro del coche, en la penumbra, la peluca me rozaba las mejillas. Le desabroche el pantalon y me incline sobre el. Lo tome con la boca despacio primero, luego con mas urgencia, escuchandolo gemir por encima de mi cabeza mientras sus dedos se enredaban en el pelo falso. Cuando termino, trague todo sin dudarlo. Hacia tiempo que eso habia dejado de ser un limite. Ahora era una ofrenda, un acto de sumision que a los dos nos volvia locos.
Descansamos un momento, jadeando en la oscuridad del coche, con las ventanillas empanadas.
—Sal —dijo Marcos, cuando la respiracion se le normalizo y algo en su mirada volvio a encenderse.
Sali. Me apoye en el lateral del coche, con el metal frio contra los muslos. El salio, me levanto el vestido hasta la cintura y saco de la guantera una navajita pequena. Con un corte preciso, el hilo del tanga cedio y cayo al asfalto como algo que ya no servia.
Me agarro de la nuca y me acerco a su boca. —Eres una buena puta —me susurro, y la palabra me atraveso como una descarga—. Una guarra. Mi guarra.
Me penetro con fuerza, sin transicion, y yo me agarre al techo del coche con las unas clavadas en el metal. Cada embestida me empujaba contra la carroceria y el frio y el calor se mezclaban en algo que no tenia nombre. El riesgo de que un camion apareciera en cualquier momento, la farola iluminandome como un escenario, la peluca descolocada, el vestido arrugado en la cintura, todo era parte del mismo delirio.
Grite cuando termine. Un grito corto y agudo que reboto en las naves vacias y se perdio en la noche.
***
Recogimos el tanga roto del suelo. Marcos lo guardo en la guantera, junto a la navaja, como un trofeo. Volvimos a casa en silencio, mirandonos de vez en cuando con esa complicidad que no necesitaba palabras. La camara estaba en el asiento trasero, con la cinta casi llena.
Ya en la cama, antes de dormir, Marcos me paso el brazo por la cintura y me atrajo hacia el.
—¿Hasta donde quieres llegar? —pregunto en la oscuridad.
No conteste enseguida. Pense en el balcon, en la tienda, en el pinar, en el poligono. En cada limite que habiamos cruzado y en como cada uno nos habia llevado al siguiente, como escalones de una escalera que no sabiamos donde terminaba.
—Hasta donde me lleves —dije, y lo dije en serio.
El sonrio contra mi pelo. Senti su mano bajar por mi espalda, lenta, posesiva, hasta descansar en la curva de mis nalgas. El zumbido fantasma de la camara todavia me resonaba en los oidos, como una promesa de que esto no habia terminado. De que apenas estaba empezando.