Mi confesión: el esteticista que me hizo perder todo
Aquel jueves a las cinco de la tarde firmé el formulario de confidencialidad sin leerlo. Llevaba tres semanas posponiendo la cita, alimentándome con la idea cada noche antes de dormir, metiéndome la mano bajo las bragas mientras mi marido roncaba a mi lado y me imaginaba abierta de piernas en una camilla, con un desconocido inclinado entre mis muslos. Ahora que estaba en el mostrador del centro de estética lo único que quería era huir o que me llamaran de una vez.
El lugar parecía la antesala de un hotel de cinco estrellas. Suelos de microcemento gris, paredes color crema, una vela de jazmín ardiendo en una repisa y, de fondo, música ambiental que sonaba a ascensor caro. Yo tenía treinta y dos años, casada, dos hijas, y desde hacía meses cargaba con la sensación de haberme olvidado de mi propio coño, de que mi cuerpo se había vuelto un mueble más de la casa.
—Camila, por favor, sígueme —dijo la recepcionista. Tenía los labios pintados de un rojo discreto y caminaba como si flotara—. Hoy te atiende Mateo. Es nuestro especialista en zonas íntimas.
Especialista en zonas íntimas. Lo repetí mentalmente mientras me guiaba por un pasillo en penumbra. Todo en aquel lugar parecía haber sido diseñado para hacerte bajar la guardia y las bragas.
La sala era pequeña. Una camilla con sábana blanca, una luz tibia en el techo, un carrito con instrumental y una silla en el rincón. Me dejó una bata de algodón sobre la camilla y cerró la puerta sin hacer ruido.
Me cambié despacio. Me miré en el espejo de cuerpo entero que había junto a la puerta. La bata me quedaba grande y, por debajo, solo mi piel y la decisión de haber pedido depilación completa. Estás aquí porque quisiste. No te eches atrás. Me senté en el borde de la camilla con las piernas cruzadas, notando cómo el coño ya me palpitaba caliente, húmedo, esperando algo que todavía no me atrevía a nombrar.
Mateo entró sin tocar. Al verme cruzar las piernas sonrió a medias, como si ya supiera lo nerviosa que estaba y también lo mojada.
—Buenas tardes, Camila —dijo, y me tendió la mano—. Soy Mateo. ¿Primera vez con cera caliente?
—Primera vez en la zona íntima —contesté, y me sentí estúpida en cuanto cerré la boca.
Tendría unos cuarenta años. Pelo oscuro con unas canas en las sienes, mandíbula afeitada, manos grandes y limpias. Llevaba una camisa negra de manga corta arremangada hasta los codos. Olía a algo cítrico, no a perfume, más bien a jabón caro. No era el típico esteticista de bata blanca y sonrisa de catálogo.
—Vamos por partes. Tú diriges, yo acompaño. ¿De acuerdo?
Asentí. Me pidió que me recostara y que apoyara los pies en los soportes. Lo hice. La bata se me abrió por completo y le quedó todo servido: el coño recién afeitado en casa, los labios hinchados, los muslos temblando de anticipación. Él no apartó la vista, pero tampoco se demoró. La suya era una mirada profesional, técnica. Y, sin embargo, sentí que algo en mi vientre se contraía y una gota de humedad me resbalaba hacia el culo.
***
—Voy a aplicar una crema relajante antes de la cera —explicó—. Te aviso de cada paso. Si algo te incomoda, me lo dices y paramos.
Sus manos se posaron sobre mi pubis con una firmeza que no esperaba. La crema estaba fría. Sus dedos trabajaban en círculos lentos, distribuyéndola sin presión innecesaria, sin caricias. Y, sin embargo, cada vez que rozaba el límite con mis labios mayores, yo apretaba los dedos de los pies contra el cuero del soporte.
—Respira —dijo sin levantar la vista—. Si te tensas, va a doler más.
Respiré. Olía a lavanda y a algo metálico que no supe identificar. Cerré los ojos.
—Voy con la cera. Está tibia, no quema.
El primer contacto fue una caricia caliente que se extendió por todo el monte. Lo siguiente fue una banda de tela presionada con la palma. Y después, el tirón. Aspiré fuerte y abrí los ojos.
—Buena —dijo. No sonreía. Estaba concentrado, leyendo mi cara como si fuera un mapa.
Aplicó otra capa. Otra banda. Otro tirón. El dolor era agudo y se iba en segundos. Lo que no se iba era la sensación que llegaba después: un calor que bajaba por dentro y se quedaba latiendo entre mis piernas, un cosquilleo eléctrico que me subía desde el clítoris hasta las tetas. Yo nunca había asociado el dolor con eso, y no supe qué hacer con la información. Sentía que me estaba encharcando entera y que él lo veía todo.
—Algunas mujeres se ponen muy sensibles con la cera —comentó él mientras preparaba la siguiente tira—. Es químico. La piel se inflama y reacciona como puede. No te asustes si tu cuerpo te sorprende.
—No me asusto —mentí.
Trabajó la zona externa con paciencia. Después, los laterales. Cada vez que me pedía que abriera un poco más, yo obedecía sin pensarlo. ¿Cuándo aprendí a obedecer así? El último tirón fue el del interior del muslo. Me arqueé sin querer y se me escapó un jadeo que sonó demasiado a gemido.
—Listo —murmuró—. Ya casi está.
Pasó la mano por encima de mi piel recién depilada para revisar el trabajo. La yema de su dedo cruzó dos centímetros que no debía cruzar y se detuvo, justo sobre la raja mojada. Me miró desde abajo.
—Estás muy húmeda, Camila.
No era un reproche. Tampoco una pregunta. Era una constatación dicha con la misma voz con la que me había explicado lo de la cera. Deslizó la yema entre mis labios menores, sin prisa, y salió brillante, con un hilo espeso pegado al dedo. Se lo llevó a la altura de la cara para mirarlo a la luz. Yo casi me muero de vergüenza y de calentura al mismo tiempo.
—Lo siento —susurré.
—No lo sientas. —Se enderezó y se quitó los guantes, uno tras otro, sin dejar de mirarme—. ¿Quieres que termine la sesión y te vayas, o prefieres que sigamos con el masaje calmante? Es opcional. Lo decides tú.
Tragué saliva. La sala era tan silenciosa que se oía el zumbido del aparato del aire. Sentí el aire en mi piel desnuda, en el coño abierto, en los pezones tiesos que ya empujaban la bata. Pensé en mi marido, en mis hijas dormidas, en la cantidad de veces que había soñado con un instante exactamente como ese y me había despertado avergonzada y con las bragas empapadas.
—Sigamos —dije.
***
Echó aceite tibio en la palma de su mano. Lo frotó entre las dos para calentarlo. El primer pase fue desde el ombligo hacia abajo, sin tocarme aún el centro. El segundo, por la cara interna del muslo izquierdo, hasta la rodilla. El tercero, igual, en el derecho. Yo escuchaba mi propia respiración como si fuera la de otra persona.
—Avísame si quieres que me detenga —dijo.
—No te detengas.
Su mano subió con el aceite y rodeó la zona depilada en círculos cada vez más estrechos. Cuando finalmente cruzó el umbral, lo hizo con dos dedos planos y la presión justa. Apretó suave entre los labios mayores, los abrió, los recorrió de arriba abajo. No buscaba nada concreto, no aún. Estaba mapeándome el coño como quien reconoce un terreno antes de invadirlo.
—Mírame —pidió.
Lo miré. Sus ojos eran de un castaño oscuro, casi negro bajo aquella luz. Me sostuvo la mirada mientras me abría los labios con dos dedos, exponiéndome el clítoris hinchado y la entrada del coño chorreando aceite y mis propios flujos. Bajó la cara despacio y sopló, apenas, sobre la carne mojada. Me sacudí entera.
—Quiero más —dije, y mi voz se quebró en la última sílaba.
Sacó la lengua y me dio un lametazo largo, plano, desde la entrada del coño hasta el clítoris. Uno solo. Después se apartó para mirarme la cara mientras yo intentaba no morir. Volvió a hacerlo, esta vez terminando con la punta de la lengua girando en círculos exactos sobre el capuchón. Cerré los muslos por instinto contra su cabeza y él, con las palmas, me los abrió otra vez y me los sostuvo en los soportes.
—Quieta —murmuró contra la carne—. Déjame trabajar.
Me chupó los labios menores uno por uno, tirando suave con los dientes, mamándolos como si fueran pezones. Después me metió la lengua entera dentro, follándome con ella, entrando y saliendo con un ruido húmedo que me puso roja hasta las orejas. Subió al clítoris, lo atrapó entre los labios y lo succionó con paciencia, sin soltar, mientras dos de sus dedos volvían a hundirse en el coño.
—Ay, joder —jadeé—, joder, joder, no pares.
Curvó los dedos hacia arriba y encontró un punto que yo conocía mal y él parecía conocer de sobra. Apretó. Soltó. Apretó de nuevo, siguiendo el ritmo de su boca sobre el clítoris. Mi cadera se levantó un par de centímetros sola y él la aplastó de vuelta contra la camilla con el antebrazo. La combinación de su boca chupando arriba y los dos dedos golpeando dentro era metódica, casi clínica, y por eso mismo me arrastró más rápido de lo que hubiera querido admitir. Mordí mi propio brazo para no gritar. Cuando me corrí, me corrí entera, en silencio contra la piel del brazo, con el cuerpo arqueado sobre la camilla, las uñas clavadas en la sábana y el coño apretándole los dedos en espasmos que no podía controlar.
Mateo no apartó la boca. Me lamió despacio mientras yo bajaba, recogiendo cada gota, esperando a que el temblor se calmara. Después, despacio, retiró los dedos y se relamió los labios sin ninguna vergüenza.
—¿Estás bien? —preguntó, con la barbilla brillando.
—Estoy bien.
—¿Quieres parar aquí?
—No —dije, y me incorporé sobre los codos—. Quiero tu polla.
***
Lo besé yo. Me incliné y lo besé. No fue un beso de novela: fue un beso torpe y hambriento, con dientes y aliento entrecortado, con el sabor de mi propio coño todavía en su lengua. Él tardó medio segundo en responder. Cuando lo hizo, me sostuvo la nuca con una mano que olía a aceite y a mí.
—Camila —dijo separando un poco la boca—. Si seguimos, seguimos en serio. No vas a ser una clienta más.
—Lo sé. Fóllame ya.
Cerró el pestillo de la puerta. Apagó la luz cenital y dejó solo la lámpara del rincón. Volvió a la camilla quitándose la camisa por encima de la cabeza. Tenía el torso de alguien que cuida su cuerpo sin obsesionarse: hombros marcados, abdomen plano, una cicatriz vieja sobre la cadera izquierda.
Se desabrochó el cinturón sin apuro. Se bajó el pantalón y los calzoncillos de una sola pasada. La polla le saltó fuera, dura, gruesa, con la vena marcada y el glande brillante de líquido preseminal. Se me hizo la boca agua sin pedir permiso.
Me bajé de la camilla y me arrodillé en el suelo antes de que él pudiera decir nada. Le agarré la verga con las dos manos, tanteando el peso, y me la metí en la boca hasta donde pude. Salada, caliente, viva. La lengua trabajaba la corona mientras la mano derecha subía y bajaba por el resto, apretando. Él soltó el aire por la nariz y me hundió los dedos en el pelo, sin empujar, solo sujetando.
—Así —murmuró—. Así, joder.
La saqué con un pop obsceno y le lamí toda la longitud, de abajo arriba, deteniéndome a chuparle los huevos uno a uno. Después volví a tragármela, esta vez más adentro, hasta que se me saltaron las lágrimas y arqueé la garganta buscando meterla toda. Él aguantó tres, cuatro, cinco embestidas de mi boca y me apartó la cabeza tirándome del pelo.
—Para. Me corro si sigues.
Me ayudó a levantarme. Me besó otra vez, esta vez tragándose el sabor que él mismo me había dejado en la lengua. Me llevó contra la pared. Los azulejos estaban fríos contra mi espalda. Su mano volvió a hundirse entre mis piernas un instante, comprobando con dos dedos que seguía chorreando, sacándolos brillantes y limpiándomelos sobre los labios de la boca para que yo me los chupara. Me los chupé.
—Date la vuelta —pidió.
Apoyé las manos en la pared, arqueé la espalda y saqué el culo. Sentí su pecho contra mi espalda, su aliento en mi oreja, su mano izquierda separándome el muslo. Se pasó el glande por toda la raja mojada, arriba y abajo, embadurnándose. Lo apoyó en la entrada. Empujó despacio, sin prisa, dejándome sentir cada centímetro entrando. Yo apreté la frente contra los azulejos y aguanté la respiración mientras me abría por dentro.
—Respira —repitió, igual que con la cera—. Si te tensas, te duele.
Respiré. Cuando estuvo hasta el fondo se quedó quieto tres segundos, con las manos en mis caderas, dejando que mi coño se acostumbrara a tenerlo dentro. Después empezó a moverse. Sacaba la polla casi entera y la metía de una sola embestida, chocando contra el fondo con un ruido de carne húmeda que se oía en toda la sala. Su mano subió por mi vientre hasta uno de mis pechos y me pellizcó el pezón. La otra bajó hasta encontrar mi clítoris otra vez. Se movía dentro de mí como había trabajado con la cera: con método, con atención, sin teatro. Y eso era exactamente lo que me estaba destrozando.
—Más fuerte —le pedí—. Rómpeme.
Aceleró. Las embestidas se volvieron más brutales, más profundas, chocando cadera contra culo con un chasquido húmedo. Yo empujaba hacia atrás buscándolo, follándolo yo también, agarrada a la pared para no caerme.
—Mírate —susurró, girando un poco mi cara hacia el espejo de la pared lateral.
Me vi. Me vi con la boca abierta, el pelo pegado a las sienes, los ojos brillantes, las tetas colgando y sacudiéndose con cada embestida. Vi a un hombre que no era mi marido entrando en mí desde atrás, con la polla brillante de mis flujos entrando y saliendo del coño de una madre de familia, mordiéndome el hombro. Y sonreí, cosa que tardaría muchos días en perdonarme.
—Ahí —dije—. Justo ahí. Follame ahí, no pares.
Su mano libre se cerró sobre mi cadera con los dedos clavados. La otra siguió jugando con un círculo exacto sobre el clítoris, apretando cada vez más fuerte a medida que aceleraba las embestidas. Me corrí por segunda vez con una sacudida que casi me tira al suelo, apretándole la polla con el coño en espasmos largos, gimiendo contra los azulejos.
Él me sostuvo. Salió con un ruido obsceno, me dio la vuelta, me cargó por la cintura y me sentó sobre la camilla. Me abrió las piernas de un empujón, se puso entre ellas y volvió a metérmela de una embestida. Quería verme. Yo quería que me viera.
Me agarré a sus hombros y le rodeé la cintura con las piernas. Él me follaba de pie, mirándome a los ojos, con las manos en mi culo pegándome contra su cuerpo en cada embestida. Se agachó y me chupó un pezón, después el otro, sin parar de moverse dentro. Le mordí el cuello. Le pedí que me follara más fuerte. Le pedí guarradas al oído que no me creía capaz de decir. Le dije que se corriera dentro. Le dije que se corriera donde quisiera. Le dije lo que fuera con tal de que no parara.
—Fuera —jadeó él—. No puedo dentro.
—Fuera —repetí.
Sacó la polla en el último segundo, se agarró él mismo con la mano y se corrió a chorros sobre mi vientre, entre las tetas, hasta el cuello. Un gemido contenido entre los dientes. El semen tibio bajándome por los costados. Se quedó así unos segundos, su frente apoyada en la mía, respirando como si hubiera corrido, con la polla todavía goteando sobre mi pubis recién depilado.
Después fue al carrito, mojó un paño en agua tibia y me limpió con la misma delicadeza con la que me había aplicado la crema al principio. Me limpió el vientre, entre las tetas, el cuello. Me abrió las piernas otra vez y me limpió el coño con cuidado, con paños distintos, sin dejar de mirarme.
***
Me vestí en silencio. Él también. No dijimos nada hasta que tuve el bolso en la mano y la puerta abierta a medias.
—Camila.
—¿Sí?
—¿Quieres reservar la siguiente sesión?
Me lo pensé tres segundos. Pensé en mi marido. Pensé en las niñas. Pensé en la mujer que era esa misma mañana al desayunar con ellos, y en la que estaba a punto de cruzar el pasillo del centro de estética con las piernas todavía temblando y las bragas pegadas al coño hinchado.
—Sí —dije—. Reserva.
Y salí a la calle como si no hubiera pasado nada, aunque sabía que dentro de mí se acababa de partir algo en dos.