Mi primera vez gay en un hotel con su amigo
Bajamos por una cerveza para romper el hielo, pero en el ascensor su mano buscó la mía y supe que ya no había vuelta atrás.
Bajamos por una cerveza para romper el hielo, pero en el ascensor su mano buscó la mía y supe que ya no había vuelta atrás.
Entré a su despacho para abrazarlo, pero cuando cerró la puerta y me miró de arriba abajo, supe que no iba a salir de ahí igual.
Empezó con desayunos, miradas y una casa en silencio; terminó cuando su voz tembló al pedirme que cerrara la puerta de mi cuarto.
Pensé que era una montaña imposible de escalar. Hasta que, a media película, se acercó a mi oído y susurró que tenía una idea malévola.
Llevaba semanas pensando en ella cada noche, hasta que esa cena terminó en el asiento del auto, con su mano buscando lo que yo apenas lograba esconder.
Llevaba toda la noche con tres hombres y todavía me sentía insaciable. Así que tomé el teléfono y escribí: «¿Están listos para no dejarme dormir en todo el fin de semana?»
La puerta de emergencia se cerró con candado y mi mujer quedó del otro lado, con él. Solo nos separaba una pared de yeso. Empecé a escuchar.
Cada correo traía una foto nueva y una frase más cruel. Yo bebía whisky frente a la pantalla, sin saber si la mujer atada era de verdad la mía.
Frené la bici, le arreglé la cadena y seguí a mi oficina sin saber que esa desconocida iba a costarme el empleo... y a darme mucho más que un mal día.
Tenía cuarenta y siete años y una sed que ningún hombre le había calmado nunca. Esa madrugada, en el parque desierto, decidió que ya no iba a fingir lo contrario.
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
Mi amiga me dejó plantada esa noche, pero el desconocido de la barra tenía otros planes para mí. Y yo, aunque no lo admitiera en voz alta, también.
Salí dispuesta a que él me viera con otros, pero terminé entre dos coches, en una calle vacía, dejándome usar por alguien a quien apenas conocía.
Cruzamos miradas en la piscina toda la tarde. Cuando subí a buscar agua y él entró detrás de mí, supe que ya no había vuelta atrás.
Bruno me había prometido una revancha y yo había prometido volver. Lo que no imaginé fue cómo terminaría esa segunda noche entre los seis.
Le dije que venía sudando, que necesitaba bañarme. Él me cargó hasta el sofá y me susurró que así, con mi aroma, le gustaba todavía más.
Insistió tanto en acompañarme hasta el portal que terminé invitándolo a subir. A las ocho de la mañana sonó su teléfono y todo lo que creía cambió de golpe.
Mi hermano me contaba todo: sus amantes, sus fetiches, lo que hacía con Romina. Lo que nunca imaginó es que una madrugada yo terminaría en mi cama con ella, sin él.
Nunca fuimos amigas, pero ella me miraba con desprecio cada vez que su novio se quedaba observándome de más. Y yo decidí darle una razón de verdad para odiarme.
Su mujer salía de viaje al día siguiente y yo todavía dormía sobre un colchón en el suelo. Cuando tocó el timbre con la caja de herramientas, supe que algo iba a pasar.