Me arrodillé ante la doctora Montero
Cuando me pidió que me arrodillara, lo hice. Entendí que había dejado de ser su paciente para convertirme en algo completamente diferente.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cuando me pidió que me arrodillara, lo hice. Entendí que había dejado de ser su paciente para convertirme en algo completamente diferente.
El esclavo colgaba de puntillas en el pilar de los perros, casi muerto, cuando la sanadora entró con sus instrumentos. La reina dio una orden estricta. Ella halló otro modo.
Necesitábamos el dinero. Por eso firmamos sin leer la letra chica de un contrato que nos mantendría en Praga seis semanas más de lo planeado.
Cuando el cerrojo se abrió esa mañana, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía. Tampoco mi orgullo. Solo quedaba obedecer o romperse.
Sebastián no había abierto ese libro en su vida. Pero sí llevaba semanas guardando una cuerda en el cajón, esperando la noche que nos quedáramos solos.
Cada viernes, Marcos cruzaba nuestra puerta sabiendo que no volvería a ser él mismo hasta el domingo. El collar, la jaula y el vestido lo esperaban.
Detrás de la puerta de la bodega había otra sala. Y en ella, la mujer más discreta de la ciudad me esperaba con un atuendo que no dejaba dudas.
Cuando crucé su puerta con las esposas en el bolsillo, creí que tenía el control. En diez minutos estaba de rodillas y él sostenía la correa.
Me lo contó por mensaje, como quien anuncia el clima. No pedía permiso. Solo me avisaba que en una hora él iba a estar dentro de su casa.
La vi en cuatro patas sobre el césped seco, con la cola esponjosa balanceándose entre las nalgas, y supe que esa tarde de domingo no iba a parecerse a ninguna otra.
Se quedó en el umbral del baño, todavía mojado, mirándome los pies en el aire. Yo entendí todo antes de que dijera una sola palabra.
Llevaba cuatro días intentando no hacer ruido en los pasillos. Esa noche ella me esperaba con una sonrisa que no era inocente y un plan que no podía negarme.
Cuando entré a su apartamento, el aroma a café recién hecho era lo único inocente que quedaba en ese lugar. Supe que no saldría igual.
Decirle que sí fue sencillo en la oscuridad del cuarto. Enfrentarme a ocho hombres desnudos en aquella sala privada fue otra historia.
Cuando escuchó el clic del cerrojo a sus espaldas, Camila entendió que esa reunión no iba a parecerse en nada a las anteriores.
Querían humillarlas frente a sus hijos. No contaban con que Beatriz tenía cinturón negro, ni con que Silvia siempre llevaba cuerda en el bolso.
Subimos a la habitación sin saber muy bien cómo empezar. Fui yo quien dio el primer paso, y desde ese momento ya no hubo marcha atrás.
Desperté maniatado en una sala con argollas en las paredes y dos mujeres dispuestas a hacerme hablar. Cometieron un error: me dejaron solo con sus propios instrumentos.
Las muñecas sujetas al techo, el cuerpo expuesto y él mirándome con calma. Juré que no cedería. Nunca había estado tan equivocada.
Me advirtieron que era una amargada, que odiaba a los hombres. Lo que nadie dijo es que detrás de esa armadura llevaba años sin que nadie la tocase de verdad.