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Relatos Ardientes

El desconocido de la app me enseñó lo que faltaba

Cumplí veintitrés años el invierno pasado, y unos meses antes había dejado al primer chico del que estuve enamorada. La nuestra fue una de esas relaciones en las que no parábamos de tocarnos. Nos veíamos casi a diario, y casi siempre terminaba con él dentro de mí o, según le diera, con su semen entrando por mi garganta. Podíamos pasar una tarde entera encadenando un orgasmo con otro, sin demasiada conversación, riéndonos entre tanda y tanda.

Cuando él se marchó a otra ciudad para empezar una segunda carrera, no tardé en darme cuenta de que mi cuerpo se había acostumbrado a un nivel de placer del que era difícil bajarse.

Al principio creí que aguantaría. Por las noches metía los dedos por debajo del pijama y trataba de imaginarlo a él, su voz, sus manos. A veces conseguía algo parecido a un orgasmo, pero era una sombra. Una nota apagada de algo que antes había sonado a todo volumen.

Y entonces hice lo que prometí no hacer: me bajé una app de citas.

Me creé el perfil un domingo por la tarde, con el pelo todavía húmedo de la ducha y los gemidos forzados de la noche anterior aún rebotándome en la cabeza. No quería pareja. Quería sentir otra vez aquello.

Que sea quien sea, que sea bueno, pensé mientras subía dos fotos suficientemente decentes y dos suficientemente sugerentes.

El match con él me salió esa misma noche. Reconozco que no era mi tipo. Le sacaba a mi anterior pareja un buen puñado de años, no llegaba al medio siglo pero tampoco le faltaba demasiado, y para mí, que recién había pasado los veinte, eso era nuevo.

Su foto principal era una de esas que solo funcionan si el hombre tiene clarísimo lo que vale: media sonrisa, mirada al objetivo, una camisa azul oscura con dos botones desabrochados.

Empezamos a hablar y los dos dejamos las cartas sobre la mesa antes del segundo mensaje. Él buscaba algo ocasional. Yo, también. Él tenía turnos cambiantes en el hospital, yo exámenes finales. Quedar iba a ser complicado, y precisamente por eso el chat fue subiendo de tono más rápido de lo que ninguno esperaba.

—Si la próxima semana no nos vemos, te juro que voy a romper algo —me escribió un viernes a las tres de la mañana.

Le contesté con un video. La cámara enfocando solo desde el ombligo hasta media pierna, mi mano metida dentro del tanga, los gemidos ahogados contra la almohada para no despertar a mi compañera de piso. Tardó dos minutos en responder. Y la respuesta era una foto.

Aguantamos así casi dos semanas. Videos, audios, descripciones detalladas de lo que pensábamos hacernos. Yo me corría sola tres veces al día con la voz de aquel desconocido en los auriculares.

***

El jueves por fin tuvo la noche libre.

Me preparé como si fuera a un examen. Una hora delante del espejo. Falda mucho más corta de la que mis padres habrían tolerado. Botas altas que llegaban hasta el muslo. Un tanga de encaje negro que ya estaba húmedo antes de salir de casa, solo de pensar en lo que iba a pasar.

La camisa la dejé abierta lo justo para que se viera el sujetador a juego. Me miré en el espejo y me reí. Más que una estudiante de Derecho, parecía alguien al que se le paga por horas.

Cogí un taxi. No tenía cuerpo para ir en metro con esa falda.

***

Subí las escaleras de su edificio con las piernas temblando. Cuando me abrió la puerta solo llevaba un pantalón de chándal gris y una camiseta blanca. Olía a jabón. No nos saludamos demasiado.

—Pasa —dijo, y bastó.

El salón estaba apenas iluminado por una lámpara de pie. Antes de que pudiera quitarme la chaqueta él ya me había empujado contra el respaldo del sofá. Su boca era distinta a la de los chicos de mi edad: sabía exactamente cuándo apretar, cuándo aflojar, cuándo morderme el labio inferior y cuándo dejarme respirar.

Su mano subió por mi cuello hasta posarse justo bajo la mandíbula, sin presionar todavía, y eso me puso más nerviosa que si lo hubiera hecho.

Me empujó hasta tumbarme sobre los cojines. Se subió encima. Su erección, todavía tras la tela del pantalón, encajaba contra el tanga empapado. Gemí con la boca pegada a su cuello.

—Tranquila —me susurró—. Tenemos toda la noche.

Yo no tenía ninguna intención de estar tranquila.

***

Me deslicé desde debajo de él y caí de rodillas sobre la alfombra. El pantalón gris bajó con una sola mano. Su polla golpeó contra mi mejilla y me reí. Llevaba dos semanas imaginándomela. La realidad era mejor.

Pasé la lengua despacio desde la base hasta la punta, sin dejar de mirarlo. Después la cabeza entera dentro de la boca. Después un poco más. Cada vez un poco más. Él enredó la mano en mi pelo y empezó a dictar el ritmo.

Las lágrimas se me escapaban sin que pudiera evitarlo. Me faltaba el aire, me dolía la mandíbula, y aun así no quería que parara. Eso es lo que llevaba meses buscando, pensé. Que alguien decidiera por mí.

De pronto tiró del pelo hacia atrás y me separó. Me puso de pie sin demasiada delicadeza y me fue arrancando la ropa por el pasillo, hasta el dormitorio. Solo me dejó el tanga.

***

El dormitorio olía a ropa limpia. Me empujó de espaldas contra la cama y tiró de mis caderas hasta que quedé con el culo justo en el borde. Se arrodilló. Pasó la lengua por encima del encaje, sin tocarme aún la piel. Le oía respirar.

—Por favor —se me escapó.

—¿Por favor qué?

Tardé en contestar. Me rozó otra vez con la punta de la lengua, la tela cada vez más empapada.

—Por favor —insistí, ya sin orgullo—, quítamelo.

El tanga voló a alguna parte de la habitación. Su lengua estuvo por fin donde la quería, y al mismo tiempo dos dedos se abrieron paso dentro de mí. Cerré las piernas alrededor de su cabeza sin querer y oí cómo se reía contra mi pubis.

Yo gritaba. Probablemente me oían los vecinos. No me importaba lo más mínimo.

El primer orgasmo me dejó la mente en blanco y las piernas inservibles.

***

No me dejó descansar. Me reacomodó en mitad de la cama, se acercó a la mesilla y sacó tres cosas: un bote de lubricante, un huevo vibrador pequeño y otro juguete más grueso pensado claramente para el clítoris. Yo seguía intentando recuperar el aire.

—Espera, espera —murmuré—, dame un segundo.

—Ni un segundo.

Encendió el vibrador grande y lo posó sobre mi clítoris. Pegué un brinco que casi me saca de la cama. Estaba tan sensible que cada vibración me dolía y me daba placer al mismo tiempo. Aprovechó ese momento de absoluta indefensión para colocarse entre mis piernas y entrar de una sola embestida.

Lo sentí estirarme entero.

Empezó a embestirme con un ritmo regular, exigente, sin tregua. Me puso el vibrador en la mano para que lo aguantara yo. Después su mano libre me rodeó el cuello otra vez, esta vez sí apretando. La presión justa, la que cualquiera que no sabe lo que hace nunca acierta. Yo trataba de gemir y solo me salía aire.

Voy a correrme otra vez, pensé. Otra vez ya, sin preguntar.

Pero antes de que pudiera, salió de mí.

***

—De rodillas —me ordenó.

Tardé dos segundos en colocarme a cuatro patas. Sentí cómo me agarraba las caderas con fuerza, cómo volvía a meterla de un solo golpe, y cómo después una gota fría caía sobre la entrada de atrás. El huevo pequeño. Lo entendí antes de notarlo. Con la ayuda del lubricante, y de unos cuantos años de costumbre, entró sin quejas.

Cuando lo encendió, perdí completamente el sentido de qué estaba pasando dónde.

Él me embestía sin parar. Una mano me tiraba del pelo. La otra me dejaba el culo ardiendo a base de palmadas que iban subiendo de intensidad. Yo gritaba contra las sábanas, mordiéndolas, sin saber si me daba más placer la polla, el vibrador o el escozor de los azotes.

El segundo orgasmo me tumbó. Pensé que era el mejor de mi vida. Estaba muy equivocada.

***

Antes de que pudiera siquiera respirar, sacó el vibrador. Cogió el bote otra vez. Lo oí destaparse. Sentí la punta de su polla deslizarse despacio hacia atrás.

—Avísame si quieres parar —me dijo.

—No quiero parar.

Empujó la punta. Solté un gemido raro, agudo, casi infantil. Empujó el resto de golpe. El ardor fue tan exacto, tan limpio, que se mezcló inmediatamente con el placer. Me sentía completamente llena, como si esa noche estuviera diseñada para no dejar ningún espacio dentro de mí sin ocupar.

Empezó a moverse despacio. Dentro y fuera. Mi cuerpo se ajustó a él con una facilidad que me sorprendió hasta a mí. Y entonces cogió el huevo —el mismo que había estado en mi culo dos minutos antes— y lo metió en mi coño.

La vibración se propagó por todo el cuerpo. Sus caderas seguían embistiéndome por detrás. Una nalgada más. Otra. Otra.

—Aguántamela tú —me dijo, y me pasó el vibrador grande para el clítoris.

***

Yo me sostenía sobre la cama con un solo brazo. El otro, debajo de mí, sujetaba el juguete justo donde había que sujetarlo. Estaba tan saturada de estímulos que era incapaz de pensar una frase entera.

Sentía la polla en el culo, el huevo dentro del coño, el vibrador sobre el clítoris y la mano de él enredada en mi pelo. Era demasiado. Era exactamente lo que necesitaba.

Cuando me corrí, dejé las sábanas empapadas. Una cantidad que ni yo me sabía capaz de soltar. Sentí algo extraño: vergüenza y orgullo mezclados, durante un segundo. Después, ya nada.

Él se corrió dentro de mí un instante después, gruñendo contra mi nuca, y los dos nos derrumbamos sobre el colchón húmedo.

***

Tardamos un buen rato en hablar.

Él fue el primero en moverse. Me ayudó a ponerme de pie como quien sostiene a alguien después de una operación, me llevó al baño y se metió conmigo en la ducha. Me lavó el pelo. Me besó el hombro. Me sostuvo cuando las piernas me fallaron por culpa de los temblores.

—Eres muy joven —me dijo, casi en voz baja.

—Y tú muy mayor —contesté, y los dos nos reímos.

***

Volvimos a vernos un par de veces más en aquel piso. Yo iba como quien va a una clase de la que sale sabiendo más cada día. Él siempre tenía algún juguete nuevo, alguna idea distinta, alguna manera de descolocarme.

Pero entonces sus turnos cambiaron. Yo entré en exámenes. Mi ex volvió a la ciudad por las vacaciones de verano y, por orgullo o por nostalgia, lo dejé entrar otra vez en mi cama.

Aquella historia con el desconocido de la app duró lo que tenía que durar. Ni un día más. Ni uno menos.

De vez en cuando, todavía abro la aplicación. Solo por curiosidad. Y todavía, cuando me toco por las noches, su voz vuelve antes que la de cualquier otro.

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Comentarios (6)

pablomdq33

increible!! de las mejores confesiones que lei en mucho tiempo

NocheClara

Nooo se corto justo en lo mejor... queremos saber como termino la noche!

curiosa_porteña

jajaja me hizo acordar a un encuentro que tuve el año pasado por tinder. Esa adrenalina antes de tocar el timbre no tiene precio

GabrielCba33

¿Hay segunda parte? Porque con ese final te quedaste corta, hay mucho mas para contar

rosita92

Me encanto como lo escribiste, se siente autentico. Ojala haya mas relatos tuyos pronto

RodrigoSF

La intro me engancho de entrada, lo lei de un tiron

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