Lo que descubrí en las fiestas secretas de París
Las calles del Quartier Latin brillaban por una llovizna tibia cuando bajé del taxi frente a un hotel discreto cerca de Place Dauphine. Tenía treinta y cuatro años, una valija pequeña y un encargo difícil: documentar para la revista mensual de Mendoza la racha de muertes que la prensa francesa apenas se animaba a nombrar.
Cuatro hombres con dinero suficiente para comprar silencio habían aparecido sin vida en habitaciones blindadas: un banquero austríaco, un cónsul belga, un magnate griego del transporte y un coleccionista de arte español. La firma se repetía sin variar. Cuerpos desnudos, sábanas revueltas, miembros tumefactos, restos secos en el vientre. Una sucesión de finales gemelos que las autopsias resolvían como paro cardíaco por agotamiento extremo, sin explicar las marcas de uñas en la espalda ni los mordiscos profundos en la base del cuello.
Soy alta, de piel olivácea y boca grande. Las blusas no me cierran del todo en el escote y las caderas anchas me obligan a recortar todas las faldas que compro. En Mendoza había dejado un matrimonio fingido y un deseo que llevaba demasiados meses sin alimento.
Esa primera noche, mientras revisaba carpetas en la laptop con una copa de Côtes du Rhône, me entró un mensaje sin remitente.
El secreto está en la sombra del puente. Ven sola mañana al atardecer. No confíes en nadie que no te muestre la marca de la dama.
***
Crucé el Pont des Arts con el pulso desordenado. El Sena reflejaba las luces de la ciudad como un espejo viejo, rayado, dispuesto a romperse. Apoyado contra la baranda me esperaba un hombre de cuarenta y tantos, traje gris pizarra y una bufanda azul metida con descuido. Se presentó como Étienne Marchand, comisario de la Police Judiciaire, aunque su acento tenía algo que no terminaba de ser francés, una vibración heredada de algún año largo en Sudamérica.
—Señorita Núñez —dijo con voz grave—. Sé que está investigando estos casos. Yo hago lo mismo desde hace seis semanas. Y le advierto que esto no es un asesinato en serie. Es un ritual.
Sentí un calambre tibio en el bajo vientre. Étienne me miraba con un descaro que no se molestaba en disimular, deteniéndose en el escote del abrigo entreabierto.
—Acompáñeme —agregó—. Tengo un piso seguro a tres calles. Lo que tengo que mostrarle no se discute al aire libre.
***
El departamento daba a la Île de la Cité, con balcón angosto, muebles antiguos y un olor a madera húmeda. Apenas cerró la puerta, Étienne me empujó contra el papel pintado del recibidor y me besó con una urgencia que yo no esperaba pero llevaba dentro hacía meses. No me resistí. Le bajé el cierre del pantalón con manos rápidas y le saqué la verga ya tiesa, pesada, marcada por venas gruesas que latían contra mi palma.
—Cogeme —le susurré al oído, levantando una pierna y enredándola contra su cadera—. Ahora, sin esperar.
Me subió la falda hasta la cintura, me arrancó la bombacha de un tirón y me penetró de un solo empujón profundo. Yo estaba empapada, caliente, abierta. Me cogió contra la pared con embestidas largas, agarrándome los pechos por encima de la blusa y mordiéndome el cuello con una saña medida. Yo gemía sin filtro, moviendo las caderas para que la verga me llegara más adentro.
—Más fuerte —jadeaba—. No te midas conmigo.
Étienne aceleró el ritmo, sosteniéndome por las nalgas. Me vine primero, en un grito ahogado, apretándole la verga con espasmos largos. Él aguantó dos embestidas más y se descargó adentro, llenándome con un calor espeso que empezó a chorrearme por los muslos.
***
Después, sentados en un sillón Chester desgastado, me contó el resto. Los muertos pertenecían a una sociedad llamada Le Cercle Voilé, un círculo cerrado de hombres con poder que organizaba reuniones privadas en palacetes alquilados. Sexo sin reglas. Ningún rostro reconocible al día siguiente. En el centro de cada reunión aparecía siempre la misma figura: una mujer a la que llamaban La Dame Voilée. Elegía a su hombre, lo sacaba del salón y lo cogía hasta apagarlo. En el orgasmo final, le administraba un veneno indetectable que activaba el colapso cardíaco.
Yo, todavía con la concha latiéndome, sentí que el misterio me encendía el deseo más que cualquier reportaje anterior. Esa misma noche volvimos a coger. Étienne me puso en cuatro patas sobre la cama de hierro forjado y me metió la verga en el culo después de prepararme con saliva y mis propios jugos. Grité un dolor delicioso que no era queja.
—Hasta el fondo —pedí, empujando hacia atrás—. No te pares.
Me agarraba las nalgas, abriéndolas, y me penetraba mientras me metía dos dedos en la concha al mismo tiempo. Me vine dos veces seguidas, temblando, antes de que él me llenara el culo con una descarga larga y espesa.
***
Los días siguientes fueron una mezcla de archivos polvorientos y sexo desordenado. Visité dos escenas, entrevisté a un mayordomo del Hôtel de Crillon, releí actas con la ayuda de Étienne. Cada noche caíamos en el departamento de la isla, cogiendo como si el mundo se cerrara al amanecer. Me cogió en la ducha, contra el ventanal con vista al río, sobre la mesa rústica de la cocina. Le chupaba la verga hasta la garganta, babeando, levantando los ojos para sostenerle la mirada mientras él me agarraba la nuca.
—Eres una máquina, mujer —me decía Étienne en el francés más limpio que tenía.
Yo respondía tragando más profundo y apretándole los testículos con dedos firmes hasta que él se descargaba en mi boca y yo tragaba sin desperdiciar.
***
Decidida a entrar en la sociedad, usé un contacto en la embajada argentina para conseguir una invitación. La entrada era estricta: parejas o solas con referencias impecables. Fui sola, con un vestido negro ceñido que apenas me dejaba respirar. El evento se realizaba en un palacete cerca de Place Vendôme, salones iluminados a media luz, perfume caro y deseo abierto.
En el salón principal, hombres y mujeres se tocaban sin pudor. Algunas parejas cogían en los rincones, otras observaban con la copa todavía en la mano. Me acerqué a la barra y pedí un Sancerre. Un hombre de unos cincuenta y tantos, calvo, con acento porteño y mirada hambrienta, se me pegó de inmediato.
—Sos nueva por acá —dijo—. Me llamo Gastón Vidal, importador de vinos. ¿Querés que te muestre el lugar como corresponde?
Asentí. Gastón me llevó a una sala contigua donde varias parejas cogían sin disimulo. Una mujer rubia estaba de rodillas chupándole la pija a un tipo mientras otro la cogía por atrás con embestidas firmes. Gastón me metió la mano por debajo del vestido y encontró la concha depilada y mojada.
—Estás chorreando —murmuró con voz ronca—. Vení, sentate en mi cara.
Me sentó sobre una otomana de terciopelo verde, me levantó el vestido y hundió la lengua entre mis pliegues. Le agarré la cabeza con ambas manos y me froté contra su boca, moviendo las caderas con un ritmo que iba subiendo solo.
—Más fuerte el clítoris —le ordenaba—. Hundime la lengua hasta el fondo.
Gastón obedeció, succionando el botón hinchado y recorriendo los labios con avidez hasta que me vine en su boca, inundándole la cara. Después fui yo la que se arrodilló, le bajó el pantalón y le sacó la verga gruesa. Me la metí toda en la garganta, dejando que el hilo de saliva me bajara por el mentón mientras él me tomaba la nuca con cadencia firme.
—Tragátela toda —gruñía Gastón—. Sos buena, mujer.
Lo mamaba con furia, apretándole los testículos y sosteniéndole la mirada, hasta que se descargó con un gemido grave y yo tragué la última gota.
***
El verdadero contacto llegó después. Una mujer alta, pelo negro azabache cortado en una melena severa, ojos verdes muy claros, se me acercó con una sonrisa que prometía un placer no del todo amable. Era La Dame Voilée. Se presentó simplemente como Hélène.
—Acompáñame —dijo con voz baja—. Tengo respuestas para esa investigación que tanto te quita el sueño.
Me llevó a una habitación privada decorada con espejos en cada pared y cortinas de terciopelo granate. Apenas cerró la puerta, me besó con una pasión calculada. Sus pechos se rozaron contra los míos y sentí que la concha se me mojaba otra vez de inmediato. Me bajó el vestido hasta la cintura y me chupó los pezones con saña, tirándolos con los dientes hasta arrancarme un gemido largo.
—Tienes unos pechos que dan ganas de arruinarlos —susurró—. Abre las piernas para mí.
Obedecí, sentándome al borde de una chaise longue. Hélène se arrodilló y me devoró la concha con lengua experta, metiendo dos dedos gruesos y moviéndolos rápido mientras me lamía el clítoris con dedicación de oficio.
—Así, sin parar —gemía, agarrándole la melena—. No te detengas.
No se detuvo. Me metió un dedo en el culo al mismo tiempo y me vine con violencia, apretando su cabeza contra mi pubis mientras lanzaba un grito que rebotó en los espejos.
Después cambiamos posiciones. Me monté sobre su cara y le froté la concha contra la boca y la nariz mientras le metía tres dedos en su sexo, follándola con precisión rabiosa. Las dos nos vinimos una tras otra, insultándonos entre jadeos.
—Sos peligrosa —le dije entre respiraciones cortas—. Pero comés concha como nadie.
Hélène se reía y me hundía la lengua más profundo.
—Y tú eres una argentina caliente —respondió—. Dame ese culo.
Me puse en cuatro. Me lamió el orto con calma metódica, metiendo la lengua mientras me frotaba la concha con la palma. Después sacó un consolador grueso y realista de un cajón disimulado en la mesa de noche y me lo metió hasta el fondo, cogiéndome con embestidas controladas mientras me daba palmadas firmes en las nalgas.
—Toma esto —gruñía Hélène—. Siente cómo te abro entera.
Me vine gritando, empapando el plástico y las sábanas con mis jugos.
***
Entre orgasmo y orgasmo, Hélène me reveló parte del misterio. Los hombres del círculo habían descubierto que ella usaba un alcaloide derivado de una orquídea amazónica, una sustancia que solo se activaba con la descarga masiva de adrenalina y endorfinas del orgasmo intenso. Pero no era un asesinato cualquiera. Era un juego de poder. La Dame Voilée elegía a aquellos miembros que amenazaban con filtrar nombres o que se habían vuelto demasiado ambiciosos. Y ahora yo, con mi investigación, me había convertido en la siguiente candidata.
En ese instante, Étienne apareció en el umbral. Había seguido mi rastro hasta el palacete. Al vernos a las dos desnudas, sudadas, con los muslos brillantes, su verga se endureció debajo del pantalón con un movimiento que Hélène registró sin prisa. Sin decir una palabra, se unió. Cogió a Hélène por atrás mientras ella seguía lamiéndome la concha. La habitación se llenó de gemidos, sonidos húmedos y aire cargado.
—Métemela en el culo —pedía Hélène a Étienne con voz entrecortada—. Y tú, Clara, siéntate otra vez en mi boca.
***
La orgía duró más de dos horas. Étienne alternaba entre cogernos a una y a la otra, metiendo la verga en conchas y culos sin descanso. Hélène y yo nos besábamos profundamente mientras él nos penetraba, nos chupábamos los pezones, nos metíamos los dedos mutuamente y nos frotábamos las conchas en un tribadismo salvaje. Me vine con intensidad cuando Étienne me llenó la concha y, al mismo tiempo, Hélène me metía dos dedos en el culo. Étienne terminó descargándose en la boca de Hélène, que compartió la última gota conmigo en un beso largo y sucio.
***
Al amanecer, con los cuerpos exhaustos, los tres atamos los cabos del caso. Étienne organizó la redada para los líderes restantes del círculo. Hélène, La Dame Voilée, escapó por los techos del palacete antes de que llegara el operativo. Dejó una nota manuscrita doblada sobre la almohada.
Nos volveremos a ver pronto. Tu concha y la mía todavía tienen cuentas que saldar.
***
Volví a Mendoza tres semanas después con la nota completa publicada en mi revista. La portada vendió tres tiradas. La concha me siguió sensible durante días por todo lo que había vivido en París. El misterio del Sena quedó cerrado en los archivos oficiales, pero el fuego que se me había despertado adentro ardía más fuerte que nunca. Algunas noches, sola en el departamento de la avenida San Martín, me tocaba pensando en Étienne, en Hélène y en todas las bocas y manos que me habían llevado al borde. A veces me entraba un mensaje desde un número que no figuraba en ningún registro.
La sombra del Sena te espera otra vez. Ven sola. Tu concha todavía me debe un orgasmo más.