Cuatro años mirándola sin atreverme a hablar
Hay un tipo de mujer que no se te presenta de golpe. Tienes que ir descubriéndola de a poco, como cuando aprendes a leer en una lengua nueva. Laura era así. Un metro sesenta y algo, pelo oscuro con ondas suaves que le llegaban al hombro, gafas de montura fina que enmarcaban unos ojos castaños tranquilos. Se vestía sin pretensiones: vaqueros, blusas sueltas, zapatillas. Una mujer que no competía por tu atención y, quizás por eso, era la única que conseguía tenerla por completo.
No era llamativa en el sentido convencional. No era de esas que entran a un bar y todo el mundo levanta la cabeza. Pero había algo en ella que se iba instalando despacio, como una temperatura que sube sin que te des cuenta, y un día te das cuenta de que llevas meses pensando en ella sin motivo aparente. Sin haber hablado de nada importante. Sin haber tenido ningún momento extraordinario. Solo esa presencia constante, tranquila, que no pedía nada y por eso se quedaba grabada en algún lugar que no sabías bien dónde.
Eso fue lo que me atrapó desde el principio. No entenderla.
Laura lleva el bar de su familia desde que era joven. Un local de barrio sin pretensiones, con la barra de madera gastada y la cafetera ruidosa de las de antes. Mis padres iban ahí desde siempre, así que la conozco de toda la vida. Pero no la empecé a ver de verdad hasta que tuve unos veinticinco años. Fue algo gradual, sin fecha de inicio clara. De pronto me encontré buscándola con la mirada cada vez que entraba al local, fijándome en cómo se movía detrás de la barra, en cómo sostenía los vasos con las dos manos cuando había mucha gente, en cómo escuchaba sin interrumpir a la gente que le hablaba. Tenía esa habilidad rara de hacer sentir que te prestaba atención, aunque estuviera ocupada con otra cosa.
Ella también me miraba. Al principio lo ignoré. Pensé que era cosa mía, que mi cabeza buscaba confirmación de algo que solo existía en mi imaginación. Pero con el tiempo, con los años que fueron pasando, la cosa se hizo demasiado evidente para seguir ignorándola. Cuando yo entraba, ella levantaba la vista aunque estuviera en medio de algo. Cuando yo me marchaba, había siempre una fracción de segundo antes de que volviera a lo suyo. Una pausa pequeña, apenas perceptible, pero que yo había aprendido a reconocer.
No era una tensión dramática ni cinematográfica. Era algo más cotidiano y, por eso mismo, más difícil de sacudir.
Siempre iba en vaqueros. Nada que saltara a la vista. Pero había algo en cómo se movía cuando caminaba hacia el otro extremo de la barra que hacía que yo la mirara sin querer. Esos vaqueros que se estiran, los que no son de tela rígida, los que marcan lo que hay debajo si hay algo que marcar. A ella no se le marcaba nada. Y yo me quedaba ahí, con esa pregunta sin respuesta circulando por la cabeza, imaginando distintas posibilidades. Un tanga de hilo. Una tira muy fina. Nada en absoluto. Era un pensamiento absurdo, lo sé. Pero era el que me venía cada vez que la veía caminar, y con los años dejé de resistirme a él.
***
El verano pasado fue diferente.
Entré al bar a mitad de julio, un martes por la tarde. Hacía calor y el local estaba casi vacío. Y ahí estaba Laura, detrás de la barra, con el pelo recogido en un moño descuidado y una camisa sin mangas que era nueva, o al menos nunca se la había visto. Llevaba unos vaqueros que le quedaban ajustados en la cadera y se abrían un poco hacia abajo, y unas sandalias de cuero negro con tira entre los dedos. El pelo recogido dejaba al descubierto el cuello y la parte alta de los hombros.
Me detuve un segundo en la puerta. No lo pude evitar.
Hay cosas que no te explicas del todo. Siempre me gustaron las gafas en una mujer, aunque no supe bien por qué durante mucho tiempo. Creo que tienen algo de doble identidad: lo que ves delante y lo que imaginas que hay detrás. Las sandalias también, esa manera de llevar los pies al descubierto que tiene algo de informal y de íntimo al mismo tiempo, algo que te recuerda que debajo de todo está el cuerpo de verdad. Laura reunía las dos cosas, y ese día las reunía con ese cuerpo que yo había estado imaginando durante años sin poder confirmarlo del todo.
Me acerqué a la barra. Ella levantó la vista.
—¿Qué te pongo? —preguntó, con esa voz tranquila que tenía, como si no hubiera urgencia en ninguna parte del mundo.
—Un chupito de Baileys —dije.
Mientras lo preparaba, me permití mirarla sin disimulo, algo que rara vez hacía porque me parecía innecesariamente obvio. Pero ese día no me importó. Ella tampoco hizo nada por cortar la mirada. Se movía detrás de la barra con esa calma suya de siempre, como si estuviera completamente cómoda con mi atención.
Cuando me acercó el vaso, nuestras manos quedaron cerca. Hubo un momento extraño, torpe, en el que ella pareció hacer un amago de rozar la mía y luego se detuvo. Lo vi claramente. No fue accidental ni fortuito: fue un movimiento iniciado y cancelado, a medio camino entre la intención y el freno.
Salí a fumar para ordenar las ideas.
Cuando volví, fui al otro extremo de la barra, donde ella estaba apoyada con los codos sobre la madera. Extendí la mano para coger el vaso vacío que tenía delante y ella puso la suya encima de la mía, despacio, sin apartar los ojos de los míos. Yo moví el dedo índice y le acaricié la muñeca, muy lento, siguiendo la línea del tendón.
Escuché un sonido pequeño, casi inaudible, que se cortó enseguida.
—Gracias —dijo ella, y volvió a moverse hacia la otra punta de la barra.
Esa noche no dormí bien.
***
Tardé unos días en armarme de valor para volver, y cuando lo hice, escogí una tarde en la que sabía que el bar estaría vacío. Los martes después de las cuatro, antes de que empezara a llegar la gente del trabajo: ese era el momento. Entré, no había nadie más. Ella estaba sentada en un taburete al fondo de la barra, revisando algo en el teléfono.
—¿Qué te pongo? —dijo, sin levantarse todavía.
—Un café con hielo.
Mientras lo preparaba, me senté al extremo de la barra, en el lugar más alejado de la puerta. Cuando me lo trajo, se quedó de pie frente a mí, apoyada en la madera con las dos manos. Nos miramos un momento sin decir nada. Sentía el calor de su cercanía con una nitidez que me resultó casi incómoda, ese tipo de calor que no es solo temperatura sino algo más, algo que ocupa el espacio entre dos personas y no se puede ignorar.
—Laura —dije—, me atraes. Hace tiempo que me atraes. No sé exactamente qué es, pero hay algo en ti que no termino de entender y eso me tiene loco desde hace años.
La miré después de decirlo. Esperé algo: incomodidad, sorpresa, una sonrisa cortés que cerrara el asunto de manera amable. Lo que vi fue otra cosa completamente distinta.
—Ya era hora de que me lo dijeras —respondió ella, apoyando las manos en la barra con una calma absoluta.
Lo dijo sin dramatismo. Como quien confirma algo que era obvio desde hacía mucho tiempo y que ya empezaba a ser un poco ridículo no nombrar.
Respiré.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando que lo dijera?
—Bastante —admitió, con una media sonrisa que era la primera sonrisa de verdad que le veía en años de conocerla.
***
Hubo una pausa larga en la que ninguno de los dos habló. Yo me terminé el café despacio. Ella se apoyó en la encimera detrás de la barra, con los brazos cruzados, sin apartar los ojos de los míos. Afuera pasó un coche. La cafetera hizo un ruido. Nadie entró por la puerta.
—Lo que me pasa contigo —dije al final— es que te miro y no sé qué esperar. Con la mayoría de la gente uno se hace una idea enseguida. Contigo no puedo.
—Es que no soy fácil de leer —dijo ella.
—Ya lo sé.
—Ni en la cama.
Lo dijo sin apartar la mirada y sin cambiar el tono. Como si fuera una observación neutral, una advertencia amable que quería que yo procesara bien antes de seguir.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, aunque ya tenía una idea bastante clara.
—Que me gusta dominar. Que cuando estoy con alguien, quiero que se entregue. Que tengo formas de conseguirlo y que disfruto usándolas.
Me quedé callado un momento. No por sorpresa, sino para procesar bien lo que acababa de decir y para no responder demasiado rápido.
—Eso tiene un problema —dije al final.
—¿Cuál?
—Que a mí también me gusta mandar. Y que hasta ahora nadie ha podido con eso.
Ella sonrió de verdad entonces, por primera vez en años de conocerla. Una sonrisa lenta, sin prisa, como si acabara de recibir exactamente lo que esperaba escuchar.
—Conmigo va a ser diferente.
—Tendremos que verlo.
—Sí —dijo—. Tendremos que verlo.
***
Cogió el teléfono y empezó a buscar algo. Yo la observé mientras lo hacía, esa concentración suya que era la misma para cualquier cosa: para preparar un café, para llevar las cuentas, para tomar una decisión en segundos. Había algo que me gustaba mucho de eso, de esa forma de no dramatizar nada.
—Este fin de semana —dijo, sin levantar la vista de la pantalla—. Hay una casa rural a cuarenta minutos de aquí. Está apartada. Sin vecinos cerca.
—¿La estás reservando ahora mismo?
—Ya está reservada.
Intercambiamos los números de teléfono. En ese momento entró un cliente por la puerta y ella volvió al trabajo sin transición, como si la conversación que acabábamos de tener hubiera sido sobre el tiempo. Yo me levanté, dejé el dinero del café en la barra y me marché sin decir nada más.
Estaba llegando a la esquina cuando vibró el teléfono.
Era una foto. La mano de Laura sobre la tela de un tanga azul. La tela tenía una mancha oscura y pequeña en la entrepierna.
No tardé mucho en responder. Mandé mi propia foto: mi mano, los dedos todavía húmedos.
No hubo más mensajes esa noche. No hacían falta.
***
Llevo días pensando en ese fin de semana sin poder pensar en otra cosa. En lo que va a pasar entre nosotros cuando no haya barra de por medio, ni clientes que puedan entrar, ni ninguna razón para contenerse. En si ella va a conseguir lo que dice que va a conseguir. En si yo voy a dejar que lo haga, o en si eso es algo que realmente puedo controlar.
Porque lo que me tiene fuera de mí no es el sexo en sí. Es que durante años me pregunté qué había debajo de esa calma suya, de esa forma de moverse sin urgencia, de esa manera de mirarte como si ya supiera algo que tú todavía no. Y ahora que tengo una respuesta parcial, la quiero completa. Necesito saber si la mujer que imaginé durante todo este tiempo existe de verdad o si era solo una proyección mía que se fue construyendo sola con los años.
Laura dijo que tiene juguetes. Dijo que le gusta dominar. Dijo que conmigo iba a ser diferente.
Yo no suelo perder esas apuestas.
Pero tampoco suelo desear tanto perderlas.