Lo que me confesó esa mujer en el jacuzzi del hotel
Adrián seguía dormido cuando empecé a vestirme. Por la ventana del bungalow se filtraba la luz dorada de las cuatro de la tarde, esa luz que aquí, en el Caribe, me hacía sentir que no le debía nada a nadie. Mi marido en Medellín, mi hermana Camila al otro lado de la pared gimiendo como una posesa con Mateo, y yo a punto de cumplir cuarenta y dos a medio camino de convertirme en alguien que jamás creí ser.
—Acompáñame a dar una vuelta —susurré—. No aguanto más esos gritos.
Me miró con los ojos entornados, esa sonrisa lenta que llevaba dos días desarmándome.
—Donde tú quieras, mami.
Me puse el bañador morado, el que Esteban me había metido en la maleta con una nota: «sorpréndete». Aún no sabía si me lo había empacado para él o para alguien que ninguno de los dos imaginaba.
Antes de este viaje, mi vida sexual cabía en una libreta de tres páginas. Esteban había sido el único hombre en doce años de matrimonio. Nunca probé el semen de nadie, nunca dejé que una lengua se acercara a mi ano, nunca grité durante el sexo. Y en cuarenta y ocho horas con Adrián había hecho todo eso y más, mientras Camila a centímetros de mi pared se entregaba a Mateo con la misma desesperación que yo intentaba ocultar.
***
Caminamos tomados de la mano hacia la piscina principal. El sol caía oblicuo sobre el agua y el complejo parecía vacío, como si el mundo se hubiera ido a la siesta y nos hubiera dejado el lugar para nosotros. Entonces la vi.
Valeria estaba sentada en las escaleras con los hombros apenas sumergidos, el pelo azabache pegado a la espalda como una cinta mojada. La habíamos conocido el día anterior en el paseo en velero, junto a su marido Daniel, un hombre de barriga floja y mirada inquieta que se reía demasiado fuerte de sus propias bromas. Valeria tenía veintisiete años y parecía siempre a punto de pedir disculpas por algo que aún no había hecho.
—Mira esa chica —le dije a Adrián—. Está sola.
No alcanzó a responder. Valeria nos vio y levantó la mano. Solté la de Adrián por puro instinto, pero ya era tarde.
—¡Qué bueno verte, Mariana! —dijo, y me dio dos besos como si fuéramos amigas de toda la vida.
Le presenté a Adrián como «un amigo que mi hermana y yo hicimos en el bar». Me ardió la cara mientras lo decía. Valeria lo miró de arriba abajo sin disimular y por un segundo pensé en pedirle que dejara de mirarlo así. Enseguida me odié por sentir celos.
—¿Y Daniel?
—En el quiosco. Se encontró «por casualidad» a un viejo amigo de la universidad. —Los ojos se le pusieron oscuros—. La verdad necesito hablar con alguien. Y si tú me viste el otro día como te miró mi hermana en el velero, creo que me entenderías mejor que cualquiera.
Adrián, con esa cortesía que me derretía, dijo que iba a tomarse algo en la barra para dejarnos solas. Le hice un gesto con la muñeca para que volviera por mí en media hora. Vi cómo se alejó con la espalda recta y noté que Valeria también lo miraba.
—Es lindo tu negro —murmuró sin quitarle los ojos de encima.
—Ajá. Y discreto.
***
Pasamos a la zona húmeda. El jacuzzi del fondo estaba aislado del resto por una mampara de bambú, y el burbujeo del agua se tragaba las voces. Nos metimos las dos. Valeria llevaba un bikini azul oscuro de tanga y, de cerca, con la luz del techo cayendo en cuchillo, su piel tenía un color canela uniforme que daba ganas de tocar. Me sorprendí pensándolo.
—Cuéntame, mujer.
Se mordió el labio antes de empezar.
—Daniel siempre fue un poco torpe, ¿sabes? Cuando éramos novios, en la universidad, él tenía un amigo que se llamaba Andrés. Andrés llegaba a recogerme con él, le invitaba dos tragos de más a Daniel, lo dejaba inconsciente en su casa y después se ofrecía a llevarme a mí. Yo nunca le creí del todo amigo de Daniel, pero me callaba.
—¿Se sobrepasaba?
—Nunca, no en el carro. En los trayectos a casa me hablaba de las mujeres con las que se acostaba. Me decía que les chupaba los pezones, que les metía la mano por debajo de la falda, que se las cogía contra la puerta del coche. Señalaba el asiento donde yo iba sentada y me explicaba todo con detalle. A mí me ardían las orejas y no podía moverme.
La voz se le quebró. Vi sus dedos hundirse bajo el agua y noté, sin querer, hacia dónde iban.
—Una noche salí con una compañera de clase, Sofía. Era de las recatadas, de las que llevaban camisa abotonada hasta el cuello. Daniel y Andrés llegaron a buscarme. Tomamos los cuatro hasta tarde, Daniel se emborrachó como siempre y lo dejamos en su casa. Sofía pidió que la dejaran a ella la última. Insistió. Yo me senté detrás haciéndome la dormida, con la chaqueta cubriéndome casi toda la cara.
—¿Y qué pasó?
—Andrés bajó la velocidad del coche. Sofía empezó a tocarle el pelo con una mano, le susurró algo al oído, le mordió el lóbulo de la oreja. Después él se desabrochó el pantalón sin mirar la carretera. Yo tenía un ojo abierto bajo la chaqueta. Vi a Sofía hablarle, vi cómo él le tomó la cabeza por el pelo y cómo ella se inclinó. Y empezó.
Me di cuenta de que mi propia respiración se había acelerado. Por debajo del agua mis muslos se rozaban solos. Valeria seguía hablando.
—No podía dejar de mirar, Mariana. Me moría de vergüenza y al mismo tiempo no podía cerrar los ojos. La cabeza de Sofía iba y venía, y él la sostenía como a una muñeca. Andrés me vigilaba por el retrovisor como si supiera que yo veía todo.
—¿Y se la cogió ahí?
—Detuvo el coche en una calle oscura. Le bajó el pantalón a Sofía hasta los tobillos, le rompió la ropa interior y se le subió encima. Sofía gritó, pero él le dijo «¿lo quieres o paro?» y ella asintió con la cabeza. Yo, en vez de tener miedo, lo único que sentía era… esto.
Tomó mi mano por debajo del agua y la guió, sin pedir permiso, hasta su entrepierna. Movió a un lado la tela del bikini. Su pubis estaba liso, caliente, completamente abierto.
—Sigue contándome —le dije con una voz ronca que no reconocí—. Yo lo hago por ti.
Empezó a temblarle la mandíbula.
—Cuando él terminó, le ordenó a Sofía que se lo limpiara con la boca. Y ella lo hizo. Después se acomodó en el asiento del conductor como si nada y me dijo «llegamos a tu casa, Valeria, despierta». Yo me hice la sorprendida. Bajé del coche sin mirar a Sofía. Tenía la cara llena de él.
Le metí dos dedos. Echó la cabeza atrás y un gemido se le escapó por encima de la mampara. La otra mano, libre, se la había llevado a un pezón por encima del azul oscuro y se lo apretaba sin piedad. Me miró con los ojos a medio cerrar.
—Y desde ese día, cuando me toco, tengo que pensar en eso. En el coche. En la cara de Sofía. En cómo Andrés me miraba. Y vine a este viaje a ver si Daniel… —Se le rió la boca, una risa amarga—. Daniel está allá afuera tomando con Andrés.
Me quedé congelada.
—¿Andrés está aquí?
—Por supuesto que está aquí. Daniel le dijo a dónde íbamos. Y vino. Hace un mes que sé que iba a venir. Por eso estoy bebiendo desde la mañana.
***
No sé qué hice primero. Sé que me senté en el borde del jacuzzi, que ella se metió entre mis piernas y que cuando movió a un lado mi bañador y empezó a lamerme, mis ojos se voltearon por primera vez en doce años. Su lengua era distinta a todo lo que había imaginado. No tenía la prisa torpe de Esteban ni la urgencia animal de Adrián. Lamía como si me estuviera contando el final de su historia.
—Tu sabor es delicioso, Mariana —dijo entre lengüetazos—. Nunca lo había hecho con una mujer.
—Yo tampoco —apenas pude responder.
Cuando llegó el primer orgasmo, me derramé en su boca con un gemido que rebotó en el bambú. Y entonces vi a Adrián. Estaba en la puerta de la zona húmeda, parado, con el bañador todavía puesto y una sonrisa que no le había visto nunca. Se acercó sin prisa, sacó el celular, tomó dos fotos. Pude haberle dicho que parara. No lo hice.
Valeria lo vio recién cuando él se arrodilló frente a mi cara y me ofreció su sexo. Lo tomé con la mano, lo guié hacia su boca y le dije, sin reconocerme:
—Pruébalo. Te va a gustar.
Dudó un segundo. Después abrió esos labios pequeños y se lo metió entero. Verla a ella arrodillada con él de pie, sosteniéndole la cabeza con esa delicadeza extraña que él tenía, mientras yo le lamía los testículos y nuestras lenguas se cruzaban a media altura, fue lo más lejos que había ido en toda mi vida.
***
Acabamos las tres en una coreografía que ninguna había ensayado. Me acosté sobre la loza fría y dejé que Valeria me siguiera lamiendo. Adrián la tomó por las caderas y entró en su ano con una lentitud cruel: primero la cabeza, después la mitad, después todo. Ella gimió de dolor y de placer al mismo tiempo y siguió comiéndome a mí. Yo le tomé la cara con las dos manos y le besé la lengua llena de mí.
—Quiero meter la lengua en tu culo —me susurró—, como tú hiciste con el mío.
Nos pusimos en sesenta y nueve. Adrián seguía empujando dentro de ella mientras yo le abría las nalgas y la lamía sin pudor. Ella hundía la lengua en mi ano y me arrancaba unos gemidos que ya no eran míos. Cerré los ojos y me solté.
Cuando Adrián terminó dentro de Valeria, se inclinó sobre mi oreja y susurró:
—Gracias por dejarme entrar a tu juego de niñas.
Lo miré. Pensé en mi marido, en sus celos, en la nota «sorpréndete» y en la lencería roja que me esperaba esa noche en el cajón.
—Esta noche —le dije a Adrián—, te la voy a dejar coger. Con tu primo. Pero tú vas a ver cómo me cojo a otro.
Abrió los ojos. No dijo nada. Yo bajé otra vez a lamer el sexo de Valeria, encharcado, y me di cuenta de que la madre buena, la esposa fiel, la mujer que sólo había conocido a un hombre, se había quedado al otro lado de esa puerta de bambú. Y no la iba a echar de menos.