La confesión del baño en aquella casa de playa
Me llevó del porche al baño sin soltarme la mano, cerró la puerta y me miró en el espejo como si ya supiera cómo iba a acabar aquello.
Me llevó del porche al baño sin soltarme la mano, cerró la puerta y me miró en el espejo como si ya supiera cómo iba a acabar aquello.
La vi caminar por la orilla con su panza redonda y una sonrisa que me recordó todo lo que habíamos dejado pendiente.
Todo empezó con una orden sencilla por la mañana y terminó con mi cuerpo temblando, abierto y obediente, sin saber si me dejaría correrme.
Cada mañana fingía mirarle la cara, pero vivía pendiente de sus tetas; el día que me habló, supe que ya no había vuelta atrás.
Solo iba a probar una clase dirigida. No esperaba que su coche se detuviera delante de mí ni lo que vendría después, en una esquina del polígono.
Salí a caminar por el sendero sin imaginar a quién me iba a cruzar. Nunca pensé que una caminata por el campo terminara así, y todavía me cuesta contarlo.
Mi amiga me prometió que esa noche cumpliría una fantasía que solo me había atrevido a confesarle a ella. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaríamos las dos.
Cerraba los ojos cada noche y volvía a la misma imagen. Sabía que estaba mal, pero la curiosidad pudo más que cualquier culpa.
No los elegí a los tres a la vez. Pasó de a poco, hasta que una noche descubrí que se mandaban mensajes entre ellos para sacarse del medio.
Tenía curiosidad y algo de miedo, pero cuando me arrodillé frente a él entendí que no iba a echarme atrás. Esa tarde aprendí algo nuevo sobre mí.
El ruido venía del gimnasio. Samanta pensó en ladrones; lo que vio detrás de la puerta entreabierta la dejó sin aire y cambió lo que sentía por su madre.
Estaba apoyada en la pared, mirando el móvil, con un vestido negro que le quedaba demasiado bien. No fumaba. Solo esperaba, y yo todavía no sabía a quién.
Lo decidí la noche anterior, mientras él dormía: a la mañana siguiente empezaría, sola, una rutina que llevaba años imaginando y que nunca me había atrevido a sostener.
Tres meses después de la separación, Mariela apareció en mi puerta con la misma sonrisa de siempre. Lo que no esperaba era lo que estaba dispuesta a dejarme hacer esa mañana.
Fingía esperar a alguien en la entrada cuando las tres se acercaron entre risas. Una me preguntó si tenía la noche libre. No imaginé hasta dónde iba a llegar todo.
Cuando los dejé solos en el bar del hotel solo quería darles intimidad. No imaginé que ella subiría con otro hombre y yo me quedaría esperando abajo.
Subí a ver por qué gritaba la chica del cuarto del fondo. No imaginé que iba a soltarse la toalla y pedirme que mirara, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Pensé que era el más disciplinado de la facultad. Entonces ella se recargó en la puerta del aula vacía y me dejó claro que sabía todo lo que yo escondía.
Salgo a la parada del autobús sin ropa interior, no para ir a ningún sitio, sino para encontrar a alguien que me mire como me miró él aquel jueves de marzo.
Damián llegaba cada viernes con vino y una sonrisa de marido ejemplar. Tomás dormía feliz al otro lado de la pared, sin saber que esos ruidos eran la única verdad que les quedaba.