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Relatos Ardientes

Mi vecina del patio sabía exactamente lo que quería

3.3 (3)

Ese domingo el calor era de esos que vacían la voluntad. Llevaba dos horas en el patio trasero haciendo absolutamente nada: una cerveza tibia sobre la mesa de plástico, el torso al sol, el cigarro a medio fumar entre los dedos. El cielo tenía esa blancura de horno que aparece cuando el asfalto ya no puede absorber más y empieza a devolver todo lo que acumuló desde las seis de la mañana.

Nadia vivía al otro lado de la barda desde hacía casi un año.

La conocía de verla salir con sus perros por las tardes: dos akitas enormes que trotaban a su lado como si fueran guardaespaldas contratados. Caminaba con esa soltura de quien no debe nada a nadie. Pelo negro recogido con un lápiz, uñas siempre pintadas de algún color oscuro. No habíamos hablado más de cuatro veces desde que llegó, pero la había mirado muchas más que eso.

Ese domingo salió sin los perros.

Llevaba leggings color pizarra con un roto en la rodilla izquierda y una playera negra desgastada que le quedaba dos tallas grande, el cuello tan abierto que le caía sobre el hombro. Descalza sobre el pasto seco. Se agachó entre las macetas del fondo del jardín como si buscara algo entre la tierra.

Fue entonces cuando lo vi.

Una cola. No crecida, no real. Era un plug de silicona con una cola esponjosa color caramelo asomándose por la cintura floja del pantalón, balanceándose de lado a lado con cada movimiento que ella hacía. Larga, suave, hipnótica. Se movía con su respiración, como si tuviera peso propio.

Me quedé quieto. La cerveza a mitad de camino entre la mesa y mi boca.

Nadia se puso en cuatro patas entre las macetas, estiró la espalda hacia abajo y la cola subió un poco. Luego giró la cabeza y me miró directamente, sin sorpresa en la cara, sin apuro por cubrirse.

—¿Ya la viste? —dijo con voz tranquila, casi aburrida.

—Sí —respondí. No se me ocurrió nada más inteligente que decir.

Sonrió. No era la sonrisa de alguien que acaba de ser descubierto haciendo algo que no debía.

—Llevo semanas notando cómo me miras cuando salgo. —Se incorporó despacio, sin soltar mi mirada—. Me gustas. Y cuando algo me gusta, me pongo así.

La cola seguía moviéndose con su respiración, lenta, pendular.

—¿No te incomoda andar con eso puesto todo el día? —le pregunté.

—Me lo puse esta mañana antes del café. —Se encogió de hombros—. Me paseo por la casa así cuando estoy excitada y no tengo con quién canalizarlo. Hoy decidí salir a ver qué pasaba.

Ya sabía exactamente qué iba a pasar.

Se giró de espaldas y apoyó las palmas en el suelo otra vez, la postura completamente calculada, la cola balanceándose sobre sus nalgas.

—Salta —dijo—. Quiero que te acerques. Que lo huelas de cerca. Y después que me hagas lo que estás pensando, sin preguntarme si está bien, porque lo está.

***

Salté la barda.

El pasto de su jardín era corto y seco, caliente bajo las suelas. Ella ya tenía los leggings por las rodillas cuando aterricé, sin ropa interior. Las nalgas altas y tensas, el plug firmemente colocado, la cola cayendo sobre la espalda baja. Me arrodillé detrás y me tomé un momento para mirarla de verdad, sin apurarme.

El interior de sus muslos brillaba. Los labios hinchados, entreabiertos, ese tono rojizo de quien lleva horas en ese estado sin resolverlo. Olía fuerte: calor, piel sudada, el olor a silicona del plug mezclado con algo más dulce y más animal por debajo de todo.

Puse las manos en sus caderas. Ella exhaló despacio y dejó caer la cabeza hacia adelante.

—Pruébame —dijo en voz baja.

Lamí desde abajo hacia arriba, lento, con la lengua plana. Ella arqueó la espalda y enterró los dedos en la tierra. Repití el movimiento, más despacio todavía, separando y presionando hasta que empezó a mover las caderas hacia mí.

—Más. Adentro —dijo, sin rodeos.

Le metí la lengua profundo. Estaba ardiente y empapada, y cada vez que la presionaba por dentro soltaba un sonido gutural, corto, contenido. Movía las caderas en círculos lentos contra mi cara, marcando el ritmo que quería sin pedírmelo con palabras.

—El clítoris —indicó—. Fuerte. No pares aunque me retuerza.

La sujeté por las caderas para mantenerla quieta y lo hice durante tres minutos sin parar. Sus muslos empezaron a temblar primero, luego toda la parte baja de su cuerpo. Se corrió en silencio, con la espalda arqueada al máximo y un jadeo tan contenido que sonó casi como rabia retenida.

Pero no me dejó detenerme.

—Ahora fóllame —dijo—. Y jálame la cola cuando empujes. No me la muevas despacio.

***

Me bajé el pantalón. Estaba tan duro que me dolía. La apoyé contra su entrada y esperé un segundo, no por cortesía, sino porque quería oírla pedirlo.

—No me hagas esperar —dijo, mirándome por encima del hombro con los ojos entrecerrados.

Empujé hasta el fondo de una sola vez.

Nadia soltó un sonido ronco que mezclaba dolor y alivio al mismo tiempo, y los músculos internos se cerraron alrededor de mí con una presión que me cortó el aliento. Estaba tan apretada, tan caliente, que tardé varios segundos en poder moverme sin perder el control ahí mismo.

Empecé a bombear. Ella me acompañó desde el primer movimiento, empujando hacia atrás para encontrarme, igualando la fuerza con la que yo arremetía. No había distancia entre los dos. Puse la mano en la base del plug y tiré suavemente.

Nadia bajó la cabeza y masculló algo entre dientes que no pude descifrar.

Tiré más fuerte. Empujé más rápido.

—Sí —dijo con la voz aplastada contra el suelo—. Así. Mueve la cola mientras me embistes. Quiero sentirlos a los dos al mismo tiempo.

Encontré el ritmo: cada embestida acompañada de un jalón del plug, luego un empuje de vuelta. La cola me golpeaba el abdomen con cada metida. El jardín olía a tierra caliente, sudor y piel. El sol nos daba en la espalda sin misericordia. No había sombra, no había cobertura, era plena tarde en un jardín abierto y ninguno de los dos se había planteado moverse a otro lado.

Nadia empezó a jadear de forma entrecortada, con la frente rozando la tierra, aferrada con las dos manos a una maceta de terracota para no desplazarse con el impacto de cada embestida.

—¿Qué quieres? —le dije inclinándome sobre su espalda, cerca de su oído.

—Que no pares. Que mañana me duela al sentarme y sepa exactamente por qué.

La embestí más duro. Tres veces más, cuatro. Al quinto la agarré por las caderas con toda la fuerza y me corrí adentro, largo y despacio, vaciándome mientras ella apretaba los músculos alrededor de mí para retenerme.

Y entonces pasó algo que no esperaba.

Su interior se cerró. No un poco, no de forma normal. Se cerró completamente, como un nudo de músculo que se formó en la base, hinchado y firme, atrapándome dentro sin posibilidad de retroceder ni un milímetro.

—¿Qué...? —empecé.

—No te muevas —dijo Nadia, todavía con la cara hacia el suelo, respirando fuerte—. Se pasa solo. Quédate quieto.

—¿Tu cuerpo hace esto siempre?

—Solo cuando algo le gusta de verdad. —Exhaló un sonido largo y satisfecho—. Nos vamos a quedar así un rato. Disfrútalo.

Intenté salir por instinto. Solo conseguí que ella apretara todavía más fuerte, y una oleada de sensación me subió por la columna que me dejó sin palabras. Ella también lo sintió, porque soltó un gemido suave y profundo.

Nos quedamos en el jardín, bajo el sol de la tarde, pegados y jadeando. El sudor nos corría por la espalda. La cola del plug aplastada entre los dos, inútil pero presente. Cada pocos minutos Nadia temblaba con un orgasmo pequeño y su interior me ordeñaba en oleadas suaves que no terminaban de soltarme.

—Se siente bien —le dije.

—Lo sé —respondió—. Me tienes llena. Así me gusta estar.

***

Llevábamos veinte minutos en el suelo cuando la señora Bustamante abrió la puerta trasera de la casa de enfrente.

Nos vio.

Se quedó con la regadera a mitad de camino. Parpadeó dos veces. Luego soltó un grito que seguramente oyeron en los dos fraccionamientos de al lado:

—¡Madre de Dios! ¡En el patio como animales! ¡Qué vergüenza de gente! ¡Voy a llamar a sus familias!

Nadia levantó la cabeza y la miró fijamente, sin apurarse, sin moverse un centímetro.

—Señora, entre a su casa —dijo con calma.

—¡No me muevo! ¡Tengo que regar mis plantas y ustedes se largan ahora mismo!

Abrió la llave. El agua salió caliente, de esa que lleva horas acumulada en la tubería negra al sol, y nos cayó encima en un chorro directo que no era lluvia sino un juicio sumario y mojado.

Nadia pegó un brinco involuntario. Yo hice lo mismo. El susto y el ardor del agua caliente produjeron exactamente lo contrario de lo que la señora buscaba: Nadia se contrajo con fuerza, me apretó hasta el límite y luego soltó de golpe. Salí con un sonido húmedo y torpe que no olvidaré en la vida. El plug cayó al suelo entre nosotros con un golpe sordo.

La señora seguía gritando con la manguera en alto.

Me levanté mojado y desorientado, y me subí el pantalón con lo que me quedaba de dignidad. Nadia ya estaba de pie, ajustándose los leggings con una calma que me pareció obscena dadas las circunstancias. Recogió el plug del suelo sin inmutarse y lo limpió contra la playera.

Luego me miró. Y sonrió.

—Mañana —dijo en voz muy baja, casi sin mover los labios—. Mi casa. Puerta con llave. Tengo una correa en el cajón de arriba y un plug más grande. Y quiero que me pongas la correa en la cocina, sobre la mesa, y que no me preguntes nada antes de hacerlo.

—¿Para ti el plug más grande? —pregunté.

—Para los dos. Ya verás cuál es cuál cuando llegues.

***

Salté la barda de vuelta mientras la señora Bustamante seguía bendiciendo nuestras almas con el vocabulario más inventivo que le había escuchado a nadie en mi vida. Me senté en mi silla, todavía empapado de agua caliente y todo lo demás, y me quedé mirando el muro que separaba los dos jardines.

Nunca había hecho nada así. Sin planearlo, sin hablarlo, sin pedir permiso de ningún tipo. Con una mujer que simplemente asumió que los dos querían lo mismo y no se equivocó en nada.

Esa noche no dormí bien. No por culpa ni por vergüenza, sino por impaciencia.

Al día siguiente, al mediodía, llamé a su puerta. Nadia abrió descalza, con el pelo suelto sobre los hombros y la correa en la mano, como si me hubiera estado esperando desde que amaneció.

—Cierra con llave —dijo, dándome la espalda hacia la cocina.

Cerré.

Iba a ser peor que el jardín, o mejor. No me importaba cuál de los dos. Solo quería entrar y descubrirlo.

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3.3 (3)

Comentarios (8)

Rocko

Que bueno estuvo esto!!! me lo lei todo de un tiron, se hizo corto

piscis

Por favor una segunda parte. Me quede con muchas ganas de saber que paso despues

SergioMdq

Tiene continuacion?? lo pregunto porque si hay mas me la guardo para este finde jajaja

oficinista23

jaja la parte de la cola me sorprendio, no lo esperaba para nada. Muy original el enfoque

MiriamV_ok

que envidia sana jajaja. Sigue asi que se te da muy bien esto

leofiuco

Buenisimo. De los mejores que lei en este sitio, en serio

Lucho_cba

Me recordó a una situacion parecida que vivi hace unos años, sin entrar en detalles jaja. Muy bien narrado, se siente real

Inquieto68

La descripcion del patio con las macetas... ese detalle le da verosimilitud al relato. 10/10

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