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Relatos Ardientes

Bajé por agua y ella seguía sola en el vestíbulo

4.3 (50)

Había salido de Sevilla a las seis de la tarde convencido de que llegaría antes de medianoche. El tráfico en la autovía, una hora perdida a la salida de Madrid y dos paradas de gasolinera convirtieron ese cálculo en una fantasía. Cuando las luces del hotel aparecieron junto a la salida de Tordesillas, llevaba más de ocho horas al volante, cuatro cafés en el cuerpo y las piernas sin sensibilidad desde los muslos.

Era un buen hotel para estar en medio de la nada. Jardín iluminado con tiras de luz tenue colocadas con criterio, fachada moderna con cristal y piedra, y en el interior, mármol beige y alguna escultura de bronce que nadie había pedido pero que daba al vestíbulo un aire de dignidad accidental. El recepcionista tenía esa eficiencia discreta de quien lleva toda la noche despierto y no le apetece perder el tiempo con conversaciones. Me dio la llave del 212 en menos de dos minutos.

La habitación era amplia y silenciosa. Cama de dos metros, iluminación regulable, escritorio que nadie usaría nunca. Me quité los zapatos de un puntapié, me quedé en camiseta y calzoncillos y me tumbé. Cogí el móvil, leí cuatro titulares sin retener ninguno, abrí mi aplicación de citas por inercia más que por esperanza, eché un vistazo rápido y la cerré. Nada que mereciera el esfuerzo. El sueño no llegaba. Los cafés seguían haciendo su trabajo con una puntualidad irritante.

A la una y cuarto decidí que quedarme mirando el techo no tenía ningún sentido. Me puse los vaqueros, una camiseta, cogí la llave y bajé a por agua.

***

En el vestíbulo, junto a la pequeña cafetera de cortesía del rincón, había una mujer.

Tendría unos treinta años. Rubia, teñida pero bien teñida, con vaqueros de lycra oscuros que le marcaban bien las caderas y un jersey de punto gris claro, de esos con pelillo suave que parece que van a darte calor solo con mirarlos. Llevaba los tacones todavía puestos a esa hora, marrones con un estampado de leopardo casi imperceptible en la punta. El maquillaje seguía intacto, lo que significaba que no había tenido tiempo de subir a deshacerlo o que había decidido no hacerlo. Sujetaba la taza de café con las dos manos y los dedos en la punta para no quemarse. Cuando entré levantó la vista y me miró con unos ojos muy oscuros que no eran ni fríos ni especialmente cálidos: eran atentos.

El recepcionista me entregó una botella de agua sin que se la pidiera. Me senté en el sillón más cercano a ella, porque eran los únicos sillones del rincón, y la saludé.

—Buenas noches —dije.

—Buenas —respondió, y volvió a llevarse la taza a los labios.

Debía notárseme la cafeína en la cara, porque enseguida me preguntó si venía de lejos. Le conté lo del viaje: la salida de Sevilla, las horas de autovía, el cálculo de tiempo que se había ido al garete. Ella era de la ciudad. Había pasado la tarde en una sala del hotel con varias compañeras, preparando un juicio para el día siguiente. Las demás ya habían subido. Ella había decidido quedarse un momento más, sola, para ordenarse un poco las ideas antes de intentar dormir.

—Si te molesto, me voy sin problema —dije.

—No molestas. A veces viene bien cambiar de conversación.

Nos presentamos. Ella se llamaba Silvia. Seguimos así durante un buen rato, con esa charla sin contenido que sirve más para ocupar el silencio que para decir nada de verdad. Yo buscaba temas y ella respondía con facilidad, sin que nada pareciera molestarle. La miraba cada vez más. El jersey se ajustaba al cuerpo de una manera que hacía difícil mirar otra cosa. Tenía esa figura que no encaja en ninguna talla estándar y que resulta mucho más interesante que cualquier medida exacta: caderas generosas, cintura marcada, una presencia física que llenaba el rincón del vestíbulo sin esfuerzo.

En algún momento saqué la llave de la habitación del bolsillo trasero porque me estaba clavando y la dejé sobre la mesita que teníamos delante.

—Creo que tenemos habitaciones cercanas —dijo ella, mirando el número—. Yo estoy en el 217.

—Y yo en el 212. Podían habernos dado la misma por error.

—Son errores difíciles de cometer —respondió. Y sonrió despacio, como si la sonrisa necesitara un segundo para decidirse.

Seguimos hablando. En un momento de pausa, sin pensarlo, hice un comentario sobre su jersey: que si tanta textura no le daba picor. En cuanto lo dije supe que era lo más estúpido que podía haber dicho. Pero ella bajó la vista, se pasó la mano abierta por el pecho, por los costados, hasta la cintura, con una lentitud que no tenía nada de casual.

—Es muy suave —dijo, y levantó la vista hacia mí—. Es tarde ya.

—Sí.

Nos levantamos al mismo tiempo.

***

En el ascensor el aire olía a su perfume. Me coloqué a su izquierda y cerré los ojos un segundo. Le pregunté si era de Lancôme.

—Sí, ¿cómo lo sabes?

—¿Podría ser La vie est belle?

Giró la cabeza hacia mí con una expresión que mezclaba sorpresa y algo que podría haber sido diversión.

—¿Cómo lo adivinaste?

—Lo tengo muy grabado. Y no podía ser otro en alguien como tú.

Me miró. Esta vez la sonrisa no desapareció tan rápido.

***

En el pasillo, caminaba delante de mí. Los tacones hundían levemente en la moqueta y ella avanzaba despacio, sin ninguna prisa, con esa cadencia de quien sabe que la están mirando y ha decidido no impedirlo. Las caderas se balanceaban con una soltura que no era estudiada, era simplemente la manera en que andaba. Cada paso marcaba el ritmo de algo que todavía no había pasado. Pasé delante del 212 y seguí caminando a su lado hasta llegar a la altura del 217.

—Silvia, tengo té e infusiones en la habitación. Si quieres un último sorbo antes de dormir.

Se detuvo. Desplazó el peso del bolso hacia la mano, miró el número de mi puerta con la misma calma con la que lo miraba todo.

—¿A sí? —dijo.

—Pasa, lo verás. —Abrí la puerta y le hice un gesto para que entrara.

Entró.

***

Cerré la puerta. Cuando me giré estaba a menos de un metro, mirándome. No lo pensé: me acerqué, la rodeé por la cintura y la besé. Mal. Con demasiada lengua, demasiada urgencia, apretándola contra la pared como si el tiempo fuera a acabarse en cualquier momento. Ella se separó.

—Como sigas así te quedas con las ganas —dijo. Sin gritar, sin enfadarse. Con la misma calma con la que había estado hablando toda la noche. Sus ojos oscuros eran de todo menos indecisos.

La solté.

—Tienes razón. Perdona.

—¿Sabes besar?

No era del todo una pregunta. Se acercó, me rodeó el cuello con los brazos y me besó despacio. Los labios primero, suaves, un roce sin presión. Luego la lengua, apenas, asomándose y retirándose, tentativa. Sentí su aliento. El perfume desde esa distancia era diferente, más cálido, mezclado con algo que no venía de ningún frasco. Devolví las manos a su cintura, esta vez con cuidado, notando la textura del jersey bajo las palmas, la curva de su espalda.

Ella se separó un centímetro.

—¿No te gusta más así, Andrés? —dijo.

Evidentemente sí.

***

Le desabroché el pantalón y lo dejé caer. Levanté el jersey por encima de su cabeza. Llevaba un sujetador de encaje en color crema y su piel morena hacía con él un contraste tan preciso que me detuve un momento solo para mirarlo. Le besé el cuello, la clavícula, el borde del sujetador mientras le acariciaba la espalda con las puntas de los dedos. Ella arqueó la cadera hacia mí y apoyó la nuca en la pared.

Nos movimos hacia la cama sin apresurarnos. Nos desnudamos en el borde, el uno al otro, sin la torpeza urgente de los primeros segundos. Su cuerpo era generoso en todos los sentidos: caderas anchas, vientre suave, pechos que llenaban más que cualquier expectativa. Le acaricié el costado, la parte interior del muslo. Ella cogió mi mano y la llevó a donde quería, sin pedir perdón por hacerlo.

Se puso encima. Se acomodó despacio, con las manos apoyadas en mi pecho, buscando el ángulo. Cuando lo encontró se quedó quieta un instante con los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Luego empezó a moverse.

No hacia arriba y hacia abajo, sino hacia delante y hacia atrás, con las caderas, un balanceo lento y continuo que concentraba el roce en un punto muy concreto. Sabía exactamente lo que buscaba y sabía cómo encontrarlo. Yo puse las manos en su cintura y la dejé hacer. Sus jadeos eran cortos e irregulares, y cada vez que se acercaba a algún sitio apretaba los dedos contra mi pecho y cerraba los ojos con más fuerza.

Lo hizo tres veces. Tres veces noté las contracciones breves, el espasmo, la humedad caliente acumulándose. Cada vez paraba un momento, respiraba despacio, y retomaba el ritmo sin decir nada, con toda la concentración del mundo. Yo me preguntaba cómo era posible no haberme corrido ya.

Después se inclinó hacia delante, apoyó el pecho sobre el mío y me besó despacio en la boca.

—Ven —dijo.

Se puso a cuatro patas al borde de la cama con la cabeza apoyada en la almohada. Me coloqué detrás. La penetré despacio pero ella empujó hacia atrás antes de que terminara el movimiento, como si quisiera dejar claro quién llevaba el ritmo incluso en esa postura.

Me agarré a sus caderas y el ritmo fue mío: más rápido, más profundo, con ese ruido que llena el silencio de las habitaciones de hotel como no lo llena ningún otro sonido. Ella gemía sin contenerse, con la cara hundida en la almohada, y acompasaba el movimiento de las caderas al mío en cada embestida. La rodeé por la cintura con un brazo y tiré de ella hacia mí. Aguanté todo lo que pude, que no fue todo lo que hubiera querido.

Cuando acabé caí a su lado. El tipo de agotamiento que no tiene nada que ver con las horas de carretera.

***

No hubo té. No hubo más conversación. Nos quedamos dormidos en algún momento, con las luces encendidas y el edredón a medias.

Me despertó su beso en la mejilla. Ya estaba completamente vestida: el jersey puesto, los tacones, el bolso colgado al hombro. El maquillaje rehecho como si nada hubiera pasado.

—Me voy. Mucha suerte con el viaje al norte, Andrés.

—Y a ti con el juicio.

Sonrió. Cerró la puerta con cuidado, como quien no quiere despertar al resto del pasillo. Me quedé tumbado escuchando el sonido de sus tacones alejándose por la moqueta hasta que desaparecieron en algún punto y el silencio volvió a ser completo.

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4.3 (50)

Comentarios (9)

viajero77

Que manera de arrancar... me enganche desde la primera linea. Sigue asi!

SilencioNocturno

Me recordo a una vez en un hotel en Rosario, esas noches que no buscas nada y de repente aparece todo jajaja. Muy bueno.

NocheDeMilán

El vestibulo a las 3am tiene su propia magia, y vos lo captaste perfecto. Espero la continuacion!!

Carlos_BsAs

excelente!!! mas por favor

Nocturna44

Me gusto mucho como lo contaste, sin apuros. Se siente real. Enhorabuena.

pasajero_curioso

Y esa sonrisa que dice sin decir nada... tremendo detalle. Se hizo corto, queremos mas :)

MiriamBCN

Un relato que se lee de un tiron, muy bien narrado. La tension del principio te atrapa enseguida.

Partenon

Bueno, resulta que la cafeina tiene sus beneficios no? jajaja. Con ganas de leer como sigue esto.

Marisela_ok

Esperando ansiosamente la segunda parte. Saludos!

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