El reto de humillación que cumplí en la universidad
Desde que publiqué el relato anterior me han llegado muchos más retos de los que esperaba, y prometo ir cumpliéndolos de a uno, junto con los nuevos que sigan apareciendo en mi bandeja de entrada. Gracias a todos los que se tomaron el tiempo de escribirme. Por lo que leí, hay cierto acuerdo en que el primer desafío que me impuse quedó bien resuelto, así que hoy intentaré estar a la altura del segundo.
Esta vez decidí combinar varias propuestas parecidas en una sola jornada, porque encajaban demasiado bien como para separarlas. Después de leerlas todas, el reto del día terminó armándose así.
Pasar la mañana entera en la universidad sin ropa interior. Llevar el tanga doblado en el bolsillo y, cada vez que me sintiera demasiado mojada, ir al baño a tocarme sin permiso para terminar, y secarme después con esa misma prenda. Por si fuera poco, debía llevar varias frases degradantes escritas sobre el cuerpo. Y al volver a casa, una humillación final que cerraría el juego.
Lo primero que hice al levantarme fue elegir la ropa. Tenía dos opciones sobre la cama: un pantalón ajustado o una minifalda con top. Por la época del año, y sobre todo por la ausencia total de ropa debajo, me decidí por un pantalón negro entallado y un top, con un abrigo encima. Espero que no se considere trampa lo del abrigo, porque dentro del edificio lo llevé siempre abierto, sin abotonar ni una sola vez.
Antes de vestirme tocaba lo otro. Destapé un marcador negro y empecé por el muslo, con pulso más firme de lo que esperaba: «Soy una golfa». La segunda frase fue debajo de los pechos, midiendo bien la altura para que el top no la dejara asomar: «Merezco ser humillada». La última me costó más, porque tuve que torcerme frente al espejo para alcanzar las nalgas: «Obedezco a Dorian». Y no, no tengo la menor idea de quién es Dorian, ni si se escribe así o de otra manera. Solo sé que hoy me tocaba caminar con su nombre marcado en la piel, en el lugar más escondido.
Me gustaría decir que después de eso me vestí, pero no fue tan simple. Escribir aquellas palabras, leerlas en voz baja sobre mi propio cuerpo, ya me había dejado húmeda. Así que el reto empezó antes de salir: tuve que tumbarme en la cama, abrir las piernas y acariciarme.
Moví los dedos despacio al principio, después más rápido, pensando en que tendría que contarles este momento exacto, en que estaría exponiéndolo ante ustedes hasta el último detalle. Justo cuando el calor empezaba a concentrarse, me obligué a parar. Tomé el tanga y lo pasé entre los pliegues para secarme, todavía temblando de ganas.
Recién entonces me vestí. El pantalón se ajustaba a cada curva y la sensación de no tener nada debajo me hacía sentir medio desnuda en mi propia habitación. Guardé el tanga ya manchado en el bolsillo, doblado con cuidado para que no se notara el bulto. Frente al espejo, el contorno del sexo y la curva de las nalgas se marcaban con descaro. Era una sensación extrañísima: normalmente me preocupo de que no se transparente la ropa interior, y ahora simplemente no había ropa interior que ocultar.
***
Camino a la facultad, mi cabeza no dejaba de hacerse la misma pregunta. ¿Se daría cuenta alguien? Lo más evidente era la falta de sujetador, y me aterraba que se hiciera obvio en cuanto me excitara. Antes de entrar al aula noté que ya estaba empapada otra vez, así que pasé por el baño, me bajé el pantalón hasta medio muslo y me froté el clítoris apenas unos segundos, lo justo para subir todavía más el nivel sin permitirme nada más.
No me entretuve. No quería llegar tarde y delatar lo que estaba haciendo. Me sequé con el tanga, lo volví a guardar y salí con la cara encendida. Saber que llevaba esa prenda húmeda en el bolsillo, contra la tela del pantalón, me ponía nerviosa y me excitaba en partes iguales.
La primera clase se me hizo eterna. Estaba inquieta en la silla, cruzando y descruzando las piernas, sintiendo la costura del pantalón presionar justo donde no debía. Cada vez que cambiaba de postura, la tela rozaba mi piel desnuda y un escalofrío me subía por la espalda. Juraría que más de una mirada se posó donde no debía, y cada una de esas miradas era una pequeña confirmación de lo que estaba haciendo. Cuando terminó, volvía a estar mojada, y esta vez sí tenía tiempo de cumplir la parte completa del reto.
Fui hasta los baños del fondo, nerviosa por lo que iba a hacer. Entré en el último cubículo, comprobé dos veces que la puerta quedara bien trabada y me senté en la taza. Me bajé el pantalón hasta los tobillos y ahí, con la frase «Soy una golfa» mirándome desde el muslo, empecé a acariciarme.
Pensé en las otras dos frases que llevaba ocultas y me levanté el top para dejar visible la del pecho. No hacía falta, eso no formaba parte del reto, pero, como decía justo debajo de mis tetas, merezco ser humillada. Esa línea me recordó que, aunque estuviera sola entre cuatro paredes de azulejo, miles de personas me estarían imaginando y juzgando al leer esto. La idea me prendió fuego.
Me metí dos dedos sin dejar de jugar con el clítoris. Escuchaba el chapoteo constante en el silencio del baño y eso me daba más vergüenza y más ganas a la vez. Estaba a un suspiro del orgasmo cuando me detuve en seco. Me quedé un momento furiosa conmigo misma, por obedecer la voluntad de alguien que ni siquiera conozco antes que la mía propia. Pero no seguí. Tomé el tanga, me sequé y subí el pantalón.
Al acomodarme el top descubrí que los pezones, ahora durísimos, se marcaban de forma escandalosa contra la tela. Sentí el impulso de cerrar el abrigo y cubrirme. No lo hice.
***
De vuelta en clase notaba cómo algunas miradas bajaban hacia mi pecho e intentaban disimular sin lograrlo del todo. Yo estaba más caliente que nunca, incapaz de concentrarme en una sola palabra del profesor. No paraba de pensar en que acababa de tocarme en los baños de la universidad, en las frases que llevaba marcadas en el cuerpo, en el tanga empapado de mis propios flujos guardado en el bolsillo.
Tuve que repetir el ritual un par de veces más a lo largo de la mañana. Cada vez igual: encerrarme, acariciarme hasta el borde, frenar justo antes de caer, secarme con la prenda ya inservible para cualquier otra cosa, y volver al aula con la cara roja y los pezones tensos. En más de una ocasión entró alguien mientras yo estaba dentro del cubículo. Entonces seguía tocándome más despacio, conteniendo el aliento, cuidando que no se oyera el ruido húmedo de mis dedos. Esa amenaza de ser descubierta me llevaba todavía más cerca del límite que prohibí cruzar.
Cuando por fin terminó la última hora, salí del edificio aliviada. Había superado la parte más difícil del reto: pasar la mañana entera sin permitirme terminar. Pero todavía faltaba el cierre, y era consciente de que el peor trago lo había dejado para el final.
***
Llegué a casa con las piernas temblando de necesidad y subí directo a mi habitación. Releí las instrucciones para la humillación final. Debía bajarme el pantalón, ponerme el tanga sobre la cabeza y masturbarme hasta correrme, imaginando que me lo estaban metiendo por detrás. Una manera de terminar evidentemente diseñada para degradarme. Pero, por suerte, nadie iba a verme ni a juzgarme en esa pose, ¿verdad?
Lo cierto es que no me sentía así.
Me sentía expuesta ante todos ustedes. Es verdad que no me están viendo directamente, pero saben exactamente lo que estoy haciendo, y también lo que estoy pensando mientras lo hago. Esa certeza pesaba más que cualquier mirada.
Con eso en la cabeza, me bajé el pantalón, me arrodillé frente a la cama y me coloqué sobre el pelo el tanga lleno de mis flujos, esa prenda que no había usado en toda la mañana más que para limpiarme entre piernas.
Bajé dos dedos al clítoris mientras apoyaba la otra mano en el colchón. Empecé a imaginar que alguien me penetraba por detrás, lento, sin prisa, marcando un ritmo que yo no controlaba. Me imaginé cómo debía verse aquella escena desde fuera: el pantalón a media pierna, el tanga sucio sobre la cabeza como una corona ridícula, frases degradantes repartidas por la piel y yo moviendo las caderas hacia atrás como si de verdad me la estuvieran metiendo.
No tardé en correrme. Después de toda una mañana al borde, el orgasmo llegó casi de inmediato, largo y violento, dejándome con la frente contra la cama y la respiración rota. Me sentí sucia, expuesta, humillada, excitada y, sobre todo, extrañamente realizada.
Me quedé un rato así, recuperando el aire, con las frases todavía marcadas y el nombre de ese tal Dorian latiéndome en la piel. Por supuesto, pueden seguir enviándome retos, relatos, críticas o cualquier cosa que se les ocurra. Estoy aquí para ustedes. Espero que disfruten de su juguete tanto como disfruté yo de obedecer.