Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cuatro visitas en una tarde: así vivo mi deseo

Mi nombre es Sofía y tengo cincuenta y tres años. Digo esto sin vergüenza porque la vergüenza la dejé atrás hace tiempo, cuando entendí que el deseo no tiene fecha de caducidad y que el placer, bien buscado, es lo más honesto que existe.

Vivo sola en un apartamento amplio en el centro de la ciudad. Lo cuido con esmero: siempre hay flores frescas en el recibidor, el baño huele a eucalipto y las sábanas son de lino blanco y suave. Recibo visitas. Hombres que conozco a través de aplicaciones o de amigos en común, hombres que regresan porque aquí encuentran algo que no encuentran en ningún otro lado. No cobro. No es eso. Es que follar es una necesidad para mí, como lo es para cualquiera, y a esta edad sé exactamente cómo abrirme de piernas y sacarme lo que necesito sin pedir disculpas por ello.

Ese martes de octubre empezó como cualquier otro: café con leche, algo de lectura, un poco de ejercicio en casa. A las cinco de la tarde me duché despacio, me enjaboné los pezones hasta dejarlos duros, me metí dos dedos entre las piernas para comprobar que ya estaba mojada de puro pensarlo, y me puse un vestido azul marino que ciñe bien en las caderas, sin bragas debajo. Encendí un par de velas en el dormitorio. Había cuatro citas esa tarde y esa noche. Lo sabía desde el desayuno, y la anticipación me mantuvo con el coño palpitando durante horas, como cuando esperas que empiece una tormenta y el aire ya lo anuncia.

***

Andrés llegó puntual a las seis. Treinta y cuatro años, abogado de una firma del norte que visitaba la ciudad cada mes por trabajo. La primera vez me lo presentó una conocida en una cena; la segunda vez me escribió él directamente. Tenía el pelo oscuro y húmedo, como si acabara de ducharse en el hotel, y traía esa tensión en los hombros de quien lleva días encerrado en reuniones.

—Necesitaba esto —dijo al entrar, antes de que yo pudiera decir nada.

Le serví vino. Nos sentamos en el sofá y charlamos de poco: la ciudad, el frío que llegaba tarde ese año, un libro que ninguno de los dos había terminado. Pero la conversación era solo el ritual de entrada y los dos lo sabíamos. A los diez minutos estábamos besándonos, y él tenía las manos en mi cintura con esa urgencia controlada de alguien que lleva días conteniéndose.

Lo llevé al dormitorio de la mano. Se quitó la camisa mientras yo me bajaba los tirantes del vestido despacio, sin apartar los ojos de los suyos. Cuando la tela cayó al suelo y me vio desnuda debajo, sin nada, exhaló por la nariz como si le hubieran quitado el aire.

—Eres impresionante —murmuró.

No respondí. Me arrodillé frente a él, le desabroché el cinturón y le bajé el pantalón junto con el bóxer de un solo tirón. Su polla saltó dura, gruesa, roja en la punta, y yo la agarré por la base y me la metí en la boca hasta el fondo sin avisar. Andrés se agarró al borde del vestidor, gimiendo. Le gusta que yo tome la iniciativa al principio. Luego, cuando ya está dentro, le gusta llevar el ritmo él.

Se la chupé despacio, con la lengua recorriéndole toda la longitud, deteniéndome en el glande para lamerlo como si fuera un caramelo. Le tomé los huevos con la mano libre y se los amasé mientras aceleraba el ritmo. Andrés empezó a empujar las caderas contra mi cara, follándome la boca con cuidado al principio y con más fuerza después, hasta que yo notaba la punta de su verga golpeándome la garganta. Cuando sentí que estaba a punto, lo aparté con suavidad de un empujón en el muslo.

—Todavía no —le dije, limpiándome la comisura con el dorso de la mano—. Todavía no me has hecho nada.

Me tumbó en la cama y bajó por mi cuerpo con la boca sin ninguna prisa, deteniéndose en el cuello, en las clavículas, cerrando los labios en un pezón y luego en el otro hasta dejármelos tan tensos que dolían. Sus manos me recorrían los muslos, abriéndolos con firmeza. Cuando hundió la cara en mi coño, me arqueé sola.

Andrés comía con hambre, sin miramientos. La lengua entera plana contra mi clítoris, chupándolo, apretándolo entre los labios, alternando con dos dedos que entraban y salían de mi coño empapado con un sonido húmedo que llenaba la habitación. Yo tenía las manos enredadas en su pelo, empujándole la cabeza contra mí, follándole la boca sin ninguna vergüenza.

—Así, ahí, no pares —jadeé, con las caderas subiendo solas contra su cara.

Me corrí gritando, apretándole la cabeza entre los muslos, con las piernas temblándome. Él no se apartó. Siguió lamiendo despacio mientras yo bajaba, sacándome hasta el último espasmo, hasta que le tuve que empujar la frente porque no aguantaba más el clítoris hipersensible.

Se incorporó con la barbilla brillante de mí, se limpió con el dorso de la mano y me miró como quien ha ganado algo. Se puso encima. Yo le agarré la polla y la guie hacia mi entrada, y él la empujó de una sola estocada larga que me sacó un gemido desde el fondo de la garganta. Mi coño se lo tragó entero, apretado, todavía palpitando del orgasmo anterior.

—Joder —dijo entre dientes—. Estás empapada.

Empezó a moverse con calma, midiendo cada embestida, hundiéndose hasta el fondo y saliendo casi entero antes de volver a entrar. Le puse las manos en los hombros y le clavé las uñas. Cambiamos de posición: me monté encima, con las manos apoyadas en su pecho, y empecé a cabalgarlo despacio, sintiendo cómo su polla me llenaba entera con cada bajada. Él me agarraba las caderas y me embestía desde abajo, mirándome las tetas rebotar con una expresión entre el asombro y la rendición.

—Córrete dentro —le dije, acelerando—. Quiero sentírtelo.

Bastó eso. Me apretó las caderas hasta hacerme daño, empujó hacia arriba una última vez y se corrió dentro de mí con un gruñido largo, mientras yo terminaba encima con el clítoris frotándose contra su pubis. Sentí los chorros calientes llenándome por dentro, y me quedé quieta encima suyo, apretándolo con los músculos internos para exprimirle hasta la última gota.

Se duchó, se vistió y se fue cuarenta minutos después de haber llegado, con esa flojera en las piernas del hombre bien vaciado. Antes de salir me dejó un beso largo en la frente.

—Hasta el mes que viene —dijo.

—Hasta el mes que viene —respondí, todavía con su semen escurriéndoseme por el muslo.

***

Rodrigo llegó a las ocho. Cuarenta años, arquitecto, cuerpo de alguien que hace deporte sin obsesionarse, visitante habitual desde hacía casi dos años. Con él la cosa era diferente: no había urgencia, había ritmo. Nos conocíamos bien, sabíamos lo que quería el otro antes de pedirlo.

—Traigo aceite nuevo —dijo al entrar, levantando una bolsita de papel marrón.

Sonreí. Siempre trae algo. La semana anterior había traído almendras tostadas. Antes, un libro que le había mencionado de pasada en una conversación. No era cortejo ni intención romántica: era simplemente quien era, un hombre que presta atención.

Nos desnudamos en el salón sin ceremonia, besándonos de pie contra la pared. Cuando me quitó la ropa y me pasó la mano entre las piernas, encontró el coño hinchado, resbaladizo, con los restos de Andrés todavía por dentro. Sonrió contra mi boca.

—Ya llevas ventaja —dijo, metiéndome dos dedos hasta el fondo con un movimiento lento.

—Tú alcánzame —jadeé, apoyando la cabeza contra la pared.

Me trabajó ahí de pie durante un rato, los dedos entrando y saliendo con un chapoteo obsceno, el pulgar dando vueltas sobre el clítoris. Yo le agarré la polla, ya dura contra mi cadera, y se la masturbé al mismo ritmo, escupiéndome en la mano para hacerlo mejor. Nos frotamos así hasta que él me apartó la mano.

—Vamos al dormitorio o te reviento aquí mismo.

Me tumbó boca abajo en la cama y comenzó con el masaje. Las manos calientes, el aceite que olía a madera y cítrico, la presión exacta en los hombros y en la espalda. Bajó despacio por los glúteos, separándomelos con las dos manos, deslizando el pulgar aceitado por la raja hasta rozarme el culo. Cuando llegó a la parte interna de los muslos, dejé de respirar con normalidad y agarré la almohada.

—Abre —murmuró, y yo separé las piernas todavía más, ofreciéndoselo todo.

Me metió la cara entre los muslos por detrás, con la lengua trabajándome el coño desde abajo y los pulgares abriéndome los labios para tener mejor acceso. Después subió, lengua entera contra el culo, chupando y lamiendo esa zona con la misma dedicación que le dedicaba al coño. Yo hundí la cara en la almohada para ahogar el gemido. Nadie me lame el culo como Rodrigo.

Me giró y me devoró de frente sin prisas, sin pedir permiso, porque ya sabe que no hace falta. Me metió tres dedos mientras la lengua giraba sobre el clítoris, y me corrí en su boca a los pocos minutos, empujándole la cara contra mí con las dos manos, gimiendo su nombre.

Cuando bajé un poco lo atraje hacia arriba y nos acomodamos en el sesenta y nueve, algo que a los dos nos gusta pero que pocas veces funciona de verdad. Con Rodrigo funciona porque los dos ponemos atención y ninguno se distrae. Me monté encima con el coño en su cara y su polla en la mía, y me la tragué entera, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz para no ahogarme. Le chupé los huevos, se los besé uno a uno, le lamí desde la base hasta el glande mientras él me trabajaba abajo con la lengua y los dedos.

Cuando ya no aguanté más, lo puse de espaldas y me monté encima.

Cabalgar encima de alguien a quien conocés bien tiene algo especial: sabés cómo moverme para que los dos sintamos más. Ajusté el ángulo, apoyé una mano en su pecho y empalé el coño en su polla hasta el fondo. Empecé a subir y bajar, primero despacio, sintiéndolo entrar entero cada vez, después más rápido, con las tetas rebotando y él con las manos apretándomelas, pellizcándome los pezones.

—No pares —dijo en voz baja.

No paré. Aceleré. Me incliné hacia adelante para que el clítoris me rozara contra su pubis con cada bajada, y sentí ese calor familiar subiendo por dentro. Rodrigo me agarró de las caderas y empezó a embestir desde abajo, follándome duro, haciéndome rebotar sobre él. La cama crujía. Yo gemía sin controlarme, con la boca abierta, con hilo de saliva escurriéndoseme por la barbilla.

—Me corro —jadeé—, me corro me corro me corro…

Llegué con un espasmo largo que me contrajo entera, el coño apretándole la polla como un puño, y él llegó casi al mismo tiempo con un sonido que salió del pecho, vaciándose dentro de mí en varios chorros calientes. Me quedé encima suyo, temblando, con su polla todavía dentro, palpitando.

Nos duchamos juntos, riendo por algo tonto que ya no recuerdo. Bajo el agua caliente, con el jabón, él aprovechó para pasarme la mano entre las piernas otra vez, más por costumbre que por hambre, y yo le tomé la polla blanda y se la enjaboné despacio, agradeciéndole en silencio. Se marchó pasadas las nueve y media con esa expresión relajada de quien ha dormido de un tirón.

***

Ernesto llegó a las diez y cuarto, con quince minutos de retraso que compensó con un ramo de peonías blancas. Sesenta y cuatro años, empresario retirado, viudo desde hacía tres. Cabello completamente plateado, manos grandes y seguras, una calma en los ojos que solo da quien ha vivido mucho y ha tenido que soltar aún más.

Era la visita que más me gustaba en sentido estricto, no porque el sexo fuera el más intenso, sino porque había algo distinto en cómo me miraba. Como si lo que veía en mí le pareciera valioso por sí mismo, sin condiciones.

Abrimos la botella de jerez que guardaba para él. Nos sentamos frente a frente en el sofá y hablamos durante un rato largo: él, de su hijo que acababa de tener una niña; yo, de un viaje que estaba planeando a Portugal. La conversación fue fácil, de esas que no hay que construir porque se sostienen solas.

Cuando nos besamos fue él quien empezó, poniendo una mano en mi mejilla con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de su mano. Me desnudó muy despacio, besando cada centímetro que iba descubriendo, sin apresurarse nunca. Los hombres que tienen esa ecuanimidad saben que no hay prisa, que la prisa es cosa de quien todavía no confía en que el otro se va a quedar.

Cuando me tuvo desnuda encima de las sábanas, se arrodilló entre mis piernas y se quedó un momento mirándome el coño abierto, todavía hinchado y rosado de los dos anteriores, con la barba blanca casi rozándome los muslos. Sonrió apenas.

—Qué preciosidad —dijo, y bajó la boca.

Ernesto come coño como quien reza. Sin apuro, sin técnica de exhibición, solo con una atención total. La lengua ancha, plana, recorriéndome de abajo hasta el clítoris en pasadas largas. Después la punta de la lengua concentrada solo ahí, dando círculos exactos. Después dos dedos entrando muy despacio, curvándose adentro hasta encontrar ese punto que él conoce de memoria. Alternaba, cambiaba de ritmo, se detenía justo cuando yo estaba a punto y bajaba a chuparme los labios inferiores y a lamer la entrada, y volvía a subir cuando yo ya no aguantaba más.

Me tuvo así, colgada del borde del orgasmo, durante lo que me pareció una eternidad. Yo tenía las manos apretadas en las sábanas, la espalda arqueada, los talones clavados en el colchón. Cuando por fin me dejó llegar, chupándome el clítoris con firmeza mientras me follaba con los dedos, me corrí con un grito ronco, agarrándome a la almohada, arqueada entera, con los muslos cerrándose alrededor de su cabeza plateada.

Se incorporó, se quitó lo que le quedaba de ropa y se colocó encima en posición de misionero. Su polla, gruesa y sorprendentemente dura para su edad, encontró la entrada sola. Empujó hasta el fondo con una sola embestida larga y se quedó ahí, hundido, respirándome en la boca.

—Mírame —murmuró.

Lo miré. Empezó a moverse muy despacio, con embestidas profundas, sin apartar los ojos de los míos ni un segundo. Ese detalle siempre me afecta. Hay algo en ser follada así, con los ojos abiertos, sin distancia ni prisa, con un hombre que sabe exactamente lo que hace y para quién lo hace, que vuelve el sexo más íntimo que cualquier postura o técnica que pueda aprenderse. Yo le rodeé la cintura con las piernas y le clavé los talones en los glúteos para atraerlo más adentro con cada empuje.

—Así —jadeé—, así, no cambies nada.

No cambió nada. Siguió el mismo ritmo lento y hondo, mirándome mientras yo empezaba a temblar por dentro otra vez. Cuando sintió que me acercaba, bajó la boca a la mía y me besó profundo, y así, con su lengua en mi boca y su polla golpeándome el fondo, me corrí por tercera vez esa noche, mucho más callada, temblando debajo de él. Él aguantó unos empujes más y terminó también, hundido hasta la raíz, gimiendo bajo contra mi cuello mientras se vaciaba dentro de mí.

Nos quedamos abrazados un rato sin decir nada, su polla ablandándose despacio dentro. Después de unos minutos él habló primero.

—Estás muy bien esta noche —dijo contra mi pelo.

—Llevo un día muy bueno —respondí.

Él no preguntó nada más. Ya sabe cómo soy y lo acepta sin necesidad de detalles.

Se marchó cerca de medianoche, después de otra copa y de hablar un poco más. En la puerta me dio un beso en la mano, como siempre hace.

***

Damián llegó a las doce y media, cuando ya empezaba a pensar que iba a cancelar. Era el más nuevo: solo habíamos quedado una vez antes, un mes atrás, y había sido tan bueno que yo misma le propuse repetir. Treinta y ocho años, fotógrafo, tatuajes en los antebrazos y una mirada directa que incomoda a la gente poco acostumbrada a ser vista de verdad.

—Pensé que ibas a cancelar —le dije al abrir la puerta.

—Lo pensé —admitió—. Pero al final no pude.

Con Damián no hubo charla previa. En cuanto cerré la puerta me tenía contra la pared, con las manos en mi cintura y la boca en mi cuello. Me metió la mano por debajo del vestido, encontró el coño desnudo y todavía chorreando de Ernesto, y soltó una risa baja contra mi oreja.

—Vaya, vaya. Alguien ha estado ocupada.

—Muy ocupada —contesté, sin ninguna vergüenza—. Y todavía no he terminado.

—Eso se ve.

Yo no me resistí. Después de tres encuentros en el mismo día, mi cuerpo estaba en ese estado de calor continuo donde el deseo y el placer son casi lo mismo y cualquier contacto se amplifica. Me metió dos dedos hasta los nudillos, revolviéndome dentro con el semen de los otros, y con la otra mano me arrancó el vestido por la cabeza.

Me llevó a la cocina, que no es donde normalmente termino con nadie, y me subió a la encimera de mármol. El frío en el culo me hizo dar un respingo. Se abrió el pantalón, se sacó la polla, larga y curvada, y me la puso en la mano.

—Guíala tú —dijo.

Me abrí de piernas de par en par, apoyando los talones en el borde de la encimera, y le apoyé la punta contra la entrada. Él empujó de golpe y entró hasta el fondo, sin transición, sin cortesía. Grité contra su boca. Empezó a follarme ahí mismo, de pie entre mis piernas, con las manos firmes en mis caderas para embestir con toda la fuerza que quisiera. La encimera crujía. Los vasos de la escurridera tintineaban con cada empuje.

Era diferente de los otros tres. Más veloz, más intenso, con una energía que no se moderaba y que tampoco pedía permiso para ocupar el espacio. Me gustaba exactamente por eso: porque era lo contrario de la calma de Ernesto y de la atención tranquila de Rodrigo. Era urgencia en estado puro, follada bruta y descarada, y esa noche la urgencia también era lo que yo necesitaba.

—Dime cómo lo quieres —jadeó contra mi cuello, sin dejar de embestir.

—Duro —dije—. Como si me odiaras.

Sonrió con los dientes. Me sacó de la encimera, me giró contra ella y me empujó la espalda hacia abajo hasta dejarme doblada, con el pecho contra el mármol frío y el culo levantado. Me volvió a entrar por detrás de una sola estocada, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y me folló ahí, contra la cocina, hasta que yo empecé a suplicar en voz baja sin saber muy bien qué pedía.

Pasamos al dormitorio con él todavía duro y mojado. Damián me preguntó si podía atarme las muñecas con el pañuelo de seda que él mismo había traído la vez anterior y que yo había guardado en el cajón de la mesita. Le dije que sí. Me gusta ese juego cuando es acordado y cuando confío en quien está al otro lado, y con él, por alguna razón que todavía no termino de entender, confiaba desde el principio.

Atada a la cabecera, con las manos quietas encima de la cabeza pero el resto del cuerpo libre, sentí cada cosa que hacía con una intensidad diferente, más concentrada. Me chupó los pezones hasta dejármelos rojos. Me mordió el interior de los muslos. Después bajó y me metió la lengua tan adentro del coño como pudo, con el pulgar frotándome el clítoris en círculos rápidos, y no paró hasta que yo empecé a temblar y a tirar de las ataduras.

—Para —jadeé—, para que me corro y quiero que sea contigo dentro.

Se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró desde arriba un momento, la polla dura y brillante colgándole entre las piernas.

—¿Quieres que pare de verdad? —preguntó, con una sonrisa cruel.

—No. Pero quiero que entres. Ya.

Me desató primero. Se tumbó a mi lado, me giró de costado en cucharita y entró desde atrás de un solo empujón lento. Una mano me rodeó la cadera para sostenerme, la otra alcanzó la parte delantera y encontró el clítoris. Empezó a moverse con embestidas cortas y hondas, mordiéndome el hombro, respirándome caliente en la nuca. Con la mano de delante me trabajaba el clítoris al mismo ritmo, y su polla me golpeaba dentro justo en el ángulo correcto.

—Estás llena de otros —murmuró contra mi oreja, sin dejar de embestir—. ¿Te gusta?

—Sí —jadeé, sin ninguna vergüenza.

—¿Quieres uno más?

—Sí. Adentro. Todo.

Ese ángulo, con esa presión específica, esas palabras susurradas obscenas contra mi cuello, no dura mucho para mí. Me corrí con una intensidad que me hizo cerrar los ojos y morderme el labio hasta hacerme sangre para no despertar al vecino del piso de abajo. Todo el cuerpo se me contrajo, los dedos de los pies se me curvaron, el coño le apretó la polla en oleadas.

Damián siguió un momento más, más rápido, más profundo, hasta que se hundió una última vez y se corrió dentro de mí con un sonido grave contra mi espalda que sentí vibrar en todo el cuerpo. Sentí los chorros calientes sumándose a los demás, llenándome hasta desbordarme.

Nos quedamos así un rato, en cucharita, su polla ablandándose despacio dentro. Cuando por fin se salió, un hilo espeso de semen mezclado se me escurrió por el muslo hasta la sábana. La habitación olía a las velas que se habían apagado horas antes, a sexo y a los cuatro hombres mezclados en mí.

Se marchó cerca de las dos de la mañana. En la puerta se giró antes de salir.

—¿Puedo volver la semana que viene?

—Escríbeme —dije.

***

Me quedé sola entre las sábanas, mirando el techo en la oscuridad, con las piernas todavía abiertas y el coño palpitando lento, escurriéndose sobre la sábana. Cuatro hombres distintos en una tarde y una noche: uno tenso y contenido por el trabajo, otro atento y familiar, otro sabio y sin prisa, otro intenso y directo como una corriente eléctrica. Cada uno había traído algo diferente, y yo había recibido a cada uno con la disposición que él exigía, y con el coño abierto.

No sentía ni cansancio ni culpa. Sentía esa satisfacción profunda de quien ha estado completamente presente durante horas, de quien ha dado y recibido placer de manera honesta, sin fingir ni esconder nada a nadie.

A los cincuenta y tres años sé una cosa que no sabía con treinta: el deseo no tiene que justificarse. No tiene que ser romántico ni tener futuro ni caber en ninguna historia que otra persona pueda contar sin incomodarse. El deseo es mío. Mi coño es mío. Lo que hago con él, también. Y si alguien necesita que yo me disculpe por eso, el problema es suyo, no mío.

Bajé una mano entre las piernas, casi por reflejo, y me acaricié despacio el clítoris hinchado, sintiendo la mezcla espesa de los cuatro en la yema de los dedos. Me llevé los dedos a la boca y los chupé despacio, saboreándolos. Después apagué la última lámpara y me dormí con esa sensación en el cuerpo: la de haber vivido el día entero, hasta el final, sin dejar nada sin usar.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(8)

Lua_MDP

Increible!! me quede sin palabras

curiosa_porteña

Por favor que haya segunda parte, quiero saber si alguno de los cuatro volvio jaja

GabrielBsAs

Eso si que es manejar la situacion con cabeza fría. Me gusto mucho como lo contaste, sin culpa y sin dramas.

LauraM22

Me encantó! se siente tan real...

Marcos_Pac

La primera linea me enganchó y ya no pude soltar. Que buen relato

Rodrigo_MX

De los mejores en esta categoria, sin duda

Caro_2803

Que control el tuyo jaja. Me recordo a una situacion parecida aunque con mucho menos protagonistas jajaja. Tremendo relato

Walter

excelente!!! mas por favor

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.