Estaba arrodillada cuando mi hermana apareció
Hace ya unos cuantos años — no diré exactamente cuántos por pudor — me ocurrieron dos cosas que todavía me persiguen cuando cierro los ojos. Soy una chica más bien tímida, aunque a la hora del sexo me suelte como pocas, y mi peor terror siempre fue que alguien me descubriera en pleno acto. El segundo, que se viralicen fotos o videos íntimos. A una compañera del colegio, Mariela, le pasó eso último; algún día contaré su historia.
Lo primero me pasó. No una vez, sino dos. Y por suerte, ninguna de las dos personas que me vieron abrió jamás la boca.
La primera fue una noche en mi casa. Mi novio Mateo se había quedado a «dormir», entre comillas. Mis padres lo adoraban desde el día que lo conocieron, lo que nos dio ciertas libertades, pero había una que costaba arrancarles: que él pasara la noche en mi cuarto.
De vez en cuando aceptaban, con dos condiciones. Que no durmiéramos en la misma cama y que dejáramos la puerta abierta. La excusa de mi mamá era que mi hermana podía oír o ver algo. Tener intimidad en esas condiciones era un desafío, pero no imposible.
Mateo dormía en un colchón en el piso. Esperábamos hasta que toda la casa estuviera en silencio, dejábamos pasar un rato prudencial y entonces yo me deslizaba hacia abajo. Le hacía sexo oral, alguna paja, y cada tanto era él quien me lo hacía a mí. Los orgasmos de aquellos meses fueron los más intensos de mi vida — quizá porque sabíamos que mis padres dormían un piso más arriba y mi hermana, en la habitación pegada a la mía.
Cuando una es joven, transgredir las reglas le suma morbo a todo. Hoy recuerdo aquellos placeres clandestinos probablemente más fuertes de lo que en realidad fueron.
Mi favorita de las «actividades» en esas noches era bajar al colchón, taparme con la sábana, deslizarme hasta su cintura y chupársela hasta que acabara en mi boca. Me tragaba todo, siempre. No era solo el sexo en sí; era el juego. Me divertía torturarlo sabiendo que él no podía emitir un solo sonido, porque cualquier ruido era el fin. Aprendí a reconocer la pija de Mateo a la perfección. Sé identificar el momento exacto antes del orgasmo y entonces decido: paro y lo hago sufrir, o aprieto el ritmo y le saco un orgasmo brutal.
Cuando empecé a estudiar, mis padres me regalaron una computadora — sin necesidad real, pero la usé igual — y una silla gamer comodísima. Esa silla se transformó muy rápido en uno de mis lugares favoritos para el sexo oral. Sentaba a Mateo, me arrodillaba entre sus piernas y se la chupaba lento, con mucha baba, hasta dejarla brillando. Otras veces invertíamos: yo en el borde de la silla, las piernas bien abiertas, y él arrodillado entre ellas. En general me considero romántica, casi sumisa, pero cuando me lo hace en esa posición me sale agarrarle la cabeza con las dos manos y empujarlo contra mí.
***
Volviendo a aquella madrugada. Eran cerca de las dos. Estábamos en mi cuarto frente a la computadora, viendo una película, yo a upa de Mateo. Él tenía solo un short, sin remera. Yo llevaba una remera enorme que me tapaba hasta los muslos y una bombacha negra debajo.
La puerta del cuarto estaba abierta — era la regla — y todas las luces apagadas. La única iluminación era la del monitor; suficiente para vernos las caras, no mucho más.
En un momento me levanté para ir al baño. Para llegar tenía que pasar frente al cuarto de mi hermana Lara, también con la puerta abierta. Asomé la cabeza, la vi desplomada en su cama, perdida en un sueño profundo, y seguí.
Cuando bajé la bombacha en el baño, la vi húmeda, casi marcada. La toqué, la olí: el aroma era inconfundible. Llevar un buen rato encima de Mateo me había dejado lista. Hice pis, me limpié, pero no me la volví a poner. La envolví en mi mano. La remera me cubría lo suficiente.
Volví a chequear el cuarto de Lara — seguía durmiendo plácidamente — y entré al mío.
Mateo seguía mirando algo en la pantalla. Me acerqué por detrás, lo besé un poco más largo de lo común, lo miré con la sonrisa más femenina que tenía y, en voz muy baja, le ordené:
—Cerrá los ojos. No los abras hasta que yo te diga.
Él obedeció. Le acerqué la bombacha a la cara y vi cómo reconoció el olor al instante. La luz del monitor iluminó la erección que crecía debajo del short. Aproveché para meter la mano y empezar a tocarlo.
—Abrí los ojos, amor.
Me vio: a medio incorporar, sosteniendo la bombacha húmeda a centímetros de su nariz, la otra mano dentro del short. Llevé la tela hasta mi cara, le di una olfateada profunda y la lamí en la zona más mojada, sin dejar de mirarlo. En ese momento me daba un morbo tremendo probarme a mí misma; en cualquier otra circunstancia probablemente me daría asco, pero esa noche todo lo que mi cuerpo emanaba me prendía más.
Después de la lamida lo besé y me arrodillé entre sus piernas.
Le tomé la base con la mano derecha y le pasé la lengua del tronco a la cabeza. Mateo se estremeció, haciendo un esfuerzo casi sobrenatural por no emitir ruido, aunque cada tanto se le escapaba un «mmmm» gutural — ese sonido a medio camino entre el placer y el sufrimiento.
Para subir la apuesta me saqué la remera. Quedé completamente desnuda, arrodillada frente a él, y volví a lamerle la pija desde la base hasta arriba. Le metí la lengua entre el prepucio y el glande, haciendo remolinos sobre la zona más sensible. La respiración se le entrecortó al instante.
Después la metí entera en mi boca y empecé a chuparla con violencia, mientras lo masturbaba en la base. Yo también estaba muy excitada y de a ratos se me escapaba un gemido bajito. Él seguía haciendo un esfuerzo titánico por callarse.
En esa época estábamos descubriendo nuestra sexualidad sin demasiada ternura — no sé si por inseguridad mía, intentaba copiar a una actriz porno. Lamía, subía, bajaba, escupía sobre la pija, todo intentando no hacer ruido. Y entonces decidí ir más profundo. Me la metí hasta el fondo de la garganta hasta tener una arcada y la cubrí de una baba espesa.
—Aaagghhg —hice con la garganta mientras me la metía hasta el final.
—Mmm sí —respondió Mateo en el volumen más bajo posible.
—Aaaaghghg —seguí, cada vez más cerca de la arcada.
—Para, para, Cami.
—Sí, te encanta que me la trague entera.
—Para, para, está Lara en la puerta.
Apenas escuché esas palabras se me fue el color de la cara. Mateo atinó a taparse con el short como pudo. Yo giré la cabeza y, en efecto, ahí estaba mi hermana en el umbral.
Me cubrí los pechos con los brazos y le dije, con la voz tan firme como pude:
—Andate a tu cuarto.
Lo que vino después fue una negociación. Esa misma madrugada, después de calmar a Mateo y vestirme, fui hasta su habitación a pedirle por favor que no le contara nada a nuestros padres. No me salió gratis comprar ese silencio. Tuve que prestarle ropa mía durante semanas y dejarle usar la computadora cuando quisiera.
Una semana más tarde tuvimos una charla más larga, casi de hermana mayor a hermana mayor. Le pedí disculpas, intenté explicarle algo de lo que había visto sin entrar en detalles. Ella me escuchó seria y al final solo me dijo: «Cierren la puerta la próxima vez». Punto.
***
El segundo susto pasó en el colegio, en una de mis sesiones semanales. Esas sesiones consistían en llegar media hora antes con Mateo, o aprovechar las horas libres si faltaba un profesor, escabullirnos hasta un salón de actos vacío en el subsuelo y practicar sexo oral hasta que él acabara en mi boca. Después yo pasaba el resto de las clases con su semen en el estómago, sentada con la falda acomodada y cara de que no había pasado nada. Muy de vez en cuando llegamos a la penetración, y una sola vez probamos sexo anal — un día en que tuvimos casi una hora libre seguida.
Aquella tarde nos faltaba una profesora y bajamos al salón de actos con la idea clara. Yo estaba especialmente caliente — no recuerdo por qué — y apenas cerramos la puerta lo empujé contra una pared, le di un beso largo y me arrodillé entre sus piernas para sacarle el cinturón.
Le hice una felación bastante agresiva. Mucha baba, escupidas, lengua en los huevos, succión. Llevaba ese día un jogging deportivo, así que me era facilísimo meter la mano izquierda dentro y tocarme. Estaba empapada.
Mientras seguía con la pija en la boca tuve un orgasmo rapidísimo, en menos de tres minutos. Me saqué la mano, me acomodé el pantalón, y antes de volver a arrodillarme le metí los dedos en la boca para que me los chupara llenos de mí.
Volví abajo y seguí hasta que él me avisó que estaba por acabar. Saqué la lengua como se ve en las películas y procedió a llenarme la cara de leche. Cuatro chorros espesos. En esa época nuestra rutina era esa: él acababa en alguna parte de mi cuerpo, yo recolectaba el semen con los dedos y me lo tragaba.
Estaba a punto de hacerlo, con la cara cubierta, cuando escuché un chirrido seguido de un portazo. Alguien se acababa de ir. Y yo estaba absolutamente segura — cien por ciento — de que cuando entramos al salón no había nadie adentro.
Me limpié como pude con un pañuelo de papel, miramos el pasillo, no había nadie y volvimos al patio a esperar el timbre. Pasamos el resto del día como zombis. Si alguien nos delataba, era expulsión segura. Mateo estaba paralizado del miedo. Yo, peor.
***
Llegué a casa, cené con mi familia haciendo malabares para sonreír, y me metí en la cama. Eran las once y media y no podía pegar un ojo. Pensaba en denuncias, en llamados a mis padres, en alguien con un celular grabándonos.
A las doce en punto vibró el WhatsApp.
—Qué petera que sos. No podés ni esperar a llegar a tu casa.
El mensaje era de Brisa.
—¿De qué hablás, amiga? —tipeé con las manos heladas.
—La preceptora me pidió que la ayudara a buscar sillas y te encontré arrodillada chupándosela a tu marido. Qué golosa que sos, jajaja.
—¿Eras vos?
—Sí, tarada.
—Ay, Brisa, casi me muero del infarto. Estuve todo el día pensando quién había sido. ¿Alguien más nos vio?
—No. Fui yo sola. Me di vuelta apenas entré y esperé afuera a que se fueran para volver a por las sillas.
—Qué suerte que hayas sido vos. Por favor no le digas a nadie.
—Jaja, dale. Igual creo que las chicas se van a enterar tarde o temprano de lo golosa que sos.
Esa noche dormí del cansancio más que del alivio. Brisa cumplió su palabra, hasta donde sé. Lara también. Las dos nunca me devolvieron la moneda con un comentario, ni delante de mis padres, ni delante de nuestras amigas en común.
Hoy, cuando recuerdo aquellos años, pienso que tuve una suerte tremenda. Dos veces estuvieron a un paso de descubrirme en plena escena, dos veces el destino quiso que fuera alguien que me conocía de cerca. Si hubiera sido cualquier otra persona, mi adolescencia habría tomado un rumbo muy distinto.
De aquella época me quedó la costumbre de cerrar las puertas con doble vuelta y, sobre todo, la certeza de que el morbo de lo prohibido — el riesgo de ser descubierta a mitad de un orgasmo — me sigue prendiendo igual. Pero ahora, eso sí, en mi propia casa.