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Relatos Ardientes

La noche que el champán borró todas las reglas

3.8 (50)

El champán me nublaba la vista, pero no la memoria. Cada instante de aquella noche quedó grabado con una precisión que todavía me sorprende, semanas después, cuando lo repaso sin querer antes de dormirme. La fiesta de cumpleaños de Valentina era exactamente lo que esperaba de ella: demasiada gente, demasiada música, una piscina iluminada en el centro del jardín que convertía los cuerpos en siluetas doradas. Valentina, con sus treinta y ocho años bien llevados, se movía entre los invitados con esa energía que tenía desde que la conocía, como si cada persona en la sala existiera para alimentar algo en ella.

Me acerqué para darle el abrazo de cumpleaños. Olía a perfume caro y a champán, y cuando le susurré que seguía siendo la mejor anfitriona que conocía, se rio de ese modo suyo —bajo, un poco ronco— y me apretó el trasero sin el menor disimulo.

—Tú tampoco has perdido nada, Sofía —dijo—. Ni un gramo de lo que te hace especial.

Marcos apareció a mi lado con una copa fresca. Me pasó el brazo por la cintura y le dio a Valentina dos besos en la mejilla. La noche empezó así, con música demasiado fuerte y el olor a cloro mezclado con los perfumes de treinta personas que no se conocían todas entre sí.

***

Hacía una hora de eso cuando Marcos me tomó de la muñeca, en silencio, y me guio lejos de la terraza hacia el jardín trasero. La música llegaba amortiguada desde adentro. El jardín tenía unos setos altos que separaban la zona de la piscina del resto de la propiedad, y entre las sombras de uno de esos setos, él se detuvo.

No dijo nada. No necesitaba decirlo.

Me giró contra el muro de piedra que cerraba la parcela por el fondo. Sentí el frío de la piedra en las palmas y su calor a mi espalda al mismo tiempo. Me levantó el vestido con una urgencia que reconocía bien, me bajó la ropa interior por los muslos y me abrió con sus dedos antes de penetrarme con una lentitud calculada que duró exactamente lo necesario para volverme loca antes de que empezara de verdad.

Me clavé en la piedra con los dedos. La música desde adentro era suficientemente fuerte para cubrir cualquier sonido que yo no pudiera controlar, pero igualmente me mordí el labio hasta sentir el sabor metálico de la piel.

Cuando terminó, permanecimos quietos unos segundos. Su respiración contra mi cuello. La mía todavía entrecortada. Después nos recompusimos sin hablar: yo arreglé el vestido, él se ajustó la ropa, y volvimos a la fiesta como si hubiéramos salido a buscar aire fresco. Nadie lo notó, o nadie quiso notarlo. Esas cosas las decides tú.

***

A medianoche, los invitados ocasionales empezaron a irse. A la una, el grupo quedó reducido al círculo de siempre: Valentina, cuatro amigos suyos de toda la vida, Marcos, yo y los camareros que recogían copas con esa discreción eficiente de quien ha trabajado en muchas fiestas como esa.

Entre el personal de servicio había una chica joven. Clara. No tendría más de veinte años. Menuda, de movimientos cuidadosos, con el pelo recogido en una cola que se le deshacía un poco en las sienes. Cada vez que Marcos le hablaba, ella bajaba la vista antes de volver a mirarlo con esa mezcla de timidez y curiosidad que tiene la gente que todavía está aprendiendo cómo funciona el deseo.

Yo lo vi desde el primer momento.

Fue Valentina quien rompió la última pretensión de formalidad de la noche. Se puso de pie en el borde de la piscina, levantó la copa y brindó por sus años con un discurso que nadie escuchó completo porque antes de que terminara ya se había quitado el vestido y se había tirado al agua de cabeza, completamente desnuda. Su cuerpo de mujer segura cortó el agua entre gritos y aplausos. La tensión de la noche se rompió en carcajadas.

Yo me quedé sentada en el borde, con los pies dentro del agua. Observando.

Rodrigo, un amigo de Valentina al que conocía hacía años y con el que siempre había mantenido ese coqueteo de fondo que nunca llegaba a ningún lado, se sentó a mi lado y me rodeó con un brazo.

—La noche se está poniendo interesante, Sofía.

—En casa de Valentina siempre se pone interesante —respondí.

Lo dejé hablar. Lo dejé acercarse un poco, porque así funcionaba eso con él y yo llevaba años sabiendo exactamente cuándo parar. Pero mi atención ya no estaba en Rodrigo. Estaba en la puerta de cristal que daba al salón, por donde Marcos y Clara habían desaparecido hacía unos minutos.

Sabía exactamente adónde habían ido.

Me separé de Rodrigo con una excusa y entré a la casa.

***

La habitación del fondo tenía la puerta entreabierta. Los sonidos que llegaban desde adentro eran suficientemente claros como para que no hiciera falta abrir más.

Me asomé.

Clara estaba sobre la cama, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Marcos se movía sobre ella con esa lentitud deliberada que él usaba cuando quería que algo durara. Ella tenía las manos enredadas en la sábana y los pies apoyados en el colchón, y su cuerpo respondía a cada movimiento con una claridad que no dejaba lugar a interpretaciones. No había miedo en su cara. Había concentración. Había algo que se parecía mucho al asombro.

Entré sin hacer ruido.

Marcos me vio y asintió, sin detenerse. Clara abrió los ojos, me miró, y su expresión pasó por sorpresa antes de quedarse en algo más tranquilo.

Me senté en el borde de la cama y le tomé la mano.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.

—Sí —dijo ella, con la voz un poco raspada—. Sí, estoy bien.

No hizo falta más que eso.

Lo que vino después fue una de esas cosas que se organizan solas, sin que nadie las dirija. Clara era curiosa y atenta, y aprendía rápido. Se movía con la torpeza natural de quien está explorando algo nuevo, pero con una energía que compensaba cualquier inseguridad. Su boca fue encontrando el camino sobre mi piel con una lentitud que contrastaba con los movimientos de Marcos, y los tres encontramos un ritmo sin que nadie tuviera que pedirlo.

Cuando ella me tomó con la boca, Marcos continuaba penetrándola por detrás, y cada movimiento de él la empujaba más hacia mí. Los tres formábamos un circuito cerrado donde todo lo que uno hacía se multiplicaba en los otros dos. Clara era inexperta pero honesta en su deseo, y eso valía más que cualquier habilidad aprendida.

En algún momento, sin saber cuándo exactamente, me recosté a un lado y cerré los ojos. El cansancio se había instalado en mis huesos de golpe. Los sonidos de ellos dos —el roce de la sábana, los sonidos contenidos de Clara, el silencio concentrado de Marcos— me arrullaron hasta que me quedé dormida.

***

Me despertó una sensación que tardé un segundo en identificar.

Abrí los ojos. La habitación estaba en penumbra, con solo la luz de la calle entrando por la rendija de la persiana. Clara estaba inclinada sobre mí, su boca sobre mi vientre, explorando más abajo con una lentitud nueva. Marcos la penetraba por detrás con movimientos lentos, y cada vez que él avanzaba, ella dejaba escapar un sonido ahogado que vibraba contra mi piel.

Me desperté del todo sin querer.

Me uní a ellos sin pensarlo demasiado. Esta vez fui yo quien guió sus manos y le enseñé, con palabras bajas y directas, lo que a mí me gustaba. La besé despacio, saboreando la mezcla de sabores en su boca. Los tres nos movimos juntos durante un tiempo que no supe medir, en esa oscilación entre concentración y abandono que tiene el placer cuando no hay prisa ni nadie mirando el reloj.

Cuando todo terminó, los tres quedamos tumbados en silencio sobre la cama deshecha. Clara se durmió casi de inmediato, boca arriba, con la respiración acompasada. Marcos tardó un poco más. Yo, menos.

Necesitaba un baño.

***

Me levanté con cuidado, agarré una sábana del suelo, la envolví alrededor de mi cuerpo y salí al pasillo en silencio.

Rodrigo estaba ahí.

Apoyado contra la pared del corredor, con la corbata desatada y los ojos turbios de alcohol. Cuando me vio, se enderezó despacio.

—Te estaba esperando —dijo.

—Rodrigo, es tarde. Llama un taxi.

Me tomó del brazo antes de que pudiera esquivarlo. Su agarre era más fuerte de lo que esperaba.

—Me dejaste colgado toda la noche. —Su tono había cambiado. Ya no era el coqueteo habitual, era otra cosa—. Vamos a terminar lo que empezaste.

—Suéltame.

—Sofía —

—Suéltame ahora.

Me empujó contra la pared. Su cuerpo bloqueaba el pasillo. Con un tirón me quitó la sábana.

Grité.

No calculé nada. Simplemente grité con toda la fuerza que pude.

Desde la habitación llegó el ruido de alguien levantándose de golpe. La puerta se abrió. Marcos apareció en el pasillo, sin camisa, completamente despierto a pesar de que hacía un momento estaba dormido. Vio la situación y no hizo preguntas.

Agarró a Rodrigo del hombro, lo apartó de mí con una fuerza que lo hizo tambalearse y le aplicó una llave de brazo que lo obligó a doblarse y soltar un quejido de dolor.

—Fuera —le dijo, con una calma que era más intimidante que cualquier grito.

Lo llevó hasta una habitación del fondo, lo empujó adentro y cerró la puerta con pestillo. Después volvió hacia mí.

—¿Estás bien?

Asentí. No era del todo cierto, pero la alternativa era sentarme en el suelo del pasillo y eso no lo quería hacer.

***

La puerta del dormitorio principal se abrió en ese momento. Valentina apareció en el umbral, envuelta en una bata de seda color crema que no hacía el menor esfuerzo por cerrarse. Tenía el pelo revuelto y los ojos despejados de alguien que ha dormido lo justo.

Miró a Marcos. Me miró a mí. Evaluó la situación en un segundo.

Le conté lo de Rodrigo en pocas palabras. Su expresión pasó del humor a algo más serio y después a una resolución tranquila.

—Mañana lo acompaño yo personalmente a la puerta —dijo—. Con la factura de los daños incluida.

Después sus ojos volvieron a Marcos. Una mirada diferente. Una que yo reconocía porque se parecía mucho a la que yo le dirigía a él cuando quería algo.

—Oye —le dijo—. Creo que me debes un regalo de cumpleaños que todavía no me has dado.

Marcos me miró. Yo sostuve su mirada un segundo.

—Voy a ducharme —dije—. Tómate el tiempo que necesites.

Me encerré en el baño.

***

Bajo el agua caliente, el cansancio del cuerpo me cayó encima de golpe. Me quedé quieta mucho rato, de pie bajo el chorro, dejando que el vapor llenara el espacio y que el calor me deshiciera los músculos uno por uno.

Oí los gemidos de Valentina a través de la pared. Diferentes a los de Clara. Más seguros, más directos. Los de una mujer que sabe exactamente lo que quiere y no necesita que nadie se lo enseñe.

Me senté en el suelo de la ducha, dejé que el agua me cayera sobre los hombros y me permití estar agotada sin pensar en nada más.

Cuando salí, envuelta en una toalla, la casa estaba en silencio.

Clara ya no estaba. La habitación del fondo tenía las sábanas revueltas pero vacías. Había dejado doblado su delantal sobre la silla que había junto a la puerta, con un orden cuidadoso que me dijo más de ella que cualquier cosa que hubiera dicho en toda la noche. Me pregunté si estaría bien mientras volvía a casa sola en esa mañana naciente. Me dije que sí.

Marcos me esperaba en el pasillo, ya vestido, con mi bolso en la mano.

—Valentina se quedó dormida —dijo—. Nos deja la casa.

Salimos sin hacer ruido.

Afuera, la ciudad tenía ese color azul grisáceo que precede al sol. El aire olía a tierra húmeda y a asfalto frío. Caminamos hasta el coche sin hablar. No había nada que explicar ni nada que justificar. Habíamos atravesado esa noche juntos, desde el seto del jardín hasta el pasillo iluminado donde todo se torció y después se volvió a recomponer. Y ahora volvíamos a casa, los dos, como siempre volvíamos.

En el asiento del acompañante, me recosté contra su hombro. Él apretó mi mano sin decir nada y arrancó.

Me quedé dormida antes de que llegáramos.

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3.8 (50)

Comentarios (9)

NocheDeVinos

increible, me atrapó desde el principio!!

FelipeCordoba

Por favor seguí contando, quedé con ganas de saber qué pasó después

Pame_cba

Me recordó a una noche que tuve yo... esas cosas que pasan cuando el champan afloja todo. Muy bien contado!

Ricky_MX

Es real esto o es ficcion? se siente muy autentico

SoledadBaires

Que noche mas loca jajaja. Lo de los setos me mato

Charo_Mdq

Buenisimo. Me gusto mucho como escribis, nada forzado, todo muy natural

Tomas_46

excelente relato!!!

Nocturna44

El champan y la noche hacen cosas raras... esto lo confirma. Espero que publiques mas, tenes buen estilo para contar sin ser burdo.

Denacho72

Se hizo muy corto, queremos mas :)

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