La nueva estudiante que quería probar mi sumisión
Me arrodillé frente a ella en el suelo del patio, con sus zapatillas en las manos y su mirada clavada en mí. El sabor era lo de menos.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Me arrodillé frente a ella en el suelo del patio, con sus zapatillas en las manos y su mirada clavada en mí. El sabor era lo de menos.
Llevaba meses buscando ese barro perfecto que la absorbiera entera. Cuando por fin lo encontró, supo que aquella tarde iba a ser diferente.
Mateo me había hablado de esa finca semanas atrás, pero ninguna palabra suya pudo prepararme para lo que Rodrigo y Esteban iban a hacerme al cruzar el portón.
Le dije que confiaba en él con los ojos cerrados. No sabía que esa frase la tomaría tan literal esa noche de sábado, con tres desconocidos en su cuarto.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.
Cuando ella abrió el bolso en el parking, Diego entendió que aquella tarde no iba a terminar como había imaginado.
Había negociado los términos por mensajes de voz. Al cruzar la puerta de la casa, supo que la negociación había terminado para siempre.
Cuando entré al departamento, las luces estaban apagadas y sobre la cama me esperaba un atuendo de látex en mi talla exacta. Damián sonrió desde la puerta.
Marcos me dijo que tenía dos opciones: la demanda o su puerta a medianoche. Fui un idiota y elegí la segunda. O quizás no era tan idiota.
Me puse las medias sobre la piel todavía tibia y salí del hotel tomada de su mano, sabiendo que entre mis dedos guardaba algo que solo nosotros dos sabíamos.
Me quité el tacón por debajo del mantel y, mientras él sonreía despistado, empecé a recordarle quién tenía el control esa noche.
Cuando Saya abrió los ojos en la oscuridad, lo primero que sintió fue el frío del acero en las muñecas y el aliento de Nadia a pocos centímetros de su cara.
No supe quiénes eran ni cuántos. No podía verlos ni tocarlos. Solo sentirlos. Y eso era exactamente lo que Rodrigo había planeado desde que se lo conté.
Llevaba casi una hora arrodillada viéndola elegir vestido. Cuando por fin se giró hacia mí con esa sonrisa, supe que la espera había terminado.
La cláusula séptima decía: firmar es consentir, consentir es convertirse en material. Lo entendí cuando ya era demasiado tarde para salir.
Cuando entré en aquel bar y escuché su voz presentándose, algo dentro de mí se desplomó. No fue deseo. Fue rendición absoluta.
La llave de mi jaula colgaba entre los pechos de mi esposa, a la vista de sus tres amigas, cuando ella sonrió y anunció que yo haría cualquier cosa esa noche.
Llevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.
Cuando abrió los ojos estaba inmovilizado sobre una mesa fría. Cinco figuras con delantal blanco lo rodeaban y la líder sostenía algo que brillaba.
Desperté atado en una sala llena de cadenas y cámaras. Lo que ella no sabía era que yo había aprendido a fingir el desmayo mejor de lo que parecía.