Bajé por agua y ella seguía sola en el vestíbulo
Había salido de Sevilla a las seis de la tarde convencido de que llegaría antes de medianoche. El tráfico en la autovía, una hora perdida a la salida de Madrid y dos paradas de gasolinera convirtieron ese cálculo en una fantasía. Cuando las luces del hotel aparecieron junto a la salida de Tordesillas, llevaba más de ocho horas al volante, cuatro cafés en el cuerpo y las piernas sin sensibilidad desde los muslos.
Era un buen hotel para estar en medio de la nada. Jardín iluminado con tiras de luz tenue colocadas con criterio, fachada moderna con cristal y piedra, y en el interior, mármol beige y alguna escultura de bronce que nadie había pedido pero que daba al vestíbulo un aire de dignidad accidental. El recepcionista tenía esa eficiencia discreta de quien lleva toda la noche despierto y no le apetece perder el tiempo con conversaciones. Me dio la llave del 212 en menos de dos minutos.
La habitación era amplia y silenciosa. Cama de dos metros, iluminación regulable, escritorio que nadie usaría nunca. Me quité los zapatos de un puntapié, me quedé en camiseta y calzoncillos y me tumbé. Cogí el móvil, leí cuatro titulares sin retener ninguno, abrí mi aplicación de citas por inercia más que por esperanza, eché un vistazo rápido y la cerré. Nada que mereciera el esfuerzo. El sueño no llegaba. Los cafés seguían haciendo su trabajo con una puntualidad irritante.
A la una y cuarto decidí que quedarme mirando el techo no tenía ningún sentido. Me puse los vaqueros, una camiseta, cogí la llave y bajé a por agua.
***
En el vestíbulo, junto a la pequeña cafetera de cortesía del rincón, había una mujer.
Tendría unos treinta años. Rubia, teñida pero bien teñida, con vaqueros de lycra oscuros que le marcaban bien las caderas y un jersey de punto gris claro, de esos con pelillo suave que parece que van a darte calor solo con mirarlos. Llevaba los tacones todavía puestos a esa hora, marrones con un estampado de leopardo casi imperceptible en la punta. El maquillaje seguía intacto, lo que significaba que no había tenido tiempo de subir a deshacerlo o que había decidido no hacerlo. Sujetaba la taza de café con las dos manos y los dedos en la punta para no quemarse. Cuando entré levantó la vista y me miró con unos ojos muy oscuros que no eran ni fríos ni especialmente cálidos: eran atentos.
El recepcionista me entregó una botella de agua sin que se la pidiera. Me senté en el sillón más cercano a ella, porque eran los únicos sillones del rincón, y la saludé.
—Buenas noches —dije.
—Buenas —respondió, y volvió a llevarse la taza a los labios.
Debía notárseme la cafeína en la cara, porque enseguida me preguntó si venía de lejos. Le conté lo del viaje: la salida de Sevilla, las horas de autovía, el cálculo de tiempo que se había ido al garete. Ella era de la ciudad. Había pasado la tarde en una sala del hotel con varias compañeras, preparando un juicio para el día siguiente. Las demás ya habían subido. Ella había decidido quedarse un momento más, sola, para ordenarse un poco las ideas antes de intentar dormir.
—Si te molesto, me voy sin problema —dije.
—No molestas. A veces viene bien cambiar de conversación.
Nos presentamos. Ella se llamaba Silvia. Seguimos así durante un buen rato, con esa charla sin contenido que sirve más para ocupar el silencio que para decir nada de verdad. Yo buscaba temas y ella respondía con facilidad, sin que nada pareciera molestarle. La miraba cada vez más. El jersey se ajustaba al cuerpo de una manera que hacía difícil mirar otra cosa. Tenía esa figura que no encaja en ninguna talla estándar y que resulta mucho más interesante que cualquier medida exacta: caderas generosas, cintura marcada, unas tetas que tensaban el punto de la lana cada vez que respiraba hondo, una presencia física que llenaba el rincón del vestíbulo sin esfuerzo.
En algún momento saqué la llave de la habitación del bolsillo trasero porque me estaba clavando y la dejé sobre la mesita que teníamos delante.
—Creo que tenemos habitaciones cercanas —dijo ella, mirando el número—. Yo estoy en el 217.
—Y yo en el 212. Podían habernos dado la misma por error.
—Son errores difíciles de cometer —respondió. Y sonrió despacio, como si la sonrisa necesitara un segundo para decidirse.
Seguimos hablando. En un momento de pausa, sin pensarlo, hice un comentario sobre su jersey: que si tanta textura no le daba picor. En cuanto lo dije supe que era lo más estúpido que podía haber dicho. Pero ella bajó la vista, se pasó la mano abierta por el pecho, deteniéndose un segundo de más sobre el bulto de un pezón que se marcaba claro contra la lana, y siguió bajando por los costados hasta la cintura, con una lentitud que no tenía nada de casual.
—Es muy suave —dijo, y levantó la vista hacia mí—. Es tarde ya.
—Sí.
Nos levantamos al mismo tiempo.
***
En el ascensor el aire olía a su perfume. Me coloqué a su izquierda y cerré los ojos un segundo. Le pregunté si era de Lancôme.
—Sí, ¿cómo lo sabes?
—¿Podría ser La vie est belle?
Giró la cabeza hacia mí con una expresión que mezclaba sorpresa y algo que podría haber sido diversión.
—¿Cómo lo adivinaste?
—Lo tengo muy grabado. Y no podía ser otro en alguien como tú.
Me miró. Esta vez la sonrisa no desapareció tan rápido. Bajó la vista una décima al bulto que se me marcaba en los vaqueros, volvió a subirla a mis ojos y no dijo nada. No hacía falta.
***
En el pasillo, caminaba delante de mí. Los tacones se hundían levemente en la moqueta y ella avanzaba despacio, sin ninguna prisa, con esa cadencia de quien sabe que la están mirando el culo y ha decidido no impedirlo. Las caderas se balanceaban con una soltura que no era estudiada, era simplemente la manera en que andaba. Cada paso marcaba el ritmo de algo que todavía no había pasado. La lycra le dibujaba las dos nalgas redondas, separadas por una línea que el movimiento iba subrayando con cada paso, y yo notaba la polla cada vez más dura apretada dentro del vaquero. Pasé delante del 212 y seguí caminando a su lado hasta llegar a la altura del 217.
—Silvia, tengo té e infusiones en la habitación. Si quieres un último sorbo antes de dormir.
Se detuvo. Desplazó el peso del bolso hacia la mano, miró el número de mi puerta con la misma calma con la que lo miraba todo.
—¿A sí? —dijo.
—Pasa, lo verás. —Abrí la puerta y le hice un gesto para que entrara.
Entró.
***
Cerré la puerta. Cuando me giré estaba a menos de un metro, mirándome. No lo pensé: me acerqué, la rodeé por la cintura y la besé. Mal. Con demasiada lengua, demasiada urgencia, apretándola contra la pared como si el tiempo fuera a acabarse en cualquier momento. Ella se separó.
—Como sigas así te quedas con las ganas —dijo. Sin gritar, sin enfadarse. Con la misma calma con la que había estado hablando toda la noche. Sus ojos oscuros eran de todo menos indecisos.
La solté.
—Tienes razón. Perdona.
—¿Sabes besar?
No era del todo una pregunta. Se acercó, me rodeó el cuello con los brazos y me besó despacio. Los labios primero, suaves, un roce sin presión. Luego la lengua, apenas, asomándose y retirándose, tentativa. Sentí su aliento. El perfume desde esa distancia era diferente, más cálido, mezclado con algo que no venía de ningún frasco. Devolví las manos a su cintura, esta vez con cuidado, notando la textura del jersey bajo las palmas, la curva de su espalda.
Ella se separó un centímetro.
—¿No te gusta más así, Andrés? —dijo.
Evidentemente sí. Y por encima del jersey notaba ya cómo se le clavaban los pezones contra mi pecho, duros, marcados, pidiendo que les hiciera caso.
***
Le desabroché el pantalón y se lo bajé hasta los tobillos. Llevaba unas bragas de encaje a juego con el sujetador que entreví cuando le levanté el jersey por encima de la cabeza. La piel morena hacía con la lencería color crema un contraste tan preciso que me detuve un momento solo para mirarla, en tacones y ropa interior contra la pared de mi habitación de hotel. Le besé el cuello, la clavícula, el borde del sujetador mientras le acariciaba la espalda con las puntas de los dedos. Ella arqueó la cadera hacia mí, restregó el pubis contra el bulto de mi vaquero y apoyó la nuca en la pared.
—Joder —murmuró—. Llevo desde el café notándotela.
—Y yo a ti las tetas marcadas en el jersey desde que te has pasado la mano por encima.
—Pues sácamelas.
Le quité el sujetador, deslizándolo por sus brazos despacio, y me quedé un segundo clavado mirando sus tetas: grandes, pesadas, caídas con ese peso natural de los pechos que llenan la mano entera, los pezones oscuros y ya endurecidos al aire, apuntando hacia arriba. Las cogí con las dos manos, primero despacio, sopesándolas, luego apretando con más ganas, hundiendo los dedos en la carne mientras le pellizcaba los pezones entre el pulgar y el índice. Se le tensó el abdomen y soltó un gemido bajo, ronco, de pura calentura. Me agaché y le chupé un pezón entero, me lo metí en la boca, lo lamí con la lengua plana y luego con la punta hasta que se le erizó toda la areola. Cuando le mordisqueé el otro, soltó aire por la nariz y me empujó la cabeza con una mano, exigiendo más, no menos.
—Más fuerte. Muérdelas.
Le hice caso. Le pasé la lengua de una a otra, mamando con ganas, mordiendo los pezones lo justo para que se le doblaran las rodillas. Una mano se me fue sola al encaje de la braga. Por encima de la tela ya la notaba caliente y empapada. Cuando metí dos dedos por debajo y los hundí entre los labios mojados de su coño, soltó un quejido largo y se abrió de piernas todo lo que pudo con los vaqueros aún en los tobillos.
—Estás chorreando —le dije, sacando los dedos brillantes y enseñándoselos—. Mira cómo te has puesto en el ascensor.
—Pues a ver si haces algo con eso.
La dejé apoyada en la pared, terminé de bajarle los vaqueros y las bragas, y me arrodillé delante de ella. Le subí una pierna apoyándole el tacón en mi hombro, me acerqué la cara a su coño afeitado y se lo abrí con los pulgares. Tenía el clítoris hinchado, asomado entre los labios brillantes, y olía a perfume mezclado con su olor de hembra cachonda. Le pasé la lengua entera desde abajo hasta arriba, despacio, y noté cómo la cabeza se le iba hacia atrás contra la pared.
—Ah, joder…
Le chupé el coño sin prisa, lamiéndoselo entero, recogiendo todo lo que tenía para darme. Luego me concentré en el clítoris, lo encerré entre los labios y empecé a chuparlo con un ritmo regular, mientras le metía dos dedos hasta el fondo y se los movía dentro, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que le hiciera apretar el muslo contra mi cara. Lo encontré pronto. Ella empezó a empujar la cadera hacia mi boca, agarrándome del pelo, follándose mi cara sin ninguna vergüenza.
—Sigue ahí, sigue ahí, no pares, así, así, joder…
Se corrió contra mi lengua con un temblor que le sacudió entera el muslo apoyado en mi hombro. Sentí cómo el coño se le contraía alrededor de mis dedos, apretando, soltando un chorro tibio de flujo que me bajó hasta la barbilla. La aguanté así un momento mientras seguía gimiendo bajito, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta.
Cuando la solté, ella se incorporó, me cogió de la barbilla y me lamió ella misma los restos de la cara, despacio, mirándome a los ojos. Luego me besó. Su propio sabor en mi boca pareció ponerla todavía más.
—Ahora tú —dijo.
Me empujó al borde de la cama y me sentó. Me desabrochó el vaquero, me bajó los calzoncillos hasta las rodillas y se quedó un segundo mirándome la polla, ya completamente dura, palpitando contra el vientre. Se relamió. Se arrodilló entre mis piernas, sin importarle la moqueta áspera, me la cogió por la base con una mano y me dio un primer lametón largo desde los huevos hasta la punta.
—Qué buena la tienes —murmuró—. Calladito y con esto guardado.
Me la metió entera de golpe. La sentí entrar en su garganta hasta donde podía, los labios apretados contra el tronco, la lengua moviéndose en la base. Salió con un sonido húmedo, escupió un poco encima para tenerla bien resbaladiza y empezó a mamármela en serio: subiendo y bajando, ahuecando los carrillos, mirándome a los ojos cada vez que llegaba arriba. La rubia disciplinada del bar había desaparecido. La que tenía entre las piernas era una zorra con la boca llena, manejando mi polla como si llevara años entrenando exactamente para eso.
—Así, joder, así —murmuré, agarrándole el pelo y juntándoselo en una coleta improvisada con la mano.
Bajó a los huevos, los lamió uno por uno, se los metió en la boca, los chupó despacio. Volvió arriba. Me la sacó de la boca y me la masturbó contra los labios, restregándose la punta por la mejilla, por la barbilla, por las tetas. Cuando vio que estaba a punto de empezar a saltar sola, paró. Sabía perfectamente lo que hacía.
—Aquí no te corres —dijo—. Te corres dentro.
***
Nos terminamos de desnudar en el borde, el uno al otro, sin la torpeza urgente de los primeros segundos. Su cuerpo era generoso en todos los sentidos: caderas anchas, vientre suave, tetas que llenaban más que cualquier expectativa y se balanceaban sueltas cada vez que se movía. Le acaricié el costado, la parte interior del muslo. Ella cogió mi mano y la llevó otra vez a su coño, sin pedir perdón por hacerlo.
—No quiero esperar más. Túmbate.
Me empujó de espaldas sobre el colchón. Se subió encima a horcajadas. Se acomodó despacio, cogió mi polla con la mano y se la pasó por los labios del coño un par de veces, embadurnándosela, embadurnándose, antes de empezar a abrirse sobre mí con una confianza feroz. La sentí bajar centímetro a centímetro, apretándome, el coño caliente y elástico tragándome entero hasta que tuvo el culo sentado contra mis muslos. Apoyó las manos en mi pecho, cerró los ojos, dejó la boca entreabierta. Se quedó quieta un instante, ajustándose, sintiéndome.
—Qué bien me la metes —dijo.
—Móntala.
Y empezó a moverse.
No hacia arriba y hacia abajo, sino hacia delante y hacia atrás, con las caderas, un balanceo lento y continuo que concentraba el roce del clítoris contra mi pubis en un punto muy concreto. Sabía exactamente lo que buscaba y sabía cómo encontrarlo. Yo le puse las manos en la cintura y la dejé hacer, mientras le miraba las tetas balancearse pesadas justo encima de mi cara. Subí las manos y se las cogí enteras, apretándoselas, jugando con los pezones, y ella aceleró el balanceo. Sus jadeos eran cortos e irregulares, y cada vez que se acercaba a algún sitio apretaba los dedos contra mi pecho y cerraba los ojos con más fuerza.
—Voy, voy, voy…
—Córrete encima.
Se corrió. Noté las contracciones del coño apretándome la polla en oleadas, el espasmo, un chorro más caliente de flujo bajando por mis huevos. No paró. Respiró tres veces, apretó los dientes y siguió moviéndose con la misma cadencia, buscando el segundo. Cuando llegó, le tembló todo el cuerpo encima de mí: el vientre, los muslos, las tetas balanceándose descontroladas mientras se mordía el labio para no gritar. Y volvió a empezar.
Lo hizo tres veces. Tres orgasmos seguidos, uno detrás de otro, sin levantarse de encima, sin cambiar de postura. Cada vez paraba un instante mínimo, respiraba despacio y retomaba el ritmo sin decir nada, con toda la concentración del mundo, mientras yo le apretaba el culo con las dos manos y le clavaba los dedos en las nalgas para mantenerla bien sentada encima de mí. Yo me preguntaba cómo era posible no haberme corrido ya. La cama estaba empapada debajo de los dos. Su coño me chorreaba por los muslos.
Después se inclinó hacia delante, completamente derretida, apoyó las tetas sobre mi pecho y me besó despacio en la boca, jadeando todavía. Bajé una mano entre nosotros, la deslicé por su vientre hasta encontrarla empapada, resbaladiza, abierta, y le metí dos dedos sin sacarla la polla. Ella soltó un gemido más abierto, más sucio, mientras los movía dentro junto con la polla y la seguía besando con la lengua.
—Hijo de puta —jadeó—, no me dejes ya, ya no puedo más así, fóllame en serio.
—¿Cómo quieres?
—A cuatro patas. Y fuerte.
***
Se bajó de encima con un sonido húmedo cuando me saqué, y se puso a cuatro patas al borde de la cama con la cabeza apoyada en la almohada y el culo levantado en pompa. Las nalgas redondas y morenas, separadas, el coño abierto y rojo de tanto correrse, brillando, y un poco más arriba el agujero del culo apretado y limpio. Me arrodillé detrás un segundo, le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua entera desde el clítoris hasta el ojo del culo, despacio, lamiéndoselo todo. Pegó un grito ahogado contra la almohada.
—Joder, qué hijo de puta…
—Es para que no se te olvide.
Me coloqué detrás de pie en el suelo. La cogí de las caderas y empecé a meter la polla despacio, disfrutando de cómo se le abría el coño otra vez, centímetro a centímetro. Pero ella empujó hacia atrás antes de que terminara el movimiento y se la tragó entera de golpe, como si quisiera dejar claro quién llevaba el ritmo incluso en esa postura.
—He dicho fuerte.
Me agarré con las dos manos a sus caderas y el ritmo fue mío: más rápido, más profundo, con ese ruido seco de las caderas contra las nalgas que llena el silencio de las habitaciones de hotel como no lo llena ningún otro sonido. Ella gemía sin contenerse, con la cara hundida en la almohada, gimiendo cada vez más fuerte, soltando palabrotas amortiguadas contra la tela. La rodeé por la cintura con un brazo y tiré de ella hacia mí. Mis huevos golpeaban contra su clítoris en cada embestida. Su coño me apretaba con una humedad caliente que me volvía loco, los muslos enteros empapados.
—Más, más, más fuerte, fóllame, así, más adentro…
Le separé las nalgas con la mano y miré cómo me la tragaba entera, brillante, mi polla entrando y saliendo manchada de su corrida, mientras le pasaba el pulgar mojado por el ojo del culo y se lo masajeaba con cada embestida. Eso la encendió todavía más. Empezó a empujar el culo hacia atrás chocando contra mis caderas, a buscarme ella, a montársela del revés. La follé más fuerte, hasta oírla decir mi nombre con la voz rota mezclado con una sarta de "fóllame, hijo de puta, fóllame, así, llename".
—Me corro —jadeé—. Te corres tú primero o me corro dentro.
—Adentro, dentro, suéltalo todo dentro, lléname.
Tres embestidas más, hasta el fondo. Me vine dentro con un temblor brusco que me dejó vacío y caliente a la vez, soltando chorro tras chorro de semen en su coño, agarrado a sus caderas para no caerme. Ella sintió la primera corrida caliente latiendo dentro y se corrió otra vez, la cuarta, gimiendo contra la almohada, exprimiéndome con las contracciones del coño hasta sacarme la última gota. Siguió moviéndose un par de golpes más, despacio, con la cara aplastada contra la cama y el culo todavía empinado, exprimiéndome hasta el final. Luego se quedó quieta, respirando hondo, con la espalda arqueada y los muslos abiertos mientras yo me la sacaba despacio y el semen le quedaba dentro y chorreaba despacio por la cara interna de los muslos, mezclado con su propio flujo, formando un hilo brillante hasta la rodilla.
Pasé un dedo por ese hilo y se lo subí otra vez al coño, empujándolo hacia adentro. Ella soltó una risa cansada contra la almohada.
—Estás obsesionado.
—Eres tú la obsesión.
Cuando acabé caí a su lado. El tipo de agotamiento que no tiene nada que ver con las horas de carretera.
***
No hubo té. No hubo más conversación. Nos quedamos dormidos en algún momento, con las luces encendidas y el edredón a medias, ella desnuda boca abajo con el culo todavía marcado por mis dedos y un rastro brillante secándose entre los muslos.
Me despertó su beso en la mejilla. Ya estaba completamente vestida: el jersey puesto, los tacones, el bolso colgado al hombro. El maquillaje rehecho como si nada hubiera pasado. Solo una marca rosada en el cuello, casi tapada por el cuello del jersey, delataba la noche.
—Me voy. Mucha suerte con el viaje al norte, Andrés.
—Y a ti con el juicio.
Sonrió. Cerró la puerta con cuidado, como quien no quiere despertar al resto del pasillo. Me quedé tumbado escuchando el sonido de sus tacones alejándose por la moqueta hasta que desaparecieron en algún punto y el silencio volvió a ser completo.

