La pareja madura que me invitó a la sala 7
Esa noche de jueves, el viejo multisalas del barrio estaba casi vacío. Era una sesión rara, de esas que la gente evita por horario incómodo y por película poco famosa. Mateo, veintidós años recién cumplidos, había entrado más por aburrimiento que por interés. Tenía el examen de la mañana siguiente atragantado en la cabeza y necesitaba dos horas sin pensar en nada.
La sala 4 estaba en la segunda planta, al fondo del pasillo. Butacas de terciopelo gastado, olor a palomitas viejas y a moqueta, penumbra densa. Diez personas, repartidas como islas. Mateo se sentó en la fila central, tres asientos del pasillo, y estiró las piernas largas en la butaca de delante. Pelo negro alborotado, ojos verdes claros que reflejaron por un segundo la luz de los créditos iniciales, una camiseta gris y unos vaqueros ajustados. Sacó el móvil, lo dejó sobre el muslo y suspiró.
Los oyó antes de verlos.
Una pareja entró cuando ya había empezado la película. Pasaron al lado de su butaca y se sentaron dos filas detrás, en el centro. Mateo giró la cabeza por reflejo. La mujer caminaba con una seguridad que no había visto nunca en alguien de la edad de su madre. Vestido negro entallado, tacones bajos pero firmes, el pelo castaño con hebras plateadas recogido en un moño deshecho. Los labios pintados de un rojo profundo que parecía absorber la luz de la pantalla. El hombre, mucho más alto, iba detrás con una mano en la espalda baja de ella. Hombros anchos, barba recortada con canas en las sienes, mirada tranquila.
Se sentaron y empezaron a hablar bajito. Mateo volvió a la pantalla.
Diez minutos después, oyó el primer suspiro.
Era un sonido tan ligero que cualquiera lo habría confundido con un ruido de la película. Pero a Mateo se le erizó la nuca. Se quedó muy quieto, fingiendo concentrarse en la trama. Otro suspiro. Más largo. Y después un susurro de ropa, un chasquido de lengua, una palabra que no llegó a entender pero cuya entonación reconoció igual que se reconoce un idioma a oscuras.
No pudo aguantarse. Giró la cabeza despacio.
La mujer tenía una mano dentro del cuello de la camisa del marido, masajeándole el pecho. La otra mano ya no se veía. El hombre tenía la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo, los ojos entreabiertos, una sonrisa de medio lado. Cuando Mateo los miró, los dos lo miraron a él. Al mismo tiempo. Como si lo hubieran estado esperando.
Mateo se giró tan rápido que se hizo daño en el cuello. Sintió la cara ardiendo. La camiseta empezó a pegársele a la espalda. Se obligó a mirar la pantalla durante dos minutos enteros. No pudo aguantar más. Volvió a girarse.
El hombre tenía la mano por debajo del vestido de ella, la falda subida hasta los muslos pálidos. La mujer tenía la cabeza echada hacia atrás y miraba a Mateo directamente, sin pestañear, mientras el hombre le movía la mano entre las piernas. Le sostuvo la mirada cinco, seis, siete segundos largos. Y entonces sonrió.
Una sonrisa lenta, sucia, sin urgencia.
Mateo notó que se le había puesto dura. Apretó las piernas, intentó concentrarse en cualquier cosa que no fuera ese cuerpo dos filas detrás. Imposible.
***
La oyó levantarse antes de verla. Tacones contra la moqueta, pasos contados. Bajó por el pasillo, dejó atrás dos filas y se sentó a su lado. El asiento crujió suavemente.
—Hola —dijo en voz baja, apoyada en el reposabrazos compartido—. ¿Tenemos suerte de que estés solo?
Mateo intentó decir algo. Le salió un sonido a medio camino entre una palabra y un carraspeo.
—Adela —añadió ella, ofreciéndole la mano con una formalidad casi divertida—. El de ahí atrás es Tomás. Lo siento si te hemos molestado. A veces no sabemos comportarnos.
—Mateo —consiguió decir él, estrechándole la mano. Se la notó tibia, suave, con una sortija ancha en el anular.
—Mateo —repitió ella, como si le gustara el sonido—. Mira, Mateo. Te explico. A Tomás y a mí nos pone que nos miren. Y a veces, cuando vemos a alguien que nos gusta y que parece que nos está mirando a nosotros y no a la pantalla, pensamos que tal vez le apetece algo más que mirar. ¿Te apetece algo más que mirar?
El aire del cine se había vuelto espeso. Mateo notó cómo Tomás, dos filas atrás, se levantaba y avanzaba por el pasillo lateral. Se sentó al otro lado de él. Le puso una mano firme en el hombro, sin presión, casi paternal.
—Tranquilo, chaval —dijo Tomás, con una voz grave que parecía hecha para hablar bajito—. Esto solo es una propuesta. Si no, te quedas aquí y disfrutas de la peli. Pero si te apetece, hay un baño grande al final del pasillo. Sin nadie. Cerradura. Y a Adela y a mí nos gustaría llevarte.
Mateo miró a uno, miró al otro. Sintió la mano de Adela en el muslo, dos dedos que apenas rozaron la tela del vaquero, suficiente para que la sangre le golpeara las sienes.
—Vale —dijo, y su propia voz le sonó lejana—. Vale.
***
El baño era amplio, de los adaptados. Espejo de pared a pared. Luz blanca que parpadeaba ligera. Cerradura que hizo un clic seco al girar.
Adela no esperó. Se acercó a Mateo, le puso las dos manos en la cara y lo besó. El primer beso fue lento, exploratorio, con sabor a vino tinto y a algo dulzón del pintalabios. El segundo fue más profundo, con la lengua de ella entrando despacio en su boca, mordiéndole el labio inferior antes de soltarlo. Mateo se descubrió respondiendo con un hambre que no había sentido nunca con las chicas de su facultad.
Tomás se había quedado de pie junto a la puerta, mirando. No con celos. Con interés tranquilo, como quien observa un cuadro al que le tiene cariño.
—Quítale la camiseta —le dijo a Adela.
Ella la sacó por la cabeza. El pecho de Mateo, joven y firme, le quedó descubierto. Adela bajó la cabeza y le besó el cuello, el esternón, los pezones. Le bajó los vaqueros con una mano. Cuando le bajó los calzoncillos, la polla saltó tiesa, brillante, con una gota gruesa colgando de la punta.
—Madre mía, Tomás —murmuró ella sin apartar los ojos—. Mira esto.
Tomás se acercó. Adela ya estaba arrodillada, lamiendo despacio el tronco desde abajo. Se detuvo un segundo y miró a su marido. Él se arrodilló al lado de ella, hombro con hombro.
Mateo se tensó.
—Espera —jadeó—. Espera. Yo… yo no sé. Yo no soy… con tíos.
Tomás se apartó al instante. Levantó las manos.
—No pasa nada. Solo ella, si quieres. O nada, si quieres. Tú mandas.
Adela seguía con la lengua en su tronco, mirándolo desde abajo con los ojos brillantes.
—Mateo… —dijo ella muy suave—. No tienes que hacer nada que no quieras. Pero si lo único que hace Tomás es ayudarme a darte placer… no es ser nada. Es solo placer. Solo dos lenguas en lugar de una. Y luego te lo piensas.
Mateo cerró los ojos. Su pulso era un tambor en los oídos. Cuando los abrió, Tomás seguía a un metro, esperando una respuesta, ni un milímetro adelante.
—Solo… solo eso —dijo Mateo—. Probemos.
Tomás se acercó otra vez. Empezó por los testículos, lamiéndolos con cuidado, mientras Adela se concentraba en la cabeza. Las dos lenguas se encontraron a mitad del tronco. Mateo notó cómo se rozaban alrededor de su polla, cómo se besaban con él en medio. Cómo Adela se apartaba para respirar y Tomás la sustituía sin pausa, las dos bocas alternando como un solo movimiento bien ensayado.
Le temblaban las piernas. Se apoyó con una mano en el lavabo. Su cuerpo no entendía nada. Su cabeza tampoco. Lo único que entendía era el calor.
—Voy… voy a correrme —jadeó.
Adela se incorporó al instante y abrió la boca al lado de la de Tomás. Las dos bocas pegadas, esperando. Mateo se corrió con un gemido ronco que le salió de un lugar del pecho que no conocía. Chorros gruesos cayeron entre las dos lenguas. Tomás giró la cara hacia Adela y se besaron con todo eso entre ellos, pasándoselo, tragándoselo a la vez. Cuando se separaron, Adela tenía un hilo blanco brillándole en la comisura. Se lo limpió con el pulgar y se lo metió en la boca.
—Delicioso —dijo, mirándolo con una sonrisa cansada y feliz—. Y ahora siéntate. Te toca a ti mirar.
***
Mateo se sentó en el borde del lavabo, todavía desnudo de cintura para abajo, jadeando. Adela se quitó el vestido con un movimiento práctico, lo dejó doblado sobre el cambiador. Llevaba un liguero negro y unas medias finas que le terminaban en el muslo. Se giró hacia la pared y se inclinó, las manos contra el azulejo, el culo en alto.
Tomás se bajó los pantalones, se desabrochó la camisa pero no se la quitó. Su polla, gruesa y oscura, ya estaba dura. Se acercó a Adela despacio, se la frotó contra los muslos un segundo y entró de una embestida lenta y profunda. Adela soltó un gemido largo, la espalda arqueada, los pechos balanceándose libres.
—Mírame, Mateo —jadeó ella, girando la cabeza—. Mírame bien. Mira cómo me folla mi marido. Mira cómo se me abre.
Mateo no podía apartar los ojos. La habitación olía a sexo, a perfume de ella, a sudor. El sonido de cada embestida, húmedo y hondo, le rebotaba en el pecho. Adela seguía mirándolo. No pestañeaba. Le hablaba directamente, como si Tomás detrás de ella fuera solo el instrumento y él, Mateo, sentado en el lavabo, fuera el interlocutor.
—¿Ves cómo me chorrea por dentro? ¿Ves cómo no puedo cerrar las piernas? Esto lo tenías que ver, guapo. Esto.
Tomás aceleró. La agarraba de las caderas con las dos manos, la clavaba contra él. Cada empujón hacía que el culo grande de Adela se moviera en oleadas, que sus tetas se balancearan con fuerza. Ella gemía sin pudor, los ojos clavados en Mateo.
Mateo notó cómo se le levantaba otra vez. Increíble. No hacía ni cinco minutos que se había corrido y ya tenía la polla tiesa otra vez, casi dolorosa de tan dura. Empezó a tocarse despacio. No quiso. No pudo no hacerlo.
Adela lo vio.
—Eso es… —jadeó—. Tócate. Mírame y tócate. Es solo para ti.
Mateo aceleró la mano. La visión de Adela a cuatro patas, mirándolo, mientras Tomás la follaba con embestidas firmes, lo llevó al límite por segunda vez en menos de un cuarto de hora. Apretó los dientes. Imposible aguantar.
—Joder —jadeó—. Otra vez.
Eyaculó con un gemido ahogado. Los chorros, esta vez más finos, salieron disparados hacia adelante y cayeron en la espalda baja de Adela, en la curva blanca del culo, trazando dos líneas blancas sobre la piel que Tomás seguía golpeando con sus caderas. Tomás soltó una risa baja, sorprendida.
—Mira el chaval —murmuró—. Mira el chaval.
Empujó tres veces más, las venas del cuello marcadas, y se corrió dentro de Adela con un gruñido profundo. Salió despacio. Se quedaron los tres respirando, en silencio, en el reflejo del espejo grande.
***
Adela se incorporó con la calma de quien ha hecho esto mil veces. Cogió papel del dispensador, se limpió la espalda, se limpió por dentro con cuidado. Se vistió sin prisa. El liguero negro otra vez bajo el vestido. El moño deshecho rehecho con dos giros de muñeca. El pintalabios retocado en el espejo.
Tomás ya estaba abrochándose la camisa cuando se acercó a Mateo y le dio una palmada suave en el hombro. Sin malicia. Casi con afecto.
—Lo has hecho bien, chaval. Tienes valor.
Adela cogió un papelito de su bolso, escribió un número con un bolígrafo, lo dobló en dos. Se lo metió a Mateo en el bolsillo del vaquero, con dos dedos. Le dio un beso largo en la boca, sin prisa, con sabor a sí misma.
—Llámanos si te apetece otra noche —dijo—. La próxima quizá probemos algo más. O quizá no. Tú mandas siempre, ¿vale?
Salieron primero ellos. Mateo se quedó solo dos minutos largos en el baño, con la espalda contra el azulejo frío y la cabeza dándole vueltas. Cuando volvió a la sala, la película iba por el último acto. No entendió ni una escena. No le importó.
Esa noche durmió con el papelito en la mesita, sin abrirlo. Tres meses después aún no lo había abierto, aunque ya había empezado a contarle la historia a su mejor amigo en voz baja, una madrugada de cervezas. Le costaba creérselo a él mismo. Pero pasó. Pasó exactamente así.