La clase privada del lunes que no estaba en el menú
Yanaisa entraba al Olimpo Fit todos los lunes a las siete menos cuarto, con la misma coleta alta de trenzas y el mismo café helado en la mano. Era dominicana, de Santo Domingo, y lo anunciaba cada vez que alguien le preguntaba de dónde venía ese acento que se le enrollaba en la boca como si cada palabra tuviera curvas. Tenía veintinueve años y un cuerpo construido a fuerza de disciplina y genética afortunada: piel oscura brillante bajo las luces LED, espalda ancha y cintura estrecha, muslos duros, pendientes de aro dorados que sonaban cuando giraba la cabeza. En la costilla izquierda llevaba un tatuaje en letra inclinada: «Libre como el viento».
Su sesión privada de los lunes era con Adrián, treinta y cuatro años, ejecutivo de cuentas en una consultora del centro, soltero desde hacía un año después de una ruptura que lo había dejado flaco y raro. Volver al gimnasio había sido una promesa que se hizo a sí mismo para recuperar algo que no sabía nombrar. Llegaba puntual, siempre con la camiseta gris ya sudada del camino en bicicleta, los auriculares colgando del cuello y una botella de agua que nunca terminaba de beber.
Desde la tercera sesión, Yanaisa había notado algo. Fueron esas cosas que no se dicen pero se sienten: la manera en que él contenía la respiración cuando ella le ponía la mano en la cadera para corregirle la sentadilla, cómo tensaba los hombros cuando ella le pegaba el pecho a la espalda para enseñarle a activar los glúteos, la erección que se le marcaba bajo los shorts cada vez que ella le rozaba la cara interna del muslo durante los estiramientos. Él no decía nada. Ella tampoco. Pero los dos lo sabían.
Esa mañana el gimnasio estaba casi desierto. Olía a goma nueva y a desinfectante cítrico, el aire acondicionado todavía arrancaba con ese ruido metálico de principio de semana. Empezaron con press de piernas. Yanaisa se agachó para ajustarle la postura y su trasero quedó a un palmo de la cara de Adrián. Él hizo lo que no debía: miró demasiado tiempo. Cuando ella se enderezó y giró la cabeza, lo sorprendió con los ojos fijos, y más abajo, la erección marcada bajo los shorts.
Sonrió despacio. Una sonrisa que no era de vergüenza ni de disculpa. Una sonrisa de alguien que había esperado ese momento.
—Ay, papi, ¿qué es eso? —le dijo con la voz baja, el acento denso—. ¿Lunes a las siete y ya así? Si apenas empezamos.
Él intentó taparse con la toalla. Le temblaba la mano.
—Perdón, Yanaisa. Es que… no lo controlo. Lo siento.
Ella no se apartó. Al contrario, se acercó un poco más, hasta que él pudo oler la crema de coco que usaba en la piel. Le rozó el bulto con el dorso de la mano, un toque rápido, casi inocente, como si hubiera sido un descuido.
—No te disculpes —susurró—. Me gusta. Me pone que te me pongas así.
Adrián se quedó sin aire. La sala seguía vacía. La recepcionista no llegaba hasta las ocho.
—¿Sabes qué? Hoy te voy a dar una clase que no está en el plan. Una que solo doy cuando alguien se porta bien. O muy mal. ¿Quieres?
Él tragó saliva. Ella le hacía la pregunta mirándolo a los ojos, seria, como si fuera una negociación cualquiera.
—¿Qué clase?
—Privada. En el vestuario de mujeres. A esta hora no hay nadie hasta las ocho y cuarto. Sin reglas. Sin interrupciones. Pero la tienes que pedir tú. Dímelo.
—La quiero.
Yanaisa le agarró la muñeca y tiró. Atravesaron el pasillo de las taquillas, pasaron la puerta del vestuario de hombres y entraron al de al lado. Ella cerró el pestillo. Las luces eran tenues, los bancos de madera estaban secos, olía a vainilla del ambientador y a jabón. En las duchas del fondo se escuchaba un goteo sin cerrar del todo.
—Quítate todo —le dijo—. Quiero verte entero antes de empezar.
Adrián obedeció como si tuviera dieciséis años otra vez. Camiseta, shorts, calzoncillos. El suelo estaba frío bajo los pies descalzos. Su polla apuntaba recta, venosa, goteando desde la punta. Yanaisa se quedó mirándolo un segundo largo. No dijo nada.
Después se quitó el top deportivo de un tirón. Los pechos le rebotaron cuando se liberaron de la tela negra: grandes, firmes, con pezones oscuros y duros. Bajó los leggings y las bragas deportivas en un solo movimiento, deslizándolas por esas piernas que él había visto cien veces pero nunca así. Coño depilado, labios hinchados, el brillo de la humedad ya visible en el pliegue.
—Primera lección —dijo, y se sentó en el banco de madera. Abrió las piernas—. Cómo comer bien. De rodillas.
Adrián cayó de rodillas. No fue una decisión, fue un reflejo. Le puso las manos en los muslos, duros bajo su palma, y acercó la cara. Ella olía a crema, a sudor limpio, a algo más oscuro y denso que venía de más adentro. Pasó la lengua despacio, de abajo hacia arriba, recorriendo los labios enteros antes de buscar el clítoris.
—Así, papi —susurró ella—. Sin prisa. Chúpame arriba. Con la punta.
Él le hizo caso. La lengua girando en círculos, los labios apretados sobre ese punto hinchado. Yanaisa le agarró la nuca con una mano y le empujó la cabeza más adentro. Con la otra se pellizcó un pezón.
—Mete dos dedos —le ordenó—. Y cúrvalos.
Los metió. Ella estaba caliente, resbaladiza, apretada. Curvó los dedos y buscó ese punto rugoso que conocía por experiencia pero que nunca había sentido tan claro. Cuando dio con él, Yanaisa levantó las caderas del banco y soltó un jadeo largo.
—Ahí. Ahí exacto. No te muevas. Sigue.
Siguió moviendo los dedos, el ritmo cada vez más rápido, la boca pegada al clítoris, sin perderlo ni un segundo. Ella se estaba descomponiendo despacio sobre el banco: la espalda arqueada, los muslos cerrándose contra su cabeza, las trenzas cayéndole sobre los pechos sudados. Su acento se hacía más espeso cuanto más se acercaba.
—Tres dedos ahora. Mételos. Estírame.
Adrián añadió el tercer dedo. Le costó entrar al principio. Yanaisa apretaba la mandíbula, respiraba por la nariz. Cuando él logró el ritmo, ella cerró los ojos.
—Ay, coño… así… no pares… no pares ahora…
Se corrió ahí, sobre el banco de madera, con las piernas temblando y el estómago contraído. Un chorro caliente le empapó a él los dedos y la muñeca. Ella se tapó la boca con la mano libre para no gritar. El gemido se le salió igual, ahogado, contra la palma.
—Segunda lección —dijo cuando pudo respirar. Se giró, se puso de pie y apoyó las manos contra la pared de azulejos. Las nalgas empujando hacia atrás, la espalda arqueada—. Duro. Contra la pared. Y no me preguntes si puedes. Házmelo.
Adrián se levantó. La agarró de las caderas con las dos manos. La punta encontró la entrada casi sola. Empujó. De un solo movimiento se enterró entero. Yanaisa soltó un gemido que chocó contra los azulejos y volvió rebotando.
—Sí. Así. Dame todo. Sin cuidado. Sin cuidado, Adrián.
Él empezó a embestirla con fuerza. El sonido de la piel contra la piel resonaba en el vestuario vacío. Yanaisa empujaba hacia atrás en cada golpe, sincronizándose con él, con los pechos rozando los azulejos fríos y los pezones endureciéndose todavía más por el contraste. Adrián la miraba: la espalda brillante de sudor, las trenzas balanceándose, sus propios dedos hundidos en la carne firme de las caderas de ella.
—Agárrame las trenzas —le pidió ella, girando apenas la cabeza—. Tírame la cabeza hacia atrás.
Él agarró las trenzas en su puño. Tiró. El cuello de Yanaisa se arqueó, los ojos entrecerrados, la boca abierta. En esa postura Adrián se perdió. Embestía más rápido, más profundo, y ella le respondía con la cadera, con pequeños gemidos que se le escapaban a pesar de la mano que seguía intentando taparlos.
—Me voy a correr otra vez —le avisó—. Tócame el clítoris. Rápido.
Adrián pasó la mano libre por delante y buscó el punto con los dedos. Frotó en círculos pequeños, al ritmo de las embestidas. Yanaisa se puso rígida. Se quedó así unos segundos, temblando, con la frente apoyada en los azulejos. Después soltó todo el aire de golpe y se derrumbó un poco hacia adelante, el cuerpo flojo, la respiración entrecortada.
—Casi terminamos —dijo. La voz le salía ronca, usada—. Última parte. Ven.
Lo llevó a las duchas del fondo. Abrió uno de los grifos y el agua caliente empezó a salir enseguida. El vapor se levantó rápido, cubriendo los azulejos y convirtiendo el vestuario en un lugar denso y blanco. Se metió bajo el chorro, cerró los ojos y dejó que el agua le corriera por la piel.
—Ven acá —le dijo, y alargó la mano.
Adrián se metió con ella. Se besaron por primera vez bajo el agua. Fue un beso largo y sin prisa, distinto a todo lo anterior, casi desconcertante después del ritmo bruto del banco y la pared. Tenía sabor a café helado y a algo salado de ella misma. Yanaisa le mordió el labio antes de apartarse.
—Termíname ahora —le pidió—. Donde quieras. Tú decides esta vez.
Esa libertad lo desarmó. La pegó contra la pared de la ducha, le levantó una pierna y se la apoyó en su cadera. Entró otra vez, más despacio, más consciente, mirándola a los ojos. Ella le pasó los brazos por el cuello y se dejó hacer. El agua les caía encima, calentándoles la piel, escurriéndose entre los pechos de ella y por la nuca de él. Adrián no quería correrse todavía. Quería quedarse ahí dentro, sintiendo cómo ella lo apretaba, cómo lo abrazaba, cómo le besaba la mandíbula y el cuello.
Aguantó lo que pudo. Cuando sintió que iba a terminar, intentó salir. Yanaisa lo apretó con las piernas.
—Adentro —le susurró—. Ahora sí. Adentro.
Él no pudo detenerse. Se corrió ahí, con ella rodeándolo, la frente apoyada en el hombro de ella, los dedos clavados en la pared de azulejos. Yanaisa lo acompañó con un gemido corto y le acarició la nuca mientras él se vaciaba y el agua seguía cayendo.
Se quedaron así unos segundos, abrazados, sin decir nada. Después ella salió despacio, se envolvió en una toalla y se fue a su taquilla a vestirse. Adrián se quedó un rato más bajo el agua caliente, sin pensar en nada concreto, con las piernas todavía temblándole un poco.
Cuando salió del vestuario, ella ya estaba en la recepción, sonriéndole a la chica que acababa de llegar. Lo saludó con la mano desde lejos, como todos los lunes.
—Nos vemos la semana que viene, Adrián. Descansa esos glúteos.
Él salió a la calle. Eran las ocho y diez. El sol ya pegaba en los cristales de los edificios de enfrente. Caminó hasta la bicicleta con la certeza de que esa semana iba a ser larga, y el lunes siguiente también.