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Relatos Ardientes

Perdí el control en la sex shop y todos lo vieron

4.5(11)

Llevaba meses con el mismo vibrador desgastado que me había dejado un ex, y había llegado el momento de jubilarlo. No es que me faltara compañía —tenía pareja estable y la cosa funcionaba bien—, pero siempre me gustó mantener mi propio espacio para explorar. Ese mediodía salí sola, con tiempo libre y una idea clara: renovar el juguete.

Vivo en la capital pero soy de un pueblo del interior. La ciudad me acostumbró a muchas cosas que en mi tierra hubieran sido impensables, entre ellas entrar sin pestañear a una tienda erótica en plena tarde de semana. Había un pasaje comercial por la zona céntrica con varios locales del tipo, discretos por fuera, sorprendentes por dentro. Entré al segundo que encontré.

Era pequeño pero bien surtido. Vitrinas con todo tipo de artículos, iluminación cálida anaranjada, música suave que amortiguaba cualquier conversación incómoda. Detrás del mostrador había una chica de unos veinticinco años, morena, con el pelo atado en un rodete y un escote que claramente formaba parte de la estrategia comercial del local.

—Bienvenida —dijo sin levantar la vista del teléfono—. Avísame si necesitas algo.

Me moví por los estantes con calma, mirando lubricantes, estimulantes, accesorios de silicona. Ella se acercó sin que yo la llamara, como si hubiera detectado que estaba evaluando en serio y no solo curioseando.

—¿Buscas algo en particular?

—Un vibrador —dije—. El mío ya no da más.

Sonrió. Se presentó como Camila y empezó a mostrarme modelos con la naturalidad de quien explica las funciones de un electrodoméstico. Mientras señalaba uno de los expositores, giró para alcanzar algo de un estante alto y fue entonces que lo vi: debajo del pantalón de lycra semitransparente, asomaba la base circular y brillante de un tapón anal.

No pude disimular.

—¿Estás usando…? —empecé.

Ella no se inmutó.

—Sí —dijo, volviendo a encarar—. No me molesta que lo hayas notado. Lo tengo metido en el culo desde que abrí a las diez de la mañana. Al principio se siente enorme, después el cuerpo se acostumbra y solo queda el recordatorio, ¿sabés?, esa sensación de estar llena que no se va.

—¿No te incomoda trabajar así?

—Al contrario —respondió, y en su tono no había provocación, sino algo peor: una honestidad completamente tranquila—. Me ayuda a estar presente en lo que vendo. Cada vez que me agacho o me estiro, el plug se mueve dentro de mí y me acuerdo de por qué estoy acá. Termino el turno con el coño empapado y las bragas para tirar.

Eso fue suficiente para que algo en mi cuerpo empezara a moverse sin pedirme permiso. Sentí el latido caliente entre las piernas, la humedad brotando contra la tela de la ropa interior, los pezones endureciéndose bajo el corpiño.

Seguimos mirando vibradores. Camila me preguntó qué tipo de estimulación prefería —interna, externa o combinada— y yo respondí con más detalle del que hubiera dado en cualquier otra circunstancia. Le hablé de mi punto G, de que necesito curvatura, de que me gustan gruesos porque las pollas finas nunca me hicieron correr. El ambiente del local, el tapón en sus caderas cuando se movía, la naturalidad con que hablaba de todo eso: era demasiado morbo acumulado en un espacio muy pequeño.

Elegí un modelo de silicona color crema, realista, con función vibratoria incorporada. Era exactamente lo que tenía en mente cuando salí de casa: grueso en la base, con las venas marcadas, un glande hinchado que prometía llenarme sin misericordia. Mientras lo sostenía, se me ocurrió una pregunta que me pareció ridícula en el momento en que la formulé.

—¿Hay algún lugar donde pueda probarlo? Antes de irme, digo.

Camila me miró un segundo.

—No tenemos probador. Pero si quieres privacidad, puedo mover algunas cajas. Lo he hecho antes.

No sé qué esperaba que contestara. No eso.

***

Reorganizó el fondo del local en cinco minutos: dos cajas de cartón apiladas a un lado, un expositor con ruedas corrido hacia la otra pared, y una cortina de tela oscura que ya colgaba de una barra en el techo. No era perfecto, pero funcionaba. Desde la entrada no se veía nada.

—Toma —me dijo, entregándome el vibrador sin embalaje—. Tienes tiempo. Y toma esto también —agregó, poniéndome en la palma un sobrecito de lubricante—. Aunque supongo que con lo mojada que estás no vas a necesitarlo.

Me sonrojé porque tenía razón. Me metí detrás de la improvisada pared con el corazón acelerado. Me agaché para que no me vieran si alguien asomaba desde fuera, me quité los jeans y la ropa interior —que ya estaba irremediablemente empapada, un hilo pegajoso se estiró del elástico a mi coño cuando bajé la tela— y me senté en el suelo. El frío del piso contra las nalgas desnudas tuvo el efecto contrario al esperado: en lugar de calmarme, me hizo más consciente de cada centímetro de mi cuerpo, del vello húmedo del pubis, de los labios hinchados que se abrían solos, del clítoris latiendo como un segundo corazón.

Miré hacia donde estaba Camila. Ella me miraba de vuelta, apoyada contra el mostrador con los brazos cruzados, la vista clavada entre mis muslos abiertos.

—Si quieres puedes mirar —dije, casi sin pensar.

Asintió con la cabeza y se acercó despacio. Se sentó a un metro de mí, en silencio, con la expresión de alguien que presta atención de verdad.

Abrí las piernas del todo y empecé.

Al principio fui lenta, tanteando la superficie del vibrador contra mí sin introducirlo todavía. Pasé la punta por los labios exteriores, luego por los internos, luego di vueltas alrededor del clítoris apretando apenas. La cabeza del juguete se resbaló entre mis pliegues con la facilidad de algo que estaba destinado a entrar. La textura era exactamente lo que buscaba: firme pero con algo de flexibilidad, lo suficientemente realista para no sentirse artificial. Camila no decía nada. Solo miraba con esa calma suya que era, por sí sola, más excitante que cualquier cosa que hubiera podido hacer. Vi que se pasaba la lengua por el labio inferior sin darse cuenta.

Lo empujé despacio contra la entrada, apretando apenas hasta que el glande cedió y se metió dentro. Después bajé la cadera y dejé que la gravedad hiciera el resto. El vibrador entró entero de una sola vez, hundiéndose hasta la base, y solté un gemido ronco que no supe contener.

La sensación fue inmediata e intensa. Había pasado más tiempo del que quería admitir desde la última vez que algo así había estado dentro de mí de esa manera, y el contraste fue tan brusco que tuve que morderme el labio para no hacer más ruido. Sentí las paredes del coño estirarse alrededor de la silicona, palpitar, aferrarse. Me apoyé en la caja que tenía detrás y dejé que el cuerpo se ajustara. Empecé a moverlo, sacándolo casi hasta la punta y volviéndolo a meter hasta el fondo, escuchando el ruido húmedo obsceno que hacía mi coño con cada embestida.

Entonces sentí los dedos de Camila en el extremo del juguete, buscando el botón de encendido.

Lo activó.

La vibración me atravesó entera. No es exageración: fue literal, desde los huesos de la cadera hasta las puntas de los dedos. El motor rugía dentro de mí golpeando el punto G en cada pulso. Apoyé la cabeza hacia atrás y solté el aire de golpe, con un gemido largo que se escapó entre los dientes apretados.

—Así —susurró Camila—, seguí, no pares. Metételo hasta el fondo, quiero verte correrte.

Empujé más fuerte, más rápido, follándome yo misma con el vibrador nuevo mientras ella me miraba a treinta centímetros de la cara. El primer orgasmo llegó antes de que yo lo esperara. Soy de las que mojan mucho —siempre lo fui y nunca me pareció algo de lo que disculparme— y esa vez fue más de lo habitual: sentí un chorro tibio salir disparado alrededor del juguete, empapándome los muslos, cayendo al suelo con un sonido claramente audible. Sentí el frío del piso húmedo bajo el culo y no me importó en absoluto.

—Joder —murmuró Camila—, sí que mojás, sí.

Levanté la camiseta y el corpiño de un tirón y empecé a tocarme las tetas. Los pezones los tengo muy sensibles incluso en circunstancias normales; en ese estado, con el vibrador todavía zumbando dentro de mí, era casi imposible no hacerlo. Los pellizqué, los estiré, los rodé entre los dedos hasta que quedaron duros como piedras. Camila observaba sin intervenir, y esa pasividad suya, esa mirada sin apuro, me excitaba más que cualquier participación activa hubiera podido.

Fue entonces que noté la cámara.

Estaba en el ángulo del techo, apuntando directamente al rincón donde yo estaba. No me había dado cuenta antes porque estaba completamente fuera del contexto habitual en que uno registra ese tipo de detalles.

—La cámara —dije, señalando hacia arriba, sin dejar de mover el vibrador.

—Graba —respondió Camila sin pestañear—, pero el acceso es solo mío. Nadie más lo tiene. Después la miro sola en casa, con la mano metida entre las piernas.

No sé si era verdad. En ese momento no me importó.

Se acercó, se arrodilló al lado y empezó a mamarme un pezón. Despacio, con la lengua, sin apurarse, como si tuviera toda la tarde. Chupaba, tiraba, mordía apenas, después soplaba aire caliente sobre la piel húmeda. Su mano libre bajó hasta mi coño y sus dedos se apoyaron sobre el clítoris, haciendo círculos precisos alrededor del capuchón hinchado mientras el vibrador seguía entrando y saliendo. Tuve el segundo orgasmo antes de que cambiara de lado, empapándole los dedos y la muñeca. Ella se los llevó a la boca sin dejar de mirarme y los chupó uno por uno.

—Rica —dijo—. Sabía que ibas a ser rica.

***

Cambié de posición: me puse en cuatro, con los codos apoyados en el suelo, el culo bien alto y el vibrador todavía funcionando dentro. El ángulo cambió todo. La cabeza de silicona golpeaba ahora un punto distinto, más profundo, y cada empuje me arrancaba una descarga que me subía por la columna. Cerré los ojos y me concentré únicamente en esa sensación, en la ola caliente que se armaba de nuevo en el fondo del vientre.

Camila ya no estaba a mi lado.

La escuché hablar con alguien al otro lado de las cajas. Una voz masculina, luego otra, luego una femenina. Risas, comentarios en voz baja, el sonido de alguien hojeando un catálogo. Clientes.

Me quedé quieta con el vibrador enterrado hasta la base, vibrando, latiendo dentro de mí como una segunda pulsación.

Nadie me ve. La caja está ahí. No me ven.

Pero el simple hecho de que pudieran verme, de que esa posibilidad existiera aunque fuera remota, fue suficiente para que algo en mí se encendiera de una manera completamente diferente. Volví a mover el juguete despacio, sin hacer ruido, apretando los dientes para no gemir, escuchando la conversación del otro lado y sintiendo cómo el coño se me contraía alrededor de la silicona cada vez que uno de ellos decía algo.

Eran dos chicos y una chica, buscando artículos para una reunión. Bromeaban entre ellos con la comodidad de gente que se conoce hace años. Camila les mostraba productos, les explicaba diferencias entre modelos, y la conversación era completamente normal para el contexto.

Y yo ahí, a tres metros, en cuatro patas, con el culo desnudo al aire y un vibrador encendido metido hasta el fondo del coño empapado.

Bajé una mano hasta el clítoris y empecé a frotarme mientras seguía moviendo el juguete con la otra. La combinación era brutal. Sentí que se me escapaba un gemido bajo y me mordí el brazo para ahogarlo.

No sé si fue un movimiento involuntario o si en algún nivel lo decidí sin admitírmelo. La caja se desplazó. No mucho, solo unos centímetros, pero los suficientes.

El silencio del otro lado fue instantáneo.

Levanté la vista. Los tres estaban mirándome. La chica le apretó el brazo al chico que tenía al lado, con la boca entreabierta. Los dos chicos no decían nada, pero uno se llevó la mano a la entrepierna y se apretó el bulto por encima del pantalón. Camila, detrás de ellos, esbozó una sonrisa que no era de sorpresa.

Me quedé exactamente como estaba.

No me tapé. No cerré las piernas. No saqué el vibrador. Al contrario: lo empujé despacio, hasta el fondo, y lo saqué también despacio, dejando que vieran cómo entraba y salía brillante de mis jugos, cómo el coño se aferraba a la silicona con cada movimiento. Mi cuerpo seguía respondiendo como si nada hubiera cambiado en el exterior, porque nada había cambiado en lo que importaba.

—Es una demostración —dijo Camila con una tranquilidad desconcertante—. Si quieren acercarse, solo para mirar. No se toca. Salvo que ella diga otra cosa.

La chica fue la única que se movió.

Se arrodilló frente a mí despacio, como evaluando la situación antes de comprometerse con ella. Luego extendió una mano y me apretó un pezón con la presión exacta. No dijo nada. Se acercó más, bajó la cara y me lo chupó, tirando con los labios, mordiéndolo apenas. La otra mano me la deslizó por debajo, hasta el clítoris, y empezó a frotar en pequeños círculos rápidos que se sincronizaron con el vibrador. Yo tampoco dije nada, pero se me escapó un gruñido ronco desde el fondo de la garganta.

Detrás de ella, los dos chicos se habían abierto los pantalones y se habían sacado la polla. La tenían las dos duras, apuntando al techo, y se las agarraban con la mano derecha moviéndolas despacio. Uno era más grueso, colorado, con las venas marcadas; el otro más largo y fino, con el glande brillante ya de líquido preseminal. No apartaban los ojos de mí.

Camila se acercó desde un costado, le pasó un brazo a la chica por los hombros y la besó en el cuello. La otra mano la tenía detrás de la espalda, y cuando la sacó sostenía otro vibrador: más grande, mucho más grueso, de silicona oscura casi negra, con nervaduras a lo largo de todo el fuste.

Me miró.

—¿Sí? ¿Aguantás uno más grande?

Asentí.

Me sacó el mío del coño con un ruido húmedo, se lo llevó a la boca y lo chupó entero, mirándome. Después lo apoyó en el suelo. Untó el nuevo con una capa gruesa de lubricante brillante, aunque ya lo mío chorreaba solo por los muslos, y lo apoyó contra la entrada.

Empujó.

El estiramiento fue una línea fina entre dolor y placer que me hizo abrir la boca sin sacar sonido. Sentí cómo cada nervadura del juguete iba abriéndose paso, cómo mi coño cedía milímetro a milímetro, cómo el aire se me escapaba en un jadeo largo que ya no intenté contener. Cuando entró del todo, Camila lo dejó ahí un segundo, quieto, para que mi cuerpo se acostumbrara. Después empezó a follarme con él, con embestidas largas y firmes, mientras la chica seguía mamándome el pezón y frotándome el clítoris con dos dedos.

Lo que siguió fue distinto de todo lo anterior, no en términos de más o de menos, sino en términos de diferente: el tamaño cambiaba el ángulo, la presión, la manera en que mi cuerpo procesaba cada movimiento. Cada empuje me arrancaba un gemido nuevo, cada nervadura del vibrador raspaba contra el punto G como si estuviera diseñada para eso. Perdí el hilo de todo lo demás. El techo, las cajas, la música de fondo, los chicos que estaban ahí de pie masturbándose delante mío. Todo se convirtió en ruido lejano.

—Corrida —murmuró Camila contra mi oído—, corrida, dale, mojanos a todos.

El orgasmo que tuve no fue como los anteriores. Fue algo que empezó en el centro del cuerpo y se expandió en oleadas que no terminaban. Las piernas me temblaban sin control. Sentí un chorro caliente escapar alrededor del juguete y salpicar el suelo, la mano de Camila, los muslos de la chica que seguía prendida a mi pezón. Grité, ya sin importarme quién escuchara.

Los chicos se acercaron casi al mismo tiempo, con las pollas en la mano, y terminaron sobre mí sin que yo interviniera de ninguna manera activa. El más grueso se corrió primero, un chorro espeso que me cayó en las tetas y en el cuello. El otro le siguió a los pocos segundos, apuntando más abajo, salpicándome la panza y los muslos, mezclándose con mis propios flujos que seguían chorreando. Sentí el semen tibio bajar por la piel, escurrirse hasta el pubis, y ese calor extraño de estar cubierta por dos hombres que no conocía fue lo último que registré con claridad. Esa pasividad también fue parte de todo.

Después, nada.

***

Cuando volví en mí, estaba cubierta con una tela suave, el suelo limpio a mi alrededor y la tienda en silencio. Solo Camila, sentada en un cajón cercano, ordenando productos con una parsimonia que resultaba desconcertante después de todo lo que había pasado.

—Diez minutos —dijo cuando me vio abrir los ojos—. No más.

Me vestí sin hablar, todavía un poco desorientada, sintiendo el coño hinchado y latiendo debajo de los jeans, la piel pegajosa donde no había llegado el trapo. El vibrador estaba sobre una estantería cercana, embolsado y sellado como si fuera nuevo.

Cuando estaba por salir, Camila se acercó y me puso un papel doblado en la mano. Una dirección y una hora escritas con letra cuidada.

—Fue más de lo esperado —dijo—. El sábado hay una reunión. Creo que vas a querer estar.

Salí a la calle con el sol de mediodía pegándome en la cara y el papel apretado en el puño.

Todavía no sé si voy a ir.

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4.5(11)

Comentarios(8)

vanesa

jajaja la vendedora y su 'nadie te va a ver'... clasico!! Me rei y me emocione a la vez, muy bueno

Rocko

Muy bien narrado, la tension que se va armando es perfecta. Sigue escribiendo!!

CarlitosR

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi la cosa jaja. Quiero saber que paso con los tres desconocidos

DiegoSR92

excelente!!! uno de los mejores que lei ultimamente

Marce_BA

Me encanto como lo contaste, se siente muy real y la situacion esta muy bien descripta sin ser burda. Seguí así!

NocheSolitaria22

la garantia de privacidad de la vendedora jajaja, tremendo el giro. Muy entretenido

TomasLector

Y los desconocidos al final se fueron o se quedaron? quiero saber mas. Muy buen relato, felicitaciones

LectorNocturno

Empece a leerlo sin muchas expectativas y no pude parar hasta el final. La narracion es muy fluida y engancha desde el primer parrafo. Esperando el proximo!

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