Confieso lo que pasó con el camionero esa semana
Trabajo de encargada en la parada Las Acacias desde hace casi dos años. Es un sitio perdido en una recta interminable, de esos que solo conocen los camioneros y los moteros que cruzan la sierra de norte a sur. Lo que voy a contar pasó en una semana de octubre y todavía no consigo sacármelo de la cabeza.
Bakary entró un martes a media tarde, cuando la cocina ya bajaba el ritmo. Tenía un MAN de cabina alta aparcado fuera, una camisa hawaiana abierta tres botones y los hombros tan anchos que tuvo que ladearse al pasar por la puerta. Negro, alto, con un aro de plata en la nariz y el pelo afeitado a los lados. Llevaba un medallón pesado al cuello y dos anillos: la alianza y una calavera. No era guapo en el sentido convencional. Era otra cosa. Era una presencia.
Lo reconocí enseguida. Hace años, cuando todavía vivía en la ciudad, había oído hablar de él en ciertos círculos donde no me gusta admitir que estuve. Le llamaban con un apodo en inglés que prefiero no repetir, y los rumores sobre lo que hacía con las mujeres y con los hombres que se cruzaban en su camino eran de los que se cuentan en voz baja. Yo aparté la vista y seguí cuadrando la caja.
Cintia, en cambio, no apartó nada.
Cintia tiene veintiún años, es bajita y tetona, con tatuajes en el antebrazo y un piercing de aro en la nariz. Vivía conmigo en el cuarto de arriba, encima del comedor, mientras buscaba algo mejor. Esa tarde se acercó a la barra disimulando muy poco.
—Diana, ¿lo conoces?
—De vista —contesté.
—Una amiga me dijo una vez que no te puedes morir sin haber probado a un hombre como ese.
—Esas amigas suelen meterte en líos.
Se rió y se fue a despejar la mesa cuatro. La vi pasar delante de él tres veces de más. La vi inclinarse para recoger un vaso que no necesitaba ser recogido. La vi morderse el labio. Cuando dieron las once y empezamos a cerrar, él seguía allí, sin pedir nada, mirándola.
—Si me esperas en la parte de atrás, vivo arriba y tengo ducha —oí que le decía ella en un susurro mientras le llevaba la última cuenta.
Yo me hice la tonta y me ocupé del cierre con uno de los chicos de cocina. Pero las paredes de aquel edificio son de papel y el cuarto de Cintia está justo encima del comedor. Esa noche escuché todo. Escuché los muelles de la cama vieja. Escuché la voz grave de él dándole órdenes. Escuché los gemidos de ella, primero contenidos, después sin ningún disimulo, como si se le hubiera olvidado que abajo había alguien apagando luces. Duraron casi dos horas. En un momento dado, me sorprendí a mí misma quieta detrás de la barra, con el trapo en la mano, escuchando.
A las tres y media oí cerrarse la puerta de atrás y el motor del camión arrancando. Subí a mi cuarto y me metí en la cama tratando de no pensar en nada.
A la mañana siguiente Cintia me enseñó el móvil con una mezcla de orgullo y resaca. Una foto de ella tumbada con la marca de él atravesándole el pecho. Otra del envoltorio de un preservativo de talla grande sobre la mesilla. Y un mensaje suyo a una amiga, escrito a esa hora, lleno de mayúsculas y faltas, contando la noche con el detalle que solo se permite cuando se cree que nadie más va a leerlo.
—Ha sido bestial, Diana. En serio.
—Ya, ya lo oí.
Se puso colorada. Pero no demasiado.
***
Pensé que sería un visitante de paso, de esos que cruzan una vez y no vuelven a aparecer. Me equivoqué. Bakary llevaba la zona del valle esa semana, recogiendo fruta para una nave a doscientos kilómetros, y la parada Las Acacias le quedaba a medio camino. Volvió al día siguiente, a la hora de comer. Esta vez ni miró a Cintia. Pasó por delante de ella como si no existiera y se sentó en una mesa que servía Adrián.
Adrián tiene veintiuno también. Es muy bajito, muy delgado, con una coleta y una manera de moverse que en este pueblo le hace la vida difícil. Es de los que aguantan el comentario y siguen sirviendo el café como si no lo hubieran oído. Yo le tengo cariño. Mucho.
Bakary pidió ternera, pidió café, y mientras Adrián le retiraba los platos le dijo algo que no escuché. Lo que sí vi fue cómo Adrián se quedó parado un segundo de más con la bandeja en la mano, y cómo se metió al rincón del almacén unos minutos después y salió de allí con la cara encendida.
—Salgo a las cuatro —oí que le decía Adrián, casi sin voz.
—Te llevo —contestó él.
A las cuatro y cinco el MAN dio dos bocinazos en el aparcamiento y Adrián salió con la mochila al hombro. Cintia, a mi lado, dejó caer el bolígrafo.
—No me lo puedo creer —murmuró.
—A esta gente le da igual la trinchera —dije yo, fingiendo más cinismo del que sentía.
Volvió Adrián dos horas después. Caminaba como si le doliera todo el cuerpo, despacito, agarrándose el costado. No me dijo nada, no hacía falta. Subió al cuarto de los camareros y no bajó hasta el día siguiente. Cuando bajó, tenía la mirada de alguien que ha cruzado una línea y no sabe muy bien qué hacer con el otro lado.
***
Yo intenté mantenerme al margen. De verdad lo intenté.
Bakary apareció el viernes a la hora del almuerzo, recién duchado, oliendo a una colonia barata pero buena, con una camiseta negra de talla justa y los vaqueros tan ajustados que era imposible no mirar. Le tocó mi turno. Le serví yo. Y cuando le llevé el plato, me dijo en voz baja, sin levantar la vista de la mesa:
—Te tengo vista de algún otro sitio. Pasé muchos años por aquí. De más glamour, creo recordar.
Se me cerró el estómago. Llevaba dos años en ese pueblo precisamente para que nadie me reconociera de aquel otro sitio. Le miré sin contestar y me alejé.
—Esta noche tendríamos que hablar —dijo cuando volví con el café.
—Hay fiesta en el pueblo. Salgo.
—Allí estaré.
Y allí estuvo. A las once en punto los focos del camión iluminaron la calle de detrás de la plaza. Salió de la cabina con la camisa abierta hasta el ombligo y la cadena al pecho, caminando como si la plaza fuera suya. La gente del pueblo, que apenas me dirige la palabra, se apartaba para dejarle pasar y luego se giraba a mirarme a mí. Yo estaba apoyada en una barra improvisada, con un vestido negro que no me había puesto desde que dejé la ciudad, intentando convencerme de que solo había salido a tomar algo.
Me localizó enseguida. Vino directo, sin rodeos, y se puso a mi lado como si fuera lo más natural del mundo.
—Como yo lo veo, alguien te ha contado cosas de mí —dijo.
—Quizá tengamos algo en común.
—¿Mala experiencia con el mismo hijo de puta?
—Lo pagamos con la misma carne, sí.
Ahí algo cedió dentro de mí. No era atracción, no exactamente. Era algo más feo y más sincero: las ganas de sentir que alguien que entendía aquello me tocara una vez. Pasó Adrián por la plaza con su andar todavía cuidadoso. Lo saludamos. Se fue rápido, mirando al suelo. Bakary lo siguió con los ojos un segundo y luego se giró hacia mí.
—Si no le baja la regla, que me llame —dijo, medio en broma medio en serio—. Soy de los que aceptan las consecuencias.
—Eres un desgraciado.
—Y aun así soy tu mejor opción esta noche.
No le contesté. Le hice un gesto con la cabeza para que me siguiera.
***
Mi piso está a tres calles de la plaza. Dos habitaciones, una cocina diminuta, ventanas que dan al callejón por el que ahora subía la música de la verbena. Entró detrás de mí sin decir nada, cerró la puerta con el pie y me besó como si lleváramos meses pendientes. Me agarró la nuca por debajo del pelo, con esa forma suya de sujetar que no es violenta pero que tampoco te deja moverte. Yo le metí la mano por debajo de la camisa y le toqué los pectorales, duros como una pared, calientes.
—Quítate eso —le dije.
—Ahora.
Se quitó la camisa, se quitó los vaqueros con un movimiento de quien lleva años haciéndolo en sitios incómodos. Debajo llevaba un tanga rojo. Se me escapó la risa.
—¿Sabes que llevas ropa interior de bailarín?
—Te ríes ahora.
Lo siguiente lo dijo todo el cuerpo. No hubo prisa torpe ni torpeza nerviosa. Me llevó al dormitorio, me bajó los tirantes del vestido y me sostuvo los pechos con las dos manos, mirándolos como quien evalúa, no como quien admira. Eso me gustó más de lo que estoy dispuesta a reconocer. Me chupó los pezones uno detrás de otro sin dejar de mirarme la cara, atento a cada reacción mía, ajustando lo que hacía según lo que veía.
Yo le aparté la cabeza, me arrodillé en el suelo y se la metí en la boca. Era grande. De las que asustan un poco las primeras veces. Le agarré los testículos con una mano, le sujeté la base con la otra y trabajé despacio, controlando yo el ritmo, porque eso también era parte de lo que necesitaba esa noche: no rendirme del todo.
—Para —dijo él al rato—. Si sigues así te voy a llenar la cara y no era el plan.
Me levantó del pelo con suavidad y me tiró sobre la cama. Boca abajo. Me abrió las piernas con la rodilla, me escupió entre las nalgas, se inclinó y comió con una lengua larga y experimentada que sabía exactamente dónde detenerse para volverme loca. Me metió tres dedos. Me cacheteó una vez, suave, como preguntando, y como no protesté me dio otra más fuerte.
Cuando me la metió, lo hizo de una sola vez, hasta el fondo, sin avisar. Solté un grito que en otras circunstancias me habría dado vergüenza.
Fuera estallaron los cohetes de la fiesta y la habitación se llenó de destellos rojos y verdes que entraban por la persiana. Él bombeaba con un ritmo controlado, sin apuro, sosteniéndome la cadera con las dos manos. Cada empujón llegaba hasta el final. Yo me agarraba a las sábanas, a la almohada, al cabecero, a cualquier cosa que sirviera de ancla.
—Boca arriba —le pedí.
Me giró sin sacarla, con un movimiento que solo te sale después de muchas mujeres y muchos colchones, y se quedó encima de mí con los brazos rectos a cada lado de mi cabeza. Le miré los ojos por primera vez de cerca y vi lo que había ido a buscar: la atención completa de alguien que en ese momento solo veía mi cara.
Me corrí gritando, sin importarme las paredes finas ni los vecinos ni la fiesta de la plaza. Me corrí dos veces seguidas, la segunda con un temblor en las piernas que no sabía que todavía podía sentir. Él esperó. Esperó mucho. Y cuando por fin acabó, lo hizo retirándose y dejándolo caer sobre mi vientre con un rugido bajo que me dejó sorda un segundo.
Nos quedamos quietos. Fuera seguía la música.
—¿Cuánto te queda en la zona? —pregunté.
—Tres días.
—¿Vuelves después?
—Vuelvo a mi país. Tengo cuatro hijos esperándome.
Lo dijo sin disculparse y sin presumir. Como un dato. Yo asentí, porque en el fondo era exactamente lo que necesitaba oír para que esto no se complicara más.
***
Se vistió a oscuras. Antes de irse, sacó de la cartera un fajo de billetes, lo dejó en la mesilla y, cuando vio la cara que se me puso, levantó las manos.
—No es por ti —dijo—. Es para los juguetes que voy a comprarles a mis críos en la caseta de la plaza. Que se vea que vengo con algo para casa.
Se fue. Le oí bajar las escaleras y arrancar el camión. Por la ventana lo vi parar en una caseta de la verbena y comprar muñecas y coches de juguete con la misma calma con la que media hora antes me sostenía la cadera.
Esto pasó hace casi seis meses. No volvió a aparecer por la parada. Cintia se fue del pueblo en diciembre. Adrián sigue conmigo, sirviendo cafés, sin que ninguno de los dos hayamos hablado nunca de aquella semana. Yo me iré también pronto. Tengo un proyecto en la ciudad y este pueblo se me ha hecho pequeño.
Lo que confieso es esto: de las tres personas que cayeron esa semana, la que peor lo lleva soy yo. Cintia consiguió una anécdota que cuenta en cada cumpleaños. Adrián cruzó una línea que quizá necesitaba cruzar y vive con la mirada un poco más firme desde entonces. Yo me quedé con la sensación de haber sido reconocida por alguien que sabía exactamente quién había sido yo antes, y que aun así me trató, durante dos horas, como si fuera la única mujer que había en aquel pueblo aquella noche.
A veces, cuando pasa un camión por la carretera y los faros barren la ventana, me sorprendo levantando la vista por si acaso.