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Relatos Ardientes

El regalo de cumpleaños que nunca debí ver

4.6(50)

Esto pasó hace casi veinte años, pero lo recuerdo con una claridad que todavía me sorprende. Era el cumpleaños número 60 de mi padre. La celebración oficial estaba programada para el fin de semana siguiente, con toda la familia reunida, pero él cumplía el martes y ese día salí antes del trabajo, así que se me ocurrió pasarme a darle un abrazo sin avisarle.

Me había dicho que esa tarde iba a tener una reunión tranquila con unos amigos de siempre. Nada especial, algo informal. Dejé el auto a una cuadra de distancia para no hacer ruido con el motor y caminé hasta la casa por la vereda de tierra.

Lo primero que me extrañó fue que todo estuviera a oscuras. Las persianas cerradas, la luz del porche apagada, el silencio de la calle sin ningún auto conocido estacionado cerca. Nada que ver con una reunión de amigos. Me detuve un momento frente a la puerta y escuché. Silencio total.

Empujé la puerta. No tenía seguro. Entré despacio.

***

En la cocina encontré las señales de que algo había pasado ahí poco antes. Tres botellas de vino tinto sobre la mesada, dos ya vacías y una apenas comenzada. Varios vasos con restos de lápiz labial oscuro en el borde. Una caja de pastillas sin abrir del todo que no me detuve a leer. Pasé de largo y seguí por el pasillo.

La casa era de planta baja, así que los sonidos viajaban sin obstáculos. Mientras caminaba hacia los cuartos, empecé a oír algo que al principio no pude identificar: voces muy bajas, casi susurros, y después una risa femenina que llegaba del fondo. No era la risa de alguien que habla por teléfono. Era una risa íntima, compartida, de personas que están cómodas en la oscuridad.

El primer instinto fue pensar que habían entrado a robar. Que algo andaba mal. Seguí caminando.

La puerta del dormitorio principal estaba entornada. Había luz adentro, cálida, como de una lámpara pequeña en el rincón. Me acerqué despacio y me asomé por la rendija.

Tardé varios segundos en procesar lo que estaba viendo.

***

Mi padre estaba de pie al costado de la cama, con el teléfono en la mano y una sonrisa que nunca le había conocido. A sus 60 años mantenía un físico que yo nunca me había detenido a observar: espaldas anchas, sin panza, los brazos que se notaban trabajados. Llevaba una bata blanca completamente abierta y sostenía el teléfono a la altura del pecho, como quien encuadra una foto. Entre las piernas, ya duro, la verga se le movía pesada cada vez que cambiaba el peso de un pie a otro. Era gruesa, levantada contra el vientre, con las venas marcadas y la punta colorada y húmeda. Me costó asociar esa polla con el hombre que yo tenía registrado como mi padre.

A sus pies, de espaldas a la puerta, dos mujeres en lencería oscura posaban sobre el colchón. Una era Mirta, mi madrastra. La reconocí por el pelo castaño, por la forma de los hombros, por ese perfume suyo que yo conocía desde hacía años. La otra tenía el pelo recogido con descuido y una figura que la ropa mínima que llevaba dejaba completamente al descubierto: caderas anchas, una espalda bien formada, las piernas ligeramente separadas en una pose que no era casual. El encaje negro de la bombacha se le hundía entre las nalgas y dejaba ver, en el medio, una mancha brillante que se había formado de adelante hacia atrás.

Las dos reían. Era una risa cómplice, de personas que saben exactamente en qué están y se sienten cómodas ahí.

Mi padre bajó el teléfono. Dijo algo en voz baja que no alcancé a escuchar. Y las dos se pusieron de pie.

***

La mujer que no conocía giró la cara en ese momento y la reconocí de golpe. Era Inés, la prima de Mirta. La había visto en dos o tres reuniones familiares, siempre vestida de manera discreta, siempre correcta y distante. Tenía unos años más que Mirta, superaba los 55 con comodidad, y esa noche llevaba encaje negro que dejaba claro que no había llegado ahí de improviso. El corpiño le levantaba unas tetas grandes y blancas, separadas en el medio por una cadena fina de oro, y los pezones se le marcaban contra la tela como dos puntas duras pidiendo que las soltaran.

Me quedé inmóvil en el pasillo, con una mano apoyada en la pared fría.

Las dos rodearon a mi padre sin que nadie tuviera que dar ninguna indicación. Mirta le pasó las manos por los hombros desde atrás, le mordió la base del cuello y bajó una mano por el vientre hasta agarrarle la polla. Se la apretó despacio, midiéndole el grosor, y empezó a moverle el puño de arriba hacia abajo con una calma que no admitía dudas. Inés se colocó de frente a él y le apoyó las palmas en el pecho, moviéndolas despacio hacia abajo, hasta que llegó a la mano de Mirta. Le sumó la suya. Las dos manos se alternaban en la verga de mi padre, una arriba y otra abajo, cubriéndosela entera, haciéndole gotear la punta sobre los nudillos. Vi cómo las manos de las dos se movían con una calma que hablaba de que no era la primera vez que estaban así. Mi padre cerró los ojos un momento y la bata cayó al suelo.

—Mirá cómo te tiene la pija parada —le murmuró Inés, sonriendo, mientras le pasaba el pulgar por encima del glande—. Como un pendejo de veinte.

—Esperá, prima, esperá —dijo Mirta, riéndose contra el hombro de él—. No te la termines vos sola.

***

Debería haberme ido en ese momento. La lógica me lo pedía con claridad: dar media vuelta, salir por donde había entrado, olvidar que había visto algo. Pero las piernas no me obedecieron. Me quedé pegado a la rendija, respirando lo más despacio que podía, midiendo cada inhalación.

Las dos se arrodillaron frente a él al mismo tiempo. Mirta le agarró la base de la verga con la mano y le pasó la lengua plana desde abajo hasta la punta, despacio, como si la estuviera midiendo. Cuando llegó arriba abrió la boca y se la metió entera, hasta donde le entró, y empezó a chuparla con esa entrega que yo no le habría adjudicado nunca. Las mejillas se le hundían cada vez que succionaba. La cabeza le iba y venía con un ritmo bajo, sostenido, y un hilo de saliva le bajaba por el mentón hasta caer sobre las tetas.

Inés esperó su turno sin apuro. Cuando Mirta se la sacó de la boca, brillante y palpitando, Inés se inclinó hacia el costado y le metió la lengua entre las pelotas, lamiéndoselas una por una, chupándoselas con la boca abierta. Mirta le apuntaba la polla hacia ella, sosteniéndosela, y la otra se la mamaba desde abajo, gimiendo bajito, comiéndosela como si llevara meses esperando ese momento. Después se alternaron sin decirse nada, una le ofrecía la verga a la otra, se la pasaban como si fuera un caramelo, se la metían en la boca por turnos y a veces las dos al mismo tiempo, juntando las lenguas en la punta y haciéndola brillar entera.

Mirta tenía una confianza en su cuerpo que yo nunca le había visto en ninguna cena de domingo. Inés era más decidida, más directa, con una soltura que le venía de años y de saber exactamente lo que estaba haciendo. Cuando se la tragaba hasta el fondo se le marcaba el bulto en la garganta, y se mantenía ahí varios segundos, sin arcadas, mirándolo a los ojos desde abajo.

Mi padre tenía las manos en el pelo de las dos. Los ojos cerrados. La respiración que yo le oía desde el pasillo era totalmente diferente a cualquier sonido que yo hubiera relacionado con ese hombre en toda mi vida. Gruñía bajo, en una nota sostenida, con la cabeza echada hacia atrás.

—Así, putitas —dijo de golpe, con la voz ronca—. Las dos juntas. Chúpenmela bien.

El contraste era lo que me tenía paralizado: los mismos muebles de siempre, la misma cama, la misma lámpara de madera que había estado ahí desde que yo era chico, y encima de ese colchón algo que no tenía ningún lugar en la imagen que yo tenía de mi familia.

***

En algún momento él las hizo levantarse y se sentó en el borde de la cama. Mirta se sacó la bombacha de un movimiento y la dejó caer al piso. Tenía el coño completamente afeitado y los labios hinchados, brillantes, asomando entre los muslos. Se acomodó encima de él, de frente, y se agarró la verga con la mano para acomodársela en la entrada. Bajó el peso del cuerpo despacio, gimiendo a medida que se le iba metiendo, y cuando la tuvo entera arriba soltó un quejido largo que llenó el cuarto.

—Ay, dios… qué dura la tenés hoy —dijo, apoyando las manos en los hombros de él para tomar distancia y encontrar el ritmo.

Empezó a subir y bajar despacio, con las caderas firmes, cogiéndoselo con un movimiento que mostraba años de saber qué hacer. Inés se colocó detrás de ella, también desnuda ya, con las manos en su cintura, guiando el movimiento de una manera que alargaba todo. Le mordía el hombro, le agarraba las tetas desde atrás y se las apretaba, le pellizcaba los pezones, y le susurraba cosas al oído que yo no alcanzaba a escuchar pero que la hacían reírse y acelerar.

Los gemidos de Mirta eran bajos al principio, controlados, como si estuviera calibrando algo. Cuando Inés bajó una mano y le empezó a tocar el clítoris desde atrás, mientras ella seguía empalada y moviéndose, los gemidos se le abrieron de golpe.

—Sí, prima, sí, así, ay no pares…

Mi padre tenía los ojos abiertos ahora y miraba a Mirta con una intensidad que no supe cómo clasificar: era concentración, era placer, era algo que yo nunca había visto en la cara de ese hombre y que no esperaba encontrar ahí. Le agarraba el culo con las dos manos y la ayudaba a empalarse más fuerte, levantando él las caderas para hundírsela hasta el fondo.

—Cogéme, viejo, cogéme bien —jadeaba ella, mordiéndole el labio—. Cogéme como cuando estamos solos.

El chirrido de la cama empezó a hacerse constante. El ruido de la verga entrando y saliendo del coño mojado de Mirta llegaba claro hasta donde yo estaba, mezclado con el chapoteo de los dedos de Inés trabajándole el clítoris desde atrás.

Inés se inclinó hacia adelante y le dijo algo a Mirta al oído. Las dos soltaron una risa corta. Después Inés se corrió un poco, cambió de posición, y desde el pasillo oí su voz con claridad:

—¿Siempre es así de resistente contigo?

Mirta tardó un segundo en responder, todavía en movimiento, con la verga adentro y los ojos cerrados.

—Hoy se preparó para la ocasión —dijo, soltando una risa entrecortada—. Tenemos toda la noche.

***

Esas dos frases me cayeron encima como un balde de agua fría. No por el contenido, sino por lo que implicaban. Mi padre había planeado esa noche. No era algo que había ocurrido por impulso o por accidente. Las tres personas que estaban en ese cuarto habían llegado ahí por decisión propia, con anticipación, con vino, con la caja sobre la mesada de la cocina. Estaban celebrando su cumpleaños exactamente de la manera que él había elegido.

Me quedé pensando en eso mientras seguía mirando.

La escena cambió de posición. Inés se acomodó boca arriba sobre el colchón y abrió las piernas todo lo que pudo, mostrando un coño grueso, con los labios oscuros y el clítoris hinchado asomando, ya brillante de tanto tocarse mientras miraba a Mirta. Mi padre se sacó la verga de Mirta de un tirón —yo vi cómo salió goteando, completamente ensopada— y se metió entre las piernas de Inés sin esperar nada. Se la clavó de una sola estocada, de fondo, y la prima de mi madrastra dio un grito ronco que se le rompió a la mitad.

—Ah, ah, ah… sí, despacio que me partís…

—Aguantátela toda, puta —le respondió él, agarrándola de las caderas y empezando a moverse con una energía que yo no habría esperado de un hombre de su edad si no lo estuviera viendo con mis propios ojos.

Cogía con embates largos, profundos, sacándola casi entera y volviéndosela a meter hasta el fondo, haciendo chocar las pelotas contra el culo de ella en cada golpe. Inés tenía las piernas levantadas y separadas, sostenidas por las manos de él, y las tetas le rebotaban con cada estocada.

Mirta se colocó encima de Inés, de cara a ella, sentándole el coño goteante sobre la boca. Inés abrió la lengua y se prendió de los labios de su prima sin dudarlo, chupándole los jugos, metiéndole la lengua adentro, haciéndola gemir todavía más fuerte de lo que ya estaba gimiendo por la verga. Las dos quedaron así, cada una entregada a lo suyo pero también atentas la una a la otra de una manera que hablaba de mucha confianza acumulada. Mirta se agarraba las tetas y se las apretaba mientras se restregaba el coño contra la boca de Inés, y mi padre le cogía a Inés con un ritmo brutal, mirando por encima a Mirta y agarrándole también a ella las tetas desde adelante.

El ritmo subió. La cabecera de la cama empezó a golpear contra la pared con una regularidad que llenaba todo el pasillo. Los gemidos de Inés perdían cualquier control, ahogados a veces por el coño de Mirta encima de la boca, y mi padre respondía con gruñidos cortos que yo escuchaba en la distancia como una banda sonora completamente ajena al hombre que se sentaba a mi lado en las cenas de Navidad.

—Cómanse las dos, vamos —les gruñía él, sin dejar de empujar—. Quiero ver cómo se la chupa una a la otra.

Mirta se bajó de la cara de Inés y se acomodó al costado. Se pusieron a besarse profundo, con la lengua afuera, mientras él seguía cogiéndole a Inés sin pausa. Después Mirta bajó por el cuerpo de su prima, le lamió las tetas, le pasó la lengua por el vientre y se detuvo justo donde mi padre estaba entrando y saliendo. Empezó a chuparle el clítoris a Inés mientras la verga de mi padre seguía metiéndose y saliéndose a centímetros de su cara. Mi padre se sacó la verga un momento, se la metió en la boca a Mirta —y vi cómo Mirta se la mamaba sacándole el sabor de su propia prima— y después se la volvió a meter a Inés.

Inés se vino con un grito largo, agarrándose el pelo, con las piernas temblándole, mientras los dos seguían trabajándole el cuerpo desde arriba y desde abajo.

***

La escena cambió una vez más. Mi padre giró a Inés y la reubicó boca abajo, le hizo levantar el culo, le acomodó la cara contra la almohada. Le abrió las nalgas con las dos manos, le escupió en el medio, y le volvió a meter la verga, ahora desde atrás, hasta el fondo de un solo empujón. Inés mordió la almohada y dejó escapar un quejido sordo.

—Así, así, así… —empezó él, cogiéndole duro, con los muslos chocando contra el culo de ella con un palmazo que se oía en todo el pasillo.

Mirta aprovechó el movimiento para acomodarse a su lado, de rodillas, con la cabeza inclinada hacia el pecho de mi padre. Le mordía las tetillas, le lamía el cuello, le hablaba al oído. Después bajó la mano y le acariciaba las pelotas a él mientras él seguía cogiéndole a Inés desde atrás, midiéndole el ritmo, ayudándolo a aguantar.

—Vení, papito, dásela bien a la prima —le decía—. Que se acuerde toda la semana.

Lo que siguió fue más intenso que todo lo anterior: los cuerpos chocando con un sonido seco y regular, los gemidos de Inés ahogados contra las sábanas pero saliendo igual, los de Mirta mezclándose desde abajo en una escena que tenía sus propias reglas y su propio idioma. Mi padre la agarró del pelo a Inés y le tiró la cabeza hacia atrás para entrar todavía más profundo. La carne le temblaba a Inés con cada embate, las tetas le bailaban debajo, y el coño se le veía rojo y abierto cada vez que la verga salía y volvía a entrar.

—Me vengo, me vengo, me la voy a llenar —avisó mi padre en un momento, con la voz quebrada.

—Ay sí, vení adentro, llenála entera —le respondió Mirta, mordiéndole el hombro.

Inés solamente gimió contra la almohada, asintiendo, con el culo levantado pidiendo el final. Mi padre dio cinco o seis embates más, brutales, sin medir, y al final se hundió hasta el fondo con un gruñido largo que pareció no terminar nunca. Le vi la espalda tensarse entera, las piernas temblar, el culo apretarse mientras le descargaba todo adentro. Cuando por fin la sacó, la verga goteaba y un hilo blanco le bajaba a Inés por el muslo hasta la sábana.

Mirta se inclinó sin esperar nada y le lamió la corrida que le quedaba en la punta, limpiándosela despacio, mientras Inés se daba vuelta boca arriba con las piernas todavía abiertas, mostrando el coño rebalsado, respirando hondo. Después Mirta se acomodó entre las piernas de su prima y le empezó a chupar la corrida de él que le seguía saliendo, con una naturalidad que me terminó de descolocar.

***

Sentí que si me quedaba un segundo más iba a delatarme. El corazón me latía en los oídos y la boca se me había secado por completo. Empecé a retroceder por el pasillo poniendo cada pie con cuidado, midiendo el peso en cada tabla, evitando los puntos que crujían.

Los sonidos del cuarto me cubrieron todo el camino hasta la cocina. Mirta diciéndole a Inés algo bajito que la hizo reírse. Mi padre tomando aire fuerte, recuperándose. Y después, casi enseguida, una palmada y la voz de Inés diciendo «vení para acá, gordo, que ahora me toca a mí montarte», y el ruido de la cama empezando otra vez.

Salí por la puerta principal con el mismo cuidado con el que había entrado. Cerré suavemente detrás de mí y el aire de la noche me dio en la cara. Caminé hasta el auto. Me senté al volante sin arrancar durante varios minutos, con la cabeza apoyada en el respaldo, procesando lo que acababa de ver.

Mi padre a los 60 años, más presente que nunca, celebrando su cumpleaños de la única manera que a él le parecía que valía la pena. Y yo, que había venido a darle una sorpresa, me llevaba a casa un secreto que me iba a quemar por dentro durante días.

Arranqué y me alejé sin mirar hacia atrás.

***

El fin de semana, la reunión familiar fue en casa de mi padre como estaba planeado. Llegué puntual, saludé a mis hermanos, me serví algo para beber. Todo parecía exactamente igual que siempre: él con su camisa impecable, Mirta haciendo de anfitriona en la cocina, la televisión encendida en el comedor con el volumen demasiado alto.

Me senté a la mesa y traté de no mirar a nadie de más.

A mitad del almuerzo sonó el timbre. Mirta fue a abrir y escuché su voz desde la cocina:

—¡Es mi prima! ¡Llegó de sorpresa!

Inés entró con jeans oscuros y una blusa de manga larga, el pelo suelto ahora, saludando a todo el mundo con un beso en la mejilla como si fuera cualquier domingo. Cuando llegó a mi padre, el abrazo fue breve, completamente normal para cualquiera que no supiera lo que yo sabía. Mirta, desde el otro extremo de la mesa, les lanzó una mirada que duró medio segundo y que nadie más en esa sala pudo leer.

Yo la leí perfectamente.

Me serví más agua. Clavé los ojos en el plato.

***

Ver a Inés sentada frente a mí, pidiendo que le pasaran la ensalada, comentando sobre el calor de la semana, preguntándole a mis hermanos por sus hijos, era una experiencia que no sé bien cómo calificar. Yo sabía cosas de esa mujer que ella no sabía que yo sabía. Sabía cómo sonaba cuando se venía con la verga de mi padre entrándole hasta el fondo. Sabía la forma exacta de sus tetas debajo de esa blusa de manga larga. Sabía cómo se le veía el coño abierto cuando él le terminaba adentro. Sabía la pregunta que le había hecho a Mirta en medio de esa noche del martes. Sabía que la compostura con la que estaba sentada en esa silla era exactamente la misma que la otra noche había dejado tirada en el piso junto con el encaje negro.

Comí en silencio la mayor parte del almuerzo.

Hacia el final, mi padre se puso de pie y levantó la copa.

—Gracias a todos por venir —dijo con esa voz grave de siempre—. De verdad. Este ha sido un cumpleaños que no voy a olvidar fácilmente.

Mirta e Inés intercambiaron una mirada de menos de un segundo. Se aguantaron algo que a los demás les debió parecer emoción. Alzaron las copas con entusiasmo y chocaron con todo el mundo.

Yo también alcé la mía.

—Feliz cumpleaños, papá —dije.

Él me sonrió y me dio una palmada en el hombro.

—Qué bueno que pudiste venir hoy. Te perdiste la tranquilidad del martes, pero lo importante es que estamos todos juntos.

«Tranquilidad.»

No dije nada. Me terminé el vino despacio y esperé a que alguien cambiara el tema de conversación.

***

Nunca dije nada. Ni esa tarde ni en los años que siguieron. Ese martes quedó guardado en una categoría sin nombre: demasiado íntimo para contarlo, demasiado presente para olvidarlo. Cada vez que veía a Mirta en una reunión familiar, o cuando Inés aparecía de vez en cuando por la casa, el recuerdo volvía con una claridad que el tiempo no había logrado difuminar del todo.

Mi padre cumplió muchos cumpleaños más después de ese. En cada brindis, cuando levantaba la copa y agradecía tener a la familia cerca, yo me preguntaba si alguna vez había sospechado que alguien más había estado en ese pasillo la noche del martes. Nunca dio ninguna señal de saberlo.

Y yo nunca se lo pregunté.

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4.6(50)

Comentarios(9)

rodrigo_baires

Que comienzo tan bueno, me atrapo desde la primera linea. Quede con ganas de saber que pasaba adentro!

SergioMdq

Muy bueno!!!

Valentina_K

El suspenso del inicio esta muy logrado. Se siente real, como si uno estuviera parado en esa vereda. Sigan escribiendo asi de bien!

CarlosMdp78

Me recordo a algo que me paso hace unos años jajaja. No voy a contar, pero digamos que entiendo perfectamente al protagonista

Lola_deBaires

Se hizo cortico, quiero mas por favor

Maduromorboso

Muy bien escrito. La categoria maduras siempre tiene lo suyo pero este tiene un nivel diferente, mas inteligente

NocheViva

Ese detalle de dejar el auto a una cuadra... tremendo. Le da una dimension de realidad que pocos relatos logran. Gran trabajo

Elisa77

Buenisimo!!! esperando ansiosa la segunda parte

Curiosa_99

Hay segunda parte? por favor que si jaja, ese final me dejo pensando

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