Perdí tres apuestas del Mundial con mi mejor amigo
La tarde del Mundial empezó como cualquier otra entre Mateo y yo: cervezas frías, una bandeja de nachos chorreando queso amarillo y la tele del salón a todo volumen. Llevábamos años repitiendo este ritual, desde el colegio. Solteros los dos, fanáticos del fútbol, siempre en bandos opuestos. Yo con Argentina, él con cualquier rival que jugara en contra. Esa tarde tocaba Argentina contra Arabia Saudita, y yo me había levantado convencida de que iba a ser una goleada.
—¿Estás hablando en serio? ¿De verdad crees que Arabia le puede ganar a la Selección? —me reí, casi escupiendo el trago.
—Claro que sí —respondió Mateo con esa sonrisa torcida de cuando estaba seguro de algo.
—Ay, qué valiente —me burlé alzando el vaso.
Estábamos en su departamento, un dúplex pequeño en pleno centro, tan desordenado como su cabeza. Cuatro horas de cervezas y ron con cola nos tenían a los dos más sueltos de la cuenta. Mateo me servía sin parar, los hielos sonando contra el vidrio.
—Te apuesto lo que quieras —insistió—. Arabia gana.
—¿Lo que quiera? —repetí, alzando una ceja—. Bien. Si gana Argentina, me invitas cinco días seguidos de almuerzos. Los más caros.
Se rio.
—¿Y si pierdes?
—Imposible —dije—. Pero dale, suéltalo. ¿Qué quieres?
Se quedó callado un segundo, mirándome fijo. Después sonrió de costado.
—Una mamada.
Casi me atraganté con el vaso.
—¿Qué mierda dijiste?
—Una mamada. Completa. Hasta el final.
Lo miré esperando que soltara la carcajada y dijera que era broma. No lo hizo.
—Estás loco —le dije, riendo nerviosa—. Eres mi amigo, idiota. No me prendes ni un poco.
—Por eso es apuesta —respondió tranquilo—. Tú estás cien por ciento segura. Si pierdes, cumples. Sin excusas.
Pensé un segundo. Argentina estaba para ganar diez a cero. No había forma.
—Trato hecho —dije chocando mi vaso contra el suyo—. Prepárate para pagar una semana entera.
Seguimos tomando, gritando cada jugada, cada falta, cada córner. Pero el partido se torció rápido. Argentina abrió el marcador con un penal y yo sonreí con soberbia, pero Arabia empató en el segundo tiempo y, antes de que terminara mi vaso, metió el segundo. Resultado final: dos a uno. Me quedé congelada mirando la pantalla. Mateo gritaba como un niño en su cumpleaños, saltando en el sillón.
—Perdiste, Camila —dijo con una sonrisa triunfal—. Y la apuesta era clara.
Me hundí en el sillón, todavía procesando. No estaba enojada con él. Estaba molesta conmigo misma. Odiaba perder. Y odiaba más todavía quedar mal.
—Bien —dije al fin, mirándolo fijo—. Cumplo. Pero solo porque perdí. No porque me caliente, ¿queda claro?
Mateo se puso serio de golpe.
—No tienes que hacerlo si no quieres. Era medio en broma…
—No —lo corté—. Una apuesta es una apuesta. Pero lo hago a mi manera. Y termino lo que empiezo.
Me levanté, fui hacia él, le hice un gesto con la mano para que se acomodara mejor. Se sacó la camiseta de un tirón, después el short y el bóxer. Y ahí estaba.
Mierda. Está mucho más dotado de lo que imaginaba.
Grueso, marcado, ya brillante en la punta. Nunca me había fijado, nunca me había hecho falta. Éramos amigos. Punto.
Me arrodillé entre sus piernas, el suelo frío contra mis rodillas. Él se acomodó contra el respaldo, los brazos abiertos sobre el sillón, sin decir nada, solo mirándome.
Respiré hondo. No lo deseaba. No me atraía. Pero perdí. Y yo no soy de las que se echan atrás.
Lo agarré con la mano derecha. Estaba ardiendo. La piel se estiraba sobre venas que latían bajo mis dedos. Pesaba más de lo que esperaba. Subí y bajé una vez, solo para sentir la textura. Una gota brillante ya se asomaba en la punta. Lo miré a los ojos: pura desafiante, sin sonrisa. Acerqué la boca despacio, un soplo de aire caliente primero. Después la lengua, plana, desde la base hasta la punta en un lamido lento. El sabor me golpeó: salado, intenso, masculino. Volví a lamer, presionando más, dejando un rastro brillante de saliva.
Bajé y me llené la boca con uno de sus testículos. La piel arrugada y caliente cedió contra mi lengua. Lo succioné suave, mientras la otra mano subía por la base del tronco. Mateo soltó un gemido grave, un sonido que no esperaba escucharle nunca.
Volví a subir. Abrí la boca y me lo metí entero. Lo succioné con fuerza, los labios apretados como un anillo, la lengua girando contra el frenillo. Bajé despacio, centímetro a centímetro, hasta que la punta me rozó la garganta. Cuando llegué al fondo, me detuve. La nariz contra su piel, el olor llenándome los pulmones. Contraje la garganta una, dos, tres veces. La saliva chorreaba por mi mentón. Empecé a moverme con un ritmo profundo, implacable. Cada bajada llegaba hasta el fondo. Cada subida soltaba un sonido húmedo que me daba más vergüenza que excitación.
Lo miré todo el tiempo. Los ojos clavados en los suyos. Mi cuerpo me traicionaba: sentía la humedad entre las piernas como un secreto sucio. Me negaba a tocarme. Esto era por orgullo. Por la apuesta. Nada más.
Mateo empezó a temblar, la mano enredada en mi pelo, sin empujar, solo sosteniéndose.
—Camila… ya… ya no aguanto…
No me aparté. Bajé hasta el fondo una última vez. El primer chorro me golpeó directo en la garganta como un latigazo caliente. Tragué por instinto, el sabor inundándome la boca. El segundo, el tercero, perdí la cuenta. Seguí succionando, ordeñando hasta la última gota. Lo limpié con la lengua en círculos lentos, sintiendo cómo se ablandaba dentro de mi boca.
Lo saqué despacio. Me limpié con el dorso de la mano.
—Cumplí —dije con voz ronca—. Apuesta saldada.
Mateo estaba desplomado, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón. Intentó decir algo, pero solo le salió un «joder, Camila…» entrecortado.
Me levanté con las piernas medio temblorosas, fui al baño, me enjuagué la boca con agua fría. El sabor seguía ahí, persistente. Cuando volví, él ya tenía el bóxer puesto y me miraba como si me viera por primera vez.
—No digas nada —lo corté—. Somos amigos. Fue por la apuesta. Punto final.
Se quedó callado. Después sonrió tímido.
—Creo que igual te ganaste los almuerzos.
Sonreí de costado, todavía sintiendo el regusto en la boca, el calor en la garganta, la humedad traicionera entre las piernas.
—Te la vas a gastar entera, créeme.
***
El siguiente partido era Alemania contra Japón. El aire en el departamento era denso, cargado de un silencio que ninguno quería romper. Yo todavía tenía el sabor pegado al paladar, la garganta levemente irritada y entre las piernas una humedad que me negaba a reconocer.
Mateo me miró de reojo cambiando de canal.
—¿Revancha? Alemania contra Japón.
El orgullo me dolió como un puñetazo. Dos derrotas el mismo día, no. No iba a permitirlo.
—Alemania los pasa por arriba —solté, cruzándome de brazos—. Japón es sorpresa, nada más.
Mateo sonrió de costado, esa sonrisa que ya empezaba a ponerme nerviosa.
—Otra apuesta entonces.
—Súbela —dije, confiada en que la rabia me iba a dar suerte—. Si Alemania pierde, te doy lo que quieras. Lo que sea.
Se quedó callado un segundo. Después se inclinó hacia mí, la voz baja.
—Tu culo, Camila. Anal. Completo.
El aire se me cortó.
—¿Qué carajos?
—Anal. Si Japón gana, te tomo por atrás. Sin excusas.
Sentí el calor subiéndome por el cuello. Vergüenza, incredulidad, algo que no quería nombrar. Yo nunca lo había hecho por atrás. Mis ex me lo habían pedido, pero siempre dije que no. Sé que tengo buen culo, redondo y firme, gracias a la genética y al gimnasio. Dolor, miedo, tabú. Todo se me agolpó en la cabeza.
—No jodas. Eso es… mucho.
—Tú quisiste subir la apuesta —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Estás segura de Alemania o no?
El orgullo me quemó por dentro. No iba a echarme atrás. No después de lo de hace un rato.
—Trato hecho —dije, mirándolo fijo—. Cuando Alemania gane, vas a pagar almuerzos un mes entero. Y te callas la boca sobre lo de antes.
Chocamos los vasos. Empezó el partido.
Fue otro desastre. Japón remontó en el segundo tiempo. Goles en el setenta y cinco, en el ochenta y tres. Alemania nunca reaccionó. Pitazo final: dos a uno, otra vez para el equipo que yo no había elegido.
El silencio en el departamento se podía cortar con un cuchillo. Yo seguía hundida en el sillón, las piernas temblando, el orgullo hecho añicos. Dos derrotas seguidas. Dos apuestas perdidas. Y la segunda era la que de verdad me dolía en la boca del estómago.
Mateo apagó la tele con el control. El clic resonó como un disparo.
—Perdiste otra vez —dijo bajo, sin triunfalismo, solo constatándolo.
Me levanté, di tres pasos, me di vuelta y lo miré con los ojos encendidos.
—Mierda, qué mala suerte… —mascullé entre dientes—. Pero una apuesta es una apuesta. Hazlo. Pero hazlo bien. No quiero que me rompas.
Mateo se levantó despacio. Me tomó de la muñeca, firme pero sin lastimar, y me llevó hasta la alfombra gruesa frente al sillón. La lana era suave bajo mis rodillas cuando me arrodillé. Me indicó con un gesto que apoyara los antebrazos en el asiento. Obedecí. Falda arriba, ropa interior al costado, culo en alto, expuesta. El aire fresco me erizó la piel de la nuca y los brazos. Temblaba. No solo de nervios.
Mateo se arrodilló detrás. Sus manos calientes se posaron en mis nalgas, abriéndome despacio. Sentí el aliento antes que la lengua. Primero un roce suave, después la punta húmeda trazando círculos lentos. Lamía con movimientos largos, deliberados, presionando la lengua plana contra el pliegue, después la punta insistente, intentando abrirme. Cada lamida me subía una corriente eléctrica por la espalda. Gemí bajo, ahogada contra el almohadón.
Después los dedos. Primero uno, lubricado con saliva y un gel frío que sacó de la mesita. El frío inicial me hizo contraerme. Entró despacio, solo la primera falange, girando suave dentro de mí. Sentí cada centímetro de invasión: el ardor que quemaba como fuego lento, la presión extraña que se expandía hacia adentro, las paredes cediendo poco a poco. Otro dedo. Más saliva caliente goteando. El sonido era obsceno: succiones húmedas, mis jadeos cortados, el chapoteo cuando movía los dedos.
—Respira hondo. Relájate —susurró.
Cuando me tuvo lo suficientemente abierta, se posicionó. La cabeza presionó contra mi entrada. Empujó despacio. El dolor fue inmediato, agudo, como si me partieran en dos. Grité fuerte, las uñas clavadas en la tela del sillón.
—Para… duele mucho… —sollocé, lágrimas calientes corriéndome por las mejillas.
—No te muevas. Empuja hacia afuera, como si… ya sabes —dijo, sin avanzar más, solo sosteniendo la presión.
Lo hice. La cabeza entró con un golpe sordo que sentí en todo el cuerpo. El anillo se estiró al límite. Cada vena marcada contra mis paredes. Las lágrimas corrían libres ahora, mezcladas con el sudor que me empapaba la frente. Siguió entrando centímetro a centímetro, lento, implacable. La sensación era abrumadora: ardor intenso, presión en el vientre, plenitud al borde de romperme. Cuando sus caderas tocaron mis nalgas, se quedó quieto. Todo adentro. Palpitando.
Respiré entrecortado. El dolor seguía ahí, pero debajo empezaba a crecer otra cosa: un calor profundo, un roce interno que me hacía jadear. Mateo empezó a moverse. Salidas lentas que dejaban un vacío ardiente, entradas suaves que me llenaban otra vez. Cada roce quemaba al principio, pero el dolor se mezclaba poco a poco con placer. Sus testículos golpeaban contra mi clítoris con cada embestida, mandándome chispas que me recorrían entera.
Aumentó el ritmo. Más profundo. Más fuerte. Las manos en mis caderas, tirándome hacia atrás contra él. El sonido era salvaje: piel contra piel, mis gemidos convertidos en gritos roncos, sus gruñidos bajos. El dolor seguía presente, pero el placer lo tapaba. Mi clítoris rozaba contra la tela áspera con cada empujón.
—Mierda… duele… pero no pares… —sollocé.
No paró. Me embestía con intensidad ahora, las caderas chocando contra mis nalgas. El primer orgasmo llegó como un latigazo. Brutal. Inesperado. Todo el cuerpo se me tensó, contrayéndome con fuerza alrededor de él en espasmos violentos. Grité su nombre sin querer. Lágrimas, sudor, saliva goteando.
No se detuvo. Siguió más rápido, más profundo. El segundo orgasmo llegó más violento. Empezó muy adentro y me recorrió de la nuca hasta los dedos de los pies. Grité hasta quedarme sin voz. Mateo gruñó profundo, animal, y entonces lo sentí: chorros calientes inundándome por dentro, llenándome hasta que empezó a desbordarse. Cada pulsación se sentía como un latido propio.
Se quedó adentro unos segundos, palpitando débil, hasta que se retiró con un sonido húmedo. Caí hacia adelante, los antebrazos hundidos en el asiento, jadeando como si hubiera corrido kilómetros. El ardor residual se mezclaba con un placer saciado, profundo, que me dejaba sin fuerzas.
Mateo se acostó a mi lado en la alfombra, el pecho subiendo y bajando rápido. Intentó decir algo.
—No… no digas nada —lo corté con voz áspera—. Solo… quédate callado.
Nos quedamos ahí, en silencio, las respiraciones sincronizándose poco a poco. El departamento olía a sexo crudo, a sudor, a nosotros. A lo que se acababa de romper entre dos amigos.
Y yo, todavía temblando, ya no sabía si quería que parara, o si quería que volviera a empezar.
***
El tercer partido del día fue el cierre perfecto de la pesadilla: Bélgica contra Marruecos. Yo, todavía con el cuerpo dolorido, me senté con una cerveza en la mano, el orgullo destruido pero la boca diciendo lo contrario.
—Bélgica gana fácil —solté, voz ronca—. Hazard, De Bruyne, Lukaku. Imposible.
Esta vez estaba doblemente confiada. Mientras Mateo iba al baño, había chequeado el celular y vi que Bélgica estaba ganando uno a cero. Era un partido repetido, jugado horas antes. Trampa, sí, pero ¿quién iba a culparme después de dos derrotas?
—¿Otra apuesta? —preguntó, casi divertido.
—No jodas. Ya perdí dos.
—Justo por eso. La tercera es la vencida. Si Bélgica pierde… te quedas a dormir aquí. En mi cama. Y mañana me despiertas con la boca. Bien hecha.
Lo miré incrédula. Dormir juntos. Despertarlo así. Era íntimo, demasiado íntimo para «solo amigos». Pero el orgullo seguía quemando.
—¿Y si gano?
—Te pago dos meses de almuerzos. Y me callo la boca para siempre sobre todo esto.
Tragué saliva. Bélgica iba ganando. Era imposible.
—Trato hecho.
El tercer partido fue el golpe final. Marruecos lo dio vuelta en los últimos veinte minutos, dos a uno. Yo veía la pantalla con el celular escondido entre las piernas, sabiendo que ya estaba todo perdido desde el principio. El silencio en el departamento se volvió ensordecedor. La botella temblaba en mi mano. Tres derrotas. Tres apuestas perdidas. El orgullo ya no ardía: solo quedaba un vacío caliente y resignado.
Mateo apagó la tele. Se levantó despacio, me miró con ojos oscuros que ya no tenían burla, solo hambre cruda.
—Te quedas a dormir —dijo bajo—. En mi cama. Y mañana me despiertas. Bien profundo. Hasta que me corra.
No respondí. Solo asentí, la garganta seca.
Llegada la hora, me llevó a la habitación. La luz tenue de la lámpara pintaba sombras largas en las paredes. Me saqué la ropa en silencio: falda, blusa, sostén, ropa interior. La piel se me erizó al contacto con el aire. Él hizo lo mismo. Nos metimos bajo las sábanas. Su cuerpo caliente se pegó al mío por detrás: pecho contra mi espalda, su sexo medio duro rozando la curva de mis nalgas, el brazo pesado alrededor de mi cintura. Olía a él: sudor seco del día, colonia suave, restos de lo que había pasado horas antes. Dormí poco, entre sueños febriles donde lo sentía adentro una y otra vez.
A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las rendijas de la persiana, rayas doradas sobre las sábanas revueltas. Mateo dormía profundo, la boca entreabierta, la respiración lenta. Su sexo ya estaba duro bajo la sábana fina. Me quedé mirándolo un rato largo. El sabor residual todavía me rondaba la lengua. El culo me dolía levemente al moverme, un recordatorio ardiente.
Me deslicé bajo las sábanas sin hacer ruido. El calor ahí abajo era sofocante. Lo agarré con la mano. Estaba ardiendo, las venas latiendo bajo mis dedos, la cabeza ya brillante. Primero solo lamí: lengua plana desde la base hasta la punta, saboreando lo que se acumulaba en la hendidura. Lo envolví con los labios despacio, succionando suave la cabeza, la lengua girando en círculos lentos. Mateo se removió, un gemido grave saliéndole del pecho.
Bajé más. Lo metí profundo, la garganta abriéndose. Subí y bajé con ritmo constante, succionando fuerte cada vez que llegaba al fondo. Lo miré desde abajo, los ojos fijos en los suyos, ahora abiertos, vidriosos de placer. Aumenté el ritmo: más rápido, más profundo, la mano libre masajeándole los testículos.
Se tensó entero. La mano en mi pelo, los dedos enredados sin empujar. Gruñó mi nombre y se corrió. Chorros calientes me golpearon la garganta. Tragué sin parar, succionando para exprimir cada pulsación. Lo limpié despacio con la lengua hasta que se estremeció.
Salí de debajo de la sábana, los labios hinchados. Él me miró, todavía duro, brillante de mi saliva.
—Date la vuelta —dijo, voz ronca y baja.
No era parte de la apuesta. Lo sabía. Pero mi cuerpo ya no obedecía al orgullo. Me puse en cuatro sobre la cama: rodillas hundidas en el colchón, manos aferradas a las sábanas arrugadas, el culo en alto, la espalda arqueada.
Mateo se arrodilló detrás. Lubricante en sus dedos primero. Después su lengua: caliente, húmeda, lamiéndome el anillo todavía sensible. Posicionó la cabeza. Empujó. Entró más fácil esta vez, pero el estiramiento seguía siendo brutal. Grité bajo cuando llegó al fondo. Se quedó quieto un segundo, dejándome sentirlo palpitar.
Empezó a moverse. Salidas lentas, entradas profundas que me hacían arquear la espalda y clavar las uñas. El ritmo aumentó. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con golpes secos. Cada embestida rozaba puntos profundos que me hacían gemir fuerte. El dolor punzante seguía ahí, pero el placer lo ahogaba.
—No pares… más fuerte… —sollocé, empujando hacia atrás contra él.
No paró. El orgasmo llegó como un latigazo. Cuerpo tenso, contracciones violentas. Grité su nombre. Siguió, más profundo, más salvaje. El segundo orgasmo fue más violento todavía. Convulsioné, el grito ahogado contra la almohada. Mateo se salió de golpe, me dio vuelta boca arriba.
Se arrodilló sobre mi pecho, la mano rápida sobre él. Lo miré desde abajo: la boca abierta, la lengua afuera, los ojos fijos en los suyos. Se corrió fuerte. Chorros calientes me salpicaron la cara, los labios, la lengua. Tragué lo que entró en mi boca. El resto se quedó ahí: caliente, pegajoso, marcando todo.
Caí de espaldas, jadeando, el cuerpo temblando de sobrecarga. Él se desplomó al lado, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros.
El silencio duró minutos. La habitación olía a sexo crudo, a nosotros.
Después, con voz ronca, murmuré:
—El Mundial se acabó. Y las apuestas también.
Mateo sonrió débil, limpiándome una gota de la mejilla con el pulgar.
—Hoy hay más jornadas —susurró.
Y yo, con su semen todavía caliente en la cara, el cuerpo saciado hasta el agotamiento, no supe si quería que parara o si, en el fondo, ya estaba esperando la próxima derrota.