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Relatos Ardientes

Confieso lo que hice en el séptimo día del viaje

Si alguien me hubiera dicho hace una semana que terminaría así, le habría reído en la cara. Yo no era de esas. Mi marido y yo llevábamos doce años casados, dos hijos en el colegio, una vida más bien ordenada en Medellín. Pero allí estaba, séptimo día del viaje con mi hermana, frente al espejo del baño, con la marca de unos labios que no eran de Andrés en el cuello y preguntándome qué iba a contarle al volver.

Marcos lo había cambiado todo. No fue Damián, aunque fuera él quien dio el primer paso con Carolina. Damián era torpe, hambriento, con la lujuria escrita en la frente y un miembro grueso del que mi hermana se había vuelto adicta. Marcos no. Marcos hablaba con cortesía, te miraba como si le interesara entender lo que decías y, cuando llegaba el momento, sabía exactamente cómo tomarte de la nuca para que se te aflojaran las rodillas. Yo no me había dejado seducir por un par de hombres más jóvenes en el Caribe; me había dejado seducir por la manera en que Marcos pronunciaba mi nombre.

Antes de este viaje yo tenía el repertorio sexual de una novicia. Andrés fue mi primer y único hombre. Lo conocí cuando todavía iba al colegio, así que mis avances de adolescente se habían quedado en besos a oscuras y alguna mano que entró por debajo de la blusa. Cuando me casé, en la luna de miel, descubrí que su lado salvaje no se parecía en nada al pretendiente cortés. Me arrancó el vestido con prisa, me besó como si tuviera hambre y me penetró sin acordarse de que era mi primera vez. No me hizo el amor: tuvimos sexo. Y aunque me dolió, pensé que así eran las cosas.

Doce años después, Andrés seguía siendo el mismo. Celoso, posesivo, incapaz de aceptar que un hombre me sonriera en la fila del supermercado. Yo callaba los piropos sucios que me decían en la calle, pero por dentro me cosquilleaban. A veces, mientras él dormía, me preguntaba qué se sentiría ser usada en lugar de poseída. Nunca probé el semen en la boca, nunca me dejé tocar el ano más allá de un dedo curioso, nunca le mamé el miembro hasta el final. La ropa interior que me regalaba se quedaba doblada en el cajón. Yo era la esposa fiel y aburrida, y eso me bastaba.

***

Hasta que Andrés mismo me empacó la maleta. Ropa que nunca me había puesto, vestidos demasiado cortos, lencería que no había estrenado ni con él, y una bolsa transparente con un conjunto rojo y una nota: «Úsalo para el indicado y mándame fotos». Lo leí dos veces y guardé el papel en el bolsillo del pasaporte. ¿Qué significaba eso? ¿Era una prueba? ¿Una invitación? Lo único que entendí, ya cuando volaba con Carolina hacia Cartagena, fue que mi marido había sembrado algo en mi cabeza que ya no podía sacar.

Para el quinto día yo le había mamado el miembro a Marcos en la pista de una discoteca, delante de mi hermana y de otras dos parejas. Me había llenado la boca con su semen, que sabía a caramelo de coco —juro que esa fue la primera palabra que me vino—, y me lo tragué entero sin pensar. En el sexto le entregué el culo. Carolina, cogida en cuatro por Damián a un metro de mí, no perdió detalle. Después, en la misma habitación, le mamé el miembro al primo y descubrí que el semen de Damián era amargo y lechoso. Lo tragué igual. Ni gracias me dieron, y eso me prendió todavía más.

***

Esa tarde, séptimo día, Marcos vino a mi habitación. Estábamos los dos despiertos en la cama, escuchando a Carolina y Damián a través de la pared como si fueran dos animales en celo. Yo le contaba cosas que jamás le había contado ni a mi mejor amiga. Que él había sido el primer hombre que probaba además de mi marido. Que el sabor de su semen me iba a perseguir cuando volviera a Medellín. Que en doce años no me había atrevido a dejar que Andrés me cogiera por detrás, y que él —con un mástil largo, no demasiado grueso, ligeramente curvado— lo había logrado en la primera intentona.

—¿Y te animarías a repetirlo? —me preguntó, jugando con un mechón de mi pelo.

—Si me lo haces esta noche en la pista, sí.

Lo dije sin pensarlo y me sonrojé hasta el cuello. Él se rió por lo bajo, con la mirada encendida.

—Yo te pido lo mismo. Que me dejes metértela ahí delante de todos.

Y me pidió otra cosa que me costó procesar: un trío. Que lo dejara entrar por delante mientras Damián me cogía por detrás. Le dije que no sabía si sería capaz, pero que lo iba a pensar. La verdad es que ya lo estaba pensando.

Los gemidos de Carolina al otro lado de la pared se volvieron insoportables. Marcos se rió y soltó una de esas frases suyas que parecían inocentes pero no lo eran:

—Tu hermana se volvió adicta al miembro de mi primo.

—¿Y cómo lo va a manejar cuando volvamos? —contesté sin pensar.

—Eso solo se calma si vienen seguido a vernos.

Las dos. Habló en plural. Yo era casada, tenía hijos, vivía a mil kilómetros, y Marcos hablaba como si esto fuera una rutina mensual. Por un segundo pensé en proponerle que él viniera a Medellín, en serio. Después me asusté de mí misma y corté la conversación.

—Vamos a dar una vuelta. No aguanto más estos gemidos.

Me puse un vestido de baño morado de los que Andrés me había empacado, una salida de baño encima, y le di la mano a Marcos al salir. Pasamos por el cuarto de Carolina sin tocar y la vi en cuatro patas, con Damián tomándola del pelo como si fuera una rienda, embistiéndola por el culo. Carolina me miró, se mordió el labio, y entre gemidos me lanzó:

—Si no la pruebas, te vas a arrepentir toda la vida.

Marcos se rió. Yo lo miré con falsa indignación una vez en el pasillo.

—¿Quieres verme cogida por tu primo?

—Yo no decido eso. Lo decides tú. Y si lo haces, déjame mirar.

Sentí que se me aflojaron las piernas otra vez. Lo agarré del brazo para no perder el equilibrio. Caminamos así, en silencio, hasta la piscina. Y entonces la vi. Sofía, una de las turistas con las que habíamos paseado en yate el día anterior, sola, sentada en los escalones de la piscina, con el agua hasta los pechos y la cara torcida. Estaba enojada con algo. Me hizo una seña en cuanto me reconoció, y yo, que había pensado en darme la vuelta, no tuve cómo huir.

***

—¡Hola, muñeca! —me dijo dándome dos besos como si fuéramos íntimas—. ¿Y este mulato precioso de dónde lo sacaste?

Le miró la entrepierna a Marcos sin disimulo. Sentí celos —absurdos, ridículos— y le presenté a mi negro como si tuviera derecho de propiedad sobre él. Marcos, caballero, se ofreció a ir al kiosco por unas bebidas para dejarnos hablar. Sofía, en cuanto él se alejó, me agarró la mano por debajo del agua.

—Disculpa la confianza, pero necesito hablar con alguien. Tu hermana me dijo que estás viviendo cosas parecidas a las mías. Y a Valeria no le puedo contar esto, es demasiado liberal y me pondría la piel de gallina.

Me senté a su lado en los escalones. La piscina estaba casi vacía a esa hora. Sofía me contó que Esteban, su marido, se había encontrado «por casualidad» en el hotel a un viejo amigo de la universidad, un tal Bruno. Ella sabía que Esteban le había avisado a propósito. Bruno era el tipo de amigo que aparecía siempre con una excusa para acompañarlo a recogerla, que la miraba un segundo de más, que aprovechaba cualquier salida para emborrachar a su novio y ofrecerse a llevarla a casa. Ella nunca le había dicho nada a Esteban por evitar peleas.

—Una noche —dijo bajando la voz— sí pasó algo. Pero no conmigo. Yo solo lo vi.

***

Marcos volvió con tres vasos. Le hice una seña para que nos diera espacio y se fuera al kiosco con los otros dos. Él entendió: necesitaba escuchar lo que Bruno le estuviera contando a Esteban tanto como necesitaba escuchar lo que Sofía me iba a contar a mí.

—Mejor vamos al jacuzzi —le dije a Sofía—. Acá nos van a oír.

Cuando pasamos cerca de los hombres, los tres giraron a mirarnos las caderas con descaro. Apenas me di vuelta, los tres se hicieron los distraídos. Marcos me sostuvo la mirada y yo le hice una seña: media hora. Él levantó el pulgar.

***

El jacuzzi estaba apartado, la zona húmeda casi desierta. Sofía llevaba un traje de baño azul oscuro que le marcaba esa cola color canela, y el pelo negro le caía hasta la cintura. Me costó dejar de mirarla. Nos metimos las dos, el ruido del agua nos cubrió, y le pedí que siguiera.

—Esa noche salí con unas compañeras. Una de ellas, Camila, era la chica más recatada del salón. Se ofreció a venirse con nosotros porque no quería irse sola con unos tipos del bar. Esteban se emborrachó como siempre y Bruno se ofreció a llevarnos. Camila insistió en que me dejaran a mí primero, y él aceptó de mala gana. Yo me senté atrás. Me hice la dormida con la chaqueta tapándome casi la cara, pero no le quitaba el ojo al espejo retrovisor.

Sofía hizo una pausa. Por debajo del agua, la mano le temblaba. Yo no sabía si era nervios o algo más.

—Camila se le acercó al oído. Le dijo algo bajito, le mordió el lóbulo. Bruno se desabrochó el cinturón sin dejar de manejar y le tomó la mano y se la puso encima del miembro. La escuché decir «la tienes grande», así, en un susurro. Y entonces él la agarró del pelo y le bajó la cabeza. Yo veía solo el movimiento. Glup, glup, despacio. Bruno me miraba por el retrovisor mientras manejaba.

Le metí los dedos a Sofía sin pensarlo. Ella ni siquiera se sorprendió: se corrió un poco hacia adelante para que tuviera mejor ángulo, hizo a un lado la tanga azul y se mostró. La vagina depilada, color canela, latía debajo del agua tibia.

—Sigue —le pedí.

—Bruno se detuvo en la berma. Le agarró la cabeza con las dos manos como si fuera una cola de caballo y la cogió por la boca. Cuando se vino, no la soltó. La obligó a tragar. Camila se zafó tosiendo. Le dijo «yo no hago esto» y «no me gusta». Él le contestó «tú dijiste que me querías». Y antes de que ella pudiera responder, se le tiró encima. Le bajó la silla, le bajó los pantalones, le rompió las pantis de un tirón.

Sofía se mordió el labio inferior. Se frotaba el clítoris con los dedos sin pudor.

—Le dijo «¿lo quieres o paro?». Camila asintió con miedo. Y yo… yo me quedé mirando. Me dio asco y me dio calor al mismo tiempo. La cogió ahí mismo, contra el tablero, y me miraba a mí por el retrovisor todo el tiempo, como si supiera que yo lo estaba viendo y como si me estuviera invitando.

—¿Y ella? —pregunté con la voz quebrada.

—Ella le terminó pidiendo que no parara. Y cuando Bruno se vino en su cara, le dijo «límpiamela», y ella le lamió el miembro con asco y con ganas a la vez. Después me llevaron a casa como si nada. Yo me hice la dormida.

***

Sofía me empujó suavemente hasta el borde del jacuzzi. Me senté en el filo, con los pies todavía en el agua. Ella se metió entre mis piernas, hizo a un lado el bikini y me lamió como si lo hubiera hecho mil veces. No lo había hecho nunca. Me lo dijo después, susurrando contra mi muslo:

—Eres la primera mujer que pruebo, y tu sabor está delicioso, Daniela.

El nombre dicho por una mujer me sonó a otro idioma. Me corrí en su boca apenas dos minutos después, los ojos abiertos al techo de mosaicos blancos del spa. Cuando giré la cabeza, vi a Marcos parado en la puerta, con el celular en la mano, sacándole una foto a la escena.

No lo paré. Las parejas que estaban en los otros jacuzzis nos miraban y se masturbaban. Marcos avanzó hasta nosotras, se quitó las bermudas y me ofreció su miembro. Lo recibí en la boca como si fuera lo más natural del mundo. Sofía se quedó incrédula un segundo, hasta que se lo retiré y se lo puse en los labios.

—¿Quieres probarlo? —le pregunté.

Asintió como una nena. Lo lamió desde la base. Marcos le agarró la cabeza con la misma delicadeza con la que me agarraba a mí. Yo me arrodillé al lado de Sofía, le besé los testículos a Marcos, alterné con ella en la mamada, y por primera vez en mi vida sentí que compartir a un hombre era una forma de complicidad.

Después le pedí algo a Sofía:

—Quiero probar tu vagina por primera vez.

Se acostó en el borde del jacuzzi como una niña que esperara un caramelo. Yo le hice lo que ella me había hecho. Se la chupé hasta sentir que se me derretía la cara. Cuando le metí la lengua en el ano, Marcos no aguantó y se vino en la boca de Sofía: ella tragó lo que pudo, el resto le bajó por la comisura.

***

Marcos no preguntó. La giró, le apoyó el miembro en el ano y se lo metió de a poco. La cabeza primero, después la mitad, después todo, mientras Sofía gemía entre dolor y placer. Yo le lamí los restos de semen de la boca y nos besamos largo, con lengua, mientras Marcos la cogía como si fuera mía. Sofía me miró con los ojos brillantes y me pidió:

—Ahora déjame meterte la lengua en el culo, como tú a mí.

Hicimos un sesenta y nueve perfecto. Yo lamiéndole la vagina mientras la cogían, ella metiéndome la lengua en el ano. Marcos se inclinó hacia adelante y me besó en la boca por encima del cuerpo de Sofía.

—Gracias por dejarme participar en su juego de niñas —me susurró.

—Los dos se merecían poder compartirme —le contesté yo, y me asusté de mi propia voz.

Le clavé los ojos.

—Si te portas bien, esta noche te la coges con tu primo. Pero —y bajé la voz para que solo lo escuchara él— vas a tener que ver cómo me cojo a un amigo de ella.

Marcos se quedó mirándome como si no me reconociera. Yo tampoco me reconocía. Bajé la mirada, le lamí la vagina a Sofía hasta que se corrió en mi boca por segunda vez, y dejé que él terminara metiéndoselo en el culo. Cuando le ofreció el miembro a Sofía para que lo limpiara, ella se lo metió en la boca como un chupete.

Yo me quedé sentada en la loza fría, pensando en el conjunto rojo que Andrés me había empacado. Esa noche me lo iba a poner. Y me iba a sacar fotos. Pero no para él.

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Comentarios (6)

fer_noche

excelente!!! espero con ansias la continuacion

viajero_nato

el septimo dia... vaya septimo dia jaja. Me quede con ganas de saber mas, muy buen relato

Tomas_Rosario

Por favor seguí! No puede terminar asi, me quede con mil preguntas dando vueltas

ClaudinaMza

Se siente vivido, eso lo hace especial. Me engancho desde el comienzo sin darme cuenta

SabrinaK_ok

Me gusto mucho como lo escribiste, sin exagerar dice todo lo que tiene que decir. Seguí!

Maru_Rosales

Una pregunta: hubo arrepentimiento despues? Porque el relato lo deja en el aire y eso me mata jaja

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