La sorpresa que le esperaba a mi mujer en el sex shop
No era la primera vez que pisábamos ese local. Lorena ya se había llevado de allí dos juguetes que terminaron viviendo en el cajón de la mesita de noche, y una tarde, casi por accidente, nos encerramos en una de las cabinas del fondo y follamos contra la puerta hasta que se nos cayó encima un cartel mal pegado. Pero esta noche venía con guion. Y el guion lo había escrito yo durante semanas, con un nudo en el estómago cada vez que pensaba en cómo decírselo.
Cumplíamos quince años de casados. Le había prometido un regalo distinto, un regalo a la altura del momento que estábamos atravesando. Llevábamos un par de años en una espiral de morbo creciente, hablando en la cama de cosas que antes no nos habíamos atrevido ni a pensar, contactando con otra pareja por videollamada para mostrarnos los unos a los otros sin tocarnos nunca. Lorena tiene esa virtud rarísima de saber lo que quiere y de pedirlo con palabras claras. Yo solo había aprendido a escucharla.
Llegamos al local quince minutos antes del cierre, como había acordado con Mario, el dueño. Ella venía espectacular: blusa abierta hasta el tercer botón, falda corta de tubo, tacones altos y un perfume que me hacía perder pie. Se había maquillado con calma esa misma tarde, frente al espejo, mientras yo fingía leer el periódico y la observaba por el reflejo del cristal del salón.
—¿Qué tramas? —me había preguntado al notar mi mirada.
—Nada. Estás guapísima.
—Eso ya lo sé. Pero estás demasiado callado.
Lorena no es tonta. Es, de hecho, bastante más lista que yo, y no me cuesta nada admitirlo. Esa misma noche, al subirnos al coche, sospechó que el regalo era algún juguete nuevo, un consolador caro o uno de esos arneses que habíamos visto online, y que la haría probarlo allí mismo, en alguna cabina del fondo. Llegó al local con cierta humedad bajo la falda, según me confesó después, y con esa sonrisa nerviosa que pone cuando intuye que algo va a salirse del molde.
Mario nos saludó con la naturalidad de quien lleva décadas viendo cosas peores. Cerró la persiana detrás de nosotros y nos guió hasta una sala interior, en el ala que los clientes corrientes nunca pisan. Encendió la calefacción al máximo, regulada para que la temperatura te empujara a desnudarte sin pensarlo. La luz era cálida, anaranjada, la justa para no perder nada de lo que iba a pasar.
—Si necesitan algo, golpean dos veces la puerta —dijo, y se retiró.
La sala tenía un sillón de cuero, un sofá pegado a la pared izquierda y una pantalla apagada empotrada en lo alto. Lorena miró todo despacio, una vez, dos. Yo la llevé hasta la pared opuesta a la puerta, la pared que ella todavía no había estudiado. Le tomé la cara con las dos manos, le di un beso largo y le dije al oído lo que llevaba semanas ensayando.
—Te voy a enseñar tu regalo, mi amor. Te quiero como a nada en este mundo. Espero que te guste.
Ella se giró hacia el frente. Vi cómo su pecho subía, paraba, volvía a subir. Se llevó las dos manos a la boca.
***
En la pared, a la altura de su cintura, había un agujero rodeado por un anillo de adhesivo negro. Un glory hole, para entendernos. Y de ese agujero asomaba una polla. Negra, gruesa, larga, todavía a media asta, circuncidada hasta la base. Alguien le había atado un lazo dorado de regalo en el nacimiento.
—Estas son las reglas, Lorena —le susurré, sin soltarle la cintura—. No hay reglas. Esa polla es tuya. Haz con ella lo que quieras. Yo voy a estar aquí, esa es la única condición. En la tienda solo estamos tú, yo y el dueño de eso. El hombre del otro lado no va a entrar nunca, no lo vas a conocer, no puede vernos ni puede oírnos. No tiene cara. Es solo una polla. Y es tuya por esta noche.
Me llamó loco con la voz quebrada, sin apartar los ojos del agujero. Era un terreno que nunca habíamos pisado de verdad. Habíamos jugado mucho a imaginar tríos, habíamos bebido para soltar la lengua y dejar caer fantasías, pero nunca habíamos metido a nadie en la habitación. Esto era distinto. Esto era cruzar una línea de la que no se podía volver con un simple «era broma».
Caminó hacia la pared como quien se acerca a un animal dormido. Se agachó un poco, miró el lazo, miró la polla, levantó la cara hacia mí.
—¿Puedo tocarla?
—Lo que quieras, mi vida.
Quise decirle, una vez más, que si se sentía rara nos íbamos. Que nadie llevaba la cuenta. Que esto se cancelaba con dos palabras y una puerta. Pero la conozco, y supe por la forma en que apoyó la rodilla en el suelo que ya había decidido. La cogió con las yemas de los dedos, la soltó como si hubiera tocado una superficie caliente, la volvió a coger con más firmeza.
Se rió, nerviosa. Me miró un segundo. Empezó a moverla despacio, con la mano apenas cerrada, sin saber del todo qué hacer. La polla, casi al instante, le respondió. No creció demasiado en largo —ya era impresionante en reposo—, pero ganó grosor, ganó dureza. La piel se tensó. Apareció la red de venas. Yo solo había visto algo así en pantalla, y nunca tan cerca.
Se hizo un silencio raro. En aquel cuarto solo existía mi mujer pajeando lentamente la verga de un desconocido. Al principio me miraba a los ojos, buscando aprobación. Después dejó de mirarme. Tenía la atención puesta entera en aquel rabo, como si quisiera memorizarle el peso. Apenas se dio cuenta de que su mano izquierda se había metido bajo la blusa y se acariciaba un pecho.
—¿Estás seguro de esto? —dijo de pronto, sin soltarla.
Era ella la que ahora me daba la última oportunidad. Si yo decía no, esto se moría allí. Tenía celos, tenía miedo, tenía la polla durísima dentro del pantalón y el corazón a doscientos. Asentí con la cabeza. Lorena tomó el lazo dorado, tiró de un extremo, lo deshizo y lo dejó caer al suelo.
***
Volvió a la paja, ahora con más entrega. La cerraba con la mano, apretaba, y el puño no le bastaba para cubrir toda la circunferencia. Se la llevó a la mejilla, se acarició con ella la cara despacio, y entonces sí giró el cuello para mirarme. Quería que yo la viera. Quería que yo registrara cada detalle. Se desabrochó dos botones más, se metió la mano en el escote, se pellizcó un pezón.
El paso siguiente lo conocíamos los dos antes de que ocurriera. Apoyó los labios en la punta. Sacó la lengua, dibujó un círculo lento, abrió la boca lo justo para meter el glande. Y mientras lo hacía, levantó los ojos hacia mí. Conozco esa mirada. La he visto cien veces. La diferencia, esta noche, era que la polla en su boca no era la mía y la mamada estaba siendo para otro, pero la mirada seguía siendo solo para mí. Me cabreaba. Me ponía a mil.
Ya no había vuelta. Habíamos dejado atrás todas las salidas. Mi mujer estaba comiéndose un rabo desconocido, grueso, oscuro, lleno de venas, y yo prácticamente se lo había puesto en la boca con mis propias manos. Y se le notaba que lo estaba disfrutando.
Se la sacó un momento para tomar aire, abrió y cerró la mandíbula como una atleta que ajusta la respiración entre series. Buscó por el suelo y encontró un cojín de terciopelo que alguien había dejado contra el sofá. Lo colocó bajo sus rodillas, se acomodó como quien se prepara para una ceremonia, hizo una pequeña reverencia hacia delante y empezó a chuparla en serio.
Se la metía cada vez más adentro. Ya no se conformaba con la punta. Empezaba a babear sin pudor, y la baba le caía hilada por la barbilla, por el cuello, por los pechos que se había sacado de la blusa. Con una mano le sostenía la base, con la otra se untaba los pezones con su propia saliva, los apretaba, los pellizcaba. Yo me había abierto los pantalones y empecé a masturbarme en silencio, a tres pasos de ella. Pensé en intervenir, en ofrecerle una mamada doble. Pero no. Aquel momento era suyo. Aquella ceremonia era una liturgia y yo no iba a interrumpirla.
Estuvimos varios minutos así. Ella mamando aquel tronco a un ritmo que parecía ensayado, desde la punta hasta más o menos un tercio del largo. A veces la sacaba y la lamía despacio, de arriba abajo, recorría con los labios cada vena. Le acariciaba los testículos, depilados, con la otra mano. Otras veces se llevaba esa misma mano a su propia entrepierna por debajo de la falda y se acariciaba con dos dedos por encima de las bragas, que ya estaban empapadas. La oía respirar entrecortado. La oía gemir bajito mientras tenía la boca llena.
Se levantó de pronto, se desabrochó la falda y la dejó caer. Se quitó las bragas con un gesto rápido y se quedó solo con las medias y los tacones. Se arrodilló otra vez sobre el cojín. Ahora tenía las dos manos libres: una para la polla del agujero, otra para su propio sexo. Empezó a frotarse el clítoris a un ritmo distinto al de la mamada, rápido, urgente. Intentó tragársela hasta el fondo. Se la metía a la fuerza hasta la garganta, aguantaba unos segundos, casi se ahogaba, la soltaba con un golpe seco de babas y reía con la barbilla brillando, y volvía a empezar. Era un atracón.
***
Me acerqué por detrás. No para meterla en la escena con mi pene —esa noche no era para eso—, sino para acompañarla. Le acaricié la cintura, las tetas, le besé el cuello mientras ella mamaba. Bajé la mano por su vientre, llegué a su entrepierna y noté que estaba goteando. Le rocé el clítoris con el pulgar y soltó un gemido grave que se le quedó atrapado en la polla. Yo sabía que podía correrse cuando quisiera. Pero a Lorena le gusta retrasar el orgasmo hasta el último segundo posible.
Se me ocurrió algo. La hice incorporarse un poco sobre las rodillas, cambiando el ángulo del agujero respecto a su cara, y le abrí las piernas. Me tendí en el suelo boca arriba, con la cabeza entre sus muslos, y empecé a comerle el coño desde abajo. Desde ahí veía sus tetas balancearse encima de mi cara mientras ella seguía con la mamada, veía cómo se sacaba la polla para frotársela por la mejilla, cómo se daba pequeños bofetones con ella, cómo la engullía de vuelta. A ratos dejaba de chuparla y se la quedaba mirando, simplemente mirándola, como si todavía no se creyera que fuera real.
Tuvo el primer orgasmo con la polla en la boca. Mi cara se llenó de su humedad. No la sacó para correrse, no perdió ni un segundo de contacto, y juraría que el desconocido del otro lado de la pared estuvo a punto de correrse al mismo tiempo, pero aguantó. La oí jadear con la voz amortiguada por el rabo en la boca, le sentí las piernas temblar contra mis orejas. Y cuando terminó, ni siquiera se permitió un descanso. Se inclinó hacia delante, lo agarró otra vez con las dos manos y volvió a la liturgia.
A Lorena, no es ninguna novedad, le encantan las mamadas. Le encanta hacerlas. Le encanta el peso, el sabor, el calor. Le pone burrísima. No me lo hace solamente porque me quiere; me lo hace porque le gusta de verdad.
Cuando salí de debajo, ella estaba todavía con la cara bañada en saliva. Me quité los pantalones del todo, me arrodillé detrás de ella y le metí mi propia polla en el coño de un solo empujón. Estaba tan abierta y tan empapada que me deslicé hasta el fondo en un segundo. La empecé a follar fuerte, agarrado de su cintura, mientras ella seguía con la boca llena del otro. Los jadeos ahogados que soltaba contra esa polla me ponían a doscientos. Quería castigarla a embestidas. Quería marcarla por dentro.
Pensé lo obvio. Pensé en si Lorena querría ir un paso más allá, en si iba a pedirme que la otra polla pasara a otro hueco, en si ese límite también iba a caer esta misma noche. No me dio tiempo de preguntar.
—Creo que se va a correr —dijo, sacándosela de la boca un instante.
***
Ella sabe reconocer ese momento. Lo sabe desde la primera mamada. Quise respetar la liturgia hasta el final. Me había metido bastante y no era mi regalo. Me salí, me puse de pie a un lado y la dejé hacer.
Sacó la lengua, apoyó el glande encima y empezó a pajearlo con las dos manos, mirándolo desde abajo, hambrienta. Salió primero un chorro fino, casi tímido, que cayó sobre la lengua. Después llegó el resto. Eyaculó como un animal. Lorena cerró la boca a tiempo, pero no se apartó. Ese hombre siguió corriéndose y ella siguió pajeándolo, con los chorros pintándole rayas blancas por los pechos, por el vientre, por los muslos sobre las medias. Por primera vez en toda la noche escuché la voz de él al otro lado de la pared: un gemido grave, animal, que terminó en un suspiro contenido.
Mi mujer fue bajando el ritmo poco a poco. Apretó la base de la verga con el puño y subió hasta la punta, y de ahí brotó una última gota perezosa. Lorena la lamió con la punta de la lengua, hambrienta. La soltó.
Nos quedamos así un minuto largo. La polla del otro lado fue perdiendo dureza despacio, apuntando cada vez menos alto, hasta que volvió a la sombra del agujero. Mi mujer estaba feliz. Brillaba. Se reía sola. Tenía la piel cubierta de semen, sudor, saliva y sus propios flujos. Me miró, me dijo «gracias» con un hilo de voz y se restregó con las dos manos lo que tenía sobre las tetas y el vientre, como si quisiera no perder ni una gota.
Me acerqué decidido. Ella no lo dudó. Abrió la boca y yo me la metí hasta la garganta, casi se la follé en lugar de dejar que me la chupara. Se masturbaba con la mano libre a una velocidad que daba miedo. Me corrí dentro de su boca un segundo antes de que ella alcanzara su segundo orgasmo, y ella no se apartó. Esta corrida, me dijo después, no la quería escupir. Se la tragó entera.
Se dejó caer hacia atrás, sobre el cojín y el suelo, las piernas abiertas, los brazos en cruz, los ojos cerrados. Me tendí a su lado. Olía a sexo, a esperma, a sudor, a perfume caro. La abracé sin decir nada durante un rato largo. Hasta esa noche, fue la experiencia más extrema y más excitante que habíamos vivido juntos en quince años.
Antes de salir, miré el agujero de la pared. Solo quedaba el hueco. El otro ya se había marchado. No supimos su nombre. No volveremos a saber su nombre. Y en cierto modo, así fue mejor.