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Relatos Ardientes

Espié a mi madre desde el armario aquella noche

Aquella noche, los gemidos de mi madre llegaron hasta mi cuarto a través del pasillo. Llevaba más de una hora intentando dormir y, cada vez que pensaba que ya estaba lista para cerrar los ojos, una nueva queja se filtraba por debajo de la puerta como una invitación a despertarme otra vez.

Pegué el oído a su puerta primero, pero los sonidos llegaban amortiguados, demasiado lejos. Caminé descalza hasta el estudio de mi abuelo, en el extremo del pasillo, y encendí la pantalla del ordenador con el corazón latiéndome en la garganta. Tecleé la contraseña y, una a una, las cámaras escondidas en el penthouse de al lado se conectaron.

Lo primero que vi fue a Daniel sobre mi madre, embistiéndola desde atrás con la misma furia con la que se golpea una puerta cerrada. Ella estaba a cuatro patas sobre el colchón, con la cara hundida en las sábanas y las nalgas alzadas como una ofrenda.

—¿Tu negro te coge así? —le decía él entre embestida y embestida—. ¿Te abre el culo como yo?

Ella sonreía. Eso fue lo que más me sorprendió. No le importaban los insultos, no le dolía el modo despectivo en que la trataba. Sonreía con los dientes apretados y los ojos cerrados, como si cada palabra fuera otra forma de placer.

—Soy tu puta —murmuraba entre jadeos—. No me dejes, no pares.

Mi madre, la que cada mañana me preparaba el desayuno con una bata de seda blanca y voz de canción, era esa mujer.

Daniel le tiró del cabello hacia atrás y la obligó a levantar la cara hacia la cámara, sin saber que del otro lado estaba yo. Por un segundo me pareció que sus ojos buscaban los míos.

—Te voy a dejar el culo tan abierto —le susurró al oído— que ese negro de mierda se va a dar cuenta del tipo de puta que tiene en casa.

Ella temblaba de gusto. Le pidió más con la voz quebrada y le dijo que él era el dueño de su cuerpo, que no le importaba si su novio la dejaba, que jamás renunciaría a esa verga que le partía por la mitad.

***

Daniel se rió, le sacó el sexo y se apartó. Mi madre, abandonada con las nalgas en alto, las balanceaba en el aire buscándolo. Él fue hasta la silla donde había dejado un bolso negro y rebuscó dentro hasta sacar un consolador grande, oscuro como un trozo de carbón pulido.

Se lo acercó a la boca y ella lo tomó con una sonrisa que me heló el estómago. Lo lamió de arriba abajo como si lo conociera de toda la vida.

—Está casi tan grande como la de tu negro —dijo él con una risa burlona.

—Casi —respondió ella, juguetona, y se lo metió entre las piernas hasta el fondo, dejando fuera apenas la base.

Lo siguiente lo recuerdo todavía cuando cierro los ojos. Daniel volvió a colocarse detrás y la enculó otra vez mientras mi madre, tumbada de costado, movía el consolador dentro de su sexo a un ritmo distinto, como si la estuvieran penetrando dos hombres a la vez.

Mi mente echó a volar. Imaginé la escena real. Vi a mi madre, de un metro sesenta, sostenida entre el cuerpo blanco de Daniel y el cuerpo enorme y oscuro de Marcus, atravesada por dos hombres que ni siquiera se conocían. La imaginé gimiendo entre ambos como una muñeca de cuerda.

Un grito de placer me devolvió a la pantalla. Mi madre se corría. Temblaba con todo el cuerpo. Daniel la sostenía por una pierna, le apretaba un pecho con la mano libre y seguía bombeándola como si quisiera vaciarla por dentro. Cuando llegó al límite, la giró sobre la cama, le clavó el sexo en la vagina y descargó hasta el último golpe.

Ella le tomó la cara entre las manos y lo besó largo, agradecida.

***

Apagué la computadora. La siesta de la tarde no había sido suficiente y al día siguiente tenía clases. Cerré la puerta del estudio y volví a mi cama con las mejillas ardiendo. Por una vez, dejé que mi curiosidad se durmiera antes que yo.

***

La luna de miel de Daniel y mi madre duró varios días. Por las mañanas él se sentaba a la mesa con nosotras. Yo lo miraba con una sonrisa que él no entendía y mi madre me miraba con una vergüenza que tampoco sabía explicarse. Mientras tanto, Marcus seguía de gira con su grupo, llamándola desde hoteles que cada vez le resultaban más lejanos. Cuando él llamaba, ella cortaba rápido. Lo único que cambiaba en la conversación era el nombre del país.

Pasaron diez días, quizá doce. Una noche, Daniel tenía una reunión y avisó que llegaría tarde. Mi madre se preparó para él. La vi pasar por el pasillo con una tanga blanca de seda tan fina que el vello entre sus piernas se transparentaba como una sombra. Llevaba un sostén a juego, también transparente, y los pezones se le marcaban como dos puntos oscuros bajo la tela.

Se había puesto loción de piña y coco, esa que sólo usaba para él. El olor llegaba hasta mi cuarto.

A las nueve sonó el timbre. Mi madre voló por el pasillo con esa risa adolescente que le sale cuando se siente deseada.

—¡Estás temprano! —dijo abriendo la puerta.

El silencio que vino después fue como un cubo de hielo cayendo al suelo. Yo, escondida en la oscuridad del pasillo, vi cómo se le borraba la sonrisa.

—Marcus —murmuró ella.

Era él. Había vuelto antes de tiempo. Se había tomado un par de pastillas para los nervios en el avión, según supe después, y luego unos tragos con su mánager al aterrizar. Estaba completamente borracho y eso, esa noche, fue una suerte. No notó cómo iba vestida ella. No olió otra colonia que no fuera la de él mismo.

—Te extrañaba —dijo arrastrando las palabras.

La abrazó torpe, con esa fuerza de hombre cansado que confunde el cariño con el peso. La besó pegándola contra él, restregándole el sexo por encima de la ropa como si quisiera atravesarla con todo lo que llevaba puesto.

***

No la soltó hasta llegar al sillón. Se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones a duras penas hasta las rodillas y se sentó de golpe. Antes de que mi madre pudiera quitarse la tanga, él ya la había roto con dos dedos. La sentó encima sin esperar respuesta y la atravesó de un solo movimiento.

Mi madre dio un quejido seco. Yo lo escuché desde el pasillo y por un instante lo confundí con un sollozo. Tardé unos segundos en darme cuenta de que era placer.

Marcus la abrazó por la cintura y empezó a subirla y bajarla con una violencia que parecía imposible de sostener. Ella jadeaba con la boca abierta, casi sin aire, como si cada bajada le sacara un pedazo de pulmón.

Esta vez él fue rápido. Tantos días sin tocarla y la borrachera le ahorraron la paciencia. La sostuvo contra su pelvis, la clavó hasta el fondo y descargó dentro mientras le decía que la quería, que no podía vivir sin ella, que era suya.

Marcus me había decepcionado. Yo lo conocí como un hombre rudo, casi un animal. Y ahora se desmoronaba sobre mi madre suplicándole afecto.

Ella lo dejó terminar y se incorporó. Pensé que rompería con él en ese mismo instante, que se enojaría por la sorpresa, por la tanga rota, por la noche arruinada. Pero no. La cogida la había encendido más de lo que esperaba, y la respuesta de su cuerpo fue más fuerte que el plan que tenía con Daniel.

Le desabotonó la camisa. Lo besó largo, en los labios y en el cuello, y bajó por su pecho enorme hasta arrodillarse delante de él. Tenía el sexo de Marcus a la altura de la cara, todavía manchado del semen de la primera descarga. Por un segundo dudó. Después se lo metió en la boca y se concentró sólo en la cabeza, mirándolo a los ojos como si le estuviera diciendo algo en un idioma sin palabras.

***

Cuando terminó, ella le preguntó si la quería. Lo hizo con esa voz de niña que le sale cuando quiere algo. Él se lo dijo dos veces, todavía con la voz pastosa. Ella le preguntó si la perdonaría si le fuera infiel. Él respondió que no, que mataría a quien se le acercara.

Mi madre sonrió y le dijo, abrazada a su cuello:

—Entonces vas a tener que tenerme bien atendida. Si no quieres que me busque a otro, tendrás que dejarme satisfecha cada noche.

Marcus no alcanzó a contestar. Ella lo besó otra vez y lo llevó de la mano hasta el dormitorio. Yo, en el último segundo, crucé el pasillo y me metí en mi escondite favorito: el armario empotrado de su habitación. Cerré las puertas justo cuando los pasos llegaron al cuarto.

***

Marcus la quería de nuevo. No podía esperar. Ella le pidió un minuto y sacó del cajón un tubo de lubricante que yo le había visto usar otras tardes con Daniel. Se untó las nalgas con gestos rápidos, casi expertos, y a él le embadurnó el sexo con la otra mano.

Después colocó dos almohadas debajo de las caderas. Se abrió las nalgas con las manos. Marcus se trepó encima como una mole. Lo intentó cuatro veces. Las primeras tres rebotó, ciego de borracho. Mi madre lo guió con la mano, le encajó la cabeza del sexo en el sitio justo, y a la cuarta él dio un golpe que entró un tercio de un solo empujón.

El grito de mi madre fue distinto a todos los anteriores. Distinto al placer del sillón, distinto a los gemidos de la cocina, distinto incluso a los gritos que le había escuchado con Daniel. Era un grito de animal herido.

Y aun así, no le pidió que parara.

Marcus no escuchaba. Era un poseído. Empujó otra vez y otra, hasta que su sexo entró entero. Mi madre clavó las uñas en las sábanas y temblaba con las piernas en el aire. Tardó quince minutos en acostumbrarse, y cuando se acostumbró, empezó a pedirle más.

—Si no eres capaz —le dijo ya con otra voz, más ronca, más sucia— me buscaré a otro que sí pueda.

***

Una hora. Una hora entera duró aquello. Yo perdí la cuenta de las veces que mi madre se corrió. Marcus terminó dentro, con un gruñido de bestia, y ella soltó un chorro caliente desde el sexo que me asustó por la fuerza con la que sucedió. Después él se desplomó sobre la cama, y a los dos minutos ya roncaba.

***

Mi madre se levantó. Se puso una bata. La vi acercarse al armario donde yo estaba escondida y por un momento creí que me iba a descubrir, pero abrió el cajón equivocado: el de la ropa de Daniel. Sacó camisas, calcetines, un cinturón. Lo metió todo en una bolsa de tela. Luego salió. La oí entrar al baño, recoger el cepillo y la colonia, y abandonar el penthouse.

Imaginé el resto. Cruzar el pasillo, dejar las cosas de Daniel en su puerta, volver. Tardó quince minutos.

Aproveché para escapar. Llegué a mi cuarto justo cuando ella regresaba. La oí entrar al dormitorio. Por curiosidad, volví a asomarme.

***

Mi madre se había quitado la bata. Se metió desnuda bajo el cobertor, junto a Marcus. Lo besó hasta despertarlo. Le habló con esa vocecita aguda y ese acento dulce que él le había enseñado a usar.

—¿Ya no tienes más leche para tu negrita? —le susurró—. Mi bollito todavía tiene ganas de tu chico.

Él se levantó como un perro al que le silban. Se acomodó encima. Mi madre abrió las piernas y los dos quedaron tapados por la sábana. Sólo vi las formas: una loma que sube, una loma que baja, un gemido largo que le salió a ella desde el fondo.

—Yo también te quiero —le oí decir, y por un instante me sonó tan sincero que me dolió—. No te voy a dejar dormir hasta secarte.

***

A la mañana siguiente, mi madre vino a despertarme con cuidado. Tenía el rostro recién lavado y las pestañas todavía húmedas. Se sentó en el borde de mi cama con ese aire incómodo de quien se prepara para mentir.

—¿Mami? —pregunté, todavía con los ojos cerrados.

—Hija —dijo, jugando con un mechón de mi pelo—. Sobre Daniel… —tragó saliva—. Sería mejor que no le digas nada a Marcus. Estos días.

La hice esperar. La interrogué con preguntas tontas. La obligué a explicarme cosas que las dos sabíamos. Cuando ya la sentí lo bastante incómoda, le sonreí.

—Tranquila, mami. No diré nada.

***

Esa misma mañana Daniel salió del hotel y se mudó unos días a casa de Ricardo. Mi madre y él no terminaron del todo, sólo cambiaron de etiqueta: ya no eran novios, eran cómplices. Cuando uno de los dos tenía ganas, se llamaban.

Su relación con Marcus duró unos meses más. Él volvía cada cierto tiempo de gira, cada vez más enamorado, y al final empezó a pedirle que se mudara con él a Nicaragua, a Honduras, a no sé qué país tropical del que nunca llegué a saber el nombre exacto.

***

Para terminar esta historia diré sólo lo que falta. Varios meses después de la ruptura definitiva con Marcus, mi madre conoció a Sebastián. La forma más honesta que se me ocurre de describirlo es así: el hombre con el sexo definitivo, el que al fin domesticó a mi madre y satisfizo su apetito enorme, el único que consiguió algo que ni Daniel ni Marcus pudieron. La dejó embarazada. Hoy hay planes de boda.

Yo, por mi parte, fui testigo y cómplice de él, igual que lo fui de los otros dos. Pero lo del embarazo se me escapó de las manos. Ahí no pude hacer nada.

***

Hasta aquí llega la historia de mi madre y sus novios. Si me insisten, alguna vez contaré la de Sebastián. Por ahora prefiero descansar y dedicarme a otras historias, no de mi vida sino de las cartas que llegan a mi correo: gente que también vio a alguno de sus padres siendo infiel, alguna vez, en alguna noche, y que me pide que las cuente a mi manera.

En algún lugar del Caribe vive una mujer morena, de nalgas enormes y pechos imposibles, con una hija a la que le encantaba espiarla mientras aprendía todo lo que su madre no le quería enseñar.

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Comentarios (6)

Mauri_Cba

Que relato mas intenso, me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin!!!

CamiloBaires

Por favor continualo, quedé con ganas de saber cómo terminó esa noche. Se hizo muy corto

Martu_Arg

Me recordó a algo que me paso de joven, esa mezcla de curiosidad y culpa... muy bien escrito, se siente autentico

DanielMar

Buenisimo. ¿Después de esa noche las cosas cambiaron entre ustedes?

Tomas_2k

increible como te transmite la tension del momento. Seguí así!

NereaSur88

Excelente relato, la verdad que sos muy buen narrador. Me lo lei dos veces jaja

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