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Relatos Ardientes

La cita en el hotel que no pude olvidar

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Tengo 29 años, soy morena con el cabello largo y oscuro, y una figura de la que nunca me he quejado demasiado: tetas grandes, cintura marcada y unas caderas que me han traído algún que otro problema. No soy el tipo de mujer que aparece en portadas de revistas, pero tampoco el tipo que pasa desapercibida cuando entra a un lugar.

Lo conocí por una aplicación de citas, como tantas cosas hoy en día. Llevábamos casi dos semanas enviándonos mensajes antes de que ninguno de los dos propusiera algo más concreto. Sebastián era un hombre grande: alto, corpulento, con una presencia en las fotos que resultaba difícil de ignorar. No era mi tipo habitual, o eso me decía yo misma. Pero había algo en su forma de escribir que me resultaba curioso. Directo sin ser tosco, seguro sin resultar arrogante. Me preguntaba cosas de verdad y escuchaba las respuestas.

La cita quedó en un hotel del centro, un viernes de octubre en el que el aire empezaba a tener ese filo agradable que anuncia el invierno. Llegué diez minutos antes y me quedé en el lobby fingiendo revisar el teléfono, mirando notificaciones que no me importaban, con el corazón latiendo más rápido de lo que me gustaba admitir. Y, para qué mentirme: con el coño ya un poco húmedo de solo pensar en lo que iba a pasar.

Lo vi entrar por la puerta giratoria.

Era exactamente como en las fotos, quizás incluso más imponente en persona. Me saludó con un beso en la mejilla que duró un segundo de más, y ese segundo fue suficiente para que el nerviosismo se fuera y entrara la anticipación. Sus manos enormes en mi cintura me marcaron la posibilidad de lo que venía.

—¿Ya tienes la habitación? —preguntó.

—Está lista —dije.

Subimos en el ascensor casi en silencio. Me preguntó si había tenido buen día. Le dije que sí. Me miró de reojo con una media sonrisa que no intentó disimular, los ojos bajando un segundo hasta mi escote y volviendo a mi cara sin disimular nada. Yo miré el panel de números iluminados hasta que llegamos al cuarto piso, apretando los muslos uno contra el otro porque ya sentía cómo me iba mojando.

La habitación era sencilla y cómoda: cama doble con cabecero de madera, una ventana que daba a los tejados de la ciudad, una lámpara con luz cálida en la mesita de noche. Apenas escuché el clic de la cerradura, él se giró hacia mí, me puso una mano en la nuca con suavidad y me besó.

No fue un beso que preguntara permiso. Fue un beso que ya sabía la respuesta.

Abrí la boca y me dejé llevar, con las palmas apoyadas sobre su pecho enorme, sintiendo la solidez de su cuerpo debajo de la tela de la camisa. Su lengua se metió en mi boca con una autoridad que me hizo gemir contra sus labios, y noté cómo su otra mano bajaba directa a mi culo, agarrándomelo entero con una sola palma y apretando hasta pegarme contra él. Sentí el bulto duro de su polla a través del pantalón clavándoseme en el vientre. Olía bien. Eso siempre importa más de lo que la gente reconoce.

Me quitó el abrigo primero, dejándolo caer sobre la silla del escritorio. Luego la blusa, botón por botón, sin prisa pero sin ninguna vacilación tampoco. Cuando llegó al sujetador lo desabrochó con una sola mano, y yo solté una risa que no había planeado.

—¿Qué? —preguntó, mirándome.

—Nada —dije—. Solo que impresiona un poco.

Se lo tomó como el cumplido que era. Sus manos eran grandes de una forma que resulta difícil de describir con precisión: cuando cubrió una de mis tetas con la palma, la abarcó entera, y cuando se inclinó y acercó la boca, sentí el calor directo de su lengua y las rodillas me fallaron lo suficiente como para tener que aferrarme a sus hombros. Me chupó el pezón con hambre, alternando la lengua con una succión lenta que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido que no intenté esconder. Lo mordió suave, lo soltó, escupió encima y volvió a chuparlo, y yo ya tenía el coño empapado contra la costura del pantalón. Su otra mano subió por debajo de mi falda, me apartó las bragas a un lado de un tirón y me metió dos dedos de golpe.

—Joder, qué mojada estás —murmuró contra mi pecho.

—Llevo toda la tarde así —admití con la voz rota.

Empezó a follarme con los dedos despacio, curvándolos dentro, haciéndome chapotear de lo húmeda que estaba. El pulgar me rozaba el clítoris en círculos lentos. Hacía exactamente tres meses que no estaba con nadie. Tres meses en los que me había dicho a mí misma que no lo necesitaba. Esa noche entendí que me había mentido.

Me guió hacia la cama y yo me senté en el borde mientras él se quedaba de pie frente a mí. No esperé a que me pidiera nada. Me arrodillé sobre la alfombra.

Le desabroché el cinturón, luego el botón, luego bajé la cremallera con calma. Cuando le bajé el bóxer y se la vi, me detuve un momento. La tenía a la altura de mis ojos, gruesa, larga, con la vena del dorso marcada y el glande hinchado y brillante. Tragué saliva sin querer.

Empecé por la base, pasando la lengua hacia arriba por toda la longitud sin usar las manos, solo sintiendo el peso y el calor en mi lengua. Le lamí los huevos uno por uno, los chupé enteros dentro de mi boca mientras le agarraba la polla con una mano y se la sacudía despacio. Él exhaló por la nariz y sus dedos se enredaron suavemente en mi pelo. Subí otra vez por la longitud, despacio, y llegué a la punta. La tomé entre los labios, succionando con cuidado, saboreando el calor y la tensión. Su sabor era limpio, salado en la punta donde ya se asomaba la primera gota de presemen. Me gustó. Me la tragué.

Empecé a moverme, tomándola más profundo cada vez, escuchando cómo su respiración cambiaba de ritmo. No me apresuraba. Me gustaba ese momento en el que el otro todavía no sabe cuánto más puede aguantar. Sentía cómo su polla se endurecía más dentro de mi boca, cómo el glande me rozaba el paladar y cómo la saliva me iba llenando las comisuras de los labios mientras se la chupaba con insistencia, recorriéndola desde la base hasta la punta y volviendo a empezar, una y otra vez. La sacaba entera, le escupía encima un buen hilo de saliva, y volvía a tragármela hasta que la garganta se me cerraba y los ojos se me llenaban de lágrimas.

Sus dedos me guiaban sin forzar. Marcaban el ritmo con una presión suave en mi cabeza que yo seguía sin resistencia. Hice que babeara un poco más, a propósito, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla y le cayera en los huevos. Le metí los huevos en la boca otra vez, mojándoselos enteros, mientras le pajeaba con la mano la polla resbaladiza. Él bajó la vista y me miró a los ojos, y ese instante de contacto visual en esa posición —yo de rodillas, con la boca llena de su polla y la cara empapada— tuvo algo que me puso la piel de gallina y me hizo apretar los muslos.

—Sube —dijo, con la voz ronca—. Si sigues así me corro en tu boca antes de hora.

—No me importaría —dije, sacándomela un segundo de la boca para hablar.

—Para luego —respondió, y me levantó del pelo con firmeza.

Me puse en pie y lo besé mientras sus manos bajaban mis pantalones y la ropa interior a la vez. Me ayudó a quitarme las botas con una torpeza que me pareció honesta, y nos reímos los dos. Cuando quedé desnuda del todo me miró de arriba a abajo sin disimular, deteniéndose en las tetas, en el coño depilado, en las caderas.

—Joder —dijo—. Estás buenísima.

Me empujó hacia atrás sobre la cama. Me abrió las piernas con las dos manos, agarrándome los muslos con esos dedazos enormes, y se inclinó. La primera lamida fue larga, desde el agujero del culo hasta el clítoris, sin pausas, y se me escapó un gemido tan fuerte que tuve que morderme la mano. Me chupó el coño como si llevara meses esperando ese momento. Me metía la lengua entera, me la sacaba, me chupaba los labios uno a uno, me ensartaba dos dedos mientras la lengua se concentraba en el clítoris. Yo me retorcía contra su boca, le agarraba la cabeza con las dos manos y le restregaba el coño en la cara sin disimulo.

—Voy a correrme —avisé—. Joder, voy a correrme ya.

No paró. Aceleró. Me corrí contra su boca con una sacudida que me arqueó entera, y él se quedó ahí lamiendo, bebiéndose todo lo que le caía, hasta que me convulsioné por el exceso y tuve que apartarle la cabeza.

Se sentó en la cama y yo me coloqué encima de él, todavía temblando. Para quedar cómoda tuve que abrir las piernas más de lo habitual. Tomé su polla con una mano y la apoyé en mi entrada, frotando el glande contra mis labios empapados, contra el clítoris, embadurnándola entera con mis fluidos. Me moví hacia abajo despacio.

La sensación de ese primer momento —cuando el cuerpo todavía no decide si abrirse o contenerse— es algo que no consigo describir bien con palabras. Me detuve a mitad, respiré hondo, y seguí bajando hasta que la tuve entera dentro de mí, hasta que sentí los huevos chocando contra mi culo.

—Dios —murmuré—. Qué grande la tienes.

—¿Bien? —preguntó.

—Muy bien —dije—. No te muevas todavía. Déjame sentirla.

Me quedé quieta unos segundos, acostumbrándome al tamaño, sintiendo cómo el coño cedía por dentro, cómo se acomodaba alrededor de su verga llenándome entera. Luego empecé a moverme arriba y abajo con un ritmo lento. Él me sostenía por la cintura con las dos manos, sin dirigirme, solo acompañando. De vez en cuando apoyaba la frente en mi hombro y exhalaba contra mi piel, mientras yo me deslizaba sobre él, sintiendo cada centímetro entrar y salir, mojándome más con cada subida, escuchando el ruido húmedo y obsceno que hacía mi coño cada vez que volvía a empalarme entera.

Le agarré la cabeza y le metí una teta en la boca. La chupó con hambre mientras yo aceleraba el ritmo, cabalgándolo más fuerte, dejando que mis caderas golpearan contra las suyas, sintiendo cómo su polla me llegaba hasta el fondo.

Después de un rato me quedé quieta con él dentro y lo apreté. Soy capaz de controlar esa musculatura bastante bien, y cuando lo hice escuché un sonido bajo en su garganta que me satisfizo de una forma muy específica.

—¿Cómo coño haces eso? —murmuró.

—Práctica —dije—. ¿Te gusta?

—Joder, sí.

—Pues mira esto.

Lo repetí varias veces, apretando y soltando, ordeñándole la polla con los músculos del coño mientras lo miraba a los ojos. Él respondía con esa expresión de quien intenta mantener el control y va perdiendo la batalla poco a poco. Yo subía y bajaba con más decisión, marcando el ritmo con mis caderas, sintiendo cómo su verga me llenaba por completo y cómo cada golpe húmedo contra mi interior me arrancaba otro jadeo. El cuerpo entero me chapoteaba; los muslos me empezaban a quemar, pero no quería parar. Le agarré las manos y me las puse en las tetas, y él me las apretó fuerte, pellizcándome los pezones entre el índice y el pulgar mientras yo me follaba a mí misma encima de él.

***

Luego me puso en cuatro.

Me coloqué boca abajo sobre la cama y levanté las caderas, ofreciéndole el culo. Él se puso de rodillas detrás de mí, me dio un par de azotes en cada nalga —fuerte, sonoros, dejándome la piel ardiendo— y me abrió el coño con dos dedos. Antes de meterla escupió encima, un buen hilo de saliva que me chorreó hasta el ojete, y me embistió de un solo movimiento, hasta el fondo, sin preámbulos. Eso es exactamente lo que quería.

—Joder, así —gemí contra la almohada.

Sus manos en mis caderas apretaban fuerte, sin hacerme daño pero sin fingir delicadeza tampoco. Las embestidas eran lentas y profundas, con una fuerza sostenida que me empujaba hacia adelante en la cama y me obligaba a aferrarme a la almohada para no moverme. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus huevos rebotaban contra mi clítoris, y el sonido de nuestras pieles chocando llenaba la habitación entera. Empecé a hacer ruido. No mucho —había otras habitaciones en el pasillo—, pero lo suficiente para que él supiera lo que estaba provocando.

—Más fuerte —pedí—. Fóllame más fuerte.

Aceleró. Empezó a clavármela con todo el peso del cuerpo encima, embistiéndome con una violencia controlada que me hacía gemir cada vez que entraba. Me agarró del pelo y tiró hacia atrás, arqueándome la espalda, y siguió follándome así, con mi melena enrollada en su puño y mi culo subido para él.

Se inclinó hacia adelante sin perder el ritmo y me cubrió con su cuerpo. Era tan grande que podía cubrirme entera. Eso tiene algo que funciona a un nivel muy básico. Me mordió suavemente en la nuca y me susurró al oído:

—Qué coño más rico tienes. Te lo voy a destrozar.

Me quedé sin palabras. Solo asentí con la cabeza hundida en la almohada mientras él seguía bombeándome desde atrás, llenándome entera con cada embestida. Pasó una mano por debajo de mí, me llegó al clítoris y empezó a frotarlo con dos dedos mientras seguía follándome a un ritmo brutal. Me corrí en menos de un minuto, apretándole la polla con todo el coño, mordiendo la almohada para no gritar.

Así estuvimos un buen rato. El tiempo en esos momentos se comprime de una forma rara: no sé si fueron diez minutos o cuarenta, solo sé que cuando paró yo no quería que parara. Me corrí otra vez antes de que se retirara, con la cara empapada de saliva y sudor contra la almohada.

Luego me giró boca arriba.

Mis piernas no llegaban a rodearle la cintura bien, así que las apoyé en su espalda y lo dejé volver a entrar. La polla entera, otra vez, deslizándose dentro de un coño que ya estaba tan empapado que casi no había fricción, solo calor y húmedo. Esa posición tiene algo distinto a todas las demás: puedes ver la cara del otro, y eso cambia toda la dinámica. Ya no es solo el cuerpo.

Me abrazó mientras se movía, presionando su pecho contra el mío, aplastándome las tetas con su peso, y yo lo apreté contra mí diciéndole cosas al oído que no repetiría de día y con ropa puesta. Cosas como «llename», «no pares», «qué bien me follas», «soy tu puta esta noche». Él respondió acelerando, embistiéndome con más fuerza, hasta que sentí que estaba al límite. La cama crujía debajo de nosotros y mis gemidos se mezclaban con los gruñidos guturales que le salían a él del fondo del pecho.

—¿Dentro? —preguntó en voz baja.

—No tomo pastillas —dije—. Córrete en las tetas.

Se retiró justo a tiempo, se incorporó de rodillas sobre mí y se sacudió la polla con dos pajas rápidas. El primer chorro me cayó entre las tetas, espeso y caliente; el segundo me llegó hasta el cuello; los últimos me empaparon los pezones y la barriga, con un gemido contenido por su parte y la frente apoyada en mi hombro al final. Sentí el calor de su corrida cayéndome encima, pegajosa y tibia, deslizándose sobre mi piel. Recogí un poco con dos dedos y me los llevé a la boca sin pensarlo. Él me miró hacerlo y se le escapó un último gemido.

—Joder —murmuró—. Eres lo peor.

Después buscó la toalla del baño, me limpió con cuidado, y se tumbó a mi lado.

Nos quedamos en silencio. No era un silencio incómodo. Era el tipo de silencio que tiene su propio peso, el que se instala después de que algo intenso ha pasado y ninguno de los dos quiere ser el primero en romperlo.

Me pasó un brazo por debajo del cuello. Yo me acomodé en el hueco que formaba su costado, sorprendida de lo bien que encajaba.

Nos dormimos así.

***

No sé cuánto tiempo dormí. La lámpara de la mesita seguía encendida cuando me desperté, y él miraba el techo con una expresión tranquila. Sentí su polla medio dura contra mi muslo y supe enseguida lo que quería.

Empecé a moverme contra él sin decir nada, restregándole el culo desnudo contra la entrepierna. Noté que respondía casi de inmediato, endureciéndose contra mi piel. Le pasé la mano por detrás y se la agarré, sacudiéndosela despacio hasta tenerla otra vez dura del todo.

Le guié la mano hacia mis nalgas. Él entendió sin que yo dijera nada, y eso ya de por sí me gustó. Me separó las nalgas con los pulgares y me pasó un dedo por el ojete, presionando suave, tanteando.

Me humedeció con los dedos despacio, explorando con paciencia, sin apresurarse. Se llevó la mano a la boca, escupió en los dedos, y volvió. Empezó a meterme un dedo en el culo, despacio, hasta el nudillo. Cuando sintió que yo empujaba contra su mano, metió un segundo, y empezó a abrirme con cuidado. Después hizo una pausa.

—¿Segura? —preguntó.

—Completamente —respondí—. Pero usa saliva. Mucha.

Se colocó detrás de mí. Me escupió generosamente en el culo y se untó la polla con la mezcla de saliva y mis propios jugos. Me preparó con más cuidado del que esperaba, tomándose su tiempo, follándome el culo primero con tres dedos hasta que los músculos cedieron solos. Cuando empujó la polla lo hizo con una presión continua y sostenida, sin brusquedad.

El glande forzó la entrada despacio. Yo respiré hondo, me relajé, y él empujó otro centímetro más.

Entró despacio. La sentí abrirse paso, llenándome de una forma completamente distinta, hasta que noté sus huevos contra mi coño y supe que la tenía entera dentro del culo.

La sensación fue completamente diferente a todo lo anterior. Más intensa y más concentrada, con esa mezcla particular de tensión y placer que no se puede separar con claridad. Me aferré a la sábana y me mordí el labio.

—¿Bien? —murmuró cerca de mi oreja.

—Sí —respondí con la voz un poco rota—. Sigue. Fóllame ese culo.

Empezó a moverse con ritmo lento. Sus manos rodeaban mi cadera, con los pulgares posados en la parte baja de mi espalda. Yo empujaba hacia atrás para encontrarlo a medio camino, abriéndome más para él con cada embestida, y con cada movimiento la sensación se iba intensificando hasta que dejé de pensar en cualquier otra cosa. Me llevé la mano al coño y empecé a masturbarme mientras él me daba por detrás, frotándome el clítoris en círculos rápidos. La doble sensación me tenía gimiendo como una loca contra la almohada.

Le pedí que fuera más rápido. Lo hizo.

Le pedí que no parara. No paró.

—Qué culo más estrecho —jadeó detrás de mí—. Joder, no voy a aguantar mucho.

—Córrete dentro —pedí—. Quiero sentirte.

Aceleró un poco más, embistiéndome el culo con golpes secos y profundos, y yo seguí frotándome el clítoris hasta que la corrida me llegó otra vez, esta vez tan fuerte que se me escapó un grito que disimulé contra el colchón. Apreté el culo entero alrededor de su polla mientras me corría, ordeñándosela, y eso lo terminó. Cuando se corrió dentro de mí sentí el calor directo, los chorros llenándome por dentro, y me quedé quieta unos segundos escuchando mi propia respiración y la suya.

Se retiró despacio y noté cómo un poco de su corrida me escurría por el culo abajo. Él se tumbó a mi lado y apoyó la mano en mi espalda sin decir nada. Yo cerré los ojos, con el coño y el culo todavía latiéndome.

Me dormí con su mano todavía ahí.

***

Por la mañana nos duchamos por separado. Bajamos juntos al lobby y tomamos café en la barra del bar del hotel, hablando de cosas sin importancia con esa ligereza particular que tienen las mañanas después de una noche así. Pagamos cada uno lo suyo.

Antes de separarnos en la puerta me preguntó si quería volver a vernos.

Le dije que sí.

En el taxi de vuelta a casa me senté en el asiento trasero con una sonrisa que no podía quitarme, sintiendo todavía el escozor agradable entre las piernas, mirando pasar la ciudad por la ventanilla, pensando en que a veces las cosas ocurren en el momento exacto y con la persona exacta, aunque esa persona no sea la que uno había imaginado.

Esta fue una de esas veces. Y por eso la cuento.

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Comentarios(8)

Claudia_DF

Me encantó! es de esos relatos que te atrapan desde la primera linea. Muy bueno

PescadorNocturno

Quede con ganas de mas, se hizo muy corto. Una segunda parte por favor??

curiosa88

Se siente real, como cuando sabes que la noche va a ser especial. Me gusto mucho

Marcos_Mdq

Me recordo un viaje que hice hace un tiempo... que tiempos jaja. Muy buen relato

LELO

Excelente!!!

Ferchu22

La tension desde el lobby ya me engancho. Muy bien escrito

LuciaRosario

Que intenso!! me gusto la manera en que lo contaste, muy natural. Segui asi!

nocheslocas22

Dios mio que relato, lo lei de un tiron. Mas por favor

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