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Relatos Ardientes

La noche que el champán borró todas las reglas

3.8(50)

El champán me nublaba la vista, pero no la memoria. Cada instante de aquella noche quedó grabado con una precisión que todavía me sorprende, semanas después, cuando lo repaso sin querer antes de dormirme, casi siempre con la mano metida entre los muslos. La fiesta de cumpleaños de Valentina era exactamente lo que esperaba de ella: demasiada gente, demasiada música, una piscina iluminada en el centro del jardín que convertía los cuerpos en siluetas doradas. Valentina, con sus treinta y ocho años bien llevados, se movía entre los invitados con esa energía que tenía desde que la conocía, como si cada persona en la sala existiera para alimentar algo en ella.

Me acerqué para darle el abrazo de cumpleaños. Olía a perfume caro y a champán, y cuando le susurré que seguía siendo la mejor anfitriona que conocía, se rio de ese modo suyo —bajo, un poco ronco— y me apretó el culo con las dos manos sin el menor disimulo, levantándomelo a través del vestido.

—Tú tampoco has perdido nada, Sofía —dijo, y me lamió rápido el lóbulo de la oreja antes de soltarme—. Sigues teniendo el mejor coño de toda la sala. Y yo me acuerdo de cómo sabe.

Sentí el calor subiéndome a la cara y entre las piernas al mismo tiempo. Marcos apareció a mi lado con una copa fresca. Me pasó el brazo por la cintura y le dio a Valentina dos besos en la mejilla, sin enterarse —o fingiendo no enterarse— de lo que su amiga acababa de soltarme al oído. La noche empezó así, con música demasiado fuerte, el olor a cloro mezclado con los perfumes de treinta personas que no se conocían todas entre sí, y mis bragas ya un poco mojadas.

***

Hacía una hora de eso cuando Marcos me tomó de la muñeca, en silencio, y me guio lejos de la terraza hacia el jardín trasero. La música llegaba amortiguada desde adentro. El jardín tenía unos setos altos que separaban la zona de la piscina del resto de la propiedad, y entre las sombras de uno de esos setos, él se detuvo.

No dijo nada. No necesitaba decirlo.

Me giró contra el muro de piedra que cerraba la parcela por el fondo. Sentí el frío de la piedra en las palmas y su calor a mi espalda al mismo tiempo. Me levantó el vestido hasta la cintura con una urgencia que reconocía bien, me bajó las bragas por los muslos hasta dejarlas a la altura de las rodillas y me pasó la mano abierta entre las piernas. Sentí cómo le resbalaban los dedos en mi humedad.

—Joder, ya estás chorreando —murmuró contra mi nuca—. ¿Toda la noche así?

—Toda la puta noche —jadeé.

Me abrió los labios del coño con dos dedos y se hundió en mí con una lentitud calculada que duró exactamente lo necesario para volverme loca antes de que empezara de verdad. Metió primero un dedo, después dos, separándolos dentro de mí, buscando ese punto que él conocía mejor que yo misma. Cuando lo encontró, presionó con la yema y empezó a moverlos con un ritmo enfermo, mientras con el pulgar me trazaba círculos lentos sobre el clítoris.

—Así, joder —murmuré, mordiéndome el labio cuando lo sentí meter y sacar los dedos con esa precisión sucia que me dejaba temblando—. No pares.

Marcos apoyó una mano en mi cadera y la otra siguió hundiéndose en mí, follándome con los dedos hasta que sentí cómo mi coño le apretaba la mano en espasmos involuntarios. Tuve que morderme el dorso del brazo para no gritar cuando me corrí la primera vez sobre sus dedos, con las piernas temblando y la frente apoyada en la piedra fría.

Él se sacó los dedos empapados y me los puso en la boca. Los chupé sin pensarlo, saboreándome a mí misma sobre su piel, mientras lo oía bajarse la cremallera con la otra mano.

—Abre más las piernas —dijo, y la voz le salió ronca—. Más.

Hice lo que me pedía. Apoyé mejor las palmas contra la piedra, separé los pies todo lo que me dejaba el vestido recogido en la cintura y arqueé el culo hacia atrás para ofrecérselo. Sentí cómo me agarraba una nalga, cómo se la abría, y después la cabeza ancha y caliente de la polla apoyándose en la entrada de mi coño, todavía empapado de lo anterior.

Me la metió hasta el fondo de una sola embestida. Lenta, brutal, total.

Se me escapó un gemido sordo. Me llenó tanto que durante un segundo no pude ni respirar. La sentí dura, gruesa, palpitándome adentro, abriéndome y estirándome hasta los huesos. Se quedó quieto un instante, dejándomela sentir entera, hasta que decidió empezar a moverse.

Primero despacio, casi sacándomela del todo y volviendo a clavármela hasta el fondo en una sola embestida lenta. Otra. Otra más. Cada golpe arrancándome un quejido que se me escapaba sin permiso. Después fue subiendo el ritmo, más profundo, más firme, clavándome contra la piedra con golpes que hacían sonar su pelvis contra mis nalgas. La música desde adentro era suficientemente fuerte para cubrir cualquier sonido que yo no pudiera controlar, pero igualmente me mordí el labio hasta sentir el sabor metálico de la piel.

—Eso es —dijo él, con la voz baja junto a mi oído—. Te gusta así, con la polla hasta el fondo. Dime cuánto te gusta.

—Me encanta —jadeé—. Me encanta tu polla. Más fuerte, joder, no pares.

Me follaba con una mano en mi cadera para clavarme contra él y la otra rodeándome por delante para frotarme el clítoris en círculos rápidos. Hundí las uñas en la piedra y levanté más las caderas para ofrecérselo mejor, sintiendo cómo me daba justo donde me desarmaba. El golpe rítmico de su cuerpo contra el mío se volvió más rápido, más sucio. Sus testículos me golpeaban contra el clítoris en cada embestida, y la polla me llenaba con esa precisión brutal que solo conseguía él. Me corrí por segunda vez en menos de cinco minutos con un espasmo que me dejó la cabeza vacía y las piernas sin fuerza, apretándole tanto el coño por dentro que lo oí soltar un gruñido contra mi cuello.

Marcos siguió todavía unos segundos, embistiéndome más rápido, más errático, hasta que se tensó detrás de mí. Sentí cómo se le hinchaba la polla un instante antes de correrse dentro con un jadeo ahogado, vaciándose en mí con sacudidas que me hicieron cerrarle más el cuerpo alrededor. Aguanté un par de segundos más con la frente contra la piedra, sintiendo cómo lo que él acababa de soltarme empezaba a escurrirse, caliente y espeso, entre los muslos.

Cuando se sacó la polla con cuidado, sentí cómo un hilo grueso de su semen me bajaba por la cara interna del muslo. Buscó las bragas en mis tobillos y me las subió él mismo, encajándomelas contra el coño hinchado y empapado para que aguantaran lo que se estaba escapando.

—Vuelves a la fiesta así —murmuró, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Toda la noche con lo mío adentro.

Cuando terminó, permanecimos quietos unos segundos. Su respiración contra mi cuello. La mía todavía entrecortada. Después nos recompusimos sin hablar: yo arreglé el vestido, él se ajustó la ropa, y volvimos a la fiesta como si hubiéramos salido a buscar aire fresco. Nadie lo notó, o nadie quiso notarlo. Esas cosas las decides tú.

***

A medianoche, los invitados ocasionales empezaron a irse. A la una, el grupo quedó reducido al círculo de siempre: Valentina, cuatro amigos suyos de toda la vida, Marcos, yo y los camareros que recogían copas con esa discreción eficiente de quien ha trabajado en muchas fiestas como esa.

Entre el personal de servicio había una chica joven. Clara. No tendría más de veinte años. Menuda, de movimientos cuidadosos, con el pelo recogido en una cola que se le deshacía un poco en las sienes. Cada vez que Marcos le hablaba, ella bajaba la vista antes de volver a mirarlo con esa mezcla de timidez y curiosidad que tiene la gente que todavía está aprendiendo cómo funciona el deseo.

Yo lo vi desde el primer momento. Y desde el primer momento se me puso el coño a latir otra vez, todavía con la corrida de Marcos calentándomelo por dentro.

Fue Valentina quien rompió la última pretensión de formalidad de la noche. Se puso de pie en el borde de la piscina, levantó la copa y brindó por sus años con un discurso que nadie escuchó completo porque antes de que terminara ya se había quitado el vestido y se había tirado al agua de cabeza, completamente desnuda. Su cuerpo de mujer segura cortó el agua entre gritos y aplausos. La tensión de la noche se rompió en carcajadas.

Yo me quedé sentada en el borde, con los pies dentro del agua. Observando.

Rodrigo, un amigo de Valentina al que conocía hacía años y con el que siempre había mantenido ese coqueteo de fondo que nunca llegaba a ningún lado, se sentó a mi lado y me rodeó con un brazo.

—La noche se está poniendo interesante, Sofía.

—En casa de Valentina siempre se pone interesante —respondí.

Lo dejé hablar. Lo dejé acercarse un poco, porque así funcionaba eso con él y yo llevaba años sabiendo exactamente cuándo parar. Pero mi atención ya no estaba en Rodrigo. Estaba en la puerta de cristal que daba al salón, por donde Marcos y Clara habían desaparecido hacía unos minutos.

Sabía exactamente adónde habían ido.

Me separé de Rodrigo con una excusa y entré a la casa.

***

La habitación del fondo tenía la puerta entreabierta. Los sonidos que llegaban desde adentro eran suficientemente claros como para que no hiciera falta abrir más. Un golpeteo rítmico de carne contra carne. Una respiración rota, femenina, joven, que pedía algo en jadeos cortos.

Me asomé.

Clara estaba sobre la cama, de rodillas, con los antebrazos apoyados en el colchón y el culo respingón en el aire. Estaba desnuda. Tenía el cuerpo pequeño y firme de una chica de veinte años, las tetas sueltas balanceándose con cada empujón, los muslos abiertos y el coño rosado completamente expuesto. Marcos estaba detrás, también desnudo, agarrándole la cintura con las dos manos y entrándole y saliéndole con esa lentitud deliberada que él usaba cuando quería que algo durara. La polla se le hundía hasta el fondo y volvía a salir brillando, mojada de ella.

Ella tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, y su cuerpo respondía a cada embestida con una claridad que no dejaba lugar a interpretaciones. No había miedo en su cara. Había concentración. Había algo que se parecía mucho al asombro.

Entré sin hacer ruido.

Marcos me vio y asintió, sin detenerse. Le dio un empujón más profundo a Clara que la hizo soltar un gemido sucio, y después, sin sacársela, le inclinó la cabeza hacia mí. Clara abrió los ojos, me miró, y su expresión pasó por sorpresa antes de quedarse en algo más tranquilo.

Me senté en el borde de la cama y le tomé la mano.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.

—Sí —dijo ella, con la voz un poco raspada por los gemidos—. Sí, estoy bien. Muy bien.

—¿Quieres que me quede?

Asintió. Detrás, Marcos seguía moviéndose con embestidas lentas que la hacían cerrar los ojos cada poco.

No hizo falta más que eso.

Me quité el vestido por la cabeza y lo dejé caer al suelo. Las bragas, todavía húmedas, fueron detrás. Me quedé desnuda al borde de la cama, y Clara me miró con esa curiosidad atenta de quien está aprendiendo algo nuevo. Le acaricié la mejilla, le bajé la mano por el cuello, le rodeé un pecho y le apreté el pezón entre dos dedos. Ella se mordió el labio y soltó un gemido que se mezcló con la siguiente embestida de Marcos.

—Tienes las tetas preciosas —le dije bajo—. Y un culo que vuelve loco a cualquiera. ¿Lo sabías?

Negó con la cabeza, casi tímida. Marcos le clavó la polla hasta el fondo y se quedó quieto, observándonos.

Me subí a la cama y me recosté boca arriba contra los almohadones, con las piernas abiertas frente a la cara de Clara. Le tomé la nuca con una mano y la guié sin prisa.

—¿Has comido coño antes? —le pregunté.

—No —dijo, y se le encendieron las mejillas.

—Tranquila. Yo te enseño.

Le bajé la cabeza hasta que su boca quedó a centímetros de mi sexo, todavía hinchado de lo de afuera. Sentí su respiración primero, cálida, antes que la punta de la lengua tocándome con cuidado. Empezó por arriba, indecisa, hasta que le indiqué con la mano dónde la quería sentir. Clara me lamió el clítoris primero por encima, con la lengua plana, como si estuviera probando un sabor nuevo, y después, cuando vio que yo arqueaba el cuello en respuesta, lo cerró con los labios y se puso a chupármelo despacio.

—Así, joder —jadeé—. Justo así, no pares.

Marcos, mientras tanto, le había sujetado las caderas a Clara con las dos manos y había empezado a follársela otra vez. Cada empujón la lanzaba hacia delante contra mi cuerpo, y su lengua me chocaba con más fuerza, con más profundidad, con cada embestida que él le daba. Lo que la chica no sabía hacer por experiencia se lo enseñaba él con cada golpe de cadera.

La miré por encima de mis tetas. Tenía los ojos cerrados, la cara enterrada en mi coño, los pómulos brillando ya de mi humedad. Marcos sonrió por encima de su hombro mientras la penetraba con golpes más firmes, mirándome a los ojos.

—Métele dos dedos —le dijo a Clara, sin dejar de embestirla—. A ella le gusta así, llena por todas partes.

Clara obedeció. Sentí sus dedos pequeños tanteando torpemente, hasta que dieron con la entrada y se hundieron en mí los dos a la vez. Empezó a moverlos al ritmo de los empujones de Marcos contra ella, y la velocidad la marcaba él. Yo me retorcí debajo, sujetándome de las sábanas, gimiendo cosas que ya no recuerdo. La lengua, los dedos, la imagen de los dos juntos —de él follándosela mientras ella me follaba a mí— me llevó al borde mucho antes de lo que yo creía aguantar.

Me corrí encima de su boca con un grito que ya no intenté contener. Le aplasté la cara contra el coño con las dos manos, sintiendo cómo seguía chupándome el clítoris en cada espasmo, los dedos enterrados en mí, mientras Marcos por detrás aumentaba el ritmo hasta volverlo brutal, embistiéndola tan fuerte que el cabecero golpeaba contra la pared.

Clara empezó a temblar entre los dos. Soltó la lengua y se aferró a mis muslos con las manos, gimoteando con la boca pegada a mi sexo, hasta que se vino con un alarido amortiguado, todo su cuerpo sacudiéndose, y arrastró a Marcos con ella. Él se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y se vació dentro con un gruñido bajo, embistiéndola unas cuantas veces más mientras se descargaba.

Los tres formábamos un circuito cerrado donde todo lo que uno hacía se multiplicaba en los otros dos. Clara era inexperta pero honesta en su deseo, y eso valía más que cualquier habilidad aprendida.

Cuando Marcos por fin se sacó la polla resbalosa de ella, un hilo de semen le bajó a Clara por la cara interna del muslo. Se quedó un momento de rodillas, jadeando, con la cabeza apoyada en mi vientre. Pero ninguno había terminado del todo. Marcos giró a Clara boca arriba, le abrió las piernas otra vez y le metió la cara entre los muslos, dispuesto a limpiarla con la lengua y a hacerla venir una segunda vez. Yo me incorporé un poco para mirarlo, todavía latiendo, y le acaricié a Clara el pelo mientras él la lamía.

En algún momento, sin saber cuándo exactamente, me recosté a un lado y cerré los ojos. El cansancio se había instalado en mis huesos de golpe. Los sonidos de ellos dos —el roce de la sábana, los gemidos cada vez más sueltos de Clara, los chasquidos de la lengua de Marcos contra su coño— me arrullaron hasta que me quedé dormida.

***

Me despertó una sensación que tardé un segundo en identificar.

Abrí los ojos. La habitación estaba en penumbra, con solo la luz de la calle entrando por la rendija de la persiana. Clara estaba inclinada sobre mí, su boca sobre mi vientre, explorando más abajo con una lentitud nueva. Marcos la penetraba por detrás con movimientos lentos, y cada vez que él avanzaba, ella dejaba escapar un sonido ahogado que vibraba contra mi piel.

Me desperté del todo cuando la lengua de Clara me encontró el clítoris.

Ya no era la chica torpe de antes. Había aprendido en las pocas horas que habíamos pasado dormidos —o quizá Marcos la había despertado a ella primero y la había estado entrenando— porque ahora me chupaba con una seguridad que no le había visto al principio. Cerró los labios alrededor del clítoris, lo succionó suave, y al mismo tiempo me metió dos dedos en el coño con un movimiento curvo que me hizo arquear la espalda.

—Joder, qué rápido aprendes —murmuré, agarrándole el pelo.

Marcos sonrió desde detrás de ella, y le dio una palmada seca en una nalga.

—Cómesela bien —le dijo—. Sin parar.

Clara obedeció. Le seguí guiando con la mano en su pelo, marcándole el ritmo, separando más las piernas para ofrecérmele entera. Marcos la seguía penetrando por detrás, despacio, con embestidas largas, y cada empujón la hundía un poco más contra mi sexo. La lengua de Clara me trabajaba el clítoris con la misma cadencia con la que la polla de Marcos le entraba a ella, los dos formando un solo movimiento del que yo era el extremo final.

En algún momento, Marcos se sacó la polla del coño de Clara y rodeó la cama. Se acercó a mi cabeza, se arrodilló contra los almohadones y me acercó la polla mojada de ella a los labios. Abrí la boca sin pensarlo, y se la tragué entera, saboreando a Clara en él, salada y dulce a la vez. Marcos me agarró el pelo y empezó a moverse contra mi boca despacio, mientras Clara seguía comiéndome el coño con la dedicación de una alumna aplicada.

—Aprende —le dijo Marcos, mirándola por encima de mi vientre—. Mira cómo me la chupa.

Clara levantó la cabeza un segundo, con los labios brillando de mí, y se quedó mirando cómo le tragaba la polla. Después volvió a bajar, pero esta vez con más urgencia, más rápido, lamiéndome y mordiéndome los muslos y volviendo al clítoris hasta que me hizo temblar entera.

Marcos se sacó de mi boca antes de que la cosa fuera más lejos. Se puso detrás de Clara otra vez, le agarró las caderas y se le hundió hasta el fondo de un golpe que la hizo gemir contra mi vientre.

—Sigue —le ordenó—. Cómeselo bien.

Esta vez la fue follando con embestidas profundas, sin prisa, sin compasión, mientras me la usaba para que me lamiera el coño. Yo intentaba aguantar pero ya estaba en el borde, con los muslos temblándome y los pezones tan duros que me dolían. Le agarré la cara a Clara con las dos manos y la apreté contra mí, restregándome contra su boca, hasta que el orgasmo me partió por la mitad y me corrí encima de su lengua con un grito largo que despertó a media casa.

Mientras yo todavía me sacudía, Marcos cambió el ritmo. Empezó a embestir a Clara más rápido, más sucio, agarrándola del pelo, tirando hacia atrás para que ella levantara la cara de entre mis piernas y se le viera la boca llena de mi humedad. La hizo girarse sin sacársela y la dejó tendida boca arriba a mi lado, con las piernas abiertas y el coño goteando.

—Mírame —le dijo, mientras se le clavaba hasta el fondo otra vez—. Mírame cuando me corra dentro.

Yo le tomé las tetas a Clara con las dos manos y se las apreté, y ella me agarró la mano y se llevó dos dedos a la boca, chupándolos como si fueran otra polla. Marcos se vino dentro de ella con un gruñido que se apagó en la almohada, embistiéndola con sacudidas cada vez más cortas hasta vaciarse del todo.

Cuando todo terminó, los tres quedamos tumbados en silencio sobre la cama deshecha. Clara se durmió casi de inmediato, boca arriba, con la respiración acompasada y un hilo de semen escurriéndosele entre los muslos. Marcos tardó un poco más. Yo, menos.

Necesitaba un baño.

***

Me levanté con cuidado, agarré una sábana del suelo, la envolví alrededor de mi cuerpo y salí al pasillo en silencio.

Rodrigo estaba ahí.

Apoyado contra la pared del corredor, con la corbata desatada y los ojos turbios de alcohol. Cuando me vio, se enderezó despacio.

—Te estaba esperando —dijo.

—Rodrigo, es tarde. Llama un taxi.

Me tomó del brazo antes de que pudiera esquivarlo. Su agarre era más fuerte de lo que esperaba.

—Me dejaste colgado toda la noche. —Su tono había cambiado. Ya no era el coqueteo habitual, era otra cosa—. Vamos a terminar lo que empezaste.

—Suéltame.

—Sofía —

—Suéltame ahora.

Me empujó contra la pared. Su cuerpo bloqueaba el pasillo. Con un tirón me quitó la sábana.

Grité.

No calculé nada. Simplemente grité con toda la fuerza que pude.

Desde la habitación llegó el ruido de alguien levantándose de golpe. La puerta se abrió. Marcos apareció en el pasillo, sin camisa, completamente despierto a pesar de que hacía un momento estaba dormido. Vio la situación y no hizo preguntas.

Agarró a Rodrigo del hombro, lo apartó de mí con una fuerza que lo hizo tambalearse y le aplicó una llave de brazo que lo obligó a doblarse y soltar un quejido de dolor.

—Fuera —le dijo, con una calma que era más intimidante que cualquier grito.

Lo llevó hasta una habitación del fondo, lo empujó adentro y cerró la puerta con pestillo. Después volvió hacia mí.

—¿Estás bien?

Asentí. No era del todo cierto, pero la alternativa era sentarme en el suelo del pasillo y eso no lo quería hacer.

***

La puerta del dormitorio principal se abrió en ese momento. Valentina apareció en el umbral, envuelta en una bata de seda color crema que no hacía el menor esfuerzo por cerrarse. Las tetas le asomaban por la abertura, los pezones marcados contra la seda. Tenía el pelo revuelto y los ojos despejados de alguien que ha dormido lo justo.

Miró a Marcos. Me miró a mí. Evaluó la situación en un segundo.

Le conté lo de Rodrigo en pocas palabras. Su expresión pasó del humor a algo más serio y después a una resolución tranquila.

—Mañana lo acompaño yo personalmente a la puerta —dijo—. Con la factura de los daños incluida.

Después sus ojos volvieron a Marcos. Una mirada diferente. Una que yo reconocía porque se parecía mucho a la que yo le dirigía a él cuando quería algo.

—Oye —le dijo, dejando que la bata se abriera otro poco—. Creo que me debes un regalo de cumpleaños que todavía no me has dado.

Marcos me miró. Yo sostuve su mirada un segundo, sabiendo exactamente lo que ella estaba pidiendo —que se la follara, ahí, sin más rodeo— y sabiendo exactamente que yo iba a decirle que sí.

—Voy a ducharme —dije—. Tómate el tiempo que necesites.

Me encerré en el baño.

***

Bajo el agua caliente, el cansancio del cuerpo me cayó encima de golpe. Me quedé quieta mucho rato, de pie bajo el chorro, dejando que el vapor llenara el espacio y que el calor me deshiciera los músculos uno por uno.

Oí los gemidos de Valentina a través de la pared. Diferentes a los de Clara. Más graves, más roncos, más seguros, más directos. Los de una mujer que sabe exactamente lo que quiere y no necesita que nadie se lo enseñe. Oí su voz pidiéndole cosas concretas a Marcos —«así, joder, hasta el fondo», «fóllame el culo, regalo de cumpleaños, vamos»— y oí el cabecero golpeando rítmicamente contra la pared del baño, el mismo cabecero que un rato antes había golpeado conmigo dormida en la habitación de al lado.

Me senté en el suelo de la ducha, dejé que el agua me cayera sobre los hombros y me permití estar agotada sin pensar en nada más. Sin pensar en por qué se me ponía el coño otra vez al oír a mi marido follándose a otra mujer del otro lado de la pared.

Cuando salí, envuelta en una toalla, la casa estaba en silencio.

Clara ya no estaba. La habitación del fondo tenía las sábanas revueltas pero vacías. Había dejado doblado su delantal sobre la silla que había junto a la puerta, con un orden cuidadoso que me dijo más de ella que cualquier cosa que hubiera dicho en toda la noche. Me pregunté si estaría bien mientras volvía a casa sola en esa mañana naciente. Me dije que sí.

Marcos me esperaba en el pasillo, ya vestido, con mi bolso en la mano.

—Valentina se quedó dormida —dijo—. Nos deja la casa.

Salimos sin hacer ruido.

Afuera, la ciudad tenía ese color azul grisáceo que precede al sol. El aire olía a tierra húmeda y a asfalto frío. Caminamos hasta el coche sin hablar. No había nada que explicar ni nada que justificar. Habíamos atravesado esa noche juntos, desde el seto del jardín hasta el pasillo iluminado donde todo se torció y después se volvió a recomponer. Y ahora volvíamos a casa, los dos, como siempre volvíamos.

En el asiento del acompañante, me recosté contra su hombro. Él apretó mi mano sin decir nada y arrancó.

Me quedé dormida antes de que llegáramos.

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Comentarios(9)

NocheDeVinos

increible, me atrapó desde el principio!!

FelipeCordoba

Por favor seguí contando, quedé con ganas de saber qué pasó después

Pame_cba

Me recordó a una noche que tuve yo... esas cosas que pasan cuando el champan afloja todo. Muy bien contado!

Ricky_MX

Es real esto o es ficcion? se siente muy autentico

SoledadBaires

Que noche mas loca jajaja. Lo de los setos me mato

Charo_Mdq

Buenisimo. Me gusto mucho como escribis, nada forzado, todo muy natural

Tomas_46

excelente relato!!!

Nocturna44

El champan y la noche hacen cosas raras... esto lo confirma. Espero que publiques mas, tenes buen estilo para contar sin ser burdo.

Denacho72

Se hizo muy corto, queremos mas :)

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