El secreto de mi madre y mi tía en la cochera
La llamada de mi madre llegó poco después de comer. Quería que la llevara a casa de mi tía Consuelo, que vivía apartada del pueblo, cerca del polígono viejo. No me quiso adelantar nada por teléfono, solo que había quedado con ella y que necesitaba que la acercara. Era un sábado de julio y el calor pegaba contra el asfalto como si fuera una plancha.
Durante el viaje, mi madre Rosario apenas habló. Llevaba una bolsa de deporte en el regazo que yo nunca le había visto, y miraba por la ventana mordiéndose el interior de la mejilla, como hacía siempre que algo le daba vueltas. Le pregunté si estaba bien. Me dijo que sí. No insistí.
Llegamos a casa de mi tía a las cuatro. La cochera estaba cerrada por dentro y las persianas del salón bajadas a pesar del sol. Mi madre se bajó con la bolsa al hombro y, antes de cerrar la puerta del coche, se asomó por la ventanilla.
—¿No entras?
—No, voy a dar una vuelta —le dije—. Vuelvo a recogerte en un par de horas.
—Vale. Avísame antes de venir.
Le pareció raro, pero no insistió. Fui hasta el bar de la rotonda y me pedí una cerveza sin prisa. El camarero puso el partido y yo me quedé mirando el vaso sudar sobre la barra sin beberlo. Algo en la expresión de mi madre al bajarse del coche me había dejado inquieto. Algo en esa bolsa que pesaba más de lo que pesan una toalla y una muda.
A las cinco y media decidí volver.
Toqué el timbre dos veces. Nadie abrió. La puerta exterior, la de madera pintada de blanco, estaba entornada. Empujé con el codo y entré. La casa olía a sudor y a linimento, un olor de vestuario que no tenía sentido en una tarde familiar. Llamé otra vez. Nadie contestó. Seguí el pasillo, pasé junto al salón vacío, crucé la cocina y, al final del corredor, encontré la puerta de la cochera entreabierta.
Lo que vi al empujarla me clavó los pies al suelo.
Habían retirado el coche. En su lugar habían improvisado un cuadrilátero con colchonetas azules pegadas al suelo y cuerdas atadas a cuatro columnas con mosquetones. Dos taburetes plegables en las esquinas. Una bombilla desnuda colgando del techo. Y en cada esquina, sentada en su taburete, una mujer.
En la esquina de la derecha, mi tía Consuelo. Rubia, sesenta y dos años, metro sesenta, con las piernas abiertas y la espalda contra la columna. Llevaba un pantalón blanco con raya negra al costado, de corte ancho y antiguo, como los que se veían en las revistas de los ochenta. Iba descalza. En topless, las tetas grandes cayéndole pesadas sobre las costillas, los pezones anchos y oscuros endurecidos por el aire. Las manos envueltas en vendas blancas y un acolchado fino sobre los nudillos. Tenía el labio hinchado y una marca roja subiéndole por el esternón, entre los pechos.
En la esquina de la izquierda, mi madre Rosario. Morena, sesenta años, la misma estatura que su hermana. Pantalón negro con la raya blanca, también descalza, también en topless, también con las manos vendadas. Tenía las tetas más pequeñas que su hermana, más firmes, con los pezones rosados apuntando hacia arriba, y el sudor le corría por el canalillo y le mojaba la cintura del pantalón. Respiraba por la boca. Le brillaba el cuerpo entero.
El pensamiento que me había acompañado desde la adolescencia, esa imagen que había buscado en cientos de vídeos a escondidas, esa fantasía que no había compartido con nadie, estaba delante de mí. Y la protagonizaban mi madre y mi tía.
Sentí la polla ponerse dura como un golpe. El pantalón corto no perdonaba nada; se me marcaba la verga entera contra la tela, tirando del elástico. Me quedé en el umbral sin saber si entrar o salir corriendo.
—¿Te vas a quedar ahí parado o nos vas a traer agua a tu tía y a mí? —mi madre no levantó la cabeza para hablarme. Tenía los ojos cerrados.
No contesté. Entré en la cochera.
—Empieza por ella —dijo Rosario sin mirarme—. Está en su casa.
Fui hasta la esquina de mi tía. Había una nevera de camping abierta con botellas de agua fría, una toalla empapada en sudor y un cubo metálico para escupir. Cogí una botella.
—Dame, sobrino —Consuelo abrió la boca sin abrir los ojos.
Le eché agua en la boca. Tragó un sorbo y escupió el resto en el cubo. Le pasé la toalla por la frente, por el cuello, por los hombros, y luego, sin pensarlo del todo, por los pechos. La tela empapada le resbaló sobre los pezones y se los dejó todavía más duros. Consuelo no se apartó. Al contrario, arqueó apenas la espalda para que la toalla siguiera pasando. Tenía la piel caliente y tensa, y bajo la mandíbula se le estaba formando un moretón que iba a ser enorme al día siguiente. Me eché un poco de vaselina en la mano y se la extendí por las sienes y los pómulos, con cuidado de no presionar donde ya estaba roja la piel.
—Gracias, cariño —me dijo, y abrió los ojos solo un segundo para mirarme.
La mirada me bajó por el pecho y se detuvo en el bulto que me hacía la polla en el pantalón corto. No fue disimulo. Fue una mirada directa, larga, con una media sonrisa colgada en la comisura del labio hinchado. No era la mirada de la tía que me hacía la merienda cuando era niño. Era la mirada de alguien que sabía exactamente lo que yo estaba pensando y que no pensaba decir nada. Todavía.
Fui a la esquina de mi madre.
Rosario tenía las piernas abiertas, los brazos colgando de las cuerdas laterales, la cabeza apoyada contra la columna y los ojos entrecerrados. Le sangraba un poco la nariz. La toalla a sus pies estaba empapada. Llevaba el pelo recogido en un moño deshecho, con mechones pegados a la frente por el sudor. Las tetas le subían y bajaban al ritmo de la respiración, y los pezones se le marcaban tan duros que parecían tallados.
—¿Estás bien, mamá?
—Mejor que nunca —susurró.
Le di agua. Me llevó un minuto aflojarle la mandíbula para que bebiera bien. Le limpié la sangre de la nariz con un trozo de gasa. Le pasé la botella fría por la cara, por el cuello, por los hombros, y bajé, sin permiso y sin freno, hasta rodearle un pecho con el cristal helado. Mi madre soltó un jadeo bajo, muy corto, y volvió a cerrar la boca. El pezón se le puso todavía más duro contra el vidrio. Bajé por el otro y le hice lo mismo. No me apartó la mano. Me agaché y le cogí las piernas por debajo de las rodillas para levantárselas y apoyarlas sobre mis muslos, como había visto hacer en los vídeos a los asistentes de esquina. Empecé por el cuádriceps, bajando hasta la rodilla y volviendo a subir. Tenía el músculo temblando.
Rosario echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro largo.
Es mi madre. Es mi madre. Es mi madre.
Cogí otra botella. Aflojé la cintura elástica del pantalón corto negro y dejé caer el agua fría por dentro, directamente entre sus piernas. Mi madre se sacudió como si la hubiera tocado una corriente. Se le escapó un gemido corto que intentó disimular con una tos. No se apartó. El agua le corrió por el coño y le empapó el pantalón por dentro, y cuando le solté el elástico, la tela le quedó pegada al pubis marcando la forma exacta. Vi la mancha de humedad extendiéndose entre sus muslos y no supe si era solo agua.
Le extendí vaselina en la frente, en los pómulos, en la barbilla. Le rehice el moño y le cambié las gomas. Le coloqué el protector bucal entre los dientes. Mi tía, en la otra esquina, me miraba sin decir nada, con la mano vendada apoyada sobre el muslo, tan cerca de su propio pantalón que parecía que se hubiera estado tocando y hubiera parado justo cuando yo giré la cabeza.
Sonó una campana pequeña, de esas de mostrador de hotel. Alguien la había atado a un hilo y había dejado la cuerda al alcance de mi tía. Fue Consuelo quien la hizo sonar.
Las dos se levantaron a la vez.
Caminaron hacia el centro del cuadrilátero con la guardia alta y las rodillas flexionadas. Lo primero que hizo mi tía fue conectar tres directos seguidos al rostro de mi madre. Tac, tac, tac. Rosario no se inmutó. Le devolvió con dos golpes al pecho que hicieron a Consuelo cubrirse con los codos, pero antes de bajar los brazos yo vi cómo las tetas de mi tía absorbían el impacto y rebotaban, y cómo la piel se le enrojeció al instante alrededor del pezón izquierdo. Fue entonces cuando mi tía soltó un gancho que impactó en la mejilla de mi madre y la envió contra las cuerdas.
Rosario se quedó allí, agarrada a la cuerda superior con un brazo, mientras Consuelo descargaba durante cinco segundos una lluvia de golpes al cuerpo. Pude oír el sonido sordo de los puños contra la piel mojada. Los pechos de mi madre temblaban con cada impacto, se sacudían de arriba abajo y de lado a lado, y en una de esas el guante de mi tía subió más de la cuenta y le pasó por encima del pezón izquierdo. Mi madre gimió. No fue un gemido de dolor, o no del todo. El sudor le caía por la espalda en un hilo continuo hasta metérsele por la raja del culo. Las piernas le temblaban pero no cedían.
Cuando Consuelo se separó para tomar aire, mi madre la enganchó en un clinch y se apoyó contra ella. Los dos cuerpos pegados, los pechos aplastados contra los pechos, las respiraciones mezcladas, los pezones duros clavándose unos contra otros. Vi cómo mi tía movía la cadera contra la de mi madre en el forcejeo, una fricción lenta que duró más de lo que dura un abrazo defensivo. Consuelo intentó empujarla hacia atrás para recuperar distancia y, en el momento exacto en que el espacio se abrió, Rosario soltó un derechazo que impactó de lleno en la mandíbula de su hermana. El protector de mi tía salió volando y rebotó en la colchoneta.
Consuelo no retrocedió. Apretó los dientes, se secó la boca con el dorso de la mano vendada y se fue hacia delante lanzando golpes durísimos. El intercambio duró casi un minuto entero. Cada puñetazo entraba limpio. Las piernas de las dos temblaban. El sudor caía al suelo y hacía ruido. La rabia entre ellas era algo que yo no había visto nunca entre dos personas, y mucho menos entre dos hermanas.
Cuando la campana sonó por segunda vez, estaban en medio del cuadrilátero, agarradas la una a la otra, diciéndose cosas al oído que yo no pude escuchar. Terminaron el asalto con un empate. Ninguna había caído.
Yo seguía en mi esquina sin poder moverme, con la polla goteando dentro del pantalón. Nunca había imaginado que el fetiche que cargaba en silencio desde los dieciséis años fuera a materializarse con mi madre como protagonista. Y nunca había imaginado que mi madre supiera lanzar un golpe. Consuelo llevaba años en un gimnasio; nos había mandado vídeos al grupo familiar de WhatsApp de sus clases, de sus sparrings, de sus medallas. Pero Rosario jamás había levantado la mano para nada. Y ahí estaba, devolviendo cada golpe con la misma velocidad y la misma precisión que su hermana.
***
No hablamos de camino a casa. Ni ella ni yo. Mi madre iba en el asiento del copiloto con la bolsa de deporte entre los pies, el pelo recogido, una camiseta ancha sobre el sujetador deportivo y unos pantalones de chándal. Tenía un corte pequeño en la ceja y el pómulo enrojecido.
Cuando llegamos al piso, dejó las llaves en el cuenco de la entrada y me dijo sin mirarme:
—Voy a ducharme.
Cerró la puerta del baño. Yo me fui al salón y me senté en el sofá. Cuando me toqué el pantalón, el bóxer estaba empapado. Me había corrido en silencio, sin ni siquiera darme cuenta, en algún momento entre el segundo golpe al cuerpo y la campana. Me lo bajé un poco para separar la tela pegada al glande y me quedé un segundo mirándome la polla, todavía medio hinchada, con un hilo de semen espeso corriéndome hasta la ingle. Me cubrí con un cojín y me quedé mirando el televisor apagado.
Escuché el agua de la ducha durante casi media hora. Luego el secador. Luego nada.
Cuando abrió la puerta del baño, mi madre apareció en el umbral del salón con el pelo todavía húmedo, una camiseta de tirantes gris que se le pegaba al cuerpo en las zonas donde la tela se había mojado y unas braguitas azules de algodón que le cubrían las caderas. Descalza. Sin sujetador. Los pezones se le marcaban duros a través de la tela.
Nunca había mirado a mi madre con deseo. Durante toda mi vida había sido una frontera absoluta en mi cabeza, una línea que no cruzaba ni en los pensamientos más oscuros. Pero después del cuadrilátero, después de verla golpear y ser golpeada, después de tenerla entre mis manos con el pantalón caído y el agua corriéndole por dentro, esa frontera se había caído.
Se sentó a mi lado en el sofá. No dijo nada durante un par de minutos. Yo tampoco.
—¿Qué te pareció lo que viste hoy? —preguntó al fin, y deslizó la mano derecha por dentro de mi pantalón.
Me encontró duro otra vez. Cerró los dedos alrededor de la polla, apretó la base y empezó a bajar el prepucio con una lentitud que me hizo cerrar los ojos. Tenía la mano de mi madre alrededor de mi verga y no había marcha atrás.
—No sabes la de veces que me he corrido imaginándote en un cuadrilátero —le dije—. Peleando. Como hoy. Con las tetas al aire y el sudor cayéndote por la barriga. Cientos, mamá. Cientos de pajas pensando en ti sin saber que era en ti.
—Lo sabía —murmuró Rosario, y me apretó más fuerte—. Siempre lo supe. Una madre huele estas cosas.
Mi mano se coló por dentro de las braguitas azules. La encontré húmeda antes incluso de tocarla, empapada, con el vello del pubis recortado corto y los labios abiertos y calientes. Le pasé dos dedos por la raja de abajo arriba y encontré el clítoris duro, hinchado. Mi madre soltó un gemido largo y abrió más las piernas sobre el sofá.
—Métemelos —jadeó—. Métemelos ya.
Le hundí los dos dedos hasta los nudillos. Estaba tan mojada que la mano me chorreó al instante. Empecé a follársela con los dedos, dentro y fuera, mientras con el pulgar le trabajaba el clítoris en círculos. Rosario echó la cabeza hacia atrás sobre el respaldo y siguió apretándome la polla, moviendo la mano de arriba abajo, escupiéndose en la palma para deslizar mejor. Podía oler el sudor limpio del jabón mezclado con el olor a coño mojado, y era el olor más obsceno y más adictivo que había respirado en mi vida.
—La noche es larga —dijo Rosario con la voz rota—. Y hay muchas cosas que no sabes de mí. Cosas que llevo años callándome. Cosas que tu tía y yo discutíamos en ese cuadrilátero.
Me sacó la polla del pantalón de un tirón. La tenía roja, hinchada, con la punta brillando. Se agachó sobre mi regazo y se la metió en la boca sin más preámbulo. Sentí la lengua caliente recorrerme desde los huevos hasta el glande y luego el cierre de los labios apretándome. Mi madre me la mamaba con hambre, con la mano vendada de aquella tarde todavía marcada en los nudillos, escupiendo saliva sobre el capullo y volviendo a tragar. Yo le agarré el pelo húmedo con las dos manos y la ayudé a marcar el ritmo. Podía verle la nuca, la espalda, la curva del culo asomando por las braguitas azules mientras se dejaba comer la polla por su propio hijo.
—Mamá, joder, mamá —susurré—. Así, mamá, mámamela así.
Rosario levantó la cabeza. Tenía los labios brillantes y un hilo de baba conectándola con mi glande. Me miró de frente por primera vez desde que habíamos salido de la cochera.
—¿Quieres que te la cuente entera? —dijo—. ¿O prefieres que me siente encima de tu polla mientras te la cuento?
No pude contestar. Le tiré de las braguitas hacia un lado y ella se subió a horcajadas sobre mí en el sofá. Se cogió mi verga con la mano, se la pasó por el coño de arriba abajo un par de veces, empapándomela, y luego se la clavó de una sentada, hasta el fondo. El gemido que soltó lo oyeron los vecinos, seguro. Yo apreté los dientes para no correrme allí mismo. El coño de mi madre me apretaba como un puño caliente, palpitaba alrededor de mi polla, me la envolvía entera.
Empezó a moverse. Adelante y atrás, luego arriba y abajo, marcando ella el ritmo, apoyando las manos en mis hombros. La camiseta de tirantes se le levantó y le quedaron las tetas al aire, botando delante de mi cara. Le agarré una con la boca, se la chupé, se la mordí, y ella me hundió los dedos en el pelo mientras seguía cabalgándome sin parar. El sofá crujía. El coño le chapoteaba cada vez que bajaba, un sonido húmedo y sucio que me estaba volviendo loco.
—Tu tía y yo nos peleábamos por tu padre —jadeó Rosario sin dejar de moverse—. Por eso las tortas. Ella se lo folló durante veinte años a mis espaldas. Veinte, hijo. Y yo hoy le he devuelto cada uno.
Le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a subir y bajar más rápido. Mi madre echó el torso hacia atrás, se apoyó en mis muslos, y me ofreció la vista completa: el pubis empapado, mi polla entrando y saliendo brillante de sus jugos, las tetas apuntando al techo, la boca abierta.
—Y ahora —siguió, sin aire— ahora también me voy a follar lo único que ella no ha tenido. Mi hijo. Y se lo voy a contar mañana.
Aquello me hizo saltar. La agarré por la cintura, la clavé abajo del todo y me corrí dentro de ella con una descarga que me sacudió entero. Sentí cada chorro salir contra el fondo de su coño y la oí gemir alto, muy alto, mientras se me apretaba y temblaba y se corría a la vez encima mío. Se le arqueó la espalda, se le tensaron los muslos alrededor de mis caderas, y se quedó así, empalada, respirando en mi cuello, con mi polla todavía dentro y el semen empezando a escurrirle por los labios.
Se dejó caer sobre mí. Sudorosa, blanda, temblando. Le pasé las manos por la espalda, por el culo, por el pelo húmedo. No dije nada.
—La noche es larga —repitió al oído, y me mordió el lóbulo—. Y esto ha sido solo la primera vez.
Desde aquella noche, mi relación con mi madre cambió para siempre. La chica de las gafas con la que salgo, la que protagoniza otras historias mías, también forma parte ahora. Pero todo eso es para otra confesión. Esta la cierro aquí, con la mano de mi madre todavía apretándome y la mía dentro de ella, y la certeza absoluta de que nada volvería a ser como antes.

