Crucé la ciudad caminando hasta su habitación
Salí de casa sabiendo exactamente lo que iba a hacer. Llevaba puesto un vestido blanco, corto, de los que cualquier movimiento brusco habría dejado al descubierto que no llevaba ropa interior. Me lo había probado tres veces frente al espejo antes de decidirme. Iván me esperaba a doce manzanas de mi apartamento, en un hotel del centro, y no pensaba retrasarme ni un minuto más de los que ya había tardado en aceptar que esto iba a pasar.
El primer paso a la calle me confirmó lo que ya sabía. El aire de noviembre se metió bajo el dobladillo y me erizó la piel de los muslos. Una pareja que pasaba por enfrente giró la cabeza al unísono. Daba igual. Todo me daba igual.
Caminé. No quería tomar un taxi. Quería la fricción de mis tacones contra el asfalto, el ritmo de la cadera meneándose sola, la conciencia exacta de cada paso acercándome a su habitación. Era una forma de prepararme. Cada manzana era una decisión confirmada.
Lo conocía solo por mensajes. Llevábamos meses construyendo una cosa rara entre los dos, un juego en el que yo decía lo que iba a hacerle y él decía lo que iba a dejarme hacer. Nunca habíamos coincidido. Iván había venido a la ciudad por trabajo y me había escrito una sola línea: habitación 412, jueves a las once, la puerta entreabierta. No hizo falta más.
Entré al vestíbulo del hotel y noté las miradas antes de cruzar la primera baldosa. El conserje, dos clientes con maletines, una mujer mayor con un perro pequeño. Todos a la vez. Sentí cómo me catalogaban en silencio. Que piensen lo que quieran. Más zorra que puta, me dije por dentro, y la palabra me hizo sonreír. Crucé el vestíbulo sin bajar la barbilla, con la espalda recta, y pulsé el botón del ascensor como si entrara a mi propia casa.
El espejo del ascensor me devolvió una imagen que no había visto nunca. Tenía las pupilas dilatadas, los labios entreabiertos, una capa de brillo en la frente. Estaba caliente desde antes de salir. Llevaba caliente desde el momento en que abrí su mensaje esa mañana en la oficina y tuve que cerrar la laptop para no morderme el dorso de la mano.
Cuarta planta. Pasillo de alfombra gris. Olor a aire acondicionado y a algún perfume femenino caro. Recorrí los números: 408, 410, 412. La puerta estaba abierta dos dedos, exactamente como había dicho. Una franja de luz amarilla se colaba al pasillo.
Empujé la puerta despacio.
Iván estaba en la cama, encima del edredón, completamente desnudo, mirando hacia la entrada como si llevara horas esperando ese sonido exacto. Las piernas separadas. Los muslos eran lo primero que se veía, gruesos, marcados, dos columnas que parecían sostener una catedral. Y entre ellas, su polla erguida, tan dura que se elevaba sola.
Cerré la puerta detrás de mí con el pie. Dejé caer el bolso al suelo sin mirar dónde aterrizaba. No dije nada. Él tampoco. Habíamos hablado lo suficiente durante meses como para no necesitar abrir la boca ahora.
Avancé hasta la cama, me detuve un instante para calcular el ángulo, y me arrodillé entre sus piernas. El colchón se hundió bajo mis rodillas. Sus muslos me enmarcaron la cara como dos paredes calientes.
—Quédate quieto —murmuré, sin apartar la vista.
Hice un gesto rápido, sacudí la cabeza, dejé el pelo suelto un segundo y luego me lo recogí en una coleta alta con la goma que llevaba en la muñeca. Quería tener la cara despejada. Quería verlo todo. Y quería que él me viese a mí.
Su polla estaba a un palmo de mi boca. La rodeé con la mano por la base, la incliné hacia abajo, sentí cómo latía contra mi palma. Era gruesa, más gruesa de lo que había imaginado, con el glande hinchado y reluciente. Una gota brillante se asomaba por la punta. La miré durante un par de segundos, dejándolo esperar, dejando que la situación se cargara.
Saqué la lengua. La pasé apenas, despacio, recogiendo esa primera gota. Salada, espesa, perfecta.
—Joder —susurró él.
No le contesté. Tenía cosas más importantes que hacer.
Bajé la lengua por todo el largo, desde la punta hasta los testículos, sin acelerar el ritmo. Quería conocerlo entero antes de tragármelo. Pasé los labios por la base, lo besé como si besara una boca, abrí la mandíbula y le metí los testículos uno por uno, los chupé despacio, los dejé descansar contra mi lengua. Iván empezó a temblar enseguida. Lo notaba en los muslos, que se tensaban a cada movimiento, y en la respiración, que ya iba un poco más rápido de lo normal.
Me incorporé un poco, lo miré a la cara por primera vez desde que había entrado, y me llevé el glande a los labios. Lo besé. Lo besé otra vez. Cada beso le abría más la boca a la siguiente, y a cada nueva entrada lo dejaba bajar un centímetro más por mi garganta. Era una progresión consciente, calculada, que llevaba haciendo en mi cabeza desde hacía días.
Cuando lo tuve a la mitad lo solté de golpe, dejé que volviera a saltar contra su vientre, y lo agarré con las dos manos. Lo masturbé fuerte, sin apartarle los ojos de encima. Iván intentó decir algo y le tapé la boca con la mano libre.
—Calla —le dije—. Es mi turno.
Volví a arrodillarme entre sus piernas, ahora con otra cosa en la cabeza. Quería atragantarme. Quería sentir cómo me llegaba al fondo, hasta donde no debería caber, y aguantar ahí hasta que los ojos me lloraran. Siempre me había gustado hacerlo sola, sin la mano de nadie en la nuca empujándome. Eso para las que necesitan ayuda. Yo no la necesitaba.
Me lo metí entero de un solo golpe.
La nariz me chocó contra su pelvis y la barbilla contra los testículos. Sentí la primera arcada inmediatamente, una contracción profunda en la garganta que me hizo abrir mucho los ojos. Aguanté. Cinco segundos, seis, siete. Iván intentó incorporarse y le clavé las uñas en el muslo izquierdo. Quieto. Saqué la polla solo lo suficiente para respirar y la volví a meter, igual de hondo, igual de seguido. Otra arcada. Otra. La saliva empezó a bajarme por la barbilla y a caerle sobre los testículos.
—Mierda —dijo él, y esta vez no se lo impedí.
El ruido que estábamos haciendo en esa habitación no se parecía a nada civilizado. Eran sonidos de garganta, ahogos guturales, palmadas húmedas de la pelvis chocando contra mi cara. El espejo del armario del fondo me devolvía una imagen que no me reconocía como mía: los ojos hinchados de las arcadas, el rímel corrido, la boca abierta en una mueca animal. Y aun así no podía parar. No quería parar. Cuanto peor estaba la cosa, más me crecía el deseo.
La saqué entera, jadeando, me sequé la baba con el dorso de la mano y me la golpeé en la mejilla. Una vez, dos veces, tres veces. La carne de su polla me restallaba contra el pómulo con un ruido sordo y satisfactorio. Cada golpe parecía endurecerla un poco más.
—Vas a hacer que me corra ya —dijo, con la voz tomada.
—Ni se te ocurra todavía.
Bajé la cabeza otra vez a sus testículos, los absorbí con fuerza, los apreté con los labios, succioné hasta que él soltó un quejido largo y dejó caer la cabeza contra la almohada. Le pasé la lengua por todo el perineo, lo lamí entero, sin pudor, sin pensar. La habitación olía a sudor, a saliva, a piel encerrada toda la tarde en sábanas blancas. Olía a madriguera. Me encantaba ese olor.
Subí otra vez a la polla. Esta vez la masturbé despacio mientras le pasaba la lengua plana por el glande. Estaba brillante de saliva, brillaba como un anillo de compromiso recién estrenado, una joya que nadie sabe cuánto cuesta hasta que la ve. Más luz. Más saliva. Más.
—Vente en mi boca —le dije, mirándolo desde abajo—. Vente entero. No te guardes nada.
Y entonces volví a clavármela en la garganta, esta vez sin tregua. La metí, la saqué, la volví a meter. Fui a un ritmo que no le iba a permitir aguantar mucho más. Iván se agarró las propias muñecas para no agarrarme a mí. Le temblaba todo el cuerpo. Sus testículos se subieron, se contrajeron contra la base. Lo noté cuando empezó.
El primer chorro me llegó al fondo de la garganta. Caliente, espeso, abundante. Tosí sin querer y eso solo hizo que me apretara más a su pelvis. El segundo me llenó la boca entera. El tercero ya se me escapaba por las comisuras. No la solté. Tragué lo que pude tragar y dejé que el resto cayera sobre mis labios, sobre mi mentón, sobre el dorso de mi mano izquierda, que seguía agarrándole los testículos.
Cuando por fin la saqué, gemí. Un gemido largo, sucio, satisfecho. Me limpié los labios con los dedos, me llevé los dedos a la boca, los chupé. Lamí la polla otra vez de arriba abajo, busqué cualquier gota que se hubiera escapado, recorrí su vientre con la lengua, busqué los pliegues entre el muslo y la pelvis, no quise dejar nada. Mi botín.
Iván tenía un brazo sobre los ojos y respiraba como si acabara de subir cinco pisos corriendo. Subí por su cuerpo despacio, sin separarme de su piel, dejando un rastro de saliva por todo su torso, hasta apoyarle la mejilla en el pecho. El corazón le iba a mil. Sentí el sudor frío bajo mi cara.
—Llevaba meses esperando esto —dijo, cuando recuperó el aire.
—Yo también —contesté—. Y no he terminado.
Levantó el brazo y me miró con los ojos vidriosos. Algo entre risa y incredulidad le cruzó la cara.
—Dame quince minutos —pidió.
—Te doy diez.
Me quedé apoyada en su pecho, escuchándole el corazón, lamiéndome los labios todavía, saboreando la última capa de él que me quedaba en el paladar. No había venido al hotel a pedir nada distinto a esto. Y lo mejor de todo es que sabía que la noche apenas estaba empezando.