La picazón que solo el bar de Honorio calmaba
Cada vez que ella empujaba la puerta del bar, seis hombres se levantaban a la vez, como si hubieran ensayado esa escena cientos de noches.
Cada vez que ella empujaba la puerta del bar, seis hombres se levantaban a la vez, como si hubieran ensayado esa escena cientos de noches.
La primera orden llegó a las siete de la tarde y entendí que esa noche obedecería todo, sin preguntar, frente a una cámara y a un hombre que solo conocía por su voz escrita.
Estaba boca arriba, las rodillas casi en la cara, su mano en mi tobillo. Y supe que esa noche por fin iba a dejar caer la última barrera.
Cuando mi madre abrió la puerta y vi quién entraba a cenar, se me heló la sangre: era el hombre con el que me acostaba a escondidas desde hacía dos meses.
Cerró la puerta, colgó el cartel de «cerrado» y lo llevó al fondo de la tienda con una excusa tonta. Lo que vino después no lo había planeado del todo.
Cuando el entrenador le pidió que observara a los muchachos, ella aceptó con una sonrisa. Nadie sospechó que la mujer del traje azul ya había elegido a sus dos favoritos.
Esa madrugada perdí mi dinero, mi ropa interior y la idea que tenía de mí misma. Lo que pasó después en aquel parque vacío no se lo había contado nunca a nadie.
No miento sobre mi edad ni sobre el gimnasio, pero en ese sillón reclinado todo eso deja de importar. Solo queda la presión suave de su cuerpo contra el mío.
Empezó con un tobillo torcido en la cancha y terminó muchas semanas después, una noche en que su casa quedó vacía y ya no hubo motivos para frenar.
Cinco minutos atrapada entre la pared y un hombre de trono que olía a romero y madera. No sabía su nombre, pero supe que esa noche volvería a buscarlo.
Llegué sin nada debajo del vestido y con un secreto guardado en el bolso. Esa noche no quería que me hiciera el amor: quería usarlo a mi manera.
Acordamos que quien llegara primero esperaría en el coche. Llegué yo. Quince minutos después, dos golpecitos en el cristal despertaron todos los nervios que creía controlados.
Reservó un chalet con piscina y cincuenta rosas. Lo que no esperaba era lo que él había escrito en los cincuenta papeles que ella misma le entregó.
«Tengo el arnés en el bolso», me susurró sobre el ruido del bar. «¿Quieres dejar de fingir y comprobar si eres tan valiente como pareces?».
Llevaba meses imaginándolo en silencio. Esa noche, después de la cena, decidió que ya no quería seguir guardándoselo solo para sus sueños.
Le mandé una foto de mi coño abierto desde el baño de la cafetería. Lo que pasó después, frente a ese ventanal, todavía me hace temblar las piernas.
Bajé al bar con la falda demasiado ceñida y el coño desnudo bajo ella. Sabía exactamente lo que buscaba esa noche, y no era precisamente dormir.
Bajó descalza al pasillo sin pensarlo, con el vino todavía en la sangre y una certeza terrible: si nadie la tocaba esa noche, se rompería del todo.
Esa noche descendimos veintidós escalones hacia el sótano donde sonaba el saxo. Lo que pasó allí abajo todavía no se lo he contado a nadie.
Me había imaginado mil veces mi primera vez, pero nunca así: diciéndole que sí, con la voz temblorosa, a algo que jamás me habría atrevido a pedir en voz alta.