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Relatos Ardientes

Le arranqué la confesión que más le avergonzaba

4.1 (50)

La botella de Malbec ya estaba por la mitad cuando Rodrigo empezó a ponerse filosófico. Eso siempre me avisaba que algo venía. Se recostó en el sofá con esa expresión borrosa que le pone el alcohol, la que lo hace ver diez años menor y diez veces más vulnerable.

Yo lo observaba desde el sillón de enfrente. El mismo ritual de siempre: él hablando más de la cuenta, yo escuchando más de lo que él creía.

—Natalia —dijo, girando la cabeza hacia mí con un esfuerzo visible—. ¿Puedo contarte algo raro?

—Define raro.

—Raro para mí. —Hizo una pausa. Se miró las manos como si buscara las palabras entre los dedos—. A veces tengo… fantasías.

—Todo el mundo tiene fantasías, Rodrigo.

—No como estas. —Tragó saliva—. A veces me imagino que tú estás con otra persona. Y no me molesta. Me pone.

Hubo un silencio. Me levanté del sillón despacio y fui a sentarme a su lado. No demasiado cerca. Lo suficiente para que supiera que lo estaba tomando en serio.

—¿Con otro hombre?

El pánico fue inmediato. Se incorporó, moviendo la cabeza de lado a lado, con los ojos de quien acaba de pisar tierra falsa.

—No, no. Eso no. Quiero decir con una mujer. Un trío. Sabes, lo que quiere cualquier hombre, ¿no? No tiene nada de raro. Es la fantasía más normal del mundo.

Escuché sus explicaciones sin interrumpirlo. Cuando terminó, me quedé callada un momento.

—Rodrigo.

—¿Qué?

—Mentiras no.

Se tensó.

—No estoy mintiendo. Con una mujer, te lo juro. Solo con una mujer.

Lo miré fijo durante unos segundos. Luego me levanté.

—Está bien —dije—. Si eso es lo que quieres, eso vas a tener.

Su alivio fue inmediato y absoluto. Casi me dio lástima. No entendía todavía que acababa de abrir una puerta que yo iba a controlar completamente desde el otro lado.

***

Llamé a Valeria al día siguiente desde el pasillo del trabajo, con el teléfono pegado a la oreja y la voz baja.

Valeria y yo nos conocíamos desde hacía casi diez años. Era diseñadora gráfica, tenía un humor negro que ponía incómoda a la gente en las cenas y una capacidad para el caos controlado que siempre me había parecido admirable. No había muchas personas en mi vida a las que pudiera llamar con una propuesta como la mía.

Le expliqué la situación en cuatro frases. La última fue:

—Quiero que vengas a mi cama. Y quiero que él lo sepa después.

Hubo una pausa breve.

—¿Va a estar mirando?

—Va a verlo después. En video.

Otra pausa. Luego una carcajada baja, genuina, de quien ya tomó su decisión.

—¿Cuándo?

—Este viernes.

—Estoy dentro.

***

Le dije a Rodrigo el jueves por la noche, sin dramatismo, mientras me acomodaba frente al espejo del pasillo. Él estaba en el sofá con el teléfono en la mano, haciendo como que miraba algo.

—El viernes voy a salir con Valeria.

No respondió de inmediato. Sentí cómo cambiaba la densidad del silencio en la habitación.

—¿A dónde van? —preguntó al fin.

—A cumplir tu fantasía, mi amor.

Lo vi ponerse colorado desde el reflejo. Se le trabó algo en la garganta.

—Natalia, en serio, no hace falta que...

—Ya lo hablamos. ¿No era eso lo que querías?

No dijo nada. Asentí una vez, como si hubiéramos llegado a un acuerdo, y volví al dormitorio.

Antes de salir al trabajo, saqué la cámara pequeña del cajón del escritorio y la dejé sobre la mesita de noche de Rodrigo, orientada hacia la cama. Luz verde parpadeante.

—Por si quieres un recuerdo —dije al pasar por el salón.

Él no levantó la vista. Pero tampoco dijo que no.

***

Valeria me esperaba en la puerta de un restaurante libanés que conocíamos del barrio. Llevaba el abrigo negro, el pelo suelto, esa postura suya de quien llega siempre antes que los demás y no tiene ninguna prisa.

—¿Lista? —me preguntó.

—Casi. Tengo hambre de verdad.

Nos sentamos y pedimos sin mirar demasiado la carta. Falafel, hummus con aceite, pan de pita con ajo asado. El ajo venía triturado en mantequilla y olía desde la mesa de al lado. Pedimos dos raciones. Comimos despacio, hablamos de otras cosas, de un proyecto que ella tenía entre manos, de una serie que ninguna de las dos había terminado de ver.

Era una noche normal, casi.

El ajo tardaba en asentarse. Las dos lo sabíamos y ninguna lo mencionó.

Volvimos al apartamento pasadas las once y media. Rodrigo no estaba en el salón. La puerta del estudio estaba cerrada. Cerramos la puerta del dormitorio.

***

La cámara seguía encendida. Luz verde fija.

Nos desnudamos sin apresurarnos. Valeria lo hacía con esa naturalidad suya de quien no necesita que nada sea más de lo que es. El ambiente cambió en la habitación sin que ninguna de las dos lo forzara, como cambia la temperatura cuando alguien abre una ventana.

La cama de Rodrigo tenía las sábanas bien estiradas. Él tenía esa manía de tenderlas todas las mañanas, sin arrugas, con las esquinas metidas por debajo del colchón.

Nos acostamos encima.

El sexo con Valeria era diferente a todo lo que yo conocía. Sin el guion implícito que construyes con una pareja estable, sin los gestos automáticos que se vuelven rutina. Había algo en eso que me hizo prestar más atención, estar más presente en cada movimiento. Me lamió el cuello. Le mordí el hombro. Nos tomamos el tiempo de saber dónde estábamos la una con la otra.

Y mientras lo hacíamos, el olor de la habitación fue cambiando. Sudor y perfume mezclado, el calor de dos cuerpos sobre las sábanas limpias de él, el ajo que volvía en el aliento, algo más íntimo y animal que se fue acumulando en el aire cerrado. Un olor denso, particular, inconfundiblemente nuestro.

Hicimos que durase casi dos horas.

Cuando terminamos, la cama de Rodrigo era otra. Las sábanas arrugadas, la almohada de él aplastada bajo mi nuca, el edredón enredado a los pies. Y ese olor suspendido en el aire, sin salida.

Me quedé boca arriba mirando el techo. Valeria apoyó la frente en mi hombro.

—Vas a destruir a ese hombre —dijo.

—Esa es la idea.

***

Rodrigo estaba sentado en el sofá cuando salí del dormitorio. Tenía la televisión encendida en mudo. Me senté a su lado sin decir nada y saqué el teléfono.

—Lo grabé todo —dije—. Para ti.

Cogió el teléfono. Sus manos estaban quietas. Apretó play.

Durante los primeros minutos, su cara era lo que yo esperaba: fijeza, tensión, los ojos sin parpadear. Nos veía a las dos en su cama, en su espacio. La fantasía tomando forma exactamente donde él dormía.

Luego el gesto cambió. No de golpe. Por capas.

Vio las sábanas. Vio cómo habíamos ocupado cada centímetro sin cuidado. Vio su almohada debajo de mi cabeza, su edredón bajo nuestros cuerpos. Vio la expresión de Valeria cuando se inclinó sobre mí, y lo que quedó impreso en la tela después.

Apagó el video. Estaba pálido.

—¿Qué… qué huele así? —susurró.

—El olor de lo que pasó —dije—. El olor de dos mujeres que estuvieron en tu cama sin pedirte permiso.

Se levantó. Pensé que iba a irse, pero se quedó parado en el centro del salón con el teléfono en la mano.

Lo agarré del brazo con suavidad y lo llevé hacia el dormitorio.

El olor lo frenó en el umbral. Cerró los ojos un segundo.

—No quiero entrar.

—Sí quieres.

—Natalia…

—Rodrigo. —Le puse la mano en el pecho, despacio—. Esto es exactamente lo que pediste. No con esas palabras, pero sí. Querías que tu espacio fuera invadido. Querías que lo que es tuyo dejara de serlo por un momento. Querías sentirte fuera. Y ahora lo eres.

—No es lo que dije.

—¿No? —Hablé sin levantar la voz—. Entonces dime por qué sigues aquí. Por qué no te has ido al sofá.

No respondió.

Lo empujé suavemente hacia dentro.

El edredón de él estaba revuelto a los pies de la cama. La almohada tenía la marca de mi cabeza. El aire de la habitación era espeso, caliente, cargado de ajo y sudor y de algo más íntimo que no tenía nada que ver con él.

—Siéntate —dije.

Se sentó en el borde de la cama. Sobre las sábanas que nosotras habíamos usado.

—Ya no tienes que fingir que era una fantasía limpia —dije, poniéndome de pie frente a él—. Siempre fue esto: quieres que te humille. Que deje mi marca en lo que es tuyo. Que te deje fuera de algo que pasa en tu propia cama. Eso es lo que pediste.

Tenía los ojos brillantes. No decía nada.

—No te estoy juzgando, Rodrigo. Te estoy dando lo que necesitabas.

Me acerqué, le puse la mano en la mandíbula y lo obligué a levantar la cara.

—Quédate aquí esta noche —dije—. En estas sábanas. Con este olor. Y si necesitas tocarte para poder dormir, hazlo. No te voy a vigilar.

Me fui al baño.

Abrí el grifo de la ducha al máximo. Me metí bajo el agua caliente y me quedé ahí, sin pensar demasiado, dejando que el vapor llenara el espacio.

Desde el otro lado de la pared no oí nada durante un rato largo. Luego, muy despacio, oí el crujido del colchón.

Me quedé bajo el chorro de agua hasta que se enfrió.

***

A la mañana siguiente, Rodrigo ya estaba levantado cuando salí del baño. Había hecho café y estaba sentado a la mesa de la cocina con las dos tazas servidas, mirando el vapor que subía de la suya.

No hablamos del tema de inmediato. Desayunamos. Él tenía ese aspecto de alguien que no durmió del todo bien pero que tampoco estaba del todo mal.

Cuando terminé el café, le pregunté:

—¿Cómo estás?

Tardó un momento.

—No sé —dijo.

—Es una respuesta honesta.

—No sé qué se supone que tengo que sentir después de algo así.

—No se supone nada. Sientes lo que sientes.

Me miró.

—¿Y tú? —preguntó—. Para ti, ¿fue…?

—Para mí fue exactamente lo que planeé que fuera.

Asintió despacio. No preguntó más.

Recogí las tazas, las puse en el fregadero y me apoyé en la encimera, mirándolo de frente.

—Rodrigo. La próxima vez que quieras contarme algo, cuéntamelo sobrio. Es más justo para los dos.

Algo cruzó su cara. Reconocimiento, no vergüenza exactamente. El gesto de alguien que acaba de entender las reglas de un juego en el que ya lleva tiempo jugando sin saberlo.

—De acuerdo —dijo.

—Bien.

Tomé mi bolso y salí al trabajo.

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4.1 (50)

Comentarios (9)

Scorpionjm

tremendo relato!!! de los mejores que lei aca

SofiNoche22

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos

Gonzalo_81

Muy bien escrito, se siente real. Ese tipo de noches existen y vos lo captaste perfecto. Segui publicando!

NocheDeVinos

jaja el vino siempre hace hablar de mas, demasiado verdadero eso. Me recordo algo que me paso hace tiempo. Muy bueno

pepon78

Buenisimo, lo lei dos veces

MarisolK

Me pregunto como cambio la dinamica entre ellos despues de esa noche... esperando continuacion

LaFiesta99

Que final!!! No me lo esperaba asi. Excelente trabajo

Sumipepi

La tension que se siente antes de la confesion es increible. Lo lei de un tiron sin poder parar, muy bien llevado

lectorx77

Muy bien narrado, engancha desde la primera linea. Gracias por compartir

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