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Relatos Ardientes

El roleplay que mi joven amante me ordenó cumplir

Gracias por los mensajes que me siguen llegando después del último relato. Me calienta saber que les engancha lo que vivo con Damián, ese chico que mi hijo se trajo a casa como amigo de la universidad y que terminó haciéndome cosas que jamás creí que iba a dejar que me hicieran. Hoy les vengo a contar lo que pasó la mañana del 22 de febrero, casi un mes después de aquella Nochebuena en la que crucé una línea sin pensarlo dos veces.

Era un martes nublado, frío para la zona donde vivimos. Mi marido andaba otra vez de viaje por trabajo —tres semanas en Bogotá, lo de siempre—, y mi hijo Lucas había vuelto a su residencia universitaria después de las fiestas. La casa entera para mí, con esa sensación pesada que tiene una casa cuando una mujer de treinta y cuatro años se queda sola con sus pensamientos y con sus ganas. Y mis ganas, desde aquella Nochebuena, tenían un solo dueño.

Damián tiene veintidós años, una sonrisa que no perdona y un cuerpo de jugador de rugby. Mide menos que yo cuando llevo tacones, pero el modo en que entra a una habitación obliga a todos a mirarlo. Mi hijo lo describía como «ese hijo de puta», con esa mezcla de admiración y bronca que tienen los chicos cuando hablan del rival que les gana siempre. Yo lo conocía de los fines de semana largos en los que venía a casa. Para él, hasta esa Nochebuena, yo era apenas «la mamá de Lucas».

Desde aquella noche he tenido sexo con él más veces de las que quiero contar. Me ha tomado en el garaje contra el capó del coche, en la cocina con la ropa todavía a medias, en mi cama matrimonial dejando un olor que cuesta tres lavadas sacar de las sábanas. Y siempre lo mismo: él decide, yo obedezco. Él entra, yo me abro. Él se va, y yo me quedo mirando el techo preguntándome cómo terminé así.

La noche del 21 me llegó el mensaje. Lo recuerdo palabra por palabra porque me lo guardé como captura.

—Mañana a las diez, Lore. Quiero algo nuevo. Vas a ser mi profesora particular. Vístete acorde. No me hagas esperar.

Ese «Lore» en su boca es lo que me termina de derretir. Mi marido nunca me dijo Lore. Para él soy Lorena, completa, formal, casi señora. Damián me bautizó así desde la primera vez y ahora cada vez que lo escribe siento que me clavan algo en el bajo vientre.

Pasé la mañana revolviendo el armario. Tenía una blusa blanca de oficina, abotonada, ajustada en el pecho —algo que apenas uso porque me marca demasiado—. Encontré una falda lápiz negra que me había puesto dos veces para reuniones de padres, medias finas, tacones cerrados. Me recogí el pelo en un moño tirante, me puse unas gafas de armazón grueso que conservo más como adorno que por necesidad, y me pinté la boca de un rojo que cualquier directora prohibiría en una escuela de verdad.

Debajo, nada. Esa fue mi propia regla. Si me va a romper, que no encuentre obstáculos.

***

A las diez en punto sonó el timbre. Cuando abrí la puerta, Damián estaba apoyado en el marco con una mochila vieja al hombro, jeans bajos, sudadera gris. Me miró de arriba abajo, sin disimular, deteniéndose un segundo de más en el botón superior de la blusa que había dejado abierto a propósito.

—Buenos días, profe —dijo, y se metió antes de que yo pudiera contestar.

Cerró la puerta de un golpe con la pierna. Me empujó contra la pared del recibidor, no fuerte, pero con la firmeza justa para que yo entendiera de qué iba la cosa. Su mano subió por mi muslo por debajo de la falda y se detuvo cuando notó que no había nada.

—Mira tú, profe. Sin nada debajo. Y eso que todavía no empezó la clase.

—Damián, esto no está bien —dije, entrando en el juego, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Soy tu profesora. Si alguien se entera…

—Si alguien se entera, te suspenden. Pero tranquila, no se va a enterar nadie. Camina, profe. Llévame al aula.

Le había armado la sala como si fuera un aula. La mesa de centro hacía de pupitre, el sillón individual era el banco. Sobre la mesa había puesto dos libros viejos de literatura y un cuaderno en blanco. Damián tiró la mochila al suelo, se sentó con las piernas abiertas y me señaló con el mentón.

—Empieza. Dame la clase.

Me planté frente a él, con las manos apoyadas en la falda, y abrí el primer libro al azar.

—Hoy vamos a ver… literatura del siglo veinte. Borges, los cuentos breves. La idea de que un texto pueda esconder otro texto debajo…

—Me importa una mierda Borges, profe.

Levanté la vista del libro. Él estaba reclinado en el sillón, con una mano apoyada sobre el bulto que le crecía dentro del pantalón. Yo seguí leyendo de memoria.

—Por favor, atención. Si quieres aprobar la materia, vas a tener que…

—¿Aprobar la materia? —Se levantó. Caminó los tres pasos que lo separaban de mí—. Profe, tú vas a aprobar lo que yo decida. Cierra el libro.

Lo cerré. Las manos me temblaban y él lo notó.

—Mira cómo te pones, Lore. Eres un desastre. ¿Cómo le vas a enseñar a alguien si te tiembla la voz cuando se te para enfrente un alumno?

Me agarró el mentón, suave pero firme, y me obligó a mirarlo. Sus ojos son oscuros, casi negros, y tienen esa mezcla de diversión y crueldad que me desarma cada vez.

—Toma nota, profe. Hoy la lección la doy yo. De rodillas.

—Damián, soy tu maestra…

—De rodillas, dije.

Bajé. La falda lápiz crujió contra la alfombra y los tacones quedaron cruzados detrás de mí. Él se bajó la cremallera del pantalón despacio, mirándome todo el tiempo, y se sacó la verga afuera. Yo ya la conozco de memoria —el modo en que se curva, las venas que la cruzan, el peso que tiene contra la lengua—, pero cada vez que la veo me pasa lo mismo: un calambre eléctrico en la nuca y un vacío en el estómago.

—Primera lección, profe. Cómo se le hace caso a un alumno.

Abrí la boca y dejé que él pusiera el ritmo. Damián nunca es delicado. Me agarró del moño y empujó hasta que sentí la nariz contra el cierre del pantalón. Se me llenaron los ojos de lágrimas, el rímel se me corrió, dejé de respirar dos veces. Él me dejaba salir y volvía a empujar.

—Mírame, profe. Sin cerrar los ojos. Quiero ver cómo se te corre el maquillaje.

Lo miré. Tragué saliva alrededor de él. Él sonrió.

—Bien. Aprendes rápido cuando te conviene.

***

Me levantó del piso tirándome del brazo y me puso boca abajo sobre la mesa de centro, justo encima de los libros. Las gafas se me cayeron a un costado. Sentí cómo me subía la falda hasta la cintura, sin apuro, dejando que la tela se arrugara como si nada importara.

—Examen práctico, profe. Te voy a hacer una pregunta. Si contestas bien, te apruebo. Si contestas mal, te suspendo y te corrijo el examen aquí mismo.

—Damián…

—Pregunta. ¿De quién es este culo?

Sentí la palma abierta contra la nalga derecha. El golpe sonó más de lo que dolió, pero la piel me ardió igual.

—Tuyo —contesté, con la voz quebrada contra la madera.

—Otra. ¿De quién es este coño?

Sentí dos dedos suyos meterse de un saque, sin previo aviso. El cuerpo se me arqueó solo. Le contesté antes de pensar.

—Tuyo. Es tuyo, Damián, todo tuyo.

—Última pregunta, profe. ¿A quién le vas a pedir permiso de ahora en adelante para correrte?

—A ti. Solo a ti.

—Bien. Cien puntos. Aprobada con honores.

Y entró. Sin pausa, hasta el fondo. Yo había estado mojada desde antes de que él tocara el timbre, así que mi cuerpo lo recibió igual, pero el modo en que él me llenó hizo que se me escapara un grito que me hubiera dado vergüenza si hubiera tenido la cabeza para pensar.

La mesa crujía con cada embestida. Una pata se movió un par de centímetros y los libros se cayeron al suelo. Damián ni se inmutó. Me agarraba de la cintura con las dos manos y me clavaba contra él como si yo fuera algo que le pertenecía y que él podía mover a su gusto.

—Dímelo, profe. Di qué eres.

—Soy tu puta, Damián. Soy tu profesora puta.

—Más fuerte.

—¡Soy tu puta! ¡Soy tu profesora y eres el único alumno que voy a aprobar!

Me corrí ahí, contra la mesa, con la mejilla apretada contra la madera y las gafas rotas a un costado. El orgasmo me agarró de tan adentro que se me cerró la garganta y no pude ni gemir, solo abrir la boca como si me faltara el aire.

***

Me dio vuelta sobre la mesa. Me desabotonó la blusa en dos tirones, hizo saltar un botón. Bajó la cabeza, me agarró un pezón con los dientes y tiró hasta dejarme un círculo rojo alrededor. Después el otro.

—Anatomía, profe. Estos son los tuyos. Pero también son míos.

Le agarré la cara con las dos manos, lo miré.

—Sí. Son tuyos. Todo es tuyo.

Me besó. Damián casi nunca me besa en la boca cuando estamos cogiendo. Ese fue el único beso de la mañana, y duró tres segundos. Después se enderezó, me agarró las piernas, me las puso sobre sus hombros, y volvió a entrar.

Esta vez fue más lento. Me miraba todo el tiempo, sin sonreír, casi serio. Yo también lo miraba. Sentía que me estaba diciendo algo con esa mirada que ninguno de los dos iba a poner en palabras nunca.

Cuando terminó, lo hizo dentro. Yo ya había dejado de contar las veces que lo había hecho ahí. Se quedó quieto unos segundos, con la frente apoyada contra mi cuello, respirándome el pelo.

—Buena clase, profe —murmuró.

Después se levantó, se subió el pantalón, agarró la mochila y se fue al baño a lavarse.

***

Me quedé en la mesa unos minutos, sin moverme. Sentía el semen escurriéndome por el muslo. Sentía el pelo escapado del moño pegado al cachete por el sudor. Sentía la mancha de labial roja en la madera, justo donde había tenido la boca apretada cuando me corrí.

Cuando volvió del baño, ya estaba vestido como había llegado. Sudadera, jeans, mochila al hombro. Como si fuera una mañana cualquiera y yo fuera otra mujer cualquiera.

Se me acercó, me dio un beso corto en la frente y dijo lo que dice siempre antes de irse.

—Mañana repetimos.

Y se fue.

***

Hace tres días de eso y todavía no puedo concentrarme en nada. Pasé el cumpleaños de mi suegra el miércoles, sentada al lado de mi marido, y me la pasé pensando en la mesa de centro y en los libros tirados en el piso. Apreté las piernas debajo del mantel mientras mi marido contaba una historia de su viaje, y a mi suegra le sonreí con la misma boca que tres días antes había tenido llena del rival de su nieto.

Lo peor —o lo mejor, ya no sé cómo llamarlo— es que Damián mencionó algo, antes de irse esa última vez, que me viene rondando la cabeza desde entonces. Me dijo que tiene una profesora de verdad, en la facultad, que lo provoca. Me dijo que se le pone dura cada vez que la ve dictar clase. Me dijo que un día de estos quizás la invitaba a algo y que tal vez yo podría conocerla.

Sentí un pinchazo en el pecho que no supe identificar al principio. Después entendí: eran celos. Yo, una mujer casada, con un hijo en la universidad, sintiendo celos de una desconocida porque mi amante de veintidós años puede mirar a otra.

Pero no es solo eso. También es otra cosa. Una idea que me vuelve a la cabeza cada vez que me masturbo de noche pensando en él.

Si tanto le calienta su profesora real, quizás tendría que organizarle yo la sorpresa. Quizás tendría que conseguirle el teléfono, escribirle, invitarla a tomar algo. Quizás tendría que ofrecerle a Damián las dos profesoras al mismo tiempo —una real y una de mentira— y dejar que él decida a cuál de las dos pone primero contra la mesa.

Si lo hago, ya saben dónde vienen a leerlo.

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Comentarios (7)

Rosario_73

dios que bueno!! quiero mas de esto por favor

DiegoNocturno

La dinamica entre los dos esta perfectamente descripta. Se siente real sin resultar burdo.

Florentin_BA

jajaja el principio me mato, que manera de arrancar un relato. Tremendo

ValentinaR

Por favor que siga, quede totalmente enganchada. Una segunda parte!

Tomi_BA

Corto, quiero mas!!

Seba_Cba

Nunca pense que leer algo de roleplay me iba a enganchar tanto pero tenes una forma de contar que te atrapa desde el principio.

LuciaMar85

Me recordó a algo similar que viví hace unos años. Esas situaciones que empiezan como un juego y terminan siendo algo completamente distinto.

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